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Conclusión: ¿una nueva política de clase?

Alzaos como leones tras el sueño en número invencible. Tirad las cadenas al suelo, como

rocío caído mientras dormíais. ¡Vosotros sois muchos, ellos pocos! Percy Bysshe Shelley, Llamamiento a la libertad

La demonización de la clase trabajadora es el conquistador que se burla del conquistado. Durante los últimos treinta años, se ha dejado a los trabajadores sin poder en el lugar de trabajo, en los medios de comunicación, en la clase política y en la sociedad en su conjunto. Las élites dirigentes en otro tiempo temblaban ante el ruido de botas de clase trabajadora marchando hacia Downing Street y una masa resuelta con banderas rojas y ejemplares sobados de El manifiesto comunista. Allá por los años setenta, los derechistas solían quejarse de que los sindicatos eran el verdadero poder en el país. Por surrealista que parezca ahora, era la fuerza de la clase trabajadora lo que antiguamente se despreciaba y ridiculizaba. Pero hoy, con su poder hecho añicos, se puede insultar impunemente a la clase trabajadora llamándoles borrachos, haraganes y chandaleros que sienten debilidad por Enoch Powell. Flojos, irresponsables y brutos, quizá, pero desde luego no peligrosos.

Cuando pregunté a Cari Leishman, el teleoperador de veintiocho años de County Durham, si creía que la clase trabajadora estaba representada en la sociedad, se rio por lo absurdo de la pregunta. «¡No, claro que no!». ¿Creía que era ridiculizada?

Bueno, sí, porque no hay nadie que se alce contra eso y porque —y esto va a sonar muy manido— la gente de clase trabajadora generalmente no tiene voz. ¿Sabes a qué me refiero? Puedes tomar el pelo a una persona de clase trabajadora lo que quieras, porque sabes que no va a salir mucho en los periódicos ni en las noticias, porque no es la gente que puede influir en las cosas. Así que para qué escucharla.

Era un tema que escuché una y otra vez en comunidades de clase trabajadora: una aplastante sensación de impotencia. «No viven entre nosotros, ¿verdad?», dice un dependiente de Birmingham sobre los políticos británicos. «Viven en un mundo diferente al nuestro. Y han perdido el contacto con la realidad». Mucha gente de clase trabajadora siente que ya no tiene voz. No es de extrañar que una encuesta de la BBC en 2008 revelara que casi seis de cada diez blancos de clase trabajadora creyeran que nadie hablaba por ellos.

Eso no significa que la política de clase esté muerta y enterrada. Al contrario, está floreciendo en algunas zonas. En otras palabras, se ha convertido en el coto cerrado de los ricos y sus apologistas políticos. Después de todo, ¿qué mejor manera de desviar la atención de que los ricos están acumulando enormes sumas de dinero en sus cuentas corrientes, mientras que el sueldo de un trabajador medio está estancado? La expulsión de la «clase» del vocabulario nacional por parte del thatcherismo y el nuevo laborismo ha asegurado una revisión mínima del manifiestamente injusto reparto de riqueza y poder en la Gran Bretaña actual.

Pretender que la clase trabajadora ya no existe —«hacerla desaparecer», si se quiere —, se ha revelado particularmente útil desde el punto de vista político. Hemos visto cómo la caricatura chav ha ocultado la realidad de la mayoría de la clase trabajadora. Como bien saben los luchadores de clase de élite, la clase trabajadora siempre ha sido la fuente de apoyo político de la izquierda. Que la izquierda está inextricablemente unida a las aspiraciones y necesidades de la clase trabajadora se refleja en el mismo nombre del Partido Laborista. Si ya no hay una clase trabajadora que defender, la izquierda se queda desprovista de toda misión y sin razón de existir.

Si alguien osa plantear la cuestión de la clase social, se ignoran sus argumentos y se le tacha de dinosaurio aferrado a panaceas obsoletas e irrelevantes, aunque sus detractores derechistas promuevan vergonzosamente el tipo de teorías económicas que florecieron a finales del siglo XIX. Cuando la vicepresidenta del Partido Laborista, Harriet Harman, tuvo la osadía de insinuar que la clase de una persona podía influir en el resto de su vida, el periódico progresista Independent se indignó: «Gran Bretaña ya no es el tipo de país dividido en clases que describe la señora Harman», replicó.

Otra idea de moda entre estos luchadores de clase es que los de abajo merecen su suerte. No correspondía al Gobierno remediar las desigualdades, porque las condiciones de los pobres solo mejorarían si cambiaran de actitud. Como seguía diciendo el editorial del

Independent, las minorías étnicas y las mujeres aún sufrían discriminación, «pero la mayor

plaga social hoy en día es un arraigado grupo de familias e individuos en los estratos inferiores de la sociedad que no quiere participar en las oportunidades económicas disponibles en la Gran Bretaña actual»[233]. La conclusión era clara. Si esta gente quiere salir

adelante, puede, pero no quiere hacerlo. La brutal verdad era que los de abajo solo podían culparse a sí mismos.

