—Yo... yo no pretendía...
—¡Silencio! —siseó Guy. Su voz era poco más que un susurro cuando se puso de pie—. No estamos solos. Levántate, pero no hagas ningún movimiento brusco.
Guy extendió su mano hacia ella con la palma hacia arriba, con la atención centrada en algo que había más allá de Claudia.
—Usa mi mano izquierda como estribo. Voy a subirte a la rama que hay sobre mí. —Cuando ella vaciló, le explicó con urgencia—: Es un jabalí. Debo ir hasta mi caballo, Claudia. ¡Haz lo que te digo!
Siguió sus órdenes sin protestar. Guy se agachó para sostener su pie sobre la mano y la elevó sin ningún esfuerzo evidente. Ella, a duras penas, se puso a horcajadas sobre una gruesa rama que tan sólo unos instantes antes había estado a pocos centímetros de su cabeza. Una vez estuvo sobre el roble se aseguró de que su capa no colgara y le obstruyera la visión.
Guy empezó a dar pasos acompasados hacia su corcel, con la atención puesta en un árbol caído que yacía a unos treinta metros de allí. El tronco estaba astillado a causa de un rayo que debía haber caído hacía tiempo, y un grupo de nuevos brotes formaban en la base un alto arbusto, si es que se le podía llamar así. Sus ramas se movían de una forma que no podía deberse al viento en aquel tranquilo bosque, justo en ese momento, el caballo relinchó; era un sonido nervioso y asustado. Las hojas de los arbustos se agitaron y, un instante después, Claudia escuchó un grave gruñido.
Guy habló en voz baja y firme, sin mirarla.
—No hagas ningún sonido a no ser que la bestia ataque antes de que yo consiga llegar al caballo. Si se abalanza antes de que consiga montar, grita con todas tus fuerzas.
Claudia sabía por qué le daba esa orden. Su tío y una partida de sus caballeros se habían tropezado con un jabalí cuando cazaban ciervos. Los caballeros repitieron la historia durante semanas. Esos animales eran bestias impredecibles que podían darse la vuelta y correr o bien quedarse y atacar. Si se le provocaba, un jabalí podía hacer caer a un caballero de su montura. Habían hecho falta media docena de jinetes armados con arpones para abatir a la bestia. La espada de Guy no los protegería.
El caballo volvió a relinchar; se trataba de un sonido aterrado que significaba que podía oler al jabalí. El ruido metálico provocado por la brida parecía imitar el sonido de una pequeña campana en el silencioso bosque. El arbusto crujió cuando el jabalí avanzó.
curvados. Luego apareció la cabeza y, finalmente, la enorme bestia, cubierta de una gruesa pelambrera marrón, salió de los arbustos con una actitud desafiante. Su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho. El jabalí parecía incluso más grande que el que su tío y sus hombres habían traído de la cacería. Sus pequeños ojos redondos y brillantes se movieron del caballo a Guy mientras gruñía.
Cuando el barón estaba a escasos pasos del caballo, el jabalí se adelantó trotando y se detuvo bruscamente. Sus torpes movimientos podían ser tanto una advertencia como un reto. Cuanto más se acercaba Guy a su caballo, más nervioso se mostraba el jabalí. Claudia se preguntó si la bestia no estaba esperando para poder atacar al caballo y a su dueño a la vez.
—Quieto. —El barón dio la orden en voz baja. Esa única palabra hizo que se detuvieran los nerviosos movimientos del corcel, y que éste permaneciera inmóvil y silencioso. Guy recorrió la distancia que le separaba del animal de una sola zancada y su espada cortó la cuerda que sujetaba al caballo con un solo golpe, justo cuando el jabalí iniciaba su embestida. Claudia se tapó la boca con una mano para amortiguar un grito involuntario.
El corcel no se movió hasta que su jinete saltó sobre su lomo. Después, Guy espoleó al caballo para que cargara contra el jabalí con la cabeza erguida. Un segundo antes de que los afilados colmillos alcanzaran a su montura, dio una orden sin palabras y el caballo saltó en el aire.
Pasaron por encima de la bestia, que levantó la cabeza e intentó alcanzar el pecho del caballo. Enfurecido por haber fallado por tan poco, el jabalí gruñó y giró para perseguirlos. Sorprendentemente, cuando la bestia alcanzó los arbustos, frenó patinando. Guy hizo que el caballo redujera la marcha hasta ponerlo al trote, luego giró para encarar al enemigo, obligando a su montura a que diera un amplio rodeo alrededor del árbol caído para dirigirse hacia el lugar donde estaba Claudia.
