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Durante la época en que Jerjes, Mardonio y yo crecimos, nos tornamos más y más (y no menos y menos) apegados. Los Grandes Reyes y sus herederos no hacen tan fácilmente amigos como enemigos. Por consiguiente, los amigos de la juventud son para toda la vida, si el príncipe no es loco ni los amigos envidiosos.
A medida que pasaban los años, se iba haciendo más frecuente encontrar a Hystaspes en la corte que en Bactria. Siempre fue una buena influencia para Darío. En verdad, de haber vivido unos pocos años más, estoy seguro de que hubiese neutralizado el partido griego de la corte, evitando aquellas guerras caras y tediosas.
A mis veinte años, Hystaspes me nombró comandante de su guardia militar personal en Susa. Como no disponía de fuerzas militares fuera de su satrapía, ese cargo era totalmente honorario. Hystaspes quería que estuviese a su lado para ayudarle a seguir el camino de la Verdad y a eludir la Mentira. Yo me sentía un impostor. No era religioso. En todos los asuntos relativos a la orden de Zoroastro, me remitía a mi primo, que se encontraba ahora en un palacio de Susa donde encendía regularmente el fuego sagrado para Darío. Ahora que ese primo ha muerto puedo decir que tenía el alma de un mercader. Pero era el hijo del hijo mayor de Zoroastro, y esto era lo único que importaba.
A pesar de la presión constante de Hystaspes para que desarrollara mis dones proféticos y espirituales, mi vida había sido tan enteramente modelada por la corte del Gran Rey que sólo podía pensar en la guerra y en la intriga, o en viajes a países remotos.
En el vigésimo primer año del reinado de Darío, más o menos durante el solsticio de invierno, Hystaspes me llamó a sus habitaciones del palacio de Susa.
—Saldremos de caza —dijo. —¿Es ésta la estación, señor? —Cada estación tiene su caza.
El anciano parecía preocupado. No hice más preguntas.
Aunque Hystaspes tenía bastante más de setenta años y estaba invariablemente achacoso —las dos condiciones son la misma—, se negaba a que lo llevaran en litera, aun en los días más fríos del invierno. Al salir de Susa iba muy erguido junto al conductor de su carro. Los lentos copos de nieve que se adherían a su larga barba blanca brillaban en la blanca luz del invierno. Yo montaba a caballo. Excepción hecha de mí, Hystaspes no llevaba escolta alguna. Esto era insólito. Cuando lo comenté, respondió: —Cuanto menos gente lo sepa, mejor. —Luego dio una orden al conductor—: Seguiremos la ruta a Pasargada.
Pero no fuimos a Pasargada. Poco después de mediodía llegamos a un pabellón de caza, en un valle boscoso. Había sido construido por el último rey de Media y reconstruido por Ciro. A Darío le agradaba creer que cuando estaba allí nadie sabía dónde se encontraba. Por supuesto, el harén sabía siempre exactamente dónde y con quién estaba el Gran Rey en cualquier momento de cualquier día. Excepto ese día.
En absoluto secreto, el Gran Rey había llegado la noche anterior. Era evidente que los sirvientes no estaban prevenidos. El salón principal estaba helado. Los braseros de carbón estaban recién encendidos. Las alfombras para el Gran Rey —sus pies no deben tocar jamás el suelo—habían sido extendidas tan apresuradamente que yo mismo ayudé a alisarlas.
En un estrado se hallaba el trono de Persia: una alta silla dorada con un apoyapiés. Frente al estrado, se habían colocado en hilera seis taburetes. Esto era desusado. En la corte, sólo el Gran Rey está sentado. Pero había oído hablar de ciertos consejos secretos en que figuras importantes se sentaban en presencia del Gran Rey. No es necesario aclarar que estaba muy excitado ante la perspectiva de ver al Gran Rey en su papel más real y secreto: el de jefe guerrero del clan montañés que había conquistado el mundo.