No se trata simplemente de culpar a la gente del lugar que ocupan en la jerarquía social. Tachar a la gente de clase trabajadora más pobre de vagos, racistas, groseros y sucios hace cada más difícil empatizar con ellos. Los que están más abajo, en particular, se han visto deshumanizados. ¿Y por qué querría alguien mejorar las condiciones de gente a la que odia?

Hemos visto cómo la «aspiración» se presenta como el medio de salvación individual; es decir, el objetivo de todos en la vida debería ser volverse de clase media. Tanto el thatcherismo como el nuevo laborismo han promovido este áspero individualismo con celo casi religioso. Más que la vieja forma colectiva de aspiración, basada en mejorar

las condiciones de la clase trabajadora en conjunto, el nuevo mantra era que los individuos aptos debían «salir adelante por sí mismos» y ascender socialmente. Naturalmente, está basado en un mito: al fin y al cabo, si todo el mundo se volviera de clase media, ¿quién atendería las cajas de los supermercados, vaciaría los cubos de basura y respondería las llamadas en los centros de atención telefónica? Pero esta glorificación de la clase media — convirtiéndola en el patrón al que todo el mundo debería aspirar, no importa lo poco realista que sea— es un útil puntal ideológico del sistema de clases.

Al mismo tiempo, los políticos y periodistas han tergiversado hábilmente lo que de verdad es «la Gran Bretaña media». «Uno de los mayores triunfos de los ricos es casi convencer a la clase media de que ellos también son de clase medía», dice el periodista disidente Nick Cohen. Cuando los políticos y periodistas han utilizado el término la «Gran Bretaña media» (o la «Inglaterra media»), no estaban hablando de gente con ingresos medios, que después de todo solo son de unas 21.000£ anuales; en realidad se refieren a votantes ricos de la «Gran Bretaña alta». Así es como las pequeñas subidas de impuestos a los ricos pueden presentarse como ataques a la «Gran Bretaña media», aunque nueve de cada diez de nosotros gana menos de 44.000£ al año. Pero los políticos argumentarán que es electoralmente imposible introducir políticas progresistas que disgustan a votantes indecisos de la «Gran Bretaña media» supuestamente cruciales pero a los que se interpreta de forma completamente equivocada.

Incluso se puso de moda entre muchos políticos y comentaristas alabar la desigualdad. Según esta teoría, la desigualdad es buena porque promueve la competitividad y muestra que los de arriba están generando riqueza. El corolario de esto es la glorificación de los ricos como «creadores de riqueza» y emprendedores, que han alcanzado el éxito solamente gracias a su propio esfuerzo y talento.

La política de clase de los ricos se ha revelado extraordinariamente efectiva en la destrucción de sus oponentes. Proclama en voz alta —como bien dijo Margaret Thatcher— que «no hay alternativa». Las políticas que promueven los intereses de los más ricos se presentan como necesarias para el bienestar de la sociedad en su conjunto. Y, claro está, con los medios de comunicación, los comités de expertos y gran parte de la política financiada por los ricos y poderosos, estas ideas se han impuesto fácilmente.

Cuando se menciona la «política de clase», normalmente se entiende que significa defender los intereses de la clase trabajadora, ya sea con intenciones buenas, malas o ingenuas. Esto ha cambiado. Los defensores de la política de clase de los ricos dominaron en gran parte el nuevo laborismo de Tony Blair. Fue un giro bastante sorprendente para un partido fundado específicamente para representar a la clase trabajadora. ¿Cómo ocurrió?

La herencia del aplastamiento de los sindicatos por parte de Thatcher es sin duda un factor crucial. Durante todo un siglo el movimiento sindical ha sido el eje central del laborismo, lo que garantizaba que siempre hubiera una voz de la clase trabajadora dentro del partido. Pero la mermada posición de los sindicatos en la sociedad dio a los sucesivos líderes laboristas carta blanca para reducir su papel interno. Tal es la debilidad de los sindicatos que han terminado votando repetidamente a favor de renunciar a sus propios

poderes en las estructuras de los partidos.

Cuatro derrotas sucesivas a manos de los tories entre 1979 y 1992 dejaron al laborismo desmoralizado y dispuesto a aceptar casi cualquier cosa para volver al poder. Clare Short me habló de la desesperación entre las filas del laborismo por «tanta derrota y porque creían que habían fallado a la gente para cuya representación se creó. El partido entero estaba desesperado por ganar». Tony Blair fue elegido líder laborista en 1994 con cerca de la mitad del voto frente a candidatos que, en opinión de Short, simplemente no eran creíbles.

