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Comunicación/Educación en el escenario educativo

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2.2 ¿Qué entendemos por educación?

2.3 Comunicación/Educación en el escenario educativo

La escuela es considerada como una institución destinada a la enseñanza y a la formación de sujetos cognoscentes. Nosotras, a su vez, la entendemos como un escenario en el cual se configuran prácticas de comunicación y educación,en la que se desarrollan dimensiones constitutivas de lo social. Es por ello que no podemos comprender a dicha institución sin educación, y a esta última sin comunicación, lo cual implica la existencia de un escenario problemático y complejo que se debe tener en cuenta en el momento de realizar un análisis exhaustivo de este campo. En este marco, es pertinente reconocer la relación entre las prácticas de producción de sentido dentro del Instituto en el que se enmarca nuestro trabajo final.

El campo Comunicación/Educación, siguiendo a Eva Da Porta (2011), se constituye como un campo estratégico que configura prácticas transformadoras de sujetos, relaciones y modos de producción material y simbólica, para la construcción de un pensamiento crítico, que sea capaz de posicionarse como una alternativa frente a los discursos hegemónicos, y que pueda elaborar otras maneras de apropiarse y apoderarse

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de conocimiento. La articulación de los procesos de comunicación con los educacionales, nos permite reconocer modos de producción simbólica esenciales, en la construcción del educando como sujetos, dentro de las identidades colectivas que lo atraviesan.

En este cruce, Laura Rozados (2009) plantea que en relación a la existencia de un otro, “es necesario reconocer sus códigos, sus maneras particulares y propias de usar el lenguaje, sus intereses y deseos, sus necesidades” (p.54). Dichos aspectos entran en juego en la práctica del diálogo, que implica una relación social e intersubjetiva entre los sujetos, quienes definen sus posicionamientos éticos e ideológicos. Si problematizamos este campo estratégico, podemos considerar cómo los actores se forman en el diálogo, cómo se relacionan entre ellos, las ideologías, sentidos y creencias que los atraviesan, cómo se desarrollan sus acciones en el mundo.

En este sentido, coincidimos con Jorge Huergo (2000) a la hora de hablar de

cultura escolar, que comprende prácticas, intercambio de saberes, modos de

comunicación y distintas representaciones producidas y reproducidas en la institución escolar. De esta manera se promueve la organización racional de la vida social cotidiana. La cultura escolar entonces, para el autor, “transforma desde dentro la cotidianeidad social, imprimiendo en ella formas de distribución, disciplinamiento y control de prácticas, saberes y representaciones aún más allá de los ámbitos identificados como la «institución esco­lar»” (p.7). Desde nuestra posición, partimos de acá para establecer a lo largo de nuestro trabajo final, el fuerte vínculo y condicionamiento de la cultura con la Comunicación/Educación, para el desarrollo de las prácticas mencionadas como productoras de significados y sentidos.

Así, las y los jóvenes se apropian de diferentes nociones, sentidos, contenidos sobre situaciones y realidades que pueden ser experiencias directas o no, pero que de alguna manera los atraviesa, y que son fruto de las relaciones y del vínculo con la sociedad, y los reconoce propiamente como ciudadanos. Estas apropiaciones se dan cotidianamente en la escuela, tanto de parte de los y las educandos, como también de las y los educadores. Para estos últimos, reconocemos a la apropiación como:

“el proceso mediante el cual los docentes se involucran activamente en la internalización de un objeto o campo de conocimiento. Es un modo de relación que implica un trabajo reflexivo que incorpora el conocimiento a partir de entender/conocer su lógica, sus fundamentos, sus diferenciaciones”. (Achilli, 2000, p.38)

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Reconocemos a la escuela como un espacio social de aprendizaje e intercambio de valores y saberes, en donde la comunicación tiene un rol estratégico para el desarrollo de capacidades que contribuyen al crecimiento personal y social de los sujetos. En términos de Buenfil Burgos (1993):

El sujeto de educación se conforma en la práctica como un sujeto activo y condicionado tanto por las relaciones políticas, académicas, administrativas, jurídicas, etc. que rigen y se debaten en la institución escolar, como por discurso en otros espacios sociales, en la vida cotidiana. (p.16)

En este sentido, contemplamos a la escuela como un instrumento clave para la gestación de procesos en los que los actores se puedan convertir en sujetos históricos, siendo capaces de analizar y protagonizar su realidad, a los fines de transformarla. Nos focalizamos en la dimensión práctica de la misma, tanto individual como grupal, que posibilita que los procesos de transformación, apropiación y resignificación se puedan llevar a cabo mediante una mirada problematizadora.

