En el trabajo que hemos planteado hemos pretendido analizar cómo, a través de una serie de acontecimientos en el transcurrir de la denominada Primavera Árabe, la mayoría de los países partícipes han podido ser testigos de una serie de cambios en el terreno político, económico y social que han dado paso a un proceso de democratización con el cambio de las estructuras antaño arraigadas mediante la transformación de las mismas en unas más cercanas a la democracia. Como plantea Edgar Morin, “El movimiento para
expulsar a los déspotas, irresistible en Túnez y al final victorioso en Egipto, la potente ola que ha recorrido el mundo árabe […] ha constituido un espléndido amanecer”.259
Como hemos visto, este “amanecer” ha roto, en parte, las trabas en Europa y en buena parte del mundo, de la reiterada condena que relaciona al mundo árabe con los regímenes autoritarios.
Los levantamientos que se han ido produciendo en forma de contagio o cadena en el mundo árabe, desde sus inicios en Túnez, han desembocado, de una manera u otra, en la democratización de estos países, con las dificultades que dicho proceso conlleva. Esta democratización de la que hablamos no tiene, ni debe seguir, el modelo occidental, debido a que la mentalidad, la cultura y los antecedentes religiosos, son muy diferentes. Igualmente, esta gigantesca ola no debe nada a las democracias occidentales, las cuales, al contrario, apoyaron los derrocados regímenes autoritarios a los que deseaban perpetuar en el poder.
Como hemos visto, las sociedades de las regiones árabes parten de una situación muy difícil y no se enfrentan a un proceso que pueda considerarse fácil debido a que han vivido sometidas largas décadas, siendo testigos de la privación de los derechos y libertades bajo todo tipo de argumentos ideológicos y/o religiosos, y de una cruel corrupción que ha agravado aún más la desigualdad de la distribución de la riqueza. Aun así, el ansia de libertad y de justicia, igualdad, respeto y cambio político y social es un buen comienzo para lograr la deseada evolución hacia una sociedad más justa.260
La población árabe partícipe de estas revueltas han demostrado como la desesperación y la lucha por la dignidad y la libertad está por encima de cualquier tipo de represión. Así,
259 Morin, Edgar. “Nubarrones sobre la Primavera Árabe”. Cuadernos del Mediterráneo, Nº. 20-21, 2014,
p. 158.
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las revueltas árabes han hecho caer a cuatro dictadores, han derivado en cambios de gobierno y de ministros, han impulsado reformas políticas y cambios constitucionales, han favorecido las políticas sociales, los aumentos salariales y los subsidios al consumo de alimentos y energía,261 quedando, tras las revueltas, los dictadores, los servicios de seguridad, los servicios de información, los islamistas, etc., desamparados, siendo testigos de cómo de fuerte es el pueblo árabe unido. 262
Hemos visto como los jóvenes han jugado un papel más que imprescindible a lo largo de las revueltas, jóvenes que comparten las mismas exigencias o urgencias, mediante un movimiento de reclamación y activismo popular que ha jugado con la comunicación, el intercambio de ideas y proyectos y con el uso de las nuevas tecnologías, haciendo que en este proceso toda persona, tanto del exterior como del interior de la región en cuestión, tenga acceso a participar en la revolución. No ha sido fácil. Frente a los regímenes dictatoriales y frente a los poderes represores la población ha conseguido abrirse paso y, toda una generación de jóvenes, ha podido asistir a una experiencia única que solo se produce en momentos muy puntuales de la historia, una experiencia democratizadora.
Además, las poblaciones árabes han dado una lección a aquellas potencias occidentales que defendían el mantenimiento de las dictaduras para preservar sus intereses en la región, agitando el espectro del terrorismo y, como hemos visto, la excusa de que islam y democracia no son compatibles.263 De esta lucha se ha hecho más que evidente que no hay nada en las sociedades islámicas que las haga incompatibles con la democracia, los derechos humanos, la justicia social o la gestión pacífica de los conflictos.264
El cambio que empezó en Túnez, Egipto y Libia no ha terminado únicamente con regímenes dictatoriales sino que está produciendo efectos demoledores sobre las ideas recibidas acerca de los árabes y del islam. Las sublevaciones populares han demostrado, mediante sus exigencias democráticas, que no todos los musulmanes siguen la corriente islamista radical sino que hay islamistas demócratas, árabes que no practican la religión musulmana, como por ejemplo árabes cristianos, musulmanes que desean estados laicos,
261 Bassets, El año de la revolución…, op. cit., p. 323. 262 Ben J, La primavera árabe…, op. cit., p. 143-144. 263 Rodríguez, Yo muero hoy…, op. cit., p. 16.