Entonces, con su inclemencia [neolaborista], trajeron un montón de reformas que debilitaban el poder y la democracia del Congreso del Partido, la democracia del Partido, el modo como se elegía el Comité Ejecutivo Nacional y ese tipo de cosas. Y la gente lo consintió porque no querían crear problemas tan pronto. Y de repente fue demasiado tarde, las estructuras habían cambiado, y el poder para resistir había desaparecido…

Debido a este desaliento y desmoralización, Blair y sus seguidores pudieron imponer el arreglo de Thatcher al partido laborista. La idea de que todo el mundo debía aspirar a convertirse en clase media formaba parte de este arreglo. No es de extrañar que, cuando le preguntaron cuál era su mayor logro político, Margaret Thatcher contestó sin vacilar: «Tony Blair y el nuevo laborismo. Hemos obligado a nuestros adversarios a cambiar de opinión»[234].

La política internacional también contribuyó a aquello; Tras la caída del comunismo en Europa del Este, parecía que no hubiera ninguna alternativa al capitalismo de libre mercado. Pregunté al exministro laborista James Purnell si pensaba que el nuevo laborismo se adaptó al thatcherismo, igual que, décadas atrás, los tories se habían visto obligados a capitular ante el acuerdo de posguerra sobre el Estado de bienestar dejado por el Gobierno laborista de Clement Attlee. «Sí, lo creo. La combinación de 1979 [la primera victoria electoral de Thatcher] y 1989 [la caída del muro de Berlín] hizo que muriera algo del optimismo y la confianza en sí misma de la izquierda… De algún modo, después de 1989, muchísimas cosas se consideraron si no insensatas, al menos ligeramente descabelladas, con lo que la gente de la izquierda tenía que pelear muy duro para ganar debates sobre cómo superar las consecuencias del mercado o reducir la desigualdad…».

En tal ambiente ideológico, no es de extrañar que el nuevo laborismo abandonara impunemente la función del partido como la voz política de la clase trabajadora. El cálculo de sus estrategas políticos era, en palabras del nuevo asesor de comunicación del nuevo laborismo, Peter Mandelson, que «no tendrían otro lugar a donde ir»[235]. Después de todo,

los comentaristas a menudo se referían a la lealtad de la clase trabajadora como «tribalismo». Con todas sus implicaciones de lealtad primitiva e irreflexiva, ésta es una palabra utilizada peyorativamente y casi siempre hacia lo que se define condescendientemente como el «voto duro», en vez de aplicarse a, digamos, la base electoral tory en los condados alrededor de Londres.

de clase trabajadora consideraba al Partido Laborista como «su» partido, pasara lo que pasara. Cuando van de casa en casa pidiendo el voto, los que hacen campaña por los laboristas a menudo dicen haber visto a votantes de clase trabajadora hablar del partido como una especie de pariente descarriado que estaba poniendo a prueba su paciencia, pero que, después de todo, era de la familia. Con todo, cuando el proyecto neolaborista empezó a resquebrajarse, cada vez más votantes de clase trabajadora comenzaron a desmentir las suposiciones de los estrategas de Blair y Brown de que no tenían «ningún otro lugar a donde ir».

Los jóvenes talentos del nuevo laborismo no tienen en cuenta lo que en Suecia llaman la «opción del sofá»: gente de clase trabajadora sentada mano sobre mano en vez de salir a votar a su partido de siempre. En las elecciones generales de 2010, más de tres cuartas partes de los electores de categoría social más alta y mayoritariamente favorables a los tories salieron a votar. Pero solo en torno a un 58% de los votantes de clase trabajadora de los grupos sociales C2 y DE acudió a las urnas. La diferencia de participación entre los profesionales acomodados y los trabajadores semicualificados fue nada más y nada menos que de un 18%[236]. Es casi como si se estuviera demoliendo sigilosamente el sufragio

universal. En conjunto, los votantes se identificaban más con los laboristas que con los conservadores como su espacio político natural, pero la desilusión era tan profunda que esto no se tradujo en votos.

Negarse a ir a votar era una opción: poner una x en una casilla diferente era otra. En Escocia y Gales, un gran número de votantes de clase trabajadora se pasó a los partidos nacionalistas, que lo acogieron con los brazos abiertos. En la elección parcial de Glasgow en 2008, los habitantes de esta ciudad echaron del poder a los laboristas por primera vez desde los años veinte y votaron al candidato nacionalista escocés en protesta. En Inglaterra, como hemos visto, el racista BNP captó los votos de cientos de miles de votantes tradicionalmente laboristas.

