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El concepto de «mal funcionamiento», que se refiere a procesos socia­ les observables, no ha de confundirse con el mertoniano concepto dysfunc-

In document Sociología fundamental - Norbert Elias (página 74-77)

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22. El concepto de «mal funcionamiento», que se refiere a procesos socia­ les observables, no ha de confundirse con el mertoniano concepto dysfunc-

tional, que es inutilizable en el trabajo sociológico de investigación. El concepto de Merton se basa en una valoración preestablecida y se refiere a una imagen ideal de una sociedad que funciona armónicamente en estado es­ tacionario, sin correspondencia con la realidad observable. Véase Merton, R.K., Social Theory and Social Structure, Glencoe/111.9* ed., 1964.

un grupo de jugadores a «dos niveles» o en «dos pisos». Todos los jugadores siguen siendo interdependientes, pero ya no juegan directamente unos con otros. Esta función es asu­ mida por funcionarios especiales de la coordinación del jue­ go —representantes, diputados, jefes, gobiernos, cortes prin­ cipescas, élites monopólicas, etc.— que forman un segundo grupo más reducido que, por así decirlo, se sitúa en el segun­ do piso. Estos son los individuos que juegan directamente entre sí y unos contra otros, pero siguen de una u otra forma vinculados a la masa de jugadores que forman ahora el pri­ mer piso. Tampoco en los grupos de jugadores puede haber un segundo piso si no hay un primero: no hay función de los individuos del segundo piso sin relación con la de los del pri­ mer piso. Los dos pisos dependen uno de otro y —en función del grado de su mutua dependencia— cuentan con una medi­ da variable de oportunidades de poder. Pero la distribución de los niveles de poder entre los hombres del primer piso y los del segundo puede ser muy variable. Los diferenciales de poder entre los jugadores del primer piso y los del segundo pueden ser extraordinariamente favorables a los de este últi­ mo, pero pueden ir reduciéndose más y más.

Tomemos el primer caso: los diferenciales de poder entre el primer piso y el segundo son muy grandes. Sólo los juga­ dores situados en el segundo tienen una participación directa y activa en la marcha del juego. Poseen el monopolio del ac­ ceso al juego. Todo jugador del segundo piso se encuentra inmerso en un círculo de actividad que ya pudo observar o en los jugadores de los juegos de un solo piso; el número de ju­ gadores es reducido, cada uno de los participantes está en condiciones de hacerse una imagen de la figuración dinámica de los jugadores y el juego; puede planificar una estrategia en función de esa imagen y puede intervenir directamente a través de sus jugadas en la figuración en constante movi­ miento del juego. Puede además influir sobre esta figuración en mayor o menor medida en función de su propia posición en el seno del grupo y seguir las consecuencias de sus jugadas sobre la marcha del juego cuando otros jugadores contestan con contrajugadas y el entramado de unas y otras se expresa en el constante cambio de la figuración del juego. Puede vi­ vir en la creencia de que la marcha del juego que se desarro­ lla ante sus ojos es más o menos transparente para él. Miem­

bros de élites preindustriales y oligárquicas de poder, como por ejemplo los cortesanos, gentes como el memorialista Saint-Simon en la época de Luis XIV, solían creer que cono­ cían a la perfección las reglas no escritas del juego que se desarrollaba en el centro de la sociedad y el Estado.

La idea de una transparencia total del juego nunca se ha ajustado a la realidad; y las figuraciones que se mueven en dos pisos —por no hablar de las de tres, cuatro y cinco, que se dejan fuera de consideración en este contexto en beneficio de la simplicidad— constituyen tramas demasiado complica­ das como para penetrar en su estructura y la orientación de su desarrollo sin una investigación científica más detenida. Pero a estas investigaciones sólo se llega en un nivel de desa­ rrollo de la sociedad en el que los hombres pueden ser cons­ cientes al mismo tiempo de su ignorancia, es decir, de la re­ lativa opacidad del juego en el que practican sus jugadas, y de la posibilidad de reducir esa ignorancia mediante la inves­ tigación sistemática. Esto no es aún posible, o lo es en muy escasa medida, en el marco de sociedades dinástico-aristo- cráticas que responden a un modelo oligárquico de dos pla­ nos. Aquí el juego que desarrolla el grupo del segundo piso no se considera aún como un proceso de juego, sino sólo como agregación de actos aislados. El valor explicativo de esta «visión del juego» es más limitado en la medida en que en un juego en dos pisos ninguno de los jugadores, por mu­ cha que sea su fuerza, posee ni de lejos la misma posibilidad de influir en otros jugadores y, menos aún, en el proceso de juego como tal que el jugador A del modelo la. Incluso en un juego con no más de dos planos posee ya la figuración de los jugadores y del juego una medida de complejidad que no deja a ninguno de los otros individuos la posibilidad de diri­ gir el juego gracias a su superioridad y en función de sus pro­ pias metas y deseos. Efectúa sus jugadas simultáneamente dentro y fuera de una red de jugadores interdependientes en la que hay alianzas y enemistades, cooperación y rivalidad en diversos planos. En un juego en dos pisos cabe imaginar co­ mo mínimo tres, tal vez cuatro, equilibrios de poder diferen­ tes que encajan como las ruedas dentadas de un mecanismo, pudiendo ser en tal caso los adversarios de un plano aliados en el otro. Está, primero, el equilibrio de poder en el círculo más reducido de jugadores del piso superior; segundo, el

equilibrio de poder entre los jugadores del piso superior y los del inferior; tercero, el equilibrio entre los grupos del piso in­ ferior; y si se quiere ir más lejos se puede añadir aún el equili­ brio de poder en el seno de cada uno de estos grupos. Los modelos de tres, cuatro, cinco y más pisos tendrían natural­ mente más equilibrios de poder complicados entre sí. De hecho, se corresponderían mejor con la mayoría de las socie­ dades políticas contemporáneas.23 Aquí podemos limitarnos a modelos de juego de dos pisos.

En un juego de dos planos del tipo oligárquico antiguo el equilibrio de poder en favor del plano superior es muy desigual, ínelástico y estable. La superioridad del círculo reducido de jugadores del plano superior sobre el círculo grande de jugadores del inferior es muy considerable. No obstante, la interdependencia de los dos planos no deja de coartar a los jugadores del plano superior. Incluso el jugador del plano superior, al que su posición confiere la mayor fuer­ za del juego, dispone de menos margen de maniobra para controlar el juego que, por ejemplo, el jugador A del modelo 2b. Asimismo, su margen de control y su posibilidad de con­ trolar el juego es muy inferior a la del jugador A en el mode­ lo la. No vale la pena volver a insistir en esta diferencia, pues en las exposiciones históricas, que por otra parte se ocupan en muchos casos solamente del círculo reducido de jugadores del plano superior de sociedades de muchos pisos, se suele explicar los actos de los jugadores como si fuesen jugadas del jugador A del modelo la. En realidad existen muchas conste­ laciones de los tres o cuatro equilibrios interdependientes de poder en un modelo de dos pisos del tipo oligárquico que li-

23. Incluso muchas sociedades preestatales tienen más de dos planos. En

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