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La colaboración crea prosperidad

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Tercera parte Suficiencia: las tres verdades

Capítulo 7 La colaboración crea prosperidad

No existen los que tienen y los que no-tienen. Todos tenemos y nuestros recursos son diversos. Con la alquimia de la colaboración, llegamos a ser compañeros iguales; creamos la integridad y la suficiencia para todos.

Era viernes por la noche. Había estado todo el día en una reunión y estaba exhausta. Iba rumbo a casa, de Sausalito a San Francisco, cuando empezaron a fallar los frenos del auto a unas cuadras del puente Golden Gate. Me desvié hacia la gasolinera más cercana. El hombre que ahí trabajaba no podía arreglar los frenos, pero señaló un lugar más adelante en donde había un taller de reparación de autos. Manejé esa corta distancia sin frenos, a paso de tortuga y, al pasar frente al taller, me di cuenta que desafortunadamente ya eran más de las siete de la noche. Las puertas estaban cerradas y la luz de la oficina apagada. Sin embargo, una suave luz brillaba a través de las ventanas y, desesperada como estaba, me asomé, esperando encontrar un mecánico compasivo. En vez de eso, vi que había una fiesta de unas treinta o cuarenta personas. Todo el equipo automotriz estaba acomodado a un lado y en el centro del piso desnudo de concreto, rodeado de luces de fiesta y motivos decorativos, había un piano de cola, elegante y resplandeciente. La fiesta crecía en ambiente, pero el piano aguardaba ahí silencioso. Me aventuré a entrar, encontré al dueño del taller, un hombre llamado Rico, con una copa de champaña en la mano, y le pregunté si alguien podría ayudarme. Le expliqué el problema. “Le pagaré lo que sea para que arregle los frenos y pueda llegar a casa,” dije.

Rico se rió y contestó: “De ninguna manera, señora. Tenemos una fiesta y estamos a todo lo que da”. Pero después dijo bromeando, “Nuestro pianista no se presentó, por lo que si usted sabe tocar el piano, nosotros le arreglaremos su auto.” Todos se rieron, pero resulta que sí toco el piano, y eso fue lo que hice. Toqué en la fiesta durante casi una hora rodeada de esas personas riendo, cantando y bailando; y el mecánico arregló alegremente mis frenos. Cuando terminó el trabajo me mandaron rumbo a casa, se negaron a recibir pago alguno y brindamos por nuestra nueva amistad. Llegué a casa segura, ya no cansada ni exhausta, sino entusiasmada y cargada de energía. Aparecí en el taller exactamente con lo que necesitaban y ellos me dieron exactamente lo que yo necesitaba. Nuestro encuentro estuvo regido por el

deleite propio del descubrimiento inesperado y de la satisfacción de haber sido perfectamente capaces de ayudarnos unos a otros.

La colaboración y reciprocidad resultan naturales; aun así, en el mundo en que vivimos, la competencia y el miedo a la escasez a menudo nos bloquea y nos impide percibir estas formas de poder actuar los unos con los otros. En el mundo del tú-o-yo la reciprocidad y la colaboración no encajan. El mundo del tú-y-yo está lleno de colaboradores, compañeros, del gusto por compartir y de reciprocidad. En este mundo, nuestros recursos no solo resultan suficientes sino que son infinitos. Cuando llevamos la práctica de la colaboración y la reciprocidad a la visión consciente, en la vida cotidiana, se presenta una especie de alquimia y prosperidad que espera ser descubierta a nuestro alrededor.

Las conexiones forjadas en el escenario mental de la escasez y las acciones basadas en la creencia de que no hay suficiente, cuanto más mejor o así son las cosas, sin importar qué tan fuertes puedan parecer en el momento, son inherentemente auto-limitantes. Al basarse en una mentira, solo demeritan nuestra oportunidad de supervivencia y sustentabilidad a largo plazo. Los tipos de conexión que verdaderamente nos protegen y mantienen son aquellos que emergen del contexto de la suficiencia y el compartir, de la diversidad, la reciprocidad y el compañerismo que se encuentran en este. Encontramos suficiencia y prosperidad sustentable cuando pensamos en nuestros recursos como en un flujo destinado a compartirse, cuando depositamos toda nuestra atención en marcar la diferencia con lo que tenemos, y cuando nos asociamos con otros de modo que nuestra experiencia se expanda y profundice.

