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Clarice Lispector y el crimen que no cesa

Clarice Lispector y el crimen que no cesa

Es claro que pensar una posible relación entre el asesinato de un joven quom como el que se ha producido en estos días y un relato de Clarice Lispector escrito en la década del 60 resulte paradójico para cualquiera que lea estas líneas. Sin embargo, de lo que se trata es de convocar la fuerza heurística de la ficción para demostrar cómo lo que sucede a diario no está escindido de las condiciones productivas que rigen la práctica literaria. Y el caso que aquí pretende ilustrarse resulta –además de paradójico– interesante por las connotaciones sociales que despliega.

Hay que decir –antes que nada– que una lectura política de Cla- rice Lispector no deja de ser una novedad del ya entrado siglo XXI considerando que hasta la década del 90, la autora brasileña en cues- tión había sido identificada por las nomenclaturas del canon como una escritora alienada y hermética que poco podía contribuir ideológica- mente más allá de su inclinación por la subjetividad femenina10. La

crítica posterior –sin embargo– vio en esta apuesta diferentes modos de crear ciudadanía inaugurando así una perspectiva de lectura que no ha cejado aun en comprometer su palabra al lado de la defensa de los derechos humanos.

Así, por ejemplo, un cuento como «O jantar» (La cena) que for- ma parte del libro Laços de família (1960) [Lazos de familia] ofrece una interesante perspectiva de abordaje de la cuestión. La mínima historia se enmarca en un restaurante prestigioso de ciudad y pone en juego a dos personajes, uno que come con voracidad un bife que le acercan y

10 El punto de inflexión en este tema lo produce la publicación del libro Nem musa nem medusa. Itinerarios da escrita em Clarice Lispector de Lucia Helena publicado en 1997 (EDUFF, Rio de Janeiro) Un planteo más acabado de la cuestión lo hago en la monografía «La escritura política de Clarice Lispector» publicada en 2013 en la revista

otro, que –atónito– no puede consumir su plato, impactado por el modo encarnizado con el que procede su vecino de mesa al llevarse el alimento a la boca.

Esta estructura elemental del relato dispara dos modos de lectu- ra: el que habilita el observador acongojado que asiste al hecho y el del hombre observado que no se inmuta ante la desmesura de sus gestos. O más bien, tensiona estas dos direcciones que –en el curso de la secuen- cia– prometen un cambio de actitud.

Si Clarice se detuvo con tanta insistencia en este fragmento es porque ese «comedor de crianças» [«comedor de niños»] –como es se- ñalado (Lispector, 1998, p. 80)– en algún punto representa el capitalis- mo feroz que se ha adueñado de la sociedad contemporánea imponién- dose con tosquedad. Y el acto mismo de comer no deja de significar el poder del deseo que –ruidoso y voraz– consigue sus objetivos de la manera más impiedosa posible. No en vano, –como afirma el narra- dor– «se poderia fazer alguma coisa por ele. Senão obedecê-lo» [«se podría hacer alguna otra cosa por él más que obedecerlo».11 ] (1998, p.

77) ].

La maestría de la autora no se limita sólo a esta escenificación emblemática de la dominación, elemento que en sí mismo dignifica su escritura. Ella puede mucho más y así lo explicita. Crea una distancia necesaria entre un observador que –a lo largo de la historia– se trans- forma en testigo. Incorporado a la trama como otro cliente del estable- cimiento, asume con voz propia el papel de narrador y conduce al lec- tor a través de la propia náusea. No imprime de significado los gestos de los que participa, sino que les devuelve la potencialidad de ser repre- sentados ante él. De esta manera, la lucha crucial que se sortea en el plato del hombre de negocios entre la carne que se resiste a ser vencida y los cubiertos que la vulneran no deja de ser sintomática del esfuerzo que el poder sostiene para seguir encumbrado ante los ojos que lo vene- ran.

Porque agora despertou, virava súbitamente a carne de um lado e de outro, examinava-a com veemência, a ponta da língua apa- recendo –apalpava o bife com a costas do garfo, quase o cheira- va, mexendo a boca de antemão. E começava a cortá-lo com um movimento inútil de vigor de todo o corpo. Em breve leva- va um pedaço a certa altura do rosto e, como se tivesse que apanhá-lo em vôo, abocanhou-o num arrebatamento de cabeça (p. 77).

[Porque ahora despertó, movía súbitamente la carne de un lado y del otro, la examinaba con vehemencia, la punta de la lengua apareciendo – palpaba el bife con el tenedor, casi lo olía, mo- viendo la boca de antemano. Y comenzaba a cortarlo con un movimiento inútil de vigor de todo el cuerpo. Al rato, llevaba un pedazo a cierta altura del rostro, y como si estuviera por agarrarlo al vuelo, se lo tragó en un arrebatamiento de la cabeza (Lispector, Laços de família, 1998, p. 77)].

Cuando sobre el final del relato, el narrador confiesa que no puede seguir comiendo mientras la escena del crimen esté a su frente en forma impune («sua violenta potencia sacode-se presa»)(1998, p. 77) [«su violenta potencia se sacude de prisa»] porque participar de la mis- ma supone una siniestra complicidad, declara la frase que cifra el texto: «empurro o prato, rejeito a carne e seu sangue» (1998, p. 81) [«empujo el plato, rechazo la carne y su sangre»] tomando así una importante decisión. Deja de ser neutral; asume el riesgo de la disidencia y –sobre todo– se separa de la carne y la sangre que supone la conquista de algunas victorias que se cuecen en el mismo gesto.

Es claro que –en esta perspectiva– entre el observador y el obser- vado está el tercero ausente, el mismo que se consume en el plato por el acto infame de quien lo asesina una y otra vez con brutalidad. En este punto el relato se torna actual porque así sucede con los quom mientras la sed de poder de algunos potentados continúa apropiándose de sus derechos. Frente a las noticias de los últimos meses, puede objetarse a este respecto que no hubo asesinato en el caso del joven quom encon- trado al costado de una ruta y que se trató sólo de un lamentable acci-

dente. Es la misma caución que podría hacerse al cuento de Clarice Lispector cuando no se relaciona el bife jugoso sobre el plato con el manejo impune del poder que protege un silencio innoble.

Publicado en Hoy día Córdoba, Suplemento Magazine Cultura

Elogio de la impunidad: Clarice Lispector