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Por

Julio César Galán

José María Micó: Clásicos vividos El Acantilado Barcelona, 2013.

Por lo tanto, estamos ante esta afirmación: “Las páginas que siguen, todas autobiográ- ficas a su modo”. Como parte de ese recorri- do cada lectura forma ese identidad del es- critor a través de diversas capas, las cuales se manifiestan en aquellas libros que influ- yen, cambian, afirman o dan sentido al sin- sentido, es decir, el linaje libresco de cada uno (en el lado contrario estarían esos libros malos que también marcan de alguna ma- nera). Y todos ellos se reúnen en una foto- grafía de familia en perfil, normalmente, de clásicos. Es la opción de José María Micó en

Clásicos Vividos y todo ello se resuelve en

Petrarca, Jordi de sant Jordi, Ausías March, Ariosto, Mateo Alemán, Cervantes, Góngora, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Eugenio Montale y Vicente Llorens.

2. LA GRANDEZA DEL DEsFiLE

La lista está ordenada de esta manera. El primero de ellos Francesco Petrarca se nos anuncia como “remedio universal” y co- mo el “primer hombre moderno”. Desde un punto de vista biográfico, se traza una serie de vivencias que influyen en el desarrollo de su obra poética, algunos ejemplos lo te- nemos en sus diversos peregrinajes y en la muerte de Laura. Esta orientación histórica pretende enlazar los hechos experienciales con el momento de escritura. Mediante es- te enfoque se intenta mostrar el modo en que los sucesos existenciales afectan al au- tor tanto en el desarrollo temático como en el tratamiento estilístico del texto. De esta manera vemos el influjo del contexto en el texto, así entresacamos una radiografía de una edad, un autor y una obra. Y entre los grandes poetas debe haber poetas de tran- sición y no por ello tienen que ser poetas menores, es el caso de Jordi de sant Jordi, lo dice José María Micó de la siguiente for-

ma: “los grandes poetas suelen de poetas de transición, y por lo general de manera inconsciente e involuntaria. A veces, ape- gados sin escapatoria a una tradición im- ponente, el talento los fuerza a abrir puer- tas que ni siquiera ven, pero las abren y las cruzan cambiando para siempre el paisaje de toda una cultura”. Y asimismo es como se nos aporta una serie de datos importan- tes sobre este último trovador para recom- poner la vida y para saber de la obra. Como poeta puente nos lleva a uno de los grandes entre los grandes: Ausías March. En esta re- copilación de textos a prólogos, revistas, su- plementos y libros, que es Clásicos vividos, este poeta catalán encuentra un lugar cen- tral, pues ya el título nos lo presenta como “el primero de los poetas”. Para ello Micó se sirve nuevamente de lo contextual en la forma de observación crítica, esta vez por boca de Juan Boscán, quien se refiere a él como el mejor de los trovadores provenzales y desde una consideración más significati- va, Costanzo Di Girolamo lo coloca como “el mejor poeta europeo del siglo XV”. Al igual que se hace en las demás interpretaciones literarias, una primera referencia se centra en el aspecto vital, contextual y por lo tanto y de forma más general, en lo sociológico, me refiero a la biografía novelada de Josep Piera. Pero lejos de quedarse en lo externo, alude a un tema que ha sido vilipendiado a menudo, aún más en la época posmoderna: el genio, esa “caprichosa incongruencia del genio”. Y el catedrático de la universidad Pompeu Fabra encuadra esa agudeza y ese talento en la visibilidad de una palabra “perturbadora e inconfundible”; para des- pués referirse brevísimamente a otro asun- to delicado en literatura: la traducción y su consecuente depreciación en el paso a otra lengua. Otro aspecto interesante de su crí-

tica a Ausías March se manifiesta en esa consciente autenticidad expresiva, que es lo que exige el arte de la poesía. Y desde aquí estamos totalmente de acuerdo en que esa verdad poética del verso que el lector percibe, proviene de la palabra y la expre- sión realmente vivida, por eso, surge la na- turalidad y el sentido. O de manera resumi- da: la “actitud de expresión” y las estelas que durante siglos ha dejado. Todas estas razones hacen a un clásico como tal.

En el cuarto apartado tenemos a Ludovico Ariosto y su Orlando furioso. Tras una habitual ambientación histórica e in- cluso con algún dato imaginario: “Ariosto debió experimentar con tristeza la transfor- mación de la cortesanía en funcionarismo”, este hecho subjetivo y el yugo del carde- nal ippolito le conduce, según Micó, al gran descubrimiento literario de la modernidad, a las sátiras, en las que la ironía, lo bufo y la ternura se unen con plenitud, todo ello retomado en la prosa del Quijote. su pro- yección discurrió entre dos polos, entre lo moral y lo cómico, pero dándonos otra se- ñal inequívoca de este clásico: su equilibro entre esos extremos. Esa autenticidad de la vida, tan posible que cristaliza en las ma- gias parciales de Borges y Mateo Alemán, este último autor será el siguiente en des- filar y al entrar a escena presenciamos otro de los asuntos claves para el hombre y para la literatura: “las complejas relaciones en- tre la mentira y la verdad”. Esa conexión de lo verdadero con lo mentiroso da como re- sultado la ficción. En esta frontera se forma la novela y con ella esa unión de delectare

et prodesse; pero sobre todo, la moderni-

dad, el ir por delante, contraseña de clási- co, que se mantiene en el tiempo a través de esa mezcla de “narración y digresión, autobiografía y ejemplaridad”. inevitable la

comparación entre El Guzmán de Alfarache y El Lazarillo de Tormes, aunque principal- mente la mejor parte se presenta al final de la interpretación, al cerrarla con una se- rie de discrepancias en torno a la obra de Alemán. un texto de “Magias parciales del Quijote” de Borges, otro de los autores de la biblioteca de J.M. Micó, que aquí no está, encabeza el texto crítico sobre El Guzmán

