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2. MARCO DE REFERENCIA

2.2 Marco Teórico

2.2.2 Competencias emocionales

La capacidad para el manejo de las emociones por parte de los preadolescentes, como de cualquier individuo, está ligada a diversos factores, los cuales son conocidos como competencias emocionales. Para aludir a este concepto es pertinente primero comprender el significado de los que son las competencias. Según Bisquerra (2007), “concebimos la competencia como la capacidad de movilizar adecuadamente el conjunto de conocimientos, capacidades, habilidades y actitudes necesarias para realizar actividades diversas con cierto nivel de calidad y eficacia” (p. 3). Hay diversas clases de competencias que se relacionan con los múltiples ámbitos en que se desenvuelven las personas y aquellos aspectos que requieren para salir adelante, o sea, para tener un adecuado desempeño.

Es así como se puede hablar de competencias emocionales, las cuales deben referirse a una adecuada capacidad de manejo de las emociones. Pero ¿qué son las emociones? Considerando la definición propuesta por Choliz (2005), una emoción se puede comprender

como “una experiencia afectiva en cierta medida agradable o desagradable, que supone una cualidad fenomenológica característica y que compromete tres sistemas de respuesta: cognitivo - subjetivo, conductual-expresivo y fisiológico-adaptativo” (p. 4). Es decir, que una emoción siempre genera una sensación de agrado o de desagrado, independiente de su intensidad; y se relaciona con un pensamiento, un comportamiento y una respuesta corporal. Además, según el citado autor, “cualquier proceso psicológico conlleva una experiencia emocional de mayor o menor intensidad y de diferente cualidad” (Choliz, 2005, p. 3).

Otra característica particular que resalta el autor es que:

Todas las emociones tienen alguna función que les confiere utilidad y permite que el sujeto ejecute con eficacia las reacciones conductuales apropiadas y ello con independencia de la cualidad hedónica que generen. Incluso las emociones más desagradables tienen funciones importantes en la adaptación social y el ajuste personal (Choliz, 2005, p. 5).

Esta idea es compartida por Reeve (2002), quien considera que la emoción cumple tres funciones principales cuyos nombres son: motivacionales, adaptativas y sociales.

Según Reeve (2002), las funciones adaptativas sirven para preparar el organismo cuando éste debe realizar o cumplir la conducta que exigen unas determinadas condiciones ambientales. En este sentido, la emoción ayuda a dirigir la conducta aproximando o alejando al individuo de un objeto determinado.

En cuanto a las funciones sociales, este autor plantea que como las emociones auspician que la persona cumpla con una conducta apropiada para cada situación específica, al expresarlas, los demás podrán con mayor facilidad predecir un tipo de comportamiento que se asocia con tales emociones. Esto es fundamental en la optimización de las relaciones interpersonales.

Finalmente, en cuanto a las funciones motivacionales, el mencionado autor señala que la emoción dota de energía a la conducta motivada; o, en otras palabras, cuando las conductas tienen una mayor carga emocional se realizan con mayor vigor o motivación. Este aspecto es bidireccional en cuanto una emoción puede motivar una conducta y, a su vez, las conductas motivadas producen respuestas emocionales.

Ahora, la pregunta que sigue es ¿cuáles son las emociones? Diversos autores se han manifestado para identificarlas, una a una, desde diferentes teorías. Sin embargo, uno de los que mayor aceptabilidad ha logrado es Izard (1991), quien considera que existen unas emociones básicas, innatas, en todos los seres humanos e independientes de sus factores culturales, diferentes entre ellas, y de las cuales se deriva cualquier otro tipo de reacción afectiva. En este sentido, según este autor, las emociones básicas son: “placer, interés, sorpresa, tristeza, ira, asco, miedo y desprecio” (Izard 1991, citado por Cholitz, 2005, p. 7).

Con esta información acerca de lo que son las emociones, resulta pertinente volver ahora a hablar de las competencias emocionales. Al respecto, Landa (2013) señala que “el concepto de competencia emocional hace referencia a los conocimientos, capacidades, habilidades y actitudes que se consideran necesarios para comprender, expresar y regular de forma apropiada los fenómenos emocionales” (p. 691).

Según Bisquerra (2000), debido a las mencionadas características, las competencias emocionales favorecen diversos aspectos en las diferentes etapas y situaciones de la vida, donde se incluyen los procesos relacionados con el aprendizaje, el afrontamiento y resolución de conflictos, las habilidades comunicativas, el liderazgo y la toma responsable de decisiones, entre

otros. Es por ello que en fases del desarrollo humano como la predolescencia, tales competencias ayudan a lograr una mayor comprensión y adaptación frente a las situaciones que se presentan.

