positivo de las ciencias del hombre
1. La moral aprehende la acción a partir del interior, las ciencias a
partir del exterior
a) El conocimiento moral
Hemos descrito el método de la moral como reflexivo y dinámi- co. Remontándose hasta la fuente del obrar en la interioridad per- sonal, el conocimiento moral se esfuerza en conocer y comprender la acción a partir del interior. Este es el centro de perspectiva desde donde la moral abarca y examina los elementos de la acción para di- rigirla y construirla. De este modo santo Tomás analizará el acto hu- mano partiendo del acto interior, del querer como causa principal de la moralidad. Al mismo tiempo, la ciencia moral tratará de pe- netrar en el interior de los hechos y de las obras que le son someti- das, para comprenderlas y explicarlas a partir de su autor, del que manifiestan el pensamiento y el ser. El fondo de una obra le intere- sa más que su forma.
Esta interioridad es dinámica. Está constituida por el conoci- miento y el impulso voluntario que hacen la acción, que la forman según la causalidad agente y la causalidad final. Desde el lado de la causalidad agente, el conocimiento moral establece la responsabili- dad del sujeto respecto de sus actos; por la causalidad final, que se despliega en la intención del fin y la elección de los medios, el co- nocimiento moral asegura al hombre el dominio de sus acciones. Esta doble dimensión, conjugada con la causalidad formal en la cap- tación de su objeto por la razón, es característica del conocimiento moral.
Se puede ver una expresión concreta de estas dimensiones típicas tanto en el Sermón de la Montaña como en el Decálogo. «Quien- quiera que se indisponga contra su hermano, responderá ante el tri- bunal, etc.», he aquí la causalidad agente. «Felices los pobres, etc., pues el Reino de los Cielos les pertenece», he aquí la causalidad fi- nal bajo la forma de la promesa. De este modo santo Tomás verá en las bienaventuranzas evangélicas la revelación de la bienaventuranza verdadera y del fin último al que Dios llama al hombre.
El Decálogo, de manera análoga, se inscribe en el interior de las grandes promesas hechas a Abraham y a Moisés; determina, por la Alianza y las leyes que establece, la responsabilidad del pueblo elegi- do ante su Dios.
b) El conocimiento positivo
Debido a su método, el conocimiento positivo procederá desde una observación de los actos humanos a partir del exterior. Conside- rará la acción humana como un hecho de observación, y, por tanto, como algo hecho y no algo por hacer. La misma exterioridad se vol- verá a encontrar en las leyes que establecerá para relacionar los actos con los factores observables que los condicionan y los explican.
Las ciencias positivas se basarán esencialmente en las relaciones de sucesión y de simultaneidad para fundar sus leyes; harán abstrac- ción de la causalidad agente o final, característica del conocimiento moral. Como decía perentoriamente Auguste Comte: «El carácter fundamental de la filosofía positiva es mirar todos los fenómenos como sometidos a leyes naturales invariables, cuyo descubrimiento preciso y su reducción al menor número posible son el fin de todos nuestros esfuerzos, al considerar como absolutamente inaccesible y vacío de sentido para nosotros la búsqueda de lo que se llama las causas ya sean primeras o últimas».
Sin duda, en lo concreto de la investigación científica, sobre todo la aplicada a las acciones humanas, es casi imposible descartar entera- mente la causalidad agente y final. ¿Comte mismo, en su texto, no ha- bla del fin de todos sus esfuerzos? No obstante, es verdad que la cien- cia positiva otorga, por su método, la prioridad a la causalidad material a partir de la sucesión y de la simultaneidad de los fenóme- nos para establecer una coordinación de leyes invariables, es decir, se- gún una causalidad que podemos llamar agente, si se quiere, pero que está determinada y no es libre, por tanto totalmente diferente de la causalidad moral. Ésta obra en el interior del sujeto, aquélla lo deter- mina desde el exterior, como un objeto sometido a un mecanismo. Esta observación se verifica incluso respecto de los fenómenos psíqui- cos, que pueden ser mirados ya a partir de la interioridad dinámica del sujeto por la moral, ya a partir de la exterioridad de un observador, que utiliza instrumentos de medida y tests en la psicología positiva.