de Alfarache; sin embargo, sí está el clásico

entre los clásicos(es el texto de más exten- sión y el que ocupa un lugar central), quien pasa a esta recopilación: “Don Quijote en Barcelona”, un apartado dividido en tres partes, “Yo sé quién soy”, “Hora de la ver- dad” y “En la playa de Barcino”. En el pri- mero de ellos nos habla del acto literario como una temporalidad “relativa y flexible” y también como un espacio entre lo vago y lo determinado; es decir, se nos presenta el Quijote como un reloj y un ámbito a ve- ces fijo, tangible y duradero, en otras oca- siones como impreciso y variable. Y con ello vemos a otro hijo cervantino de raíz y de fruto que ya apareció al principio: Borges vuelve por la puerta de atrás en “ese jue- go de extrañas ambigüedades”. Y al girar la puerta nos encontramos al propio Cervantes entretejido con don Quijote (“Hora de la verdad”), sus vivencias ya son sus viven- cias (en esa encrucijada encontramos un li- bro muy destacable sobre la obra cervanti- na: Cervantes en Barcelona (El Acantilado, 2005). Pasamos en ese intermedio a “En la playa de Barcino” y se prosigue de manera breve con la reflexión a colación del Quijote sobre la realidad en la literatura, para cerrar con esa música de Horacio salinas en La

derrota de don Quijote.

Por otro lado, en el séptimo apartado “Góngora y unos perros muertos” encontra- mos una interesantísima y breve panorámi-

ca sobre algunos canes que caminan por la literatura universal. Y se empieza la an- dadura con unos versos del propio autor: “Como este perro muerto en Pompeya/vivo en la obstinación de la ceniza” que dan en- trada a Lord Byron y a su conocido epita- fio sobre el tema. Desde aquí se tira hacia atrás del tiempo y llegamos al poeta anó- nimo de la ciudad de Arsíone; pero una de las reuniones con mayor número de compo- siciones sobre este asunto la tenemos en la

Antología griega, los cuales se bifurcan en

la de la sátira y la elegía. Desde aquí José María Micó sigue la cronología y con ello aparecen los autores latinos y sus “beste- zuelas domésticas” con el fin de “compren- der la extraordinaria fusión de tópicos li- terarios y expresividad poética.”; más ade- lante los renacentistas retoman el testigo como es el caso Francesco Berni. Con to- do este arsenal se da pie a Quevedo y a Góngora y por medio de ellos entra de lleno la burla y el sarcasmo. Aunque lo importan- te es otra marca de clásico, la superación del maestro con “invención, con ingenio, con imaginación”. Termina el apartado con una serie de poetas contemporáneos que tratan el asunto de diferentes maneras. Y más cercanos en el tiempo son Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez (octavo y no- veno clásico). Para encuadrar a “Rubén

Darío a secas” se sirve de la referencia de J.R.J y un fragmento sin desperdicio de Mi

Rubén Darío. Aquí se hace una afirmación

con la que estoy totalmente de acuerdo por afinidad y conjunción de intensidad, den- sidad y precisión formal: “Darío es, en fin, uno de los dos o tres poetas mayores de la lengua (otro es Góngora; el tercero, que lo escoja el lector)” porque en ellos ocurre un hecho de clásico como apunta Micó a través de Amado Alonso: “acaba el poema como si no acabara”, algo que ocurre en “Mi Juan Ramón” con su protagonista, en el cual se nos facilita otra contraseña para distinguir clásico de no clásico: el acompa- ñamiento de su lectura durante años como un continuo alimento. Todos esos rasgos de clasicidad se resumen y se muestran en “Perfil de Eugenio Motale”, la interpreta- ción, en su desarrollo textual, más tradicio- nal. se cierra esta confesión de gratitudes y reconocimientos de manera sobresaliente con “una lección no presencial: memoria de Vicente Llorens o el exilio que somos”, en el que tras una serie de coincidencias entre ambos autores, José María Micó nos aproxima a un ejemplo de instrucción filo- lógica y moral. El ensayista Vicente Llorens aparece en su forma exacta, como aquello que es, uno de nuestros mejores historiado- res de la literatura.

Luciano González Egido tiene una larga y densa trayectoria en la cultura española re- ciente, de esas que piden un libro memo- rialístico que a buen seguro tendría subi- do interés por los episodios en los cuales ha participado o conocido. salmantino de 1928, o sea, miembro de la generación del medio siglo, su juventud anduvo en la disi- dencia cultural del franquismo. Fue uno de los actores de las revulsivas Conversaciones cinematográficas celebradas en su ciudad natal en 1955, promovidas por el Cine Club que dirigía Basilio Martín Patino y monopolizadas por Juan Antonio Bardem y Ricardo Muñoz suay para contribuir a la agitación política siguiendo la discipli- na comunista. Allí dirigió uno de los por- tavoces de la regeneración de nuestro ci-

ne, Cinema Universitario. González Egido, aparte su dedicación al cine, es ensayista con aportaciones relevantes a la personali- dad de unamuno, ejerció el periodismo y a una edad tardía, ya sexagenario, desembo- có en la novela con una densa y sorpren- dente ficción histórica, El cuarzo rojo de

Salamanca. Fue el inicio de una narrativa

insólita, sin parangón con nada de lo cono- cido en la prosa castellana, entre apocalíp- tica, épica y trágica, en cuya línea continúa con su séptimo libro novelesco, Tierra vio-

lenta, que mantiene desbordante de ener-

gía esa escritura apasionada cumplidos los ochenta y cinco años.

Justo, además, para conmemorar este avanzado aniversario ha sacado el autor por su cuenta un librito —diminutivo que con-