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El uso de la expresión violencia de género, terminología que se empleará en este trabajo, “es tan reciente como el propio reconocimiento de la realidad del maltrato a las mujeres” (Maqueda Abreu, 2006, p. 1). La visibilización de este problema ha tenido que pasar por una difícil evolución durante varias décadas (Lizana, 2012); por ejemplo, en España, la presión de grupos feministas logró que se llevara a cabo la primera campaña contra la violencia de género en 1983. En 1998, se castiga por primera vez la violencia física entre cónyuges bajo la denominación de ofensa legal y, en 1995, se produce el

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endurecimiento de la legislación gracias al comité antiagresiones del movimiento feminista (Bustelo, López y Platero 2009).

Los especialistas en materia de género no han elegido un nombre definitivo con el que referirse a esta realidad: “violencia doméstica”, “violencia contra las mujeres”, “violencia de género”, “violencia machista”, son algunos ejemplos que demuestran la necesidad imperante de tomar decisiones al respecto (López Núñez, 2013). Para Winstock (2007), la diversidad de definiciones esconde la incapacidad de integrar conocimientos que se derivan de diferentes estudios y retrasa el desarrollo de una teoría comprensiva y general. Es significativo que hasta muy avanzado el siglo XX no se encuentre ninguna referencia a esa forma específica de violencia en los textos internacionales, salvo como expresión indeterminada de una de las formas de discriminación contra la mujer definida por la Convención de las Naciones Unidas de 1979 (Instituto de la Mujer, 2004).

Empezaron a aparecer algunas denominaciones que englobaban el problema e iban siendo aceptadas; sin embargo, las primeras conceptualizaciones no daban cuenta de la complejidad de la temática (Lizana, 2012). Según el mismo autor, las primeras alusiones al tema surgen a principios de la década de los 60 en EEUU e Inglaterra como “violencia doméstica” (Walker, 1979), pero como se verá a continuación, este término supone un acercamiento neutral al tema, no aclara la situación y sigue negando el carácter estructural de la violencia de género (Lizana, 2012). Es a partir de los años noventa cuando comienza a denunciarse este tipo de violencia gracias a iniciativas como la Conferencia Mundial para los Derechos Humanos (1993); la Declaración de las Naciones Unidas sobre la eliminación de la violencia contra las mujeres (1994) y la Convención Interamericana (1994), para prevenir, sancionar y erradicar la “violencia hacia la mujer”:

Se entiende por violencia hacia la mujer como todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se

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producen en la vida pública como en la vida privada. (Naciones Unidas, 1993, p. 104)

La Declaración de las Naciones Unidas (1993) es una manifestación más contra la resistencia que existe a reconocer que la “violencia hacia las mujeres” no es una cuestión biológica ni doméstica, sino de género (Maqueda Abreu, 2006). Para Bosch (2008), marca un hito histórico por varias razones: por primera vez se incluye la violencia de género en el contexto de los derechos humanos y se resalta la violencia que se ejerce hacia las mujeres como una forma de violencia basada en el género, siendo un factor de riesgo el hecho de nacer y ser mujer. Para Lizana (2012), se trataba de visibilizar la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres y de reconocer el carácter estructural de esta violencia.

Según Maqueda Abreu (2006), no es lo mismo “violencia de género” que “violencia doméstica”, ya que una apunta a la mujer y la otra a la familia como sujetos de referencia. No obstante, el medio familiar es propicio para el ejercicio de las relaciones de dominio propias de la violencia de género. Son situaciones de riesgo no sólo por la naturaleza y complejidad de la relación afectiva y sexual, sino por su intensidad y porque se produce en el ámbito privado pero, sobre todo, porque constituye un espacio para el desarrollo de los roles de género más ancestrales, esos que depositan en la mujer los clásicos valores subjetivos y la subordinación a la autoridad masculina (Maqueda Abreu, 2006).

Otros autores consideran que el término de “violencia doméstica” no especifica quién recibe o ejerce la violencia ni de qué tipo es dicha violencia (Rodríguez, López y Rodríguez, 2009). El ámbito doméstico no aclara la situación, no habla del abuso de una persona hacia otra ni de la direccionalidad de ese abuso; por lo tanto, ha sido una forma neutral de acercamiento al tema para seguir negando su carácter estructural a nivel social (Lizana, 2012). “La posición hegemónica del hombre garantiza la continuidad de esas expectativas en la familia o fuera de ella, y se hace valer con el recurso de la violencia” (Haimovich, 1995, p. 85). Ésta no es una manifestación de la agresividad ambiental, ni de la conflictividad propia de las relaciones de pareja, ni de factores ocasionales como la ingestión de alcohol o drogas; tampoco de factores como el paro o la pobreza, tal y como socialmente se quiere hacer creer, sino que es un medio para

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garantizar en el ámbito doméstico y otros escenarios la relación de dominio por parte del hombre (Haimovich, 1995, p. 85).