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musulmanas feministas, árabes ateos y, sobre todo, un afán de progreso por parte de la población. 265
Así, han cambiado las relaciones del mundo entero con los países árabes y de los países árabes entre sí, abriéndose un mapa geopolítico renovado. Debe de interpretarse esta oleada revolucionaria como una manifestación del desplazamiento del poder global y de la emergencia de nuevos poderes en el mundo en detrimento de los poderes clásicos. Todos los países de la zona tienen un largo recorrido que hacer en lo referente a sus recursos naturales, su capacidad de integración económica y comercial y al desarrollo de su potencial humano que hasta ahora ha estado ahogado en el paro, la corrupción, la marginación y la pobreza.266 Por lo tanto, la primavera árabe sería la reacción sistémica al desplazamiento de poder mundial por parte de un bloque de países que habían quedado al margen de la globalización gracias a sus regímenes bloqueados y a sus alianzas con Estados Unidos y Europa. Nada predetermina que los árabes consigan convertirse en una fuerza efectivamente emergente, sino que, en palabras de Lluís Bassets “son sus clases
medias en el sentido más amplio, en todo caso, las que pugnan con las clases medias del resto del planeta, pero sobre todo con las europeas y americanas, por compartir la riqueza, el consumo, los sistemas de bienestar y también las formas de gobierno democráticas que hasta ahora les habían sido hurtadas”267
Hemos visto como en Túnez, en donde más se ha avanzado, las demandas revolucionarias fueron desapareciendo de la escena pública tras la celebración de elecciones. En Egipto, la junta militar ha mantenido la represión, la violencia y la censura. Libia, por su parte, ha sufrido una guerra civil en la que entran en escena actores internacionales y presenta un futuro incierto. En otros países árabes, los dirigentes han adoptado medidas o, por el contrario, han reforzado la vía del control policial.268
Por lo general, los regímenes que se han visto sacudidos por grandes movilizaciones han tratado de manipular las contradicciones confesionales, étnicas, tribales o regionales para fomentar un clima en el que justificar su propia supervivencia, amparándose en la necesidad de preservar la estabilidad y evitar el caos. No procede hablar, por el momento, del fin del autoritarismo en el mundo árabe, puesto que en la mayor parte de estos países
265 Rodríguez, Yo muero hoy…, op. cit., p. 16. 266 Bassets, El año de la revolución…, op. cit., p. 324. 267 Ídem, p. 356.
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sigue presente. Pero de lo que no cabe duda es que los movimientos sociales han mostrado ser capaces de desafiar al aparato represivo y al régimen dictatorial.269 Las dificultades de las transiciones árabes no permiten establecer con certeza que la salida final sea el establecimiento de gobiernos democráticos. Lo que aún no ha cambiado en esta región puede cambiar si las transiciones se encarrilan realmente hacia Estados fiables, prósperos y democráticos. Aunque el ritmo de estos acontecimientos es más lento y se encuentra con más dificultades que la caída de los primeros dictadores árabes. 270
No se nos puede olvidar el número de hombres y mujeres que han muerto en las revueltas árabes, sea el país que sea, por dar vida a unos valores en unas sociedades que durante mucho tiempo han sido marginadas de la libertad y la justicia. Al igual que sus padres y abuelos lucharon por la independencia y contra el colonialismo, los hombres y mujeres de hoy en día no dudan en salir a la calle a reivindicar sus derechos. 271
Por otro lado, la Primavera Árabe ha revelado importantes deficiencias económicas272 ya que a pesar de la mejora de algunos indicadores de pobreza y desigualdad o de algún avance en materia de reformas estructurales, lo que sigue en pie es un alto desempleo, malas condiciones de vida, falta de oportunidades económicas, que han derivado en un sentimiento de decepción en la mayor parte de la población.