Las comidas comunitarias, el transporte colectivo, el tiempo compartido, los grupos de juego, todas estas actividades, estas formas de compartir y de mostrar interés por alguien más, enriquecen nuestra vida más de lo que nos damos cuenta, y quizá más de lo que lo hace o lo ha hecho el dinero. La colaboración nos dirige hacia la tierra de la suficiencia y nos planta en ella. Pueden verlo en la manera en que las conexiones aterrizadas en la suficiencia valoran la diversidad, el conocimiento, la creatividad, la experiencia y la sabiduría de todos los compañeros de manera equitativa, y nos permiten experimentarnos a nosotros mismos como participantes activos en un proceso vital y generativo. La colaboración se convierte en el circuito a través del cual la energía, la atención y

los recursos de suficiencia fluyen y se renuevan constantemente.

En la colaboración está implícita la confianza en la afirmación de que hay suficiente y de que averiguaremos la forma de utilizarlo juntos sabiamente.

Piensen en alguna situación en la que hayan participado en una colaboración con buenos resultados, y la forma en la que al trabajar en ella lograron profundizar en el sentido de su propia esencia, así como el reconocimiento y el respeto hacia sus compañeros. Piensen en la generosidad que necesitaron mostrar y la apertura que se requirió de ustedes y de su compañero o compañeros. Piensen en la satisfacción de los resultados producidos colectivamente y en la experiencia de la verdadera riqueza en el fruto de la acción.

La reciprocidad nos permite reconocernos unos a otros dentro de la apreciación de nuestras propias capacidades. La reciprocidad es como el aire que respiramos; utilizamos solo el que necesitamos. Y exhalamos exactamente la cantidad que debe liberarse. Es suficiente, es precisa y es una forma de afirmar la vida. Para reconocer, elevar y hacer brillar una luz dentro de la belleza de las relaciones e interacciones recíprocas en nuestra vida, debemos descubrir las vastas reservas de riqueza que existen y que hemos subestimado por completo. En la reciprocidad hay alimento emocional y dicha: yo estoy para ti y tú estás para mí.

En mi labor como activista y recaudadora de fondos para trabajos basados en el ámbito de la suficiencia, y como alguien que trata de vivir en esa misma forma, prácticamente, cada día de mi vida me doy cuenta del poder que existe en la colaboración para eliminar obstáculos respecto a la edad, la raza, el género, la religión, las comunidades étnicas y las diferencias socioeconómicas insalvables que a menudo nos dividen. Los beneficios de la colaboración resultan evidentes en ciertos casos que dieron un giro radical como es el caso de Sylhet en Bangladesh, o el de la aldea de Senegal donde las mujeres cavaron su pozo, o en muchos otros casos en los cuales la lucha crónica fue transformada en un éxito celebrado por muchos. Las victorias silenciosas, a veces inadvertidas, han tenido lugar a partir de una transformación similar del paisaje interno en la vida de ciertas personas, sobre todo en aquellas que luchan contra la pobreza y la riqueza material. Ahí, la colaboración ha llevado al autodescubrimiento, al crecimiento personal, a la sanación y a la experiencia de suficiencia que antes resultaba inaccesible, es decir, a la felicidad que el dinero no puede comprar.

En nuestra relación con el dinero, la colaboración nos libera de la búsqueda a la que nos vemos obligados por adquirir más dinero con el fin de sentir que tenemos suficiente, y se convierte en una oportunidad de marcar la diferencia con lo que tenemos. Sitúa el dinero justo en el lugar que le corresponde, como uno más entre los muchos recursos valiosos y necesarios que podríamos ofrecer.