Más allá de un espacio social, la escuela ocupa un papel muy importante para los jóvenes ya que forma parte de su vida cotidiana y se encuentra inmersa en el desarrollo de las y los educandos. Esto implica que también asuma la responsabilidad acerca de lo que atraviesan a las y los jóvenes en múltiples marcos y contextos. En este sentido, Rossana Reguillo (2000) considera que la escuela

“difícilmente se asume como parte de la problemática de las culturas juveniles y mucho menos como propiciadora de esa problemática por su incapacidad de entender que el ecosistema bidimensional que descansaba centralmente en la alianza familia-escuela ha sido agotado, y que entre una y otra institución hay un conjunto complejo de dispositivos mediadores, entre ellos los medios de comunicación, que posibilitan al joven el acceso simultáneo a distintos mundos posibles”. (p. 62)

Esto es, asumirse como mediador frente a determinadas problemáticas y frente al desgaste de un nexo tan importante como es la familia.

Consideramos que la escuela debería constituirse como el lugar en el que las y los educandos obtengan y desarrollen habilidades para el ejercicio democrático; cuya enseñanza implica, entre otros factores, garantizar procesos de participación en la institución escolar, que promuevan el desarrollo de habilidades y estrategias que le permitan a las y los estudiantes ejercer sus derechos. Las principales formas donde se visualiza el ejercicio de estos procesos son los centros de estudiantes y los acuerdos

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escolares de convivencia. Reflexionamos que las y los jóvenes se interiorizan y forman parte de estos según sus propias inquietudes ya que tienen representaciones desde las cuales se desenvuelven e intervienen en la vida social, por lo cual es de fundamental importancia indagar sobre sus inquietudes e intereses para un pleno ejercicio de sus derechos y deberes.

Al hablar de participación dentro de las escuelas, es necesario que, según Díaz Bordenave (1985), se desarrolle en dos sentidos, el de “la participación de la comunidad en la escuela y el de la participación de la escuela en la comunidad” (p. 54). Siguiendo con los lineamientos del autor, reconocemos diferentes principios de participación que son importantes para nuestro trabajo, tres de ellos son: la participación es una necesidad humana y, por consiguiente, ella constituye un derecho de las personas; la participación puede ser provocada y organizada, sin que ello signifique necesariamente manipulación, y la participación es facilitada por la organización y por la creación de flujos de comunicación eficientes. Para lograrlos en la escuela, es necesario tener en cuenta los modos de pensar de los sujetos, cómo enfrentan al mundo, sus problemas, sus necesidades.

Para el desarrollo de estos modos de pensar, es fundamental contar con la presencia de espacios propicios y de educadores que faciliten habitar la palabra mediante el acompañamiento y la problematización de diversas realidades. En torno a ello, tomamos a Juan Isella (2009), quien argumenta que resulta primordial plantear un espacio de encuentro para comprender a la comunidad que atraviesa toda institución. “Se trata de un espacio a construir y conocer qué implica poder charlar, conversar, dialogar [...] Un espacio que nos permita reflejar nuestros juicios previos, nuestros miedos, nuestros avances y retrocesos” (p.134). Estos espacios de encuentro se deben caracterizar por ser territorios donde no hay verdades que no se puedan trastocar o mover.

En relación a ello, podemos resaltar que para que la participación pueda desarrollarse deben existir escenarios que faciliten el encuentro entre los distintos actores sociales. Es por eso que consideramos, que las instituciones educativas deben promover estos espacios, donde se pueda construir día a día la participación ciudadana. Es decir, es necesaria una democratización de las políticas educativas, pensadas en torno a una relación entre sujetos de derechos, quienes son capaces de ejercerlos y demandarlos.

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