¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus
polluelos debajo de las alas, y no quisiste!
—MATEO 23.37
La columna vertebral del cuerpo humano es la serie articulada de treinta y tres vértebras que van desde la base del cráneo hasta el coxis. Es el pilar de soporte de nuestro cuerpo físico, divinamente creado. Si se desplaza o disloca una sola vértebra, todo el cuerpo empieza a sufrir de inmediato. Si se dislocan dos, el cuerpo queda incapacitado y hace falta una operación. En muchos aspectos la columna vertebral determina la salud de todo el cuerpo.
Por eso elegí el título «La columna vertebral de la profecía» para este capítulo de gran importancia. Mientras cada una de las vértebras proféticas esté en su lugar, cada una de ellas producirá paz y confianza respecto de nuestro futuro y el del mundo. Pero si se distorsiona un solo elemento (una sola vértebra) de la profecía, empezamos a sufrir espiritualmente. Y si más de un elemento se disloca y tu teología se tuerce, hará falta un ajuste bíblico para corregirlo.
Antes de que podamos comprender bien el significado de las próximas cuatro lunas de sangre tenemos que saber y entender la columna vertebral de la profecía bíblica respecto del fin del mundo tal como lo conocemos. Veamos más de cerca el capítulo 24 de Mateo para revelar el bosquejo de lo que vendrá.
El Autor de Mateo 24 es el único Maestro de la profecía que haya vivido jamás, Jesucristo, el Hijo de Dios, el Hijo de David, nuestro Rey y nuestro Redentor. Vamos con Jesús, el Rabí y los doce discípulos a su conferencia sobre profecía en el monte de los Olivos.
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A CONFERENCIA SOBRE PROFECÍAEn ese escenario que se forma como imagen en tu mente regresa conmigo dos mil años al momento en que Jesús de Nazaret guía a sus doce discípulos hacia el monte de los Olivos, al salir del majestuoso templo de Jerusalén.
Ellos cruzan el valle de Cedrón y empiezan a ascender las rocosas laderas del monte donde hay antiguos olivos que han sido testigos de profecías bíblicas cumplidas a lo largo de los siglos. Van subiendo hasta un claro, el ánimo que se respira es sombrío porque los discípulos están empezando a sentir que su futuro es incierto.
Jesús se sienta sobre una roca grande bajo la sombra de un árbol muy grande y la brisa fresca ondea sus cabellos despejando su rostro. El Maestro está sentado en el mismo lugar en el que el profeta Zacarías había predicho que estaría el Mesías cuando viniera a establecer su reino eterno (14.4).
precisamente de la columna vertebral de la profecía.
Los Doce estaban muy ansiosos porque Jesús les había dicho con claridad que iba a morir (Mateo 16.21; 17.23; 20.18-19). Hasta entonces habían tenido absoluta certeza de que Jesús establecería un reino eterno ya y que ellos ocuparían doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel ya mismo (Mateo 19.28-29).
¿Qué quería decir entonces Jesús con ese pronóstico?
Los discípulos estaban tan seguros de que el glorioso reino vendría mientras ellos estuvieran vivos que dos de ellos tenían a su madre intercediendo ante Jesús, en cuanto a quién preferiría que se sentara a su diestra (posición de poder) y quién a su lado izquierdo.
Cuando el Señor les informó a aquellos hombres decididos que moriría, el entusiasmo que tenían sus ambiciosos discípulos se esfumó enseguida. Lo que querían eran diademas, coronas, ¡no muerte!
Y para colmo, Jesús acababa de incitar a los líderes judíos al llamarlos «hipócritas» públicamente (Mateo 23.13). Jesús les dijo a los escribas y fariseos que cuando ganaban algún prosélito «le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros» (v. 15). Los acusó de ser «insensatos y ciegos» (vv. 17, 19), y «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!» (v. 24).