Mantiene nuestro dinero en un flujo que, sin importar si se trata de un río o un arroyo o un chorrito en nuestra vida, circula de tal manera que genera un mayor beneficio a un mayor número de personas, ¡incluidos nosotros mismos!

Tracy: recursos compartidos y riqueza compartida

Una de mis más cercanas y amadas amigas es una mujer llamada Tracy. Su proceso de vida ha sido desafiante y aun así, siempre tuvo exactamente lo que necesitó para ella y para sus hijos. En cada circunstncia ha encontrado la riqueza y la alquimia en la colaboración y los principios de suficiencia bajo los cuales vive me siguen conmoviendo hasta ahora.

Tracy es madre de dos hijos y vive en una pequeña comunidad en el norte de California. Su esposo y ella se separaron a fines de los años ochenta, y cuando su marido la abandonó, ella pensó que su vida había terminado. Tenía poco dinero. No tenía marido. Tenía dos hijos pequeños y un corazón lleno de desesperanza.

En algún lugar de su alma, Tracy siempre se sintió atraída por la idea de vivir en otras culturas. Cuando su matrimonio terminó decidió que quería irse a algún lugar lejano, lo suficientemente distante como para aclarar sus ideas y su corazón, para pensar más abiertamente sobre su futuro y el de sus hijos. Había realizado cierto trabajo para el Hunger Project en Japón donde se hizo muy amiga de un colega, Hiroshi Ohuchi, profesor japonés de la universidad de Tamagawa. Hiroshi y Janet, su esposa estadounidense, tenían tres hijos, de doce, diez y ocho años. La hija más joven de Tracy, Sage, tenía siete años, y su hijo Sebastián, cinco.

Tracy escribió a Janet y a Hiroshi, les compartió la desesperanza que sentía por su divorcio y su deseo de estar en un lugar diferente donde pudiera pensar más claramente sobre su situación. Inmediatamente Janet la invitó a ella y a sus hijos a Japón para las vacaciones de invierno. Los Ohuchi vivían al pie de la montaña Fuji, lejos de otras personas. No tenían televisión y educaban a sus hijos en su propio hogar. La familia Ohuchi dio la bienvenida a Tracy y a sus dos hijos con los brazos

abiertos y los incorporaron de inmediato a su hogar y a sus vidas. Los cinco niños se hicieron amigos rápidamente.

Durante el tiempo planeado de su visita, cada día aportó nuevas y dichosas dimensiones a su amistad y a la nueva apreciación de las capacidades que cada uno de ellos tenía. Tracy aportó magníficas aptitudes de organización a la familia y a la casa, con su talento para cocinar de manera divertida y su habilidad de crear momentos especiales donde todos participaban. Al final del periodo vacacional, cuando llegó el momento en que Tracy y sus hijos habían planeado originalmente para regresar a Estados Unidos, surgió una nueva oportunidad. Según lo explicó Tracy, la historia familiar tuvo este desenlace: “No puedo recordar por qué debemos regresar” y Janet respondió, “Nunca nadie dijo que tenían que regresar… ¡Nos encantaría que se quedaran!” De ese momento feliz vino lo que ahora cada uno de ellos llama un regalo de catorce meses, un regalo mutuo de responsabilidad compartida, de amistad y de vivir en una familia extensa.

Tracy, que antes se desempeñaba como maestra, trabajó con los cinco niños impartiendo clases en el hogar, ayudó a cocinar y a preparar las comidas, contribuyó con ideas creativas para mantener organizados y contentos a tres adultos y cinco niños, trabajó medio tiempo para el Hunger Project, practicó el budismo con Hiroshi, cantó viejas canciones populares con Janet y los niños y, lentamente, fue sanando en ese ambiente de amor y de cuidados al lado de la familia Ohuchi.

