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CONDICION PREVIA PARA LA LIBERACION SEXUAL

In document La Lucha Sexual de Los Jóvenes (página 115-147)

Si el problema sexual de los jóvenes no tiene solu­ ción en el capitalismo, debemos poder demostrar

a la masa de los jóvenes que el socialismo puede resolver el problema. No es difícil hoy hacer la prueba. ¿Qué país de la Tierra ha hecho tantas cosas por la juventud como la Unión Soviética?

¿En qué país es la juventud realmente libre? ¿Qué país ha comenzado a tomar en serio la liberación sexual de la juventud y cuáles son los países o par­ tidos que se han limitado a verborrear o incluso han reforzado la represión capitalista de la vida sexual? La Unión Soviética ha liberado a la juven­ tud; Italia ha acentuado la represión. Tales son los hechos.

¿Por qué la Unión Soviética ha podido hasta aho­ ra tomar tan gran número de medidas para la libe­ ración sexual? Ha podido hacerlo porque no tiene ningún interés en la represión sexual, porque ha suprimido el orden económico capitalista al hacer realmente la revolución socialista. Nosotros no sere­ mos comprendidos por jóvenes que carecen de orien­ tación o que están mal educados políticamente, si no podemos explicarles con mucha claridad la natu­ raleza de la revolución socialista. La profunda edu­ cación política de la juventud revolucionaria es, des- de este punto de vista, la primera condición. Pero esto no lo hacemos completamente en el contexto de la situación política actual. Si queremos orga­

aclararle a las masas cuanto existe por debajo de su miseria sexual y ganarlas para nosotros, debemos pedir en primer lugar a las organizaciones que es­ tablezcan cursos de formación política, a los que

nosotros mismos debemos contribuir. Si no, queda­ remos desarmados ante un joven nacionalsocialista que está bien impregnado de la teoría de la dife­ rencia entre el capital-rapiña y el capital-produc- tivo, así como de la falaz ideología del “honor del hombre alemán” . En efecto, debemos poder demos­ trar a este joven que no hay ninguna diferencia entre el capital judío y el capital no judío, que Thys- sen explota lo mismo que Rothschild y que los ju­ díos están igualmente divididos en clases. Igualmen­ te debemos poderle demostrar que el capital, con la ayuda de la ideología de la castidad, hace de él un partidario de lo que cree combatir.

El fundamento de toda la vida social, en conse­ cuencia, de la vida sexual, es la economía, la pro­ ducción de los bienes necesarios para vivir. La for­ ma de la vida social y sexual está determinada por el modo de producción y de distribución de los bie­ nes. En los orígenes de la sociedad humana, cuando los medios de producción estaban insuficientemente desarrollados, el trabajo se hacía en común y los productos se distribuían según el rendimiento del trabajo de cada uno (comunismo primitivo). Con la formación de útiles, apareció la división del tra­ bajo; entonces comenzó el cambio de productos y con él la economía mercantil. Cuanto más se des­ arrolló el progreso técnico de los útiles, más se di­ versificó el proceso del trabajo. Surgieron las ramas de los más variados oficios. Pero cuando fueron inventadas las grandes máquinas, ya existían, de un lado, grupos que poseían suficientes medios para procurarse máquinas, mientras que, de otro lado, los artesanos se arruinaban porque sus productos eran mucho más caros que los fabricados por las máqui-

ñas. Los propietarios de las máquinas estuvieron entonces en condiciones de hacer trabajar en las máquinas, como obreros, a los artesanos arruinados. Es así como la sociedad se dividió en una clase, los capitalistas, propietarios de los medios de produc­ ción, y otra clase, los obreros asalariados, los pro­ letarios, que no poseían otra cosa que su fuerza de trabajo. Entonces comenzó el capitalismo, estadio superior de la economía mercantil. Además, los se­ ñores de la nobleza feudal se apropiaron la tierra de los campesinos, y éstos, reducidos a la miseria, emigraron en masa a las ciudades donde las nuevas industrias florecían: se convirtieron en obreros de las fábricas, en proletarios. En sus comienzos, el capitalismo explotó sin vergüenza alguna. Una jor­ nada de trabajo de dieciséis a dieciocho horas, la falta de seguridad social, el trabajo de los niños, el hambre y la miseria caracterizaron al capitalismo en su nacimiento. Entonces comenzó la organización del proletariado, que arrancó, a través de levanta­ mientos y revoluciones (revolución de 1848 en Ale­ mania y Austria, Comuna de París en 1871, levan­ tamiento ruso del año 1905, etc.), protección en el trabajo, aumento de los salarios y disminución de la jornada de trabajo. La revolución de 1918 conquistó la jornada de ocho horas que, sin embargo, se ha perdido en gran parte después. La burguesía no ha hecho jamás nada por el proletariado; los obreros y los empleados han tenido siempre que luchar para mejorar su situación.