El jabalí observaba todos sus movimientos. Tan pronto como el barón acabó de rodear el arbusto, el jabalí empezó a golpear el suelo con la pata. Guy estaba a unos dieciocho metros del roble donde aguardaba Claudia cuando el jabalí se decidió a embestir de nuevo. Al ver las intenciones del animal, el barón hizo girar a su caballo y galopó hacia el camino que llevaba al lugar donde estaban sus hombres.
La joven lo vio alejarse sin dar crédito a lo que veía. Estaba segura de que daría la vuelta. No podía concebir que fuera tan cruel como para abandonarla. No en ese momento, con una bestia salvaje dispuesta a devorarla. Pero eso fue exactamente lo que hizo. Desapareció de su vista y, momentos después, dejó de oír el sonido de los cascos de su caballo.
Se había ido.
El jabalí contempló la marcha de Guy, se dio la vuelta y trotó hasta el árbol en el que se refugiaba la aterrorizada joven. Una vez allí, se detuvo a investigar los restos esparcidos de su desayuno, comiéndose todo lo que encontró. El animal estaba tan cerca que Claudia podía escuchar cada resoplido que daba, cada gruñido que emitía. Se vio obligada a hundir su nariz en la parte interior de su codo para librarse del repugnante olor a almizcle que desprendía la bestia. De vez en cuando, el jabalí
dejaba de hurgar el tiempo suficiente para mirarla, como para recordarse a sí mismo su presencia. Cada mirada de esos ojos sin vida y carentes de emoción era una clara advertencia de que la mataría si tuviera la oportunidad.
Finalmente, el animal volvió a su refugio del árbol caído y empezó a escarbar alrededor de una de las ramas que había en el suelo. Fue entonces cuando el corazón de Claudia empezó a aminorar su frenético ritmo.
¿Cómo había podido abandonarla Guy? Estaba sola e indefensa, sin un caballo y sin comida. Cualquier esperanza que abrigara de que todavía podría volver a por ella moría un poco con cada momento que pasaba. Abatida, dejó de observar el lugar del bosque donde había desaparecido y apoyó la barbilla sobre sus brazos cruzados.
—Odio este árbol —murmuró. El jabalí miró hacia arriba al oír su voz, pero enseguida volvió a sus resoplidos. Tendría que esperar hasta que perdiera el interés y se alejara. Ojalá fuera pronto. Pero, luego, ¿qué haría? Una vez bajara de la rama, ¿adónde iría? ¿Con qué otros animales se encontraría?
Realmente, Guy la había abandonado. Mucho hablar del honor de un caballero, del deber de rescatar a una dama en apuros... Mucho hablar del valor de enfrentarse al peligro... El muy cobarde...
El retumbar de cascos golpeando el suelo interrumpió sus pensamientos. El sonido parecía venir de muy lejos, pero se acercaba con rapidez. Un solo caballo no podría hacer tanto ruido. El jabalí soltó una larga serie de gruñidos y resopló retrocediendo hacia su lugar junto a los arbustos.
El barón de Montague y su montura reaparecieron en el camino, seguidos de una docena de caballeros. Todos llevaban lanzas. La severa expresión en la cara de Guy no cambió cuando la miró. No le devolvió la sonrisa, pero eso daba igual.
¡Había vuelto a por ella!
Claudia miró al jabalí y su sonrisa desapareció. Golpeaba con una pezuña el manto de musgo que cubría la tierra y, a la vez que lo hacía, emitía un fuerte y amenazador gruñido. El peligro no había pasado en absoluto.
Los hombres se separaron formando un semicírculo, bajaron sus lanzas, avanzaron y se detuvieron cerca del enorme roble. Entonces, Guy miró hacia ella.
—Quédate dónde estás, Claudia. No bajes hasta que yo te diga que es seguro. Como si necesitara que se lo dijeran.
—Sí, barón. No tengo prisa por abandonar mi refugio.
Una débil sonrisa apareció en los labios de Guy, pero desapareció cuando centró su atención en los arbustos. El jabalí saltó hacia delante y se detuvo torpemente; estaba desafiando a aquellos que invadían su territorio.
—Preferiría que nos enfrentáramos al jabalí con arpones —dijo Guy a sus hombres—. No obstante, vuestras lanzas serán lo bastante útiles en campo abierto. Si arremete contra el lateral, subid las lanzas. Hacedlo también cuando giréis, para no hacer caer al hombre que esté a vuestro lado. Además debéis tener cuidado con las ramas que tenéis sobre vuestras cabezas. Si embiste hacia delante, los tres que estén más cerca usarán las lanzas. Todos los demás se acercaran utilizando las espadas. De otro modo, acabaremos ensartándonos a nosotros mismos. ¿Entendido?
