LA EXTERIORIDAD DE LA REALIDAD EMPÍRICA
VII. LA CONCIENCIA SITUADA Y LA CONEXIÓN DE LAS EXPERIENCIAS
COGNITIVAS EN LA MENTE O YO PSÍQUICO
Precisando la cuestión y su relevancia epistemológica
La conexión entre las experiencias empírica y racional que permite aquella forma de conocimiento complejo, empírico-racional, que se expre- sa en las ciencias positivas, pone de manifiesto que hay racionalidad en la realidad empírica sin que ello implique negar que ambas experiencias cognitivas y las realidades que establecen sean distintas entre sí. Por otro lado, al comprobar que en la experiencia racional se procesan los objetos lógicos, simbólicos, matemáticos y geométricos al interior de la conciencia y prescindiéndose de la realidad empírica, reconocemos que la realidad racional se establece fuera de la realidad empírica y es exterior a ella, lo cual confirma lo que ya había establecido el análisis de la experiencia em- pírica que se muestra incapaz de acceder por sí misma a los objetos racio- nales. Esta exterioridad de la realidad racional respecto a la realidad empí- rica consiste -en lo que hasta el momento hemos podido establecer- en su
estar o aparecer en la conciencia en su condición de abstracta y universal.
La experiencia fenomenológica establece en y por sí misma la inte- rioridad de la realidad racional en la conciencia, al captarse la conciencia autoconsciente como conciencia que piensa lógicamente, que se expresa simbólicamente, que calcula matemáticamente, que hace relaciones geométricas, etc. Es en la misma experiencia fenomenológica de la reali- dad racional que se comprende la exterioridad de ésta respecto a la realidad empírica, al captarse que este operar racional no es propio de los objetos empíricos que la conciencia conoce en sí misma.
El asunto es, pues, establecer si los objetos racionales presentes en la conciencia, siendo interiores a la realidad fenomenológica, sean sin embargo también exteriores a ella misma. Si no le fueran también
exteriores, toda la realidad racional sería pura realidad feno- menológica, de manera que ningún conocimiento racional podría trascender la interioridad de la conciencia. Incluso cuando la reali-
dad racional se conecta a la realidad empírica, tal conexión la estable- cería la conciencia, y la establecería al interior de ella misma (lo haría con la realidad empírica en cuanto asumida fenomenológicamente). Pero ¿puede la indagación epistemológica de las experiencias racional,
fenomenológica y empírica ir más allá, y llevarnos a afirmar la exterio- ridad de los objetos racionales respecto a la conciencia?
El solo planteamiento de la pregunta nos hace comprender la tras- cendencia de su respuesta, pues si pudiéramos establecer que la realidad racional es exterior a la conciencia se abriría una vía de acceso a un cono- cimiento que pudiera trascender la subjetividad de la conciencia indivi- dual. ¿No sería ésta una forma de superar la subjetividad en que la filosofía moderna estableció todo conocimiento?
La afirmación o el reconocimiento de una eventual exterioridad de los objetos racionales respecto a la conciencia no puede negar su interiori- dad en ella. Interioridad y exterioridad deben ser, pues, compatibles y co- herentes, y también coherentes con su también comprobada interioridad y exterioridad respecto a la realidad empírica. Pero debe ser claro que la exterioridad de la realidad racional respecto a la conciencia no es aquella que corresponde a la presencia de los objetos lógicos, matemáticos, geométricos y semiológicos en la realidad empírica, pues lo que interesa es saber si los objetos racionales, en cuanto abstractos y universales, que es la forma en que están en la conciencia, puedan estar también fuera de ella. Para que la realidad racional tal como aparece en la conciencia pue- da reconocerse fuera de la realidad fenomenológica, tendría que encontrar- se en alguna otra realidad que le sea exterior, o constituir ella misma una
realidad independiente respecto a la conciencia.