En el capitalismo, el progreso técnico, que ahorra fuerza de trabajo humana, no beneficia nunca a la masa de los obreros. Por el contrario, el perfeccio­ namiento de las máquinas aumenta el paro obrero. Los salarios no han sido elevados; por el contrario, disminuyen considerablemente en relación con la productividad del trabajo. La jornada de trabajo no ha sido reducida. (Cuando entre nosotros se ha­

bla de introducir la jornada de cinco horas, ello no significa nada, porque no se produciría un reajuste de los salarios y los obreros ganarían menos que antes.) Esto es la racionalización capitalista del tra­ bajo.

El capitalismo oscila entre crisis y crisis, que cada vez son más agudas. La actual crisis de la economía capitalista es una crisis mundial sin salida. Por un lado, la productividad del trabajo crece constante­ mente; por otro, los trabajadores están privados del goce de los bienes porque son obreros asalariados, y no reciben sino lo justo para no morir de hambre. Lo que ellos producen pertenece, según la ley del capital, a los propietarios de los medios de produc­ ción, los capitalistas. Como resultado de la raciona­ lización capitalista y del hecho de que casi todos los países subdesarrollados construyen sus propias in­ dustrias, el capitalismo pierde constantemente mer­ cados. Se presenta entonces una sobreproducción de mercancías; pero las masas no pueden comprar nada porque están en paro o porque sus salarios dismi­ nuyen constantemente. Un solo ejemplo de la anar­ quía económica capitalista: en Argentina son lan­ zados al mar vagones enteros de cereales porque, de otro modo, los precios de los cereales descenderían; en China, por el contrario, millones de personas

mueren de hambre.

La revolución rusa de 1917, bajo la dirección del Partido Comunista, ha puesto fin a este estado de cosas en el territorio de la Unión Soviética. Los propietarios de las fábricas y los grandes terrate­ nientes han sido expropiados; las fábricas pertene­ cen hoy a los obreros, y las tierras, a los campesinos. Ha sido suprimida la explotación. Un consejo eco­ nómico central orienta la economía y la producción según las necesidades sin cesar crecientes de las

masas.

ción socialista del país han aportado a los obreros, en el curso de los últimos catorce años, una jornada de trabajo de cuatro días y un día de descanso con crecientes salarios, un aumento considerable de la asistencia social y la desaparición del paro obrero. La Rusia soviética es el único país que no conoce cri­ sis económicas porque ha destruido al capitalismo. Por el contrario, las fuerzas de trabajo y las mercan­ cías son insuficientes (a pesar del ritmo considerable del incremento de la producción), porque las exigen­ cias de 160 millones de obreros y de campesinos, que están ampliamente retribuidos, crecen rápidamente.*

Habrá, sin duda, muchos jóvenes que nos dirán: Sí, estamos verdaderamente por la liberación sexual, pero no estamos por el socialismo. Entonces es ne­ cesario demostrar a estos jóvenes muy claramente que lo que quieren es un milagro, y que no existe otro camino para la liberación sexual de la juventud que el de la revolución.

* Hemos creído conveniente suprimir los siguientes tres párrafos de este capítulo para ahorrar al lector lo que estimamos sería enojosa pérdida de tiempo. En efec­ to, se trata de cifras que no constituyen un estudio sis­ temáticos de carácter económico, que en caso afirmativo sería interesante, sino más bien cifras aisladas útiles en la época en que fue escrito el trabajo, pero extraordi­ nariamente envejecidas hoy y sin mayor relación con las ideas centrales del libro para el lector actual. (N.