Goleman (2006) clasificó las competencias emocionales en personales y sociales. A las primeras pertenecen la Motivación, la Autoconciencia y la Autorregulación. A las segundas corresponden las Habilidades sociales y la Empatía. A continución se explicarán con más detalle algunas de ellas.

Autoconciencia: “significa tener un profundo entendimiento de nuestras emociones, fortalezas, debilidades, necesidades e impulsos. Las personas con una fuerte autoconciencia no son demasiado críticas ni tampoco tienen esperanzas irreales. Más bien, son honestos consigo mismas y con los demás” (Goleman, 2006, p. 2). Según este autor, tener esta competencia significa reconocer de qué manera sus sentimientos les afectan, afectan a otras personas, e incide en sus actividades. Con este conocimiento, la persona podrá anticiparse a los hechos para prevenir efectos negativos que sus sentimientos, pensamientos y emociones puedan producir. Igualmente, las personas con mayor autoconciencia tienen la habilidad de autoevaluarse de manera realista, y pueden hablar de sus sentimientos de manera abierta y tranquila.

Autoregulación. Esta es la capacidad de los individuos para modificar por sí mismos su conducta en las diversas situaciones que se desarrollen (Kopp, 1982, Rothbart, 1989 citados por Vived, 2011, p.41). Para Vived (2011), la autorregulación implica la modulación del pensamiento, la motivación, la atención y la conducta, mediante estrategias de apoyo y mecanismos específicos. El proceso de autorregulación se activa cuando no es posible cumplir con las metas fijadas y estas se ven amenazadas por algun motivo (p.42). La autorregulación implica: a) reconocer la emoción, b) permitirse sentir de esa forma; darse permiso, c) fijarse en

qué pensar y cómo entender la situción, d) decidir qué se va a hacer. Se tiene también en cuenta que da un concepto de autorregulación entendido como la capacidad de gestionar o encauzar las emociones correctamente. (Ikaskuntza, s.f., p.1). Según Goleman (2006), la autorregulación “es como una conversación interna continuada (...). Quienes están comprometidos con esta conversación sienten -como cualquiera- mal humor e impulsos emocionales, pero encuentran la manera de controlarlos y canalizarlos en forma útil” (p. 3).

Motivación. Según Urrutia (2010), la motivación correspondería a las tendencias emocionales que permiten alcanzar las metas; son el motor que potencia el comportamiento humano. Esta competencia incluye:

… el afán de triunfo, la orientación hacia mejorar o responder a una norma de excelencia; el compromiso, o sea, alinearse con los objetivos de un grupo u organización; la iniciativa, que es la disposición para aprovechar las oportunidades que se presentan; y el optimismo, es decir, la tenacidad para buscar el objetivo que nos trazamos, pese a los obstáculos y reveses (Urrutia, 2010, p. 3).

Entender el complejo entramado que encierra la Motivación puede traer ciertas dificultades; sin embargo, las definiciones específicas nos pueden hacer ver todo lo contrario. Adicionalmente, Naranjo (2009) señala que “la motivación debe ser entendida como la trama que sostiene el desarrollo de aquellas actividades que son significativas para la persona y en las que esta toma parte” (p. 154).

Empatía. Urrutia (2010) señala que la empatía es “la captación de sentimientos, necesidades e intereses en los otros, en otras palabras, significa ponerse en el lugar de los demás(...). Implica la capacidad de percibir los sentimientos y perspectivas ajenas, e interesarse activamente por sus preocupaciones” (p. 3). El beneficio principal de esta competencia es para

adaptarse socialmente y favorecer la aceptación con fundamento en la sensibilidad hacia los otros.

Habilidades sociales. “Son aquellas que inducen en los otros las respuestas deseadas, aquellas que nos permiten relacionarnos con las personas que nos rodean de la mejor manera posible” (Urrutia, 2010, p. 3). Lo anterior, puede ser una tarea difícil para cualquier individuo porque no es sencillo relacionarse con los demás, por lo que quienes se precian de contar con esta competencia tendrán un círculo social amplio. Según Goleman (2006), “las personas con habilidades sociales tienden a tener un amplio círculo de conocidos y tienen un don para encontrar cosas en común con personas de todo tipo. En otras palabras, un don para despertar simpatía” (p. 4). Entre las funcionalidades de esta competencia están, por una parte, la mejor disposición para trabajar en equipo, y por otra, la facilidad para desarrollar habilidades de liderazgo.

En el siguiente cuadro se sintetizan de manera esquemática las cinco competencias emocionales señaladas, con sus respectivas definiciones y especificando algunas aptitudes que comprende cada una de ellas.

Cuadro 1.

Las competencias emocionales