La Primavera Árabe dejó en claro que el sistema económico y las instituciones de países como Túnez, Egipto o Libia necesitaban un cambio. Aunque ha habido un cierto progreso debemos atender a una serie de dificultades y debilidades fundamentales de la economía en estas regiones.
Por un lado, nos encontramos con un aislamiento relativo de la economía mundial y su fragmentación como región debido a las altas barreras al comercio y a los mercados monopólicos.273 Esto se ha traducido en una lenta modernización económica, una limitada transferencia de tecnología y baja competitividad y productividad, siendo el desempleo de estos países uno de los más altos del mundo, particularmente para las mujeres y los
269 Ídem, p. 25.
270 Bassets, El año de la revolución…, op. cit., p. 327.
271 Ben J, Tahar. “Primavera árabe: un balance desigual”. Cuadernos del Mediterráneo, Nº. 20-21, 2014,
p. 161.
272 Mazarei, Adnan; Mirzoev, Tokhir. “Cuatro años después de la primavera”. Finanzas y desarrollo: Vol.
52, Nº. 2, (junio), 2015, p. 55-57.
273 Esta región concentra menos del 1% del mercado mundial de las exportaciones de productos distintos
de los combustibles y menos de una décima parte de las exportaciones están destinadas a permanecer en la región. Ídem, p. 55.
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jóvenes, al mismo tiempo que el acceso al financiamiento es uno de los más bajos a nivel mundial.
Hay que tener en cuenta que esa oleada de protesta se inició cuando el mundo no se había recuperado aún de la crisis financiera mundial. Este contexto externo junto con los trastornos de la economía interna, tensiones sociales, etc., ha frenado el desempeño económico, reducido el comercio y la inversión y ha aumentado la vulnerabilidad.
También hay que tener en cuenta que estos países han evitado caer en graves crisis económicas y mantener un crecimiento económico relativamente positivo mediante un doble proceso. Por un lado, vaciando las reservas de divisas y acumulando deuda pública al aumentar el déficit, como por ejemplo Egipto. Por otro lado, gracias a una mayor estabilidad interna y a la ayuda externa la mayoría de los países han sido capaces de reconstruir gradualmente sus reservas externas y comenzaron así a reducir su déficit presupuestario.
Además se han llevado a cabo progresos como comentábamos anteriormente, por ejemplo la reducción de los subsidios a la energía, liberando recursos para destinarlos a una protección social. Igualmente, medidas para mejorar el clima de negocios, como la competencia, el régimen de quiebra y las normas relativas a la inversión, así como fortalecer la política y administración tributaria e implementar una reforma del sector financiero. También se han llevado a cabo planes para estimular la creación de empleo y reducir el desajuste entre oferta y demanda de competencias en el mercado laboral.
Sin embargo, su dependencia del sector público es todavía elevada, y el sector privado es reacio a intervenir y crear empleo. Además, no se han creado redes de protección social adecuadamente focalizadas y el acceso a los servicios básicos sigue siendo insuficiente. En consecuencia, los resultados económicos a nivel de los hogares no han mejorado, y en algunos casos incluso han empeorado desde 2011.
El desempleo creció en la mayoría de los países, alimentado por un crecimiento económico todavía insuficiente. Este desempleo es más preocupante entre los jóvenes y las mujeres, siendo por ejemplo en Túnez de un 37%. Por su parte, el ingreso medio per cápita no varió en países como Egipto o Jordania y creció solo levemente en Túnez y Marruecos. De tal modo, el bienestar individual siguió siendo bajo, creándose un sentimiento de frustración y descontento social entre la mayor parte de la población.
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Es evidente que los países deben adoptar ambiciosas reformas relativas a la gobernabilidad, construir un entorno favorable en lo referente al tema de los negocios, implementar reformas laborales y educativas, formar redes eficientes de protección social, para lo que hace falta voluntad política, determinación y apoyo de la comunidad internacional.
Poniendo fin a este estudio decir que, una vez liberados los países de sus gobiernos dictatoriales y llegados a la celebración de elecciones democráticas los países árabes han asistido a la tarea más difícil, consistente en el desmantelamiento de las estructuras del antiguo régimen, crear nuevas instituciones y acabar con la corrupción y la represión. Esta tarea, en la que el funcionamiento normal se mezcla con los cambios, supone que las transformaciones no sean visibles a corto plazo, lo que no significa que no las haya.274
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