No debemos tener miedo a marcar claramente esta diferencia de los métodos y de las perspectivas, incluso aunque, en lo concreto de la investigación, no se pueda impedir una cierta mezcla. La distin- ción mencionada nos permite darnos cuenta a la vez de la validez de las ciencias positivas aplicadas al hombre y de sus límites. Citemos aquí el testimonio de Jean Fourastié según una recensión de su obra
El largo camino de los hombres: «Se creyó durante largo tiempo, si-
guiendo a Renan, que la ciencia podría sustituir a la religión (noso- tros podríamos decir a la moral) para explicar al hombre su miste-
rio. Los más grandes científicos abandonan o han abandonado hoy esa opinión... La ciencia aporta una información segura, eficaz, cre- ciente en cantidad, y cualidad, pero que es muy a menudo insufi- ciente para determinar una decisión. Explica el cómo de muchas co- sas, pero no el por qué, y permanece muda respecto a los fines últimos del hombre».
Nuestra distinción entre el conocimiento moral y el conoci- miento positivo reposa, pues, sobre una diferencia de actitud fun- damental del hombre y de su inteligencia en relación a su acción. De un lado, mira sus actos a partir de la interioridad actuante que lo constituye como sujeto y como persona; y del otro, los examina me- diante una observación que lo coloca como fuera de ellos, al modo de los fenómenos del mundo exterior en el que se inscribe.
2. El conocimiento moral es dinámico, directivo y normativo,
el conocimiento positivo es «neutro», no directivo y no normativo
a) El conocimiento moral
El conocimiento moral es dinámico por su origen, el conoci- miento «fontal», y por su fin, la acción que ha de hacerse, que ha de llevarse a su término. Acompaña a la acción en todo su desarrollo, en la deliberación y el juicio que forman la elección, en los esfuer- zos, en las reanudaciones y en las rectificaciones que reclama la eje- cución. Estableciendo la relación entre el sujeto y el fin según la ver- dad y la rectitud requerida, este conocimiento es esencialmente
directivo, regulativo y normativo. Se expresa típicamente mediante el
modo imperativo, mediante preceptos que descienden, gracias a la prudencia, hasta el nivel de la acción singular: «Haz esto, haz aque- llo». Notemos, sin embargo, que este imperativo puede ser de natu- raleza sapiencial, cargado de una luz y de una espontaneidad que lo diferencia con nitidez del imperativo puramente voluntario de las morales de la obligación. Así son los preceptos que forman la cima de la justicia «nueva» en el Sermón de la Montaña: «Mas yo os digo que no os opongáis al malo; antes bien, a todo el que te abofetee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra... Amad a vuestros ene- migos, orad por los que os persiguen... Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial». Estos imperativos tienen el poder del amor que suscitan y hasta de las amenazas que evocan: «Si no perdonáis a los hombres, vuestro Padre tampoco os perdona- rá vuestras faltas». Así son también los preceptos del Decálogo regi- dos por los mandamientos del amor a Dios y el amor al prójimo.
Para santo Tomás, los términos mismos de imperativo o de precep- to se definirán como actos de la razón, humana o divina, cargados del impulso voluntario, como las obras de una sabiduría eficaz.
Siendo dinámico, el conocimiento moral será de naturaleza más bien sintética. Para producir la acción, debe componer, con los ele- mentos que implica, una síntesis nueva, comparable a la edificación de una casa. Se trata de un conocimiento arquitectónico como es la sabiduría. Por este lado, tiende hacia un conocimiento unificado, tal es el conocimiento por connaturalidad que desarrolla las virtudes gracias al ejercicio y a la experiencia.
Por todos estos aspectos, el conocimiento moral puede ser lla- mado un conocimiento «comprometido». No puede dejar indife- rente a la persona que lo adquiere, pues le concierne directamente en su calidad de sujeto. Además no puede formarse verdaderamen- te y crecer sin un compromiso efectivo en la acción recta y sin la ex- periencia que ésta procura.
b) El conocimiento positivo
El conocimiento positivo es de un tipo totalmente distinto. Frente al dinamismo del conocimiento moral, se le podría calificar de estático en el sentido que sitúa al investigador, al menos en prin- cipio, como un punto fijo y estable, requerido para la observación y la medida de los fenómenos en movimiento; igualmente porque considera los fenómenos como una sucesión de los hechos, de actos ya realizados y estables, incluso aunque se les considere en movi- miento. Hecha abstracción, en razón del método, de la causalidad agente, sobre todo de la libre, y de la causalidad final, el investiga- dor positivo no pretende responder a la cuestión de la responsabili- dad de las acciones que observa, ni de la utilización que podría ha- cerse de los datos que suministra en vista de una nueva acción. El conocimiento que adquiere no es de suyo ni directivo ni normativo. Se expresa mediante el indicativo y expone lo que es o lo que ha sido. Por ejemplo, el sociólogo que estudia la situación religiosa de una diócesis puede ofrecer un análisis muy útil a los responsables que se lo han encargado, pero no pretenderá hacer juicios de valor sobre los acontecimientos que han creado esta situación, ni determinar las de- cisiones que la modificarán o los fines que deberán orientar la acción ulterior. No puede hacerlo sin salirse de su dominio propio.
