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Las conclusiones obtenidas en el presente trabajo acerca de la vida cotidiana en el poblado del Cabezo de la Cruz no son nada despreciables. Asumiendo los límites en los que se enmarca un Trabajo de Fin de Grado y a la espera de más investigaciones e intervenciones arqueológicas en el yacimiento que aporten una mayor información, se ha podido desgranar, en los cuatro apartados en los que se ha dividido la memoria, cómo se desarrollaría la vida en la aldea.

En primer lugar, el urbanismo del poblado está protagonizado por un fuerte sistema defensivo. Los esfuerzos realizados en su construcción parecen evidenciar un clima de tensión en el territorio. No obstante, durante la excavación no se encontraron restos que indicaran la existencia de ningún conflicto. Además, el aparente descuido que sufrieron estos sistemas defensivos en determinadas etapas parecen reflejar unas tensiones intermitentes. Por otro lado, el hallazgo de casas in situ permite conocer la gran diversidad de actividades que se realizaban en su interior: elaboración de tejidos, preparación de alimentos, procesamiento de semillas, labores ganaderas, etc.

Basándose en la disposición de la zona urbana ya excavada, se llevó a cabo una estimación de la extensión total de la trama urbana del yacimiento. Las conclusiones reflejaron que en el poblado podría haber entre 75 y 90 viviendas, lo cual conllevaría una población de mínimo 400 habitantes, situando al poblado del Cabezo de la Cruz por encima de la mayoría de los yacimientos conservados de la Primera Edad del Hierro en el Valle del Ebro. La visión tradicional de la historiografía sitúa en esta época el nacimiento de sociedades aristocráticas, sin embargo, la distribución y las características de las casas parecen evidenciar una organización social aparentemente igualitaria. Si bien es cierto que la no finalización de los trabajos arqueológicos y la conservación parcial de algunas zonas no nos permite plantear hipótesis sólidas acerca de la organización social del poblado, no existen indicadores de la existencia de esta jerarquía social.

La agricultura fue la fuente de subsistencia principal para los habitantes del Cabezo de la Cruz, una agricultura dominada por el cultivo de cereal, y complementada con el cultivo de árboles frutales, entre los que destaca la vid, introducida en la península ibérica por los fenicios. La explotación ganadera tuvo un papel significativo, tanto para su uso

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en tareas pesadas y el trasporte, como para la obtención de leche, carne, piel y lana. El análisis de los restos óseos encontrados refleja que el ganado ovicáprido estaba destinado principalmente a la obtención de productos primarios como la leche o la carne, debido a que los huesos son mayoritariamente de animales jóvenes. Por su parte, el ganado bovino y el caballo parece que tuvieron una importancia económica mayor, ya que numerosos huesos hallados pertenecen a individuos de una edad avanzada. Por ello, se deduce que fueron de gran utilidad en labores agrícolas o el trasporte, además de para la obtención de productos como carne y piel. Asimismo, la caza fue una actividad frecuente, seguramente en momentos en los que la explotación ganadera resultaba insuficiente para cubrir las necesidades.

Hasta el momento no se ha podido conocer el grado de especialización que pudieron llegar a tener las explotaciones de subsistencia, pero se han asociado con un carácter principalmente doméstico. El procesamiento de los productos agrícolas se solía hacer en el interior de las viviendas, siendo frecuente el hallazgo de molinos barquiformes. El utillaje para la preparación y el consumo de los alimentos se componía principalmente de elementos cerámicos, de los cuales se ha encontrado un amplio registro. Las piezas más significativas son las ollas de cocina, los platos y los vasos, presentando una abundante variedad formas y tamaños.

La gran cantidad de estos útiles cerámicos nos lleva a pensar que su fabricación sería la actividad artesanal principal. Esta producción cerámica va a tener un claro carácter funcional, sin mucho interés por la ornamentación. La estandarización y la variación a través del tiempo y el espacio refleja una variabilidad formal y estilística en varias casas de la misma fase, reflejando una producción mayoritariamente doméstica. Por el contrario, un estudio vertical de la variabilidad a través de los niveles sucesivos de cada casa nos indica que probablemente estuvo habitada por miembros del mismo grupo familiar, debido a que se pueden observar tradiciones heredadas de una fase a otra, reflejando un aprendizaje generacional. Por otro lado, resulta significativo que durante las excavaciones no se encontrara ningún horno en el que se hubiese podido cocer cerámica, ya que en los hallados los análisis han descartado que se superasen los 500º C necesarios para esta actividad. Esta ausencia permite plantear diferentes hipótesis: la existencia de hornos para un uso comunitario, la especialización de un grupo concreto dedicado a cocer cerámicas o que sencillamente que la cocción se llevara a cabo en hogueras que no han sido encontradas durante las tareas de excavación. Por último, el

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hallazgo de gran cantidad de paralelos cerámicos en poblados de la Primera Edad del Hierro del Valle del Ebro parece indicar que existiría un contacto frecuente entre ellos, donde la cultura material sería particularmente homogénea que incluso estos recipientes pudieran indicar la existencia de un horizonte arqueológico común en el valle medio del Ebro (Rodanés Vicente & Picazo Millán, 2018).

La industria metalúrgica, ósea, lítica y textil completarían las actividades artesanales llevadas a cabo en el poblado. Su presencia es mucho menor en el registro arqueológico, y esto nos lleva a pensar que poseían un carácter complementario y el tiempo que se les dedicaría sería menor. También cabe pensar que serían actividades más especializadas, pero solo poseemos datos que apunten hacia esa dirección procedentes de la industria textil, hallando una presencia significativa de piezas de telar en una casa en concreto.

Por desgracia, poco sabemos de los ritos y creencias de los habitantes de esta aldea. Tan solo se han encontrado tres tumbas de individuos infantiles bajo las viviendas, algo habitual en contextos similares de la Edad del Hierro del valle del Ebro. Sólo elementos simbólicos como decoraciones en el fondo de las cerámicas, elementos de adorno como colgantes o huesos decorados permiten detectar la existencia de un determinado pensamiento complejo expuesto a partir del simbolismo de estas piezas.

En definitiva, tanto el urbanismo, como los tipos de vivienda, unidos a la subsistencia y la producción artesanal antes comentada, nos lleva a proponer una sociedad económicamente igualitaria, en la que la familia jugaría un papel determinante como forma de organización primaria. En su interior se pudieron desarrollar gran parte de las actividades ya mencionadas sin perjuicio de que pudiera haber otros vínculos o estructuras superiores comunitarias que serían las causantes, por ejemplo, de obras colectivas como la levantamiento de un potente sistema defensivo.

Respecto a la distribución de roles en el interior de la comunidad o incluso de la propia familia, es complicado pronunciarse con los datos que poseemos. Tradicionalmente se le ha atribuido a la mujer las tareas relacionadas con el ámbito doméstico, mientras que los trabajos relacionados con la metalurgia, el pastoreo o la defensa del territorio se han asociado al hombre. No obstante, la falta de evidencias arqueológicas no nos permiten arrojar hipótesis sobre el poblado del Cabezo de la Cruz.

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Por ello, tras la finalización de este trabajo me encuentro expectante, a la espera de que la situación actual de la arqueología cambie y se vea favorecida mediante un mayor apoyo económico por parte de las instituciones, gracias al cual se puedan reiniciar las excavaciones y arrojar nuevos datos sobre la vida y los habitantes del poblado del Cabezo de la Cruz.

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