La primera alternativa ha sido sostenida de tres maneras: una, suponiéndose que los objetos racionales existan en los objetos empíricos como sus esencias o naturalezas ocultas; dos, haciéndose referencia a Dios como el ser absoluto donde tendría sede la razón absoluta; la tercera es la de Platón que concibió como existente un “mundo de las ideas” separado tanto de la realidad empírica como de la realidad fenomenológica, donde tendrían existencia las ideas y demás objetos racionales. Pero estas tres concepciones implican entificar la razón y los objetos racionales, planteándose como afirmaciones de carácter metafísico que no podemos aceptar ni rechazar mientras esta ciencia no sea establecida sobre bases propias y consistentes.
Debemos por ahora limitarnos a lo que pueda proporcionar el análi- sis epistemológico de las experiencias cognitivas, y ver si ellas nos conduz- can a afirmar una realidad racional exterior e independiente de la concien- cia. No un ser en sí, no entes en cuanto entes, sino realidad en cuanto
conocida, o sea objetos racionales (y la razón como sujeto que los conoce)
que la razón y la conciencia misma experimenten cognitivamente como externos a, e independientes de, la conciencia.
Ninguna de las experiencias cognitivas hasta aquí examinadas, por separado, nos conduce a una realidad racional (de ideas, números, figuras geométricas y símbolos abstractos y universales) independiente de la con- ciencia. No lo hace la experiencia empírica, pues ella ni siquiera llega a percibir los objetos racionales. Tampoco lo hace la experiencia fenomenológica, pues ella establece toda su realidad al interior de la con- ciencia, aunque reconozca en ella la distinción entre los otros objetos fenomenológicos y los objetos racionales. En cuanto a la experiencia racio- nal, en lo que hasta ahora hemos indagado, nos ha hecho aparecer los obje- tos racionales en cuanto abstractos y universales sólo en la conciencia, aun- que los reconozca desconectables de ella en el sentido que puede no tener (o dejar de tener) conciencia de ellos, y separados de ella en cuanto los fenómenos de conciencia no los afectan ni influyen en su inteligibilidad racional pura.
Ya dijimos que si existiera una cuarta experiencia cognitiva, una suerte de iluminación por la cual se accediera a una realidad racional pura, abstracta y universal, exterior a la conciencia, podríamos reconocer una razón independiente como sujeto cognoscente, y objetos racionales puros y reales como realidad independiente de la conciencia; pero recurrir a la ilu- minación racional como cuarta experiencia cognitiva no parece ser sino una suposición efectuada con el fin de sostener una concepción por la que se ha tomado partido previamente, injustificada. Injustificada porque una experiencia cognitiva establece una realidad en el conocimiento; pero si lo que hace esta cuarta experiencia cognitiva es establecer la realidad racio- nal, aludir a ella significa sólo darle otro nombre a la que antes llamamos experiencia racional (que precisamente establece la realidad racional en el conocimiento), con lo que resulta apenas una suerte de duplicación terminológica a la que se recurre para “resolver” un problema sin abordar- lo realmente.
En efecto, si no estamos suponiendo un ente racional superior que iluminándola establece en la conciencia la razón y los objetos racionales, sino que por “iluminación racional” entendemos solamente que de los ob- jetos racionales tenemos intuición directa, inmediata y autoevidente –como han planteado algunos filósofos–, no habremos con ello hecho otra cosa que darle un nombre distinto a la experiencia racional, creyendo ingenua-
mente que por el simple expediente de representar la inteligibilidad y co- herencia racional con la metáfora de la luz que torna evidente lo que ilumi- na, se haya establecido la independencia de la realidad racional respecto a la conciencia subjetiva. (No queremos con esto negar que pueda haber una experiencia cognitiva distinta de la racional que podamos denominar ilumina- ción. Ello es algo que el análisis epistemológico deberá abordar, en su mérito propio, más adelante. Pero recurrir a ella para sostener la exterioridad de la razón y de los objetos racionales implica dar un salto lógico injustificado).