Los Ohuchi ofrecieron la calidez, el confort y la dicha que Tracy y sus hijos necesitaban después de la ruptura familiar. A su vez, los Ohuchi se enfrentaban con la enfermedad crónica de su hija pequeña. Con la participación familiar de Tracy y sus hijos compartieron una experiencia desgarradora, incluyendo el funeral de la bebé, que juntos se hizo más llevadera. Todos florecieron. Todos tenían exactamente lo que necesitaban y mediante la colaboración y la apertura de sus corazones hacia los demás y entre sí, encontraron una sensación de abundancia, esa exquisita experiencia de tener lo suficiente. Los Ohuchi se sintieron bendecidos por haber sido capaces de compartir su hogar y vida familiar con sus amigos. Tracy encontró el tiempo y el lugar para la sanación espiritual que necesitaba, así como para escribir un libro con su hija y realizar un trabajo productivo en el Hunger Project. La familia combinada de cinco hijos creció en un ambiente que resultaba inmensamente más rico de lo que habría sido si hubieran crecido en diferentes casas.

Cada familia aportó lo que tenía en ese momento y en esa etapa de su vida: los Ohuchi tenían estabilidad, un ingreso económico constante y seguro, un hogar que era tranquilo y lo suficientemente espacioso para todos. Tracy y sus hijos aportaron vitalidad, risas y creatividad, todo el conjunto ligado con una base espiritual y disciplina. Ambas familias enfrentaban los momentos emocionales más dolorosos de sus vidas, y encontraron compasión y fuerza entre sí. Cuando Tracy y sus hijos finalmente regresaron a los Estados Unidos, describió a unos amigos cercanos el placer y los beneficios que surgen de vivir en una familia extendida, y ellos, junto con sus dos hijos, decidieron embarcarse a experimentar esa convivencia en grupo. Juntos adquirieron una casa adorable que ninguna de las dos familias por si solas hubiera podido mantener, en una ubicación con buenas escuelas y con amplias áreas de juego al aire libre para los niños. Debido a que la otra pareja trabajaba fuera de casa, Tracy buscaba un negocio que le permitiera permanecer en casa después del horario escolar, con los cuatro niños que estaban cursando primaria. Tracy descubrió que tenía talento para entrevistar y escribir, así comenzó un negocio independiente que consistía en escribir relatos de la vida de personas mayores para que pudieran compartirlas con sus familias. El negocio prosperó y ambas familias han vivido juntas durante once años, para satisfacción de todos. En la actualidad, Tracy se gana la vida haciendo lo que más le gusta, mientras que sus hijos gozaron de excelentes oportunidades educativas y de un ambiente de vida hermoso, cálido y con un gran alimento espiritual, así como de una familia extendida que enriqueció sus vidas aún más. A pesar de que el ingreso de Tracy está en un rango entre mediano y bajo para los estándares estadounidenses (cerca de los 35,000 dólares anuales), ni ella ni sus hijos carecen de nada.

El viaje que comenzó con la desesperanza de Tracy debida a su divorcio y sus miedos con respecto al dinero y la manutención de sus hijos, finalmente demostró ser un camino hacia una vida de colaboración y felicidad compartida con una familia y unos amigos cercanos y cariñosos. A su vez, sus amigos se sintieron afortunados de tener la oportunidad de compartir su vida con Tracy y con sus hijos.

Tracy estableció su vida desde un contexto de suficiencia. a partir de ese momento, tuvo el espacio y el corazón para ser generosa -contribuyendo con lo que podía y sin miedo a la pérdida- y a la vez confiando tranquilamente en que el universo proveerá. Me dijo que sigue el consejo de la Madre Teresa: “Trabaja como

si todo dependiera de eso, y déjale el resto a Dios”. La misma Tracy es una inspiración constante por la forma en que ha desarrollado profundamente en ella y en sus hijos el concepto de “suficiente”, tan perdido en nuestra cultura. A partir de ahí, es decir, de tener suficiente y ser suficiente, ella pudo recibir los frutos de la colaboración, de la alquimia de la reciprocidad. La prosperidad de sus hijos jóvenes depende de sus propias capacidades y del compromiso de utilizarlas para marcar una diferencia en el mundo.