Los hombres expresaron su acuerdo al unísono. Luego, siguieron el ejemplo de su señor y empezaron a avanzar de nuevo. Guy cabalgaba en el centro de la guarnición, más adelantado que los hombres que lo rodeaban. Claudia se mordió el labio inferior. Si cabalgaba por delante de sus hombres, él se convertiría en el objetivo más probable. ¿Acaso era ésa su intención?
Fuera planeado o no, ése fue el resultado. El jabalí cogió impulso e inició la embestida, al tiempo que los caballos iniciaban el galope. Claudia hundió dolorosamente las uñas en la corteza y centró su atención en Guy cuando el jabalí se dirigió sin vacilar hacia él.
El animal viró bruscamente en el último momento, y la punta de la larga lanza de Guy rebotó en su costado. La herida infligida por el arma no detuvo al jabalí; ni siquiera lo frenó. Continuó dirigiéndose directo hacia el barón y su corcel. Él tiró la lanza, y Claudia se dio cuenta de que sostenía una espada en la otra mano. En un movimiento confuso, Guy se inclinó en la silla con la espada extendida. Otra lanza rozó el costado izquierdo del animal. Pero fue la lanza del soldado de la derecha la que encontró un lugar vulnerable entre la caja torácica del jabalí y la grupa, un instante antes de que los colmillos de la bestia se clavaran en la montura del barón. El fuerte golpe hizo que el jabalí diera un traspié, provocando que la lanza se partiera. La bestia agitó sus cortas patas y recuperó el equilibrio. Seguía manteniendo su fiero aspecto y todavía concentraba su rabia en Guy.
—¡Evard, Simon! ¡Lanzas! —El barón dio la orden al tiempo que hacía girar a su caballo. El corcel corcoveó y arremetió con sus patas traseras en un destello de cascos. Una de las pezuñas dio en su objetivo y aturdió al jabalí, pero pagó un precio a cambio de ello. El caballo emitió un terrible sonido cuando un largo colmillo desgarró sus cuartos traseros. Dos lanzas más se hundieron en la bestia al mismo tiempo. Una de ellas consiguió acertar en su cuello y tirarlo al suelo. Una vez más luchó por levantarse, esta vez con menos vigor. Pero otra lanza apareció para clavarse justo en el centro de su pecho. En ese momento el animal emitió un largo y estridente grito, y cayó derrotado.
Claudia volvió la cabeza y respiró profundamente intentando borrar de su mente las sangrientas imágenes. No pudo evitar escuchar los gritos de los hombres al acercarse para darle muerte, ni los sobrecogedores gritos de muerte de la bestia que parecían casi humanos. Ella también quería gritar.
Por último, el jabalí se calló, y Claudia levantó la cabeza para buscar a Guy. Había desmontado y estaba evaluando los daños que había sufrido su caballo mientras un soldado sujetaba las riendas de su montura. Un reguero de brillante sangre roja salía de una herida en su grupa trasera, provocando que el animal se moviera inquieto intentando escapar del dolor. Por el rabillo del ojo, vio a los demás soldados encargarse de sus propios caballos y del jabalí caído, pero se negó a mirar en esa dirección.
—Ya podéis bajar, milady.
La voz asustó a Claudia. Miró de soslayo y vio a Evard, todavía montado. Su caballo permanecía bajo la rama del árbol mientras él se retorcía sobre la silla para
poder verla.
—Bajad hasta el lomo de mi montura, luego os ayudaré a descender hasta el suelo. —Señaló la grupa del caballo y luego extendió una mano.
Claudia miró hacia Guy antes de dirigir su atención a Evard.
—El barón debe encargarse de su caballo —le dijo—. Y estoy seguro de que no queréis quedaros ahí.
Claudia negó con la cabeza. Siguiendo sus instrucciones, primero bajó las piernas de la rama y luego dejó caer su peso hasta que sus pies tocaron el amplio lomo del caballo. Se sintió sorprendida, aunque también agradecida, de que el animal permaneciera inmóvil. Evard la cogió del brazo para sujetarla mientras ella se deslizaba hasta el suelo.
—Gracias por venir a rescatarme —le dijo al caballero, teniendo cuidado en hablar despacio para que él pudiera entenderla.
—Debéis agradecérselo al barón, milady. —No la miró a los ojos. De hecho parecía evitar por todos los medios mirarla directamente—. Al menos por haber venido a rescataros.
No se paró a pensar demasiado en su extraña respuesta. Un mareo la cogió desprevenida, seguramente causado por permanecer recostada durante tanto tiempo en la rama y haberse puesto de pie de forma tan brusca. Se tapó los ojos con una mano y se apoyó en la grupa del caballo con la otra. Evard desmontó al instante y se colocó a su lado.
—Sentaos aquí un momento, lady Claudia. —Le hizo dar unos pasos alejándola del caballo, pero ella se negó a sentarse.
—Estaré bien dentro de un momento —le aseguró.