Este sermón candente dirigido a la elite de Israel —la del orden religioso establecido—, continuó con Jesús señalándolos con su dedo y diciéndoles ante sus rostros cenicientos: «Limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia» (v. 25). Los llamó «sepulcros blanqueados … llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia» (v. 27), culpables de ser «cómplices [sus antepasados] … en la sangre de los profetas» (23.30). Jesús les dijo: «¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?» (v. 33). Es obvio que Jesús no había leído el libro Cómo ganar amigos e influir en las personas.
No había, como en nuestras iglesias, un órgano sonando con la melodía de «Tal como soy» como música de fondo; además, Jesús no pedía que levantaran la mano los convictos de pecado. Nadie le sacaba fotos para aparecer en su revista mensual de milagros. Jesús no llevaba una gran cruz de diamantes colgando del cuello, ni un anillo costoso en el dedo. No había una limusina esperándolo en algún rincón, para sacarlo a toda velocidad de allí antes de que sus fanáticos le acosaran para adorarle.
La verdad es que Jesús era un hombre de aspecto tan común que Judas tuvo que darle un beso para identificarlo ante los soldados romanos en el jardín de Getsemaní. Los escribas y los fariseos sintieron mucha rabia contra ese bandido Rabí de Nazaret que se atrevía a poner en duda su santidad, denunciándolos por pomposos sin límites y ofendiendo su gigantesco orgullo religioso.
Hoy, ese mismo orgullo religioso sigue allí, en los sermones de tantos clérigos del siglo veintiuno que predican una mezcla de psicología pop y cháchara más que evangelio. Su propósito es hacer que quienes les escuchan se sientan bien, en vez de instarlos a que hagan el bien. Esos mensajeros de nuestros tiempos modernos se preocupan más por su reputación que por ganar almas. Lo que les hace falta es captar el espíritu de Jesús que registra el libro de Mateo.
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A TRAMPA DES
ATANÁS«De toda ceguedad de corazón; de soberbia, vanagloria e hipocresía; de envidia, odio y mala voluntad; y de toda falta de caridad, líbranos, buen Señor».1
¡La soberbia es la trampa de Satanás!
El espíritu que hizo que Adán y Eva pecaran contra Dios fue el orgullo. Preferían acusarse mutuamente antes que arrepentirse de su desobediencia. El espíritu que hizo que Caín matara a Abel fue el orgullo. Y el espíritu que hizo que Israel siguiera a otros dioses también fue el orgullo. El espíritu que envió a Jesús a la cruz… ese que acechaba en el corazón de cada uno de los fariseos… era el espíritu del orgullo autojactancioso.
Ese mismo espíritu demoníaco está destruyendo a los Estados Unidos. Nos engaña para que creamos que sabemos cómo vivir y llevar a nuestra nación adelante, mejor que Dios. Los EE.UU. están equivocando el camino y en nuestro orgullo y vanagloria nos negamos a cambiar de rumbo.
Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.
(PROVERBIOS 16.18)
La soberbia es esa hinchazón que hace que tu corazón solo pueda contener tu propia importancia. Ella me eleva para que te mire desde arriba. Es un cáncer espiritual que devora familias, destruye matrimonios, divide iglesias y corrompe gobiernos. Es lo que hace que la mitad de los líderes y jefes de nuestro país se miren al espejo cada mañana y canten: «¡Viva el jefe!».
La soberbia u orgullo tiene sus raíces en la idolatría. Es que adoras a tu propia persona. No necesitas de tu esposa, tu esposo ni tus hijos. Ni siquiera necesitas a Dios, puesto que el dios de tu mundo ¡eres tú!
El orgullo es una cizaña ponzoñosa que crece en todo tipo de terreno, sin que haga falta regarla o cuidarla. Consume y mata todo lo que toque.
Si no fuera por el orgullo o soberbia los ángeles que están en el infierno estarían en el cielo. Si no fuera por el orgullo Nabucodonosor, que acabó comiendo hierba con las vacas en el bosque, podría haber estado en su palacio real.