Fuimos recibidos por Artafrenes, hijo de Hystaspes y sátrapa de Lidia. Aunque esa poderosa figura tenía rango real en Sardis, la capital del rico y antiguo reino de Lidia que
Ciro había arrebatado a Creso, aquí era un mero sirviente de su hermano menor, el Gran Rey. Cuando Artafrenes abrazó a su padre, éste le preguntó:
—¿Está él aquí?
En la corte sabemos, por la forma de hablar, cuándo «él» se refiere o no al Gran Rey. Este «él» era evidentemente otra persona.
—Sí, señor y padre. Está con los demás griegos.
Aun en aquel momento, comprendí que un encuentro secreto con griegos significaba complicaciones.
—Ya sabes lo que pienso. —El viejo Hystaspes acarició su brazo inútil. —Lo sé. Pero debemos escucharles. Las cosas están cambiando en el oeste. —¿Alguna vez no lo están? —dijo Hystaspes, con amargura.
Pensé que tal vez Artafrenes deseara hablar un instante a solas con su padre, pero antes de que pudiera excusarme fuimos interrumpidos por el chambelán, quien se inclinó con profunda reverencia ante los dos sátrapas y dijo:
—¿Querrán sus señorías recibir a los huéspedes del Gran Rey?
Hystaspes asintió y el huésped menos importante entró primero. Era mi viejo amigo, el médico Demócedes. Siempre actuaba como interprete cuando Darío recibía griegos de importancia. Luego, Tesalo de Atenas. Luego Histieo, que no necesitaba intérprete: era tan versado en lengua persa como diestro para la intriga persa.
El último griego era un hombre delgado, de pelo gris. Se movía lenta, grave, hieráticamente. Tenía, ante los demás, esa sublime naturalidad que sólo se halla en quienes han nacido para gobernar. Jerjes poseía esa cualidad. Darío no.
El chambelán anuncio:
—Hipias, hijo de Pisístrato, tirano de Atenas por la voluntad del pueblo. — Lentamente, Hystaspes atravesó la habitación y lo abrazó. En un instante, Demócedes estuvo al lado de ambos, traduciendo rápidamente a ambas lenguas las frases ceremoniales. Hystaspes siempre trató a Hipias con verdadero respeto. Hipias era el único soberano griego que el anciano podía soportar.
En el pabellón, las idas y venidas del Gran Rey siempre eran silenciosas. No había tambores, címbalos, flautas. Por este motivo, Darío estuvo antes de que nos diéramos cuenta en su silla, con Jerjes de pie a su derecha y el comandante general Datis a su izquierda.
Aunque Darío se encontraba sólo en la cincuentena, empezaba a mostrar signos de vejez. Solía quejarse de dolor en el pecho. Tenía dificultad para respirar. Como Demócedes no hablaba jamás de su paciente, nadie supo nunca el verdadero estado de salud de Darío. Sin embargo, para mayor seguridad, y cumplimiento con una antigua costumbre de Media, Darío había ordenado ya que se le construyera una tumba cerca de Persépolis, unas veinte millas al oeste de la santa Pasargada.
Ese día, Darío estaba cubierto de pesadas vestiduras de invierno. Salvo la cinta azul y blanca, no llevaba insignias de realeza. Jugueteaba constantemente con la daga que llevaba en el cinto. No podía estar totalmente inmóvil: otra señal de que, contrariamente a Jerjes y a Hipias, no había nacido soberano.
—He dado la bienvenida al tirano de Atenas —dijo—. Los demás estáis siempre cerca y no necesitáis que os dé la bienvenida en mi casa. —A Darío le impacientaban las ceremonias cuando la tarea a realizar no era la ceremonia misma.
—Comenzaremos. Éste es un consejo de guerra. Sentaos.
Darío tenía el rostro arrebatado, como si tuviese algo de fiebre. Tenía tendencia a las fiebres durante la estación fría.
Se sentaron todos, menos Jerjes, Datis y yo. —Hipias acaba de llegar de Esparta.