En base a lo que hemos establecido hasta ahora, sólo tenemos abier- to un camino: dado que ninguna de las experiencias cognitivas analizadas nos conduce por sí sola a afirmar la exterioridad de la realidad racional respecto a la conciencia, y como no cabe tampoco hacer referencia a una cuarta experiencia cognitiva, solamente nos queda la posibilidad de conti- nuar explorando las conexiones que existan entre las experiencias empíri- ca, fenomenológica y racional para ver si ellas establezcan de algún modo la mencionada exterioridad de la razón y de los objetos racionales respecto a la conciencia.
Experiencias cognitivas integradoras
Que las experiencias cognitivas puedan conectarse, dando lugar a for- mas de conocimiento especiales en que participan unidamente haciendo apare- cer relaciones o nexos entre las realidades a que accede cada una de ellas, ya lo comprobamos al analizar las ciencias positivas que conectan la experiencia empírica y la experiencia racional, y las ciencias fenomenológicas que conec- tan la experiencia fenomenológica y la experiencia racional. Como vimos, las ciencias positivas y las fenomenológicas no resultan unificables en cuanto cien- cias; pero cabe preguntarse si en algún nivel de la experiencia cognitiva huma- na se conecten de algún modo las tres experiencias cognitivas, abriendo quizás la posibilidad de establecer en base a tal conexión la exterioridad de la realidad racional respecto a la realidad fenomenológica.
Entre las experiencias cognitivas integradoras de conocimientos, hay dos que presentan especial interés para nuestra búsqueda sobre la eventual exterioridad de la conciencia y la razón y las respectivas realidades que fundan. La primera de ellas es la experiencia del yo psíquico o de la mente, donde parecen combinarse, entremezclarse y procesarse unidamente cono- cimientos empíricos, fenomenológicos y racionales. La segunda es la expe- riencia de la comunicación de conocimientos empíricos, fenomenológicos y racionales entre distintos yo psíquicos o mentes.
La experiencia del yo psíquico o de la mente individual es intere- sante en función de la pregunta por la eventual exterioridad entre la con- ciencia y la razón, porque en ella pareciera constituirse un sujeto que las integra a ambas pero que sería distinto de ambas porque más complejo. La experiencia de la comunicación, que se manifiesta en el hablar y el escu- char, en el aprender y el enseñar, se nos presenta aún más prometedora para nuestro propósito, por el hecho que en ella los objetos lógicos, simbólicos, matemáticos y geométricos, en su condición de abstractos y universales, parecen estar fuera de nuestra conciencia en cuanto llegan a ella desde
otras conciencias, a las cuales puede igualmente hacerles llegar las pro-
pias ideas, símbolos, números y figuras geométricas.
Pero no debemos adelantar conclusiones, siendo necesario proce- der paso a paso en el análisis de estas conexiones entre las experiencias empírica, fenomenológica y racional, examinándolo todo con la precisión que exige y merece la importancia de la cuestión que estamos abordando. Además, la mente o yo psíquico como sujeto, y la comunicación como intercambio de conocimientos entre sujetos, no los hemos aún establecido, debiéndose entonces comenzar por ello.
La experiencia de la mente o del yo psíquico y la experiencia de la comunicación se presentan estrechamente relacionadas. La segunda parece suponer a la primera en cuanto la comunicación se presenta como una rela- ción cognitiva entre mentes o yo psíquicos; pero la relación entre ellas es más compleja, pues la comunicación pareciera ser también parte de la cons- titución del yo psíquico. En efecto, la individuación de éste (como un yo, distinto de un tu) y la formación de los propios contenidos de la mente, no parecen poder prescindir de la comunicación para ser lo que son. Más con- cretamente, el reconocimiento del yo psíquico como sujeto cognitivo indi- vidual se verificaría sólo y en la medida en que descubre a, e interacciona con, otras mentes o yo psíquicos; es como si este sujeto complejo sólo al conocer a otros sujetos semejantes se reconoce a sí mismo. Pero éstas no son más que consideraciones preliminares que nos sirven para plantear el problema, siendo necesario comenzar desde el inicio, o sea estableciendo la mente o el yo psíquico y la comunicación como realidades, para lo cual sólo contamos con aquello que hemos ya establecido, a saber, las realida- des empírica, fenomenológica y racional y sus correspondientes sujetos.