Si no fuera por el orgullo los fariseos habrían recibido a Jesucristo con la misma libertad que sus discípulos. Pero las penetrantes palabras del Nazareno les llegaron a los huesos a los jactanciosos líderes religiosos, por lo que entonces empezaron a planear ¡cómo asesinar al Hijo de Dios! No te olvides nunca de esto: A Jesús lo mató el orgullo de los arrogantes y santurrones líderes religiosos de la iglesia reconocida de Jerusalén.
El orgullo es un cáncer que todo lo mata, que mata a todas las personas que toca. ¿Está en tu iglesia? ¿En tu familia? ¿En ti? ¡Échalo fuera ahora mismo! Está en juego tu supervivencia espiritual.
Estados Unidos ha caído en la trampa de la autoindulgencia y su futuro como nación está en juego. Nuestros fundamentos morales y espirituales están siendo destruidos muy rápidamente. Nuestra arrogancia va produciendo un estado socialista que a la larga se está convirtiendo en nuestro dios. El estado de las cosas, el ánimo de nuestro pueblo, ha creado una nación que busca en el gobierno la respuesta a nuestros problemas cuando la única respuesta posible está en lo siguiente: «Padre nuestro que estás en los cielos».
La mayoría de los estadounidenses votan para vivir más que trabajar para tal fin. ¡El trabajo es una idea genial! Dios trabajó seis días en la creación y en los Diez Mandamientos ordenó a todos los seres humanos que trabajaran seis días. En nuestro arrogante orgullo le estamos diciendo a Dios Todopoderoso: «No nos haces falta».
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L TEMPLO DESTRUIDO POR LOS ROMANOSJesús prosiguió con su conferencia sobre profecía y señaló al magnífico templo diciendo: «¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada» (Mateo 24.2).
Esta afirmación del Maestro mataba los sueños de los Doce. Porque si ese templo glorioso que se había construido a lo largo de cuarenta y seis años iba a ser destruido piedra a piedra por un ejército invasor, entonces no habría ningún reino glorioso en el futuro.
He viajado a Israel treinta y cinco veces y en cada visita he visto el único muro que quedó después del sitio de los romanos. Es el muro occidental del templo. Las piedras de ese muro, dicen los guías, pesan hasta cuatrocientas toneladas. Son piedras de verdad enormes.
Y exactamente, tal como lo profetizara Jesús, cuando los romanos tomaron Jerusalén a solo cuatro años de haberse completado la construcción del templo, lo destruyeron. La invasión del ejército romano destruyó mucho más que el templo; según el historiador Josefo aproximadamente un millón de judíos murieron, asesinados o a causa del hambre, durante esa masacre romana.2 Los judíos que habitaban Jerusalén y que sobrevivieron a ese sitio cruel huyeron y se dispersaron por las naciones del mundo, lo cual dio inicio a lo que la historia llama la Diáspora.
Cuando los discípulos miraban esa estructura impresionante, les resultaba imposible creer lo que Jesús decía sobre su destrucción. Pero el día 9 de Av, fecha que una y otra vez demostró ser fatídica en la historia del pueblo judío, el templo ya no estaba.
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ÍA TRÁGICO, EL9
DEA
VAv es el quinto mes del año judío.3 El 9 de Av es un día infame para el pueblo judío porque en esa fatídica fecha acaecieron muchas tragedias. Eso demuestra, más allá de toda duda razonable, que la historia sí se repite. Repasemos algunas de las tragedias judías acontecidas el 9 de Av:
• Los hijos de Israel se negaron a entrar en la Tierra Prometida, lo que causó que esa generación muriera en el desierto (Números 14).
• La primera destrucción del templo (423 A.C.). • La segunda destrucción del templo (69 D.C.).
• El Papa Urbano II declaró la Primera Cruzada (1095 D.C.). • El pueblo judío fue expulsado de Inglaterra (1290 D.C.). • El pueblo judío fue expulsado de España (1492).
• Comenzaron a funcionar las cámaras de gases en Treblinka, Polonia (1942). ¿Son coincidencias? ¿O volverá a repetirse la historia?
CAPÍTULO 5