La teoría de que las perspectivas del laborismo de seguir en el poder estaban ligadas a no dejar a las clases medias fuera de juego ha resultado ser un mito. Según los encuestadores Ipsos MORI, el descenso en el apoyo al laborismo entre 1997 y 2010 en las categorías sociales más altas (las ABs) fue de solo cinco puntos porcentuales. Entre las dos categorías sociales más bajas (las C2S y DEs), en cambio, un quinto de todos los que solían votar a los laboristas desertó. De hecho, mientras que solo medio millón de votantes del grupo AB abandonó el laborismo, 1,6 millones de votantes de los grupos sociales C2 y DE se evaporaron.

Incluso algunas de las figuras principales del nuevo laborismo se están dando cuenta de la pérdida del partido por la desafección de la clase trabajadora. Durante su exitosa campaña por el liderazgo laborista después de las elecciones generales de 2010, Miliband describió «una crisis de representación de la clase trabajadora», una expresión normalmente restringida a congresos de la izquierda. «Dicho crudamente, si hubiéramos obtenido un resultado de 1997 en 2010 solo entre los grupos sociales DEs, entonces en un giro uniforme habríamos ganado al menos cuarenta escaños más y aún seríamos el partido más importante en el Parlamento», señaló.

El crítico de Blair Jon Cruddas reclama una vuelta a lo que él llama «primer nuevo laborismo»: es decir, el periodo entre 1997 y 2001. Pero de todos los votantes que el nuevo laborismo terminó perdiendo, la mitad desapareció justamente en esos cuatro años. De los cinco millones de votantes que había perdido el laborismo, cuatro millones abandonaron el barco cuando Tony Blair estaba al timón. Estos votantes no se pasaron a la derecha. Después de todo, el voto tory solo creció un millón entre 1997 y 2010. La decadencia había empezado antes, pero fue la implacable marginación de la clase obrera británica la que llevó a su derrota total en 2010.

La derrota no fue solo electoral: fue política en un nivel mucho más profundo. Todos los beneficios que el nuevo laborismo logró para la clase trabajadora —modestos si se comparan con Gobiernos laboristas anteriores— dependían de financiar los servicios públicos y los programas sociales con el dinero que manaba de la City. Pero, tras el desplome de los servicios financieros y la investidura de un primer ministro tory en Downing Street decidido a recortar drásticamente el gasto público, este modelo ha sido barrido para siempre. En opinión de Clare Short, el nuevo laborismo creía triunfalmente que: «Tenemos tanto éxito porque estamos a favor del mercado, pero gastamos un montón de dinero en los pobres, ¡así que somos unos fenómenos!». Y por supuesto fue un boom, y muchas de las predicciones de los recortes que están por venir sugieren que casi todos los incrementos en el gasto público bajo mandato neolaborista se recortarán drásticamente.

El abandono de la política de clase no es ni mucho menos exclusivo del laborismo. En toda la izquierda —y por tal entiendo la socialdemocracia, el socialismo democrático e incluso los restos del socialismo revolucionario— ha habido un giro desde la política de clase a la política identitaria durante los últimos treinta años. El vapuleo sufrido por el movimiento sindical bajo el thatcherismo, sobre todo tras tocar fondo con la derrota de la huelga de los mineros, hizo que la clase ya no pareciera un vehículo de cambio convincente para muchos izquierdistas. La política identitaria, en cambio, aún parecía radical y tenía metas alcanzables: la Historia, de hecho, parecía estar del lado de quienes peleaban por la liberación de las mujeres, los homosexuales y las minorías étnicas.

En los años cincuenta y sesenta, los intelectuales de izquierdas inspirados e informados a la vez por un poderoso movimiento laborista escribieron cientos de libros y artículos sobre cuestiones relativas a la clase trabajadora. Esas obras ayudaron a conformar las opiniones de los altos cargos del Partido Laborista. Hoy, los intelectuales progresistas están mucho más interesados en cuestiones de identidad. En su épico La vida intelectual de

las clases trabajadoras inglesas[237], Jonathan Rose publicó los resultados de un estudio que

hizo utilizando un recurso académico digital, la Bibliografía Internacional de la MLA, para los años 1991 a 2000. Había 13.820 resultados para «mujeres», 4.539 para «género», 1.862 para «raza», 710 para «postcolonial» y solo 136 para «clase trabajadora»[238].

Naturalmente, las luchas de liberación de las mujeres, homosexuales y minorías étnicas son causas de una importancia excepcional. El nuevo laborismo las ha hecho suyas, aprobando legislación verdaderamente progresista sobre la igualdad homosexual y los derechos de la mujer, por ejemplo. Pero éste es un programa que ha coexistido alegremente con la marginación política de la clase trabajadora, lo que ha permitido al nuevo laborismo