Examinemos, ante todo, si las experiencias empírica, fenomenológica y racional se conectan de algún o algunos modos que hagan aparecer la mente o el yo psíquico y la comunicación. Ello es previo al examen de si
ellos efectivamente permitan establecer la exterioridad de los objetos racionales respecto a la conciencia en que hasta ahora los hemos visto aparecer.
La ciencia fenomenológica, con Husserl, nos mostró que la con- ciencia no es solamente autoconciencia sino también conciencia de, con lo cual no hizo sino poner de manifiesto que en ella las ideas, los símbolos, los números y las figuras geométricas son formas racionales de las que se tiene conciencia. Cuando Husserl pretendió alcanzar el “ser” de la con- ciencia poniendo entre paréntesis estas formas o contenidos de la concien- cia para quedarse con el hecho puro de la conciencia como conciencia de, lo que en realidad hizo fue establecer una distinción entre la conciencia misma y sus contenidos racionales. Pero, como ya vimos, tal distinción que establece en la conciencia algo como interno y algo como externo, no permite trascender la realidad fenomenológica y su «monismo».
Con Heidegger la ciencia fenomenológica fue más allá, al mostrar la conciencia como ser-ahí, ser-en-el-mundo, ser-con-otros. Estableció con ello que en la conciencia no hay solamente objetos racionales sino también utensilios, mundos, otros, esto es, una multitud y diversidad de objetos fenomenológicos. Haciendo abstracción de los objetos racionales puros (“que no existen”) pretendió acceder a la existencia misma del mundo, de los otros, etc. Pero, ya vimos, Sartre mostró que por dicho camino no se salía del mundo fenomenológico ni se accedía a la existencia del ser. Así, aunque adoptando la terminología Heideggeriana nos refiramos a la con- ciencia como «ser» y a sus contenidos como “mundo”, ya sabemos que no estamos aún en condiciones de entender el “ser” de la conciencia y el «mun- do» fenomenológico como seres recíprocamente exteriores. Pero ello no niega que a nivel fenomenológico la conciencia se presenta a sí misma como una realidad situada en un mundo fenomenológico y comunicada con otras conciencias y realidades fenomenológicas, que aparecen en la conciencia misma, o sea fenomenológicamente, como distintas de ella.
Al hacer, pues, estas referencias a los conceptos de Husserl y Heidegger no recurrimos a elementos externos a nuestro razonamiento. Sim- plemente estamos reconociendo la autoría intelectual de conceptos que uti- lizaremos en nuestro análisis (conciencia de como sujeto que establece objetos fenomenológicos conocidos; conciencia situada y ser-en-el-mun-
do como autoconciencia de la conciencia que se capta relacionada con los
demás objetos fenomenológicos; ser-con-otros como captación fenomenológica de la comunicación). Así entendidos, es claro que usamos
los conceptos de Husserl y Heidegger en cuanto expresiones de realidades puramente fenomenológicas. Pero nosotros buscamos ir más allá: acceder a experiencias cognitivas compuestas. Lo que nos interesa saber, en efecto, es si más allá de Husserl y de Heidegger el análisis epistemológico de las experiencias de estar la conciencia “situada” y “comunidada9 pueda lle- varnos a establecer algo más que sola realidad fenomenológica, superando el reproche sartriano.