Esto fue un choque para todo el mundo, como Darío deseaba. Sin la ayuda del ejército espartano, los mercaderes y terratenientes no habrían logrado expulsar al popular Hipias.
Darío extrajo a medias de la vaina roja la curva daga plateada. Aún puedo ver la brillante hoja en esa parte de mi memoria en que las cosas son visibles.
—Habla, tirano de Atenas.
Considerando que éste se veía obligado a detenerse a cada momento para que Demócedes pudiera traducir, no sólo se mostró eficaz sino elocuente.
—Gran Rey, estoy agradecido por cuanto has hecho por la casa de Pisístrato. Has permitido que conservásemos las tierras familiares de Sigeo. Has sido el mejor de los señores. Y si el cielo nos obliga a ser huéspedes de otro poder terreno, estaremos felices de ser los tuyos.
Mientras Hipias hablaba, Histieo miraba a Darío con la intensidad de esas serpientes de la India que primero inmovilizan con su mirada vidriosa al conejo asustado y luego atacan. Pero Darío no era un conejo asustado. A pesar de una década en la corte, Histieo no comprendía al Gran Rey. Hubiera sabido, en ese caso, que la cara de Darío nunca demostraba nada. En un consejo, el Gran Rey parecía un monumento de piedra en su honor.
—Pero ahora, Gran Rey, deseamos regresar a la ciudad de donde, hace siete años, nos exiliamos a causa de un puñado de aristócratas atenienses que lograron obtener la ayuda del ejército espartano. Afortunadamente, la alianza entre Esparta y nuestros enemigos se ha deshecho. Cuando el rey Cleomenes consultó el oráculo de la Acrópolis ateniense, supo que los espartanos habían cometido un grave error al unirse a los enemigos de nuestra familia.
Los griegos tenían gran fe en sus confusos y, a veces, corrompidos oráculos. Es posible que el rey espartano creyese en un oráculo que siempre había favorecido a la familia de Pisístrato. Pero me parece más probable que no congeniara con los terratenientes de Atenas, conducidos en aquel momento por uno de los alcmeónidas malditos, llamado Clístenes, cuyo fervor por la democracia ciertamente no haría feliz a un rey espartano muy convencional. En todo caso, Cleomenes reunió un congreso de representantes de todos los estados griegos, en Esparta. Cleomenes atacó a Clístenes. A propósito: he sabido que Cleomenes hubiese aceptado como tirano al aristócrata Iságoras; y, en verdad, a cualquiera, con excepción de Clístenes.
Hipias se defendió con elocuencia. Pero los demás griegos no se convencieron, y se negaron a constituir una liga contra Atenas, con un motivo sensato: como temían al ejército espartano, tampoco deseaban un gobierno proespartano en Atenas. Era tan sencillo como esto. Pero los griegos rara vez son directos. El representante de Corinto fue particularmente sutil. Denunció ante Hipias a todos los tiranos, los buenos y los malos. Derrotados en la votación, los espartanos se vieron obligados a jurar que no fomentarían la rebelión en Atenas.
—En ese punto, Gran Rey, dije al congreso que me sentía en el deber de advertir a los corintios, como estudioso de los oráculos durante toda mi vida, que su ciudad seria aplastada a su tiempo por la misma facción que sostenían en Atenas.
La profecía de Hipias se cumplió. Pero cualquiera que conozca el voluble carácter griego puede suponer que, más tarde o más temprano, dos ciudades vecinas disputarán entre sí, que la más fuerte derrotará a la más débil y que, aunque no desvíe un río sobre sus ruinas —como hizo Crotona con Síbaris—, ensombrecerá tanto la reputación de la ciudad derrotada que jamás se sabrá la verdad de la guerra. Con toda espontaneidad, los griegos siguen a la Mentira. Está en su naturaleza.
—Gran Rey, si apoyaras la restauración de nuestra casa, Esparta te ayudaría. Abjuraría de lo que ha dicho. Seguiría al rey Cleomenes. Y los usurpadores, que también son tus enemigos, serían arrojados de la ciudad que su impiedad ha manchado.