La verdadera “ley de la selva”: colaboración y competencia en equilibrio

Los científicos y economistas del siglo diecinueve nos mostraron una imagen terrible del mundo natural, afirmando que la competencia por el alimento y otros recursos se impone como una fuerza inevitable y definitiva a través de la cual la naturaleza establecía un equilibrio entre la población y los recursos, y priorizando la selección, favoreciendo así algunas especies y en detrimento de otras. Thomas Malthus, un teórico de la economía política estableció que el hambre, la enfermedad, la pobreza y la guerra actuaban como flagelos naturales de origen divino, destinados a controlar la superpoblación. Charles Darwin fue más allá al describir “la supervivencia del más apto“ como la competencia por los recursos escasos y como base para la evolución de las especies. Contrariamente a esos modelos que describen a la naturaleza como competitiva casi exclusivamente, de manera innata e intensa, los estudios científicos más recientes han esclarecido el poderoso rol de la reciprocidad, la sinergia, la coexistencia y la cooperación en el mundo natural, y una imagen de vida más acertada que eso representa.

Con una simple mirada superficial al abasto mundial de alimentos y a la población mundial, veremos que hay suficiente comida para todos, aunque existen otros factores que favorecen que ciertos sectores de población tengan un exceso de abastecimiento, incluso de sobrealimentación, mientras que otros estén mal nutridos y muriendo de hambre. El hambre crónica no es el “método de la naturaleza” para controlar la población o perfeccionar las especies. De hecho, es un asunto no tanto de la naturaleza sino de los gobiernos inoperantes, de las políticas y los sistemas económicos creados por nosotros mismos.

La idea de que la escasez y la competencia son muestra de que así son las cosas, ya ni siquiera es viable. Elisabet Sahtouris, una respetada bióloga evolucionista,

menciona que la naturaleza fomenta la colaboración y la reciprocidad. Señala también que en la naturaleza existe la competencia, pero dentro de ciertos límites, y la verdadera ley de supervivencia es, en última instancia, la cooperación.

La naturaleza se expresa teniendo en cuenta el equilibrio y la finalidad. La naturaleza prospera en la suficiencia. Un león mata lo que necesita para mantenerse vivo y nada más. Un león saludable no va por ahí matando de manera incontrolada. Solamente quiere y toma lo suficiente. Las diferentes especies de plantas y animales coexisten, aportando cada una algo esencial a un ambiente equilibrado que mantiene la vida. Sahtouris y otros señalan que, contrariamente a lo que implica la competencia en “la supervivencia del más calificado”, una descripción más precisa sería “la supervivencia del que coopera y colabora.” Mi propia experiencia me dice que se puede observar dicho principio de una manera particularmente poderosa en la selva tropical, donde a cada paso descubres la extraordinariamente rica y delicada inter-conectividad de todas las formas de vida.

En su libro The Limits of Growth y en otros escritos, la ya fallecida científica medioambiental Donella (Dana) Meadows, con quien trabajé muy de cerca, como amiga y colega, en el Hunger Project durante veinte años, presentó un caso convincente que confirmaba dicha teoría mucho más clara sobre el mundo natural. Gracias a sus trabajos y a su modo de vida, nos reveló el mundo desconocido de “lo suficiente”, que existe y da soporte a la vida de este planeta.

Comparando las teorías económicas con las leyes evidentes de la naturaleza, alguna vez escribió que mientras la legislación económica establece la condición de escasez y su consecuencia de que debemos consumir, producir, competir y dominar más y más, y cada vez más rápido, el equilibrio natural establece la competencia y la cooperación en un ambiente de coexistencia, creación, producción y consumo, con un ritmo que vemos expresado en los ciclos naturales de la vida, el crecimiento y la

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