—¿Qué ocurre? —preguntó Guy, que se había acercado hasta ellos. Evard lo encaró y dijo con voz acusadora:
—Se ha mareado a causa de la terrible experiencia que ha vivido. Me quedaré con ella.
Guy paseó la mirada de Evard a Claudia y luego la dirigió de nuevo hacia su lugarteniente.
—No, no creo que sea prudente. Envía a alguien en busca de los demás. Continuaremos el viaje desde aquí, pero primero quiero que Francis se encargue de mi caballo. Dile a Stephen que cabalgue junto a otro escudero. Yo tomaré su montura.
Evard hizo un breve gesto de asentimiento, pero no se movió de su lugar junto a Claudia.
—No creí que fueras de los que abusan de las mujeres indefensas — dijo en voz baja antes de darse la vuelta y alejarse.
Claudia se quedó mirándolo fijamente mientras se alejaba, asombrada porque hablara a su señor en un tono así, y perpleja porque no entendía cómo había llegado a esa conclusión.
—¿Estás bien? —preguntó Guy.
levantó la cabeza para mirarle y vio su ceño fruncido—. Sí. Los mareos no duran mucho. Ya se me ha pasado.
—Bien. —Pasó junto a ella y recuperó el cinturón de su espada que había dejado a un lado cuando apareció por primera vez el jabalí—. Cúbrete antes de que el resto de mis soldados lleguen.
Claudia recordó que se había colocado la capa sobre los hombros para evitar que la voluminosa prenda la hiciera tropezar. Dio un respingo y tiró de los lados hasta que cubrió su destrozado vestido. Guy la ignoró mientras examinaba el cinturón busca de algún posible daño antes de colocárselo en la cadera. Claudia recorrió la explanada con la vista y se dio cuenta de que eran el centro de atención de todos los hombres que allí había. Unos pocos desviaron la mirada para evitar la suya. Otros hablaron en voz baja entre ellos. Era evidente que su señor y ella eran el tema de conversación.
No era de extrañar que Evard actuara de un modo tan extraño. Su vestido estaba hecho jirones y Guy se había quitado el cinturón de la espada y las armas. No costaba mucho darse cuenta de la conclusión a la que habían llegado los soldados. Su rostro se encendió en llamas. Sintiéndose incómoda, Claudia dio la espalda a los soldados y alargó una mano para detener a Guy antes de que pasara de largo ante ella.
—Tus hombres... Ellos piensan... —Ya sé lo que piensan.
—¡Debes decirles que no es verdad!
Guy parecía tristemente divertido por su angustia. —¿Por qué debería hacerlo?
—¿Dejarás que tus propios hombres crean que cometiste un acto tan horrible?' —Claudia sacudió la cabeza—. Me has salvado la vida, barón. No permitiré que nadie piense que eres menos noble de lo que realmente eres y, mucho menos, tus hombres.
—¿Y qué ocurre con tu propia reputación? —¿Mi reputación?
—Muchos creerán que te he violado por mucho que yo afirme lo contrario. Dará igual que ordene a mis hombres guardar silencio. Habrá rumores entre ellos que se extenderán tarde o temprano, y cuando viajen a torneos o a la corte, la noticia cruzará las fronteras de Montague. —Cruzó los brazos sobre el pecho—. Tu reputación está acabada, Claudia, y no hay nada que yo pueda hacer para impedirlo. ¿No te preocupa más eso que lo que puedan pensar de mí?
—No —respondió con sinceridad—. En Lonsdale te expliqué las razones por las que no es probable que me case, y ésta sólo es una más. Cuando te pedí que me llevaras contigo en este viaje sabía que muchos me considerarían mancillada. Estoy completamente a tu merced sin un sirviente o una doncella para salvaguardar mi virtud. —Se encogió de hombros—. Es un precio muy bajo a cambio de la libertad. En realidad, a cambio de mi propia vida.
—No sé si pensar que eres la mujer más astuta que he conocido nunca o la más ingenua.
Claudia soltó un suspiro impaciente.
—¿Les explicarás a tus hombres que están equivocados al pensar eso?
—Le contaré a Evard la verdad —cedió—. Pero, probablemente, él será el único que crea que no ha pasado nada. Las mentiras se extienden más rápido que la verdad. Cuanto más se niegan los rumores, más ciertos parecen en las mentes de algunas personas.
Guy tenía razón. Insistir en la verdad sólo haría que la mentira pareciera más creíble. Y sin duda, la historia se extendería más allá de Montague. A Claudia le daba igual lo que los ingleses pensaran de ella, pero había una opinión que sí le importaba. Si Dante oía los rumores, se enfurecería. No quería ni pensar en lo que sería capaz de hacer si llegaba a sus oídos aquella mentira antes de que conociera la verdad.