Hipias se interrumpió. Darío asintió. Hipias se sentó. Darío hizo un gesto a Datis. El comandante general estaba bien preparado. Habló rápidamente y, al mismo tiempo, Demócedes tradujo a Hipias las palabras vertidas en persa con acento medo.
—Tirano —dijo Datis—: según la ley espartana, hay ya dos reyes. Poseen igual rango. Uno de los reyes de Esparta favorece tu restauración. El otro no. Antes de una campaña militar, se echa a suertes quién conducirá el ejército. ¿Qué ocurriría si el comando espartano en la guerra contra Atenas no fuese entregado a tu aliado, el rey Cleomenes, sino a tu enemigo, el rey Demarato?
La respuesta de Hipias estaba igualmente bien preparada.
—Hay, general, dos reyes en Esparta, como has dicho. Uno me apoya y el otro no. El que no me apoya dejará de ser rey en breve plazo. Lo ha dicho el oráculo de Delfos.
Hipias miraba el suelo mientras esto se traducía. Darío mantenía su expresión pétrea. Como a todos nosotros, los oráculos griegos no le importaban mucho. Había creído en demasiados.
Hipias concretó.
—Demarato será depuesto en Esparta porque es ilegítimo. El mismo Cleomenes me ha dicho que posee las pruebas.
Cuando Darío escuchó la traducción, sonrió por primera vez.
—Me interesaría saber —dijo suavemente— cómo se puede probar o desmentir la legitimidad treinta años después de la concepción.
La versión de Demócedes fue algo menos ruda que la broma de Darío. Pero, es curioso, se demostró que Hipias estaba absolutamente en lo cierto. Se probó que Demarato era ilegítimo, y fue depuesto. Se dirigió inmediatamente a Susa, donde sirvió lealmente al Gran Rey, y a Lais. Cleomenes murió poco después, completamente loco. Incapaz de dejar de morderse a sí mismo, se desangró hasta la muerte. A Demarato le encantaba describir el extraño fin de su enemigo.
Darío dio una palmada, y el copero le llevó un jarro de plata que contenía agua, hervida, del río que pasa junto a Susa. Esté donde esté, el Gran Rey bebe agua del Choaspes, que jamás le ofrece a nadie. Y sólo vino de Helbon, y trigo de Assis, y sal del oasis de Ammón. No sé cómo comenzaron estas costumbres. Probablemente sean heredadas de los reyes de Media, a quienes los aqueménidas imitan en tantas cosas.
Mientras Darío bebía, observé que Demócedes estudiaba cuidadosamente a su paciente. Una sed constante es inicio de fiebres epidémicas. Darío siempre bebía cantidades de agua, y con frecuencia estaba afiebrado. Pero era un hombre robusto y podía soportar toda clase de duros trabajos en campaña. Sin embargo, en todas las cortes del mundo hay una pregunta constante, jamás expresada: ¿cuánto tiempo más vivirá el monarca? Aquel día de invierno, en el pabellón de caza del camino a Pasargada, a Darío le restaban trece años de vida, y no teníamos por qué atender particularmente a la cantidad de agua que bebía. Darío se secó la barba con el dorso de su mano gruesa, cuadrada, cubierta de cicatrices.
—Tirano de Atenas —empezó. Y se detuvo. Demócedes también empezó a traducir y se interrumpió. Darío había hablado en griego.
Darío alzó la vista hacia las vigas de cedro que sostenían el techado lleno de rendijas. Frías corrientes de aire silbaban. Aunque los nobles montañeses persas no debían inquietarse por las temperaturas extremas, todos los presentes se estremecían, excepto Darío, muy abrigado.
El Gran Rey improvisaba, algo que yo nunca le había visto hacer, puesto que únicamente había estado ante él en ocasiones ceremoniales, en que las preguntas y respuestas estaban tan ritualizadas como las antífonas sagradas de mi abuelo.