Los términos violencia de género, “violencia machista” y “terrorismo machista” han sido coetáneos al de “violencia doméstica y familiar”, y muchas veces confundidos entre sí (Andrés-Pueyo et al., 2008). Según Maqueda Abreu (2006), la confusión de etiquetas entre “violencia de género” y “violencia doméstica” contribuye a perpetuar la resistencia social a reconocer que el maltrato a la mujer es una forma más de violencia, que no es circunstancial ni neutra, sino instrumental y útil para mantener un determinado orden de valores estructuralmente discriminatorio para la mujer. Desde el mismo punto de vista, Lizana (2012) apunta que si se habla de violencia doméstica, conyugal, familiar, de pareja, etc., no se proporciona una explicación de los que sucede; muy al contrario, se está haciendo referencia a ámbitos o contextos donde se produce, pero no se menciona por qué sucede. Maqueda Abreu (2006) afirma que la violencia doméstica no consigue imponerse en la sociedad y en el derecho, sino reproducir el discurso dominante. Sin embargo, se trata de una visión de la realidad que sólo es posible alcanzar desde una perspectiva de género.

Para Ferrer y Bosch (2003), la utilización de los términos “doméstico” o “familiar” induce a pensar que se trata de un fenómeno que sucede en la intimidad del hogar. Sin embargo, para estas autoras se trata de un grave problema de índole social que puede suceder tanto fuera como dentro del domicilio. La “violencia de género” y la “violencia familiar” conducen al concepto de “violencia contra la pareja”, si bien esta última se asocia con la violencia sexual ejercida en el seno de la familia (Andrés-Pueyo, et al., 2008). Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) (2005), se ha sustituido el término “violencia doméstica” por “violencia infringida por la pareja”, para referirse a los malos tratos físicos, psicológicos, sexuales y de otra índole que sufre la mujer maltratada por parte de su cónyuge, pareja o ex pareja.

Maqueda Abreu (2006) afirma que la Asociación de Psicología Americana (APA) acota el término de “violencia doméstica” restringiendo dicho término a la violencia que se ejerce dentro de la misma pareja y Walker (1999) define este tipo de violencia como:

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Un patrón de conductas abusivas que incluye un amplio rango de maltrato físico sexual y psicológico, usado por una persona en una relación íntima contra otra, para ganar poder o para mantener el abuso de poder, control y autoridad sobre esa persona. (Walker, 1999a, p. 21)

En el contexto de Latinoamérica adoptan para este tipo de violencia el término de “violencia hacia las mujeres” (Ferreira, 1989), así como “violencia intrafamiliar”; no obstante, siguen sin referirse al fenómeno específico y a sus características (Lizana, 2012). Alda (2007) emplea el término “violencia intrafamiliar” para referirse a la violencia que se ejerce dentro de la familia, perpetrada por cualquier miembro de la unidad familiar y en la que la víctima también puede ser cualquier miembro de ésta, como la violencia contra los ancianos y la violencia de la mujer al marido. La incidencia de esta última es menor, habiéndose estimado en un 5% el porcentaje de hombres que son víctimas de sus mujeres (O´Toole y Schiffam, 1997).

A este respecto, el estudio llevado a cabo por Amor, Bohórquez, Corral y Oria (2012) con 90 parejas españolas, refleja que de las personas que habían agredido a sus parejas, el 89,1% eran hombres y el 10,1% eran mujeres, siendo el 75% de esas parejas heterosexuales. La violencia entre sexos puede afectar tanto a hombres como a mujeres, y los papeles de víctima y agresor pueden ser intercambiables (Toldos, 2013). Otros autores (Trujano, Martínez y Camacho, 2010) consideran que mostrar la violencia de género solamente vinculada a la mujer como víctima, promueve que los hombres sean, invariablemente, los verdugos.

También se ha empleado el término violencia “conyugal” o “marital” con el objeto de centrar el eje del problema en la relación íntima entre dos adultos (Kitzmann, Gaylord, Holt y Kenny, 2003; Lizana, 1996). Sin embargo, este término sigue ocultando la asimetría de poder dentro de la relación, que eran mujeres las que estaban siendo maltratadas y no tenía en cuenta la situación de otras mujeres que eran víctimas de maltrato sin ser cónyuges, por ejemplo, mujeres víctimas durante el noviazgo o en situación de pareja de hecho (Lizana, 2012). De ahí que surgiese una expresión más: “violencia de género en la pareja” (Hernando, 2007; Lizana, 2010); sin embargo, esta última conceptualización sigue siendo restringida y se considera una terminología más política que académica.