S E X U A L D E L O S JO VE N ES

¿Por qué no hay otro camino que la revolución?, se preguntan muchos jóvenes cristianos, liberales

o apolíticos. A ello sólo hay una respuesta: ¿renun­ ciarán los capitalistas a la propiedad de las máqui­ nas, de las fábricas, de los inmuebles y de la tierra? ¿Cederán los medios de producción y la tierra a los que crean con su trabajo la riqueza de la sociedad? No, no lo harán; por el contrario, serán tanto más feroces y brutales con la clase oprimida cuanto se sientan menos capaces de mantener su economía. Esto es lo que demuestra la realidad de 1931. Si la masa de los jóvenes no quiere hundirse totalmente, psíquica y moralmente, si quiere una economía que tenga en cuenta no solamente sus necesidades físi­ cas, sino también sus necesidades intelectuales y sexuales, debe tomar conciencia de que la lucha revolucionaria contra la clase dirigente es inevi­

table

Nosotros mismos debemos comprender con toda claridad (y hacerlo comprender a la masa de indi­ ferentes, así como a los jóvenes que son aún polí­ ticamente reaccionarios) que una verdadera solu­ ción del problema sexual de los jóvenes no será

posible hasta que la masa de éstos disponga de su­ ficientes alojamientos, vestidos y alimentos, y tenga ln posibilidad de asimilar el saber y 3a cultura de la sociedad humana, que no son accesibles hoy más <|ue a los hijos de las casas ricas. Solamente enton­ ces existirá la base económica y social sobre la que

se podrá edificar una vida sexual satisfactoria, feliz y que tenga en cuenta la naturaleza profunda de los jóvenes. Y éste es, entre otros, uno de los objetivos esenciales de la revolución.

En el presente, debemos preguntarnos qué salida se le ofrece a la juventud obrera en el seno de la sociedad capitalista. Como el movimiento de la Ju­ ventud Comunista está en la línea política verdadera de la revolución social, debería ser, en el ámbito de la sexualidad, el guía de la juventud. La juventud obrera reconocería esta dirección si el movimiento comunista se dirigiera a ella de forma adecuada, resuelta y directa sobre este problema tan ardiente y espinoso; si los jóvenes sintiesen que este movi­ miento conoce sus miserias y apoya su causa.

Debemos hacernos una verdadera autocrítica y preguntarnos por qué, precisamente sobre este pro­ blema, hasta ahora hemos permanecidos ocultos en la sombra, por qué no hemos creído en las inmensas posibilidades de lucha del conjunto de la juventud obrera. En primer lugar, debemos aceptar que nos hemos comportado ante el problema sexual como un dormilón que intenta en vano quitarse una mo­ lesta mosca con un revés de la mano. Observamos en el movimiento de la juventud revolucionaria que el problema sexual perturba e impide la lucha por la revolución, y siempre decimos lo mismo: “Deje­ mos este problema, no podemos ocuparnos de él,

tenemos cosas mucho más importantes que hacer” . Pero si el problema reaparece una y otra vez más candente y apremiante, si incluso (lo que hay que confesar abiertamente) las organizaciones juveniles se derrumban frecuentemente debido a los proble­ mas sexuales de los jóvenes, debemos preguntamos por qué el problema es tan inquietante, y no tene­ mos el derecho, porque es inquietante, de decir sim­ plemente que no tenemos tiempo de ocuparnos de

él, que tenemos cosas más importantes que hacer, la vida sexual es un asunto privado, etcétera.

Precisamente la vida sexual no es un asunto pri­ vado cuando conmueve a los jóvenes y perturba, en sus formas actuales, la lucha política. ¿Qué diría­ mos, en relación con otro problema, si tomásemos la misma actitud? Diríamos con razón que era una escapatoria, y combatiríamos justamente a los que empleasen tales subterfugios. Defenderíamos conse­ cuentemente nuestro punto de vista, a saber: que no hay dificultades insuperables para un bolchevi­ que, que no reconocemos problemas insolubles, que tales criterios no son sino pretextos burgueses opor­ tunistas. Cuando surgen problemas, éstos no caen del cielo, sino que proceden de las contradicciones de nuestro sistema social, y exigen una respuesta. He­ mos abordado en la lucha de clases los problemas del deporte, del teatro, de la religión y de la radio, ¿por qué no somos consecuentes en el problema se­ xual de los jóvenes? Si eludimos el problema, debe­ mos decir por qué.

Una razón superficial es que creemos poder con­ sagrarnos totalmente al trabajo revolucionario eli­ minando el problema