—Lo primero es el norte —dijo—. Allí está el peligro. Allí murió mi antepasado Ciro, combatiendo contra las tribus. Por eso fui hasta el Danubio, y hasta el Volga. Por eso maté a todos los escitas que encontré. Pero ni siquiera el Gran Rey puede encontrarlos a todos. Aún están allí. Las hordas están esperando. Esperan el momento de dirigirse al sur. Si esto
ocurre durante mi época, volveré a matarlos, pero... —Darío se interrumpió. Tenía los ojos cerrados, como si examinara un campo de batalla. Quizá volviese a vivir su derrota —ahora se puede usar la palabra exacta— en los bosques de Escitia. Si Histieo no hubiera impedido que los jonios quemaran el puente entre Asia y Europa, el ejército persa habría perecido. Darío nunca dejaba de agradecer a Histieo. Y tampoco dejaba de desconfiar de él. Creía por eso que Histieo era menos peligroso como huésped que en un hogar de Mileto. Como se demostró posteriormente, estaba en un error.
Yo podía ver la ansiedad de Histieo por recordarnos su papel crucial en la guerra escita, pero no se atrevía a hablar mientras no le dieran permiso. En cambio, Artafrenes, el hermano del Gran Rey, tenía derecho a hablar en los consejos cuando lo deseara.
Todo ello era para mí muy revelador. Por lo pronto, comprendí que si bien había crecido en la corte, nada sabía sobre la forma en que realmente era gobernada Persia. Cuando Jerjes me hablaba de su padre, sólo decía frases convencionales. Hystaspes murmuraba a veces algo acerca de su hijo, y esto era todo.
Sólo en el consejo del pabellón empecé a comprender qué y quién era Darío, y aun en su ancianidad —ahora tengo edad suficiente para ser su padre en aquel momento— pude vislumbrar algo del joven osado e ingenioso que derribó al así llamado usurpador Mago y se convirtió en amo del mundo conservando la lealtad de los seis nobles que le ayudaron a conseguir el trono.
Darío indicó al copero que se retirara. Luego se volvió a Artafrenes. Los hermanos no se parecían en nada. Artafrenes era una versión algo más tosca de su padre Hystaspes.
—Hermano y Gran Rey. —Artafrenes inclinó la cabeza. Darío parpadeó: era suficiente. Cuando los jefes de los clanes persas se reúnen, la verdadera sustancia del debate es, con frecuencia, lo que no se expresa con palabras. Años más tarde, Jerjes me dijo que Darío disponía de una amplia variedad de gestos para comunicar su voluntad. Lamentablemente, no le vi lo suficiente para aprender ese código indispensable.
Artafrenes comenzó:
—Creo que Hipias es nuestro amigo, como lo fue su padre, a quien concedimos el mando de Sigeo. Creo que nos interesa la restauración de la casa de Pisístrato en Atenas.
La cara de Tesalo mostraba alegría. La de Hipias era tan impasible como el rostro de Darío. Era un hombre prudente, acostumbrado a las decepciones.
Artafrenes no escatimó una nueva, al cambiar bruscamente de tema. —Hace dos semanas recibí en Sardis a Aristágoras de Mileto.
Histieo estaba sentado muy erguido. Sus pequeños ojos negros estudiaban cada gesto del sátrapa.
—Como bien sabe el Gran Rey —ésta era la frase empleada en la corte para referirse a algo que el Gran Rey ignoraba, había olvidado o no quería saber—, Aristágoras es el sobrino y yerno del leal amigo y aliado que hoy nos honra con su presencia. —Artafrenes indicó a Histieo con un gesto de la mano derecha—. El tirano de Mileto, que prefiere la compañía del Gran Rey a su país natal.
Creo que Darío sonrió en ese instante. Pero su barba era muy tupida y no puedo estar seguro.
—Aristágoras actúa en Mileto en nombre de su suegro —continuó el sátrapa—. Se declara tan leal a nosotros como el tirano mismo. Le creo. Después de todo, el Gran Rey jamás ha dejado de apoyar a los tiranos de las ciudades griegas que le pertenecen. —