En las investigaciones contemporáneas sobre el clientelismo surgió para finales de los años noventa una serie de estudios de corte antropológico que enmarcan el valor de la perspectiva de los actores frente a las relaciones clientelares. El enfoque podría tildarse como “internalista”, si se contrapone a las miradas de tipo macro sociológico que analizan los intercambios como espectadores, observadores externos y por ello no logran captar del todo los sentimientos, los simbolismos y las subjetividades que están implícitas en la relación cliente – patrón. Al tratarse de un enfoque micro sociológico, el autor que ha liderado estos estudios, Javier Auyero (1999) (2000) (2002), investigó la cotidianidad de una comunidad llamada Villa Paraíso en la periferia de Buenos Aires (Auyero, 2002, pág. 34), valiéndose de una metodología etnográfica que le permitió adentrarse e interactuar con los actores involucrados, llegando a comprender las subjetividades de estos.
Las personas de la comunidad en la que trabajó Auyero eran de bajos ingresos y la atención de las necesidades por parte del Estado era restringida. Para el autor las redes clientelares se presentan en contextos de pobreza y marginación como redes de solución de problemas: Comidas comunitaria, provisión de medicamentos, elementos de vestuario, trabajo y materiales de construcción de vivienda (Auyero, 1999, pág. 301). En los espacios que Auyero estudió, denominados Unidades Básicas, las personas recibían servicios estatales en forma de favores por los “punteros” o “referentes”, quienes para fines analíticos
34 son intermediarios de un patrón clientelar de mayor rango; allí las personas más vulnerables eran socializadas en el discurso del Partido Peronista y todos los favores que recibían estaban permeados por esa lógica.
Las relaciones al interior de la red clientelar entonces pueden ser más o menos fuertes, en función de la posición frente a los intermediarios que ocupen los clientes. Aquellos que están en el círculo íntimo (Inner circle en Inglés) generan sentimientos de amistad con los intermediarios, mientras los que están fuera de él no lo hacen y así mismo, los primeros reciben mayores réditos o favores que los segundos (Auyero, 1999, pág. 303). Las relaciones en la red clientelar tienen períodos de gestación, los más largos refuerzan los simbolismos de la amistad, la caridad, la confianza, la reciprocidad y la solidaridad entre intermediarios y clientes. Para los clientes, el que actúa a través de servicios sociales no es el Estado sino las personas, en estos casos los intermediarios (Auyero, 2000, pág. 71). Las gestaciones más cortas generan adhesiones cuya activación ocurre durante las coyunturas electorales (Auyero, 1999, pág. 321).
Pertenecer a la red clientelar produce una identidad en los clientes quienes se sienten parte del proyecto político del peronismo, materializado en su territorio por el intermediario de la Unidad Básica. Así, la clientela permanece cohesionada en los períodos inter electorales y se convierte en la fuerza laboral de apoyo durante las elecciones, tomando los papeles de fiscales y supervisores de que sus allegados acudan a las urnas. Si bien es cierto que la red no obliga a nadie a votar, la gratitud por los favores recibidos y las identidades que se construyen en la red son lo suficientemente eficaces al nivel simbólico como para mantener un caudal electoral fijo (Auyero, 1999, pág. 325).
Auyero aclara que, de parte del intermediario, existen estrategias deliberadas para promover la cohesión de su red clientelar y consiste en el manejo de la información sobre los servicios sociales que se “supone” canalizan a través suyo. El autor encontró en sus observaciones que los intermediarios solían manejar los
35 datos de cuanto, cuándo y cómo eran proveídos los servicios sociales a su conveniencia, de manera tal que pareciera que debido a su consentimiento y/o redes de influencia estos eran traídos hasta las personas. En tanto los clientes eran personas desprovistas de redes sociales en el gobierno municipal o información de otras fuentes diferentes al intermediario, fácilmente podían ser presa de los manejos que adelantaba el intermediario (Auyero, 2000, pág. 68).
En la lógica de la investigación de Auyero los clientes son relativamente incapaces de movilizarse en contra del intermediario o el patrón, y desprovistos de actitudes críticas en frente a la estructura clientelar que conforman. Una investigación hecha en México a principios de la década del dos mil también explora la perspectiva de los actores rurales en las redes clientelares adscritas al PRI (Partido Revolucionario Institucional), con unos resultados distintos a los de Auyero; para estos autores los clientes tienen una serie de “actitudes normativas” que los llevan a exigir de parte del patrón mejores réditos por su apoyo, autonomía política si no se considera que el intercambio les beneficia, mayor eficiencia de parte del gobierno encabezado por el PRI para hacer inversiones públicas y aversión al clientelismo por ser una práctica que aminora el bien colectivo (Schedler & Manríquez, 2004, págs. 75, 80, 87, 88).
Los autores crearon tres perfiles de votantes que rechazan parcialmente o se distancian de la lógica del clientelismo de absoluta asimetría entre las partes. El “votante sin obligaciones” es aquella persona que siente que puede tener una variedad de respuestas a las situaciones que plantea el patrón clientelar: En primer lugar por recibir un favor no hay mérito suficiente para la reciprocidad en el voto, son aquellas personas que no consideran estar obligadas a votar por el patrón; el votante sin obligaciones puede ser aquel que cree que es mejor no recibir nada para no generar ningún tipo de compromiso; también este votante se presenta con una condición para efectuar el intercambio y es que el objeto o favor ofertado por el patrón tenga el suficiente valor como para dar el voto, no admite
36 cosas que considere de poco valor; finalmente, estos votantes consideran que su aporte al patrón es mayor que lo que reciben, ya que después de todo es este último quien capitaliza las utilidades de obtener un cargo de elección popular (Schedler & Manríquez, 2004, págs. 75 - 80).
El “votante autónomo” es quien razona que los favores no deberían asumirse como tales por las personas sino en su lugar como derechos, los cuales no son mediados por la benevolencia de una persona. En ese sentido, reconocen que hay que delimitar muy bien la simetría en las obligaciones pues un simple regalo o favor no es razón para generar apoyo electoral. Estos votantes son quienes manifiestan ideales democráticos que reafirman la idea que el voto es individual y secreto, por lo cual no hay ataduras para comprometerse con un patrón (Schedler & Manríquez, 2004, págs. 80 - 86).
El “votante comunitario” tiene por característica demandar servicios sociales universales y rechazar los particulares que provee el clientelismo. La demanda universalista contrasta con el malestar que ocasiona en esas personas los manejos incorrectos que evidenciaron en el PRI en cuanto a finanzas públicas. Ellos manifestaron que los beneficios de la política no podían ser para unos pocos sino colectivas, para las comunidades, lo que les lleva a rechazar el clientelismo (Schedler & Manríquez, 2004, págs. 87 - 91).
1.8. Reflexiones sobre los estudios del clientelismo basados en la