La experiencia de la conciencia situada
Analicemos la experiencia cognitiva del estar la conciencia “situa- da”. La dilucidación epistemológica de la conciencia como realidad esta- blecida por la experiencia fenomenológica, nos ha llevado a distinguir en- tre ella misma como autoconciencia, y los objetos fenomenológicos o el «mundo» que aparecen en ella, o al que ella se refiere al presentarse a sí misma como conciencia de, y como “ser-en-el-mundo”. ¿Se reduce el es- tar “situada” la conciencia, a ese estar de la autoconciencia en su «mundo» interior de contenidos de conciencia?
Si no tuviéramos otra experiencia cognitiva que la fenomenológica sería inevitable entenderlo así. Pero la experiencia fenomenológica del es- tar la conciencia situada aparece también en conexión con la experiencia
empírica. En ésta última, que establece la realidad empírica como distinta
y exterior a la conciencia, vimos que se establece otra distinción interna a ella misma, entre la realidad de los sentidos, el cuerpo y el cerebro percipientes por un lado, y la realidad que los impacta y que ellos perciben como externa, por el otro. Pues bien, al ser la experiencia empírica asumida en la experiencia fenomenológica, la distinción empírica entre el percipiente y lo percibido se conecta con la distinción fenomenológica entre la con- ciencia autoconsciente y la realidad del mundo presente en ella. Esta co- nexión entre ambas experiencias cognitivas es la que lleva a situar la con-
ciencia (experimentada fenomenológicamente) en la realidad experimen- tada empíricamente. Ello ocurre de un modo muy preciso.
Cuando en la conexión entre las experiencias fenomenológica y empírica se sitúa la conciencia en la realidad empírica (y no solamente en el mundo fenomenológico), no se la sitúa indistintamente en toda la realidad empírica, ni en uno cualquiera de los múltiples objetos empíricos percibidos, sino en una realidad empírica singular, o en un conjunto bien delimitado de objetos empíricos. En efecto, reconociendo la precisa dife- rencia entre la realidad empírica perceptiva (los sentidos, el cuerpo huma-
no, el cerebro) y aquella otra realidad empírica que se le presenta como externa y en la cual el cuerpo y los sentidos y el cerebro se desplazan, la conciencia se experimenta situada en aquella particular realidad que es
el sujeto de la experiencia empírica. Dicho más concretamente, la con-
ciencia se experimenta situada en un cuerpo sensitivo y perceptivo: en un cuerpo empírico que es sujeto del conocimiento empírico. De este modo, si bien la realidad fenomenológica y la realidad empírica sean establecidas por experiencias cognitivas distintas y recíprocamente exteriores, éstas se
conectan estableciendo un nexo entre la conciencia captada
fenomenológicamente y un cuerpo humano perceptivo empíricamente per- cibido.
Este nexo entre la conciencia autoconsciente y el cuerpo perceptivo, al ser experimentado cognitivamente como una conexión en que de algún modo se encuentran y unifican los sujetos de ambos tipos de conocimien- tos, establece una suerte de espacio común entre la conciencia autoconsciente y el cuerpo perceptivo conectado a ella; unión de dos sujetos cognitivos en la cual parece constituirse un único sujeto cognocente compuesto y com- plejo (que es a la vez sentidos, cerebro y cuerpo percipiente por un lado, y conciencia autoconsciente y consciente de, por el otro), que es aquello que llamamos mente o yo psíquico.
La experiencia cognitiva de este nexo hace surgir preguntas metafí- sicas sobre el ser del hombre, que se experimenta compuesto de cuerpo (perceptivo y empíricamente percibido) y de conciencia incorpórea (no perceptible empíricamente), dos componentes que sin embargo se presen- tan unidos constituyendo una identidad individual. Pero al plantearse la cuestión en estos términos se está suponiendo que la realidad empírica y la realidad fenomenológica son entes subsistentes, seres en sí, y que el nexo entre ellas es también de naturaleza ontológica. Nada de ello hemos podido