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Para Fernández (2004), se sigue sin estar de acuerdo respecto a qué términos emplear, y señala que sería más descriptivo el término de “violencia masculina” o “violencia machista”, puesto que indica que se trata de actos motivados y respaldados por el machismo y por los valores machistas que se mantienen en la sociedad. Gil (2008) es de la oppnión de que el término “violencia de género” es una expresión menos concreta, ya que se refiere a la violencia practicada desde ambos sexos, lo que obvia el machismo, un factor que no es simétrico y que únicamente es aplicable a la violencia del hombre contra la mujer. No obstante, al hablar de género se señala la importancia que tiene la cultura, para dejar claro que esta forma de violencia es una construcción social (Krug, 2002). Investigadores como Pérez y Montalvo (2010) consideran que quienes trabajan profesionalmente en la prevención de la violencia contra las mujeres, deberían adoptar una perspectiva de género. El enfoque de género es fundamental para poder comprender las relaciones entre hombres y mujeres y facilita la visibilidad de la violencia que ejerce el hombre a la mujer (López-Núñez, 2013).

La violencia de género es aquella que se ejerce sobre las mujeres por la propia condición de serlo. Esta definición permite avanzar algo más en la identificación de la violencia de género y en su diferenciación con la “violencia doméstica”. Y da sentido, además, a las reivindicaciones feministas que pretenden, y a veces consiguen, que la protección frente a aquella violencia se oriente de modo unilateral a las mujeres (Maqueda Abreu, 2006). Es significativo, por ejemplo, que la mayor parte de las declaraciones que se manifiestan interesadas por combatir la violencia de género recojan entre sus recomendaciones la de sensibilizar a la sociedad para que tome conciencia de la gravedad del problema y cambie su actitud hacia la violencia que se ejerce contra las mujeres (Maqueda Abreu, 2006). Además, el término violencia de género incluye comportamientos más sutiles además del maltrato físico, psicológico y sexual (Navarro, 2009).

De forma general, tal y como afirman Andrés-Pueyo y López (2005), la violencia de género es ejercida en todas las sociedades, bien en el ámbito de la familia, de la comunidad, o tolerada y favorecida por los diferentes estados. Según las mismas autoras, el grado, la intensidad y las formas de violencia difieren de unas sociedades a otras, ya que en algunas, la violencia de género es proscrita y en otras es más tolerada en función de costumbres, creencias y mitos. En opinión de Lizana (2012), no hay

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ningún lugar en el mundo donde las mujeres no sean víctimas de abusos, sean asesinadas y maltratadas, por lo que habría que preguntarse si existe un elemento común que lo genere. En cualquier sociedad, la violencia de género agrupa todas las formas de violencia que se ejercen por parte del hombre sobre la mujer en función de su rol de género (Andrés-Pueyo, et al., 2008). Según Francisca Expósito (2011), la violencia de género ha ido impregnándose de significado social, de tal forma que “de satisfacer una necesidad de supervivencia, se ha convertido en una conducta instrumental que produce desigualdad, en una relación interpersonal que mantiene una desigualdad subyacente y

estructural(Expósito, 2011, p. 20).

Por lo tanto, queda justificado que en la presente tesis doctoral se utilice el concepto de violencia de género ya que, como se ha visto anteriormente, abarca los tipos de violencia, las creencias y percepciones sociales en torno a dicha violencia, los agentes implicados, incluyendo a las parejas y ex parejas, así como los factores culturales que atentan contra los derechos de las mujeres.

En conclusión, las raíces de la violencia de género están en la desigualdad histórica de las relaciones de poder entre el hombre y la mujer, y la discriminación generalizada contra ésta en los sectores tanto público como privado. Las disparidades patriarcales de poder, las normas culturales discriminatorias y las desigualdades económicas se han utilizado para negar los derechos humanos de la mujer y perpetuar la violencia de género (Naciones Unidas, 2006). En muchas culturas, basadas en subyugar al género femenino, la igualdad entre hombres y mujeres constituye una amenaza para el mantenimiento de esa cultura, lo que explica por qué es tan difícil lograr esa igualdad pese a los trabajos que en los últimos 30 años se han realizado para erradicarla (Walker, 2012).