La búsqueda de rigor y de objetividad en la observación reclama que el investigador se mantenga en un estado de «neutralidad» a
priori ante los hechos que estudia. Debe hacer abstracción, en la me-
dida que pueda, de sus sentimientos y de sus estimaciones persona- les, para convertirse en un espejo nítido que refleje fielmente lo que tiene delante de sus ojos. No buscará más leyes ni aplicará otros cri- terios de juicio que los que se deduzcan de los hechos. De este modo el conocimiento positivo difiere profundamente del conocimiento moral: por exigencia de su propio método, no toma partido, no se compromete.
Ante los mismos documentos, tomemos las bienaventuranzas o el Decálogo, el exegeta estrictamente positivo, que los estudia como textos históricos, tendrá una actitud y una reacción diferentes de las del moralista o del cristiano que ve en ellos las fuentes principales de la moral y los siente como la Palabra de Dios que le toca personal- mente. El primero mantiene el texto a distancia para que no le afec- te a fin de mirarlo bien, el segundo se interesa en estos textos preci- samente porque le afectan y le conciernen como sujeto responsable. A pesar de sus diferencias, estas dos actitudes ante los mismos es- critos pueden coexistir y coordinarse en la misma persona. Puede entonces establecerse una conjunción fructífera de la mirada del in- vestigador y del moralista.
Por otra parte, se ha mostrado suficientemente que la pretensión de perfecta neutralidad era un error, especialmente en las ciencias humanas. El hombre no puede hacer enteramente abstracción de sí mismo delante del hombre; si lo consiguiese, no comprendería ya al hombre y lo destruiría. Particularmente aquí, la manera de mirar condiciona la mirada misma y, por ella, el objeto observado.
Esta nota crítica, como ya hemos dicho, no elimina, sin embar- go, la validez del método ni la de las ciencias positivas; nos invita so- lamente a medir mejor su alcance y sus límites.
Sobre todo, no legitima el paso al extremo opuesto: la renuncia a la búsqueda de la objetividad y de la verdad que inspira todas las ciencias, incluida la ciencia moral.
Notemos, por último, que el conocimiento positivo pondrá el acento especialmente en el análisis, pues se esforzará ante todo en descomponer los fenómenos en sus elementos más simples, a fin de descubrir las leyes que los determinan.
A diferencia de la moral, de la filosofía y de la teología, que tien- den a la unidad a través de la multiplicidad, las ciencias positivas crean una división y una especialización creciente que hacen dismi- nuir la esperanza de una síntesis, y, por consiguiente, la de una moral concebida como una ciencia de las costumbres o una técnica del obrar, conforme al proyecto de Lévy-Bruhl, a comienzos de este siglo.
3. El conocimiento moral es personal,
el conocimiento positivo es apersonal
a) El conocimiento moral
La persona humana está en el centro de la consideración del mo- ralista, pues es la fuente y la causa responsable de las acciones. Por esto, el reconocimiento de la personalidad constituye un postulado fundamental de la ciencia moral.
Además, si en el universo moral todo procede de la persona, todo vuelve de la misma forma también hacia ella, para conducir a su calificación como buena o mala por medio de sus actos.
Por esta razón la ley moral se expresa preferentemente en segun- da persona: «No matarás, no cometerás adulterio... Amad a vuestros enemigos, orad por vuestros perseguidores...». Incluso el empleo que hace de la tercera persona puede reducirse con facilidad a la se- gunda: «Quienquiera que se indisponga contra su hermano respon- derá de ello ante el tribunal... Cuando tú, pues, presentes tu ofren- da ante el altar y te acuerdes de una queja que tu hermano tiene contra ti...».
Sin duda es preciso ir todavía más lejos y decir que el conoci- miento moral reclama un compromiso personal del propio moralis- ta, pues las realidades de las que se ocupa no pueden ser conocidas convenientemente sin una cierta experiencia. Por esta causa, Aristó- teles creía que los jóvenes eran ineptos para la ciencia moral, al estar faltos de la experiencia humana suficiente. Las virtudes, por ejem- plo, no atraen a aquellos que no las ejercen; más bien les desaniman por sus exigencias que soportan mal. No pueden comprenderlas y estimarlas porque no han aprendido a amarlas.
La personalidad se mantiene en el corazón del conocimiento moral gracias a la voluntad libre que le da poder sobre los actos. También la libertad es, como la personalidad, un postulado o hecho fundamental de la ciencia moral. Veremos que la representación que se hace del universo moral depende directamente de la concepción de la libertad de la que disponga la persona humana.
b) El conocimiento positivo
Por su método, el conocimiento positivo rechaza los factores personales y subjetivos, por parte del observador e incluso de lo ob- servado, y concentra la atención sobre los hechos que aparecen a una
mirada exterior y sobre sus relaciones a fin de deducir de ahí, en la medida de lo posible, leyes determinantes. La culminación de esta investigación es la reconstrucción de un cierto «mecanismo» que ex- plique los fenómenos y produzca los hechos.
El conocimiento positivo no reposa, por consiguiente, en una experiencia personal, sino en la experiencia de hechos observables, en principio, por todos, ya sea porque esta experiencia pueda ser re- producida a voluntad, ya sea porque los documentos que la testi- monian gocen de una total garantía científica y puedan ser exami- nados por cualquiera.
En la realidad, la experiencia personal que procura la práctica de una ciencia y la intuición del investigador, hasta del más posi- tivo, desempeñan un papel importante en el programa de la cien- cia. Pero estos factores siguen estando fuera de la consideración positiva, actuando sobre ella como por detrás, pues no pueden aparecer directamente a su mirada. Únicamente una reflexión so- bre el acto científico puede discernirlos; pero esta reflexión surge de un método totalmente diferente, de un método de orden filo- sófico.
Cuando se erige el método positivo en principio universal de la ciencia, como ocurre en el positivismo, conduce a un determinismo que alcanza al propio hombre. Entonces la personalidad y la liber- tad desaparecen detrás de los mecanismos que regulan los fenóme- nos observados en el hombre y en sus acciones. Son reducidas a esos fenómenos y terminan por ser negadas. Los sentimientos, las deci- siones morales, las aspiraciones espirituales son interpretados a par- tir de los datos materiales, reducidos a sus componentes fisiológicos, biológicos o psíquicos y sometidos a la comprobación: ¡Esto no es más que eso!
La persona no es ya más que un término poco afortunado, pre- científico, que significa la suma organizada de los elementos y de los movimientos que se desarrollan en un individuo, en su mundo psí- quico o en sus relaciones sociales. La personalidad libre y el deter- minismo científico se oponen radicalmente en este caso.
Esto no impide que la aplicación del método positivo al hombre siga siendo perfectamente legítima y válida, a condición de recono- cer que una parte del hombre y de su obra se le escapa necesaria- mente.
Las ciencias positivas del hombre son y deben ser apersonales, en el sentido que hemos dicho; pero, precisamente a causa de ello, tie- nen necesidad de ser completadas por conocimientos de otro tipo, adquiridos por un método reflexivo y personalista.
4. La objetividad en el conocimiento positivo
y en el conocimiento moral
a) La objetividad en el conocimiento positivo
Las ciencias nos han impuesto su concepción de la objetividad hasta tal punto que nos cuesta esfuerzo imaginarnos otra. Conviene, pues, hablar, en primer lugar, de la objetividad que busca el conoci- miento positivo.
La objetividad positiva se caracteriza por el rechazo, incluso por la oposición, que establece entre el objeto y el sujeto. El observador científico debe hacer abstracción de sí mismo como sujeto (sus ide- as, sus sentimientos, sus reacciones) para convertirse en un simple registrador de los hechos. En este sentido, la objetividad científica es esencialmente no subjetiva; se la puede calificar de fría y desnuda.
Esta objetividad será material. No tocará los dominios de la psi- cología y de la moral más que por medio de los hechos comproba- bles, de los documentos y de los textos en los que se reflejan. El pe- ligro será en ese caso llevar a cabo, en el nombre de la ciencia, una reducción de las dimensiones de lo humano a su sustrato material, sin ver que se deja escapar el constitutivo principal del objeto de la investigación, que es aquí de orden espiritual.
La objetividad positiva confiere a las ciencias una universalidad que les es propia. Los resultados de la investigación científica son ac- cesibles y comunicables a todos los hombres que tengan la forma- ción intelectual requerida. Gozan de una universalidad totalmente de razón, independiente de los otros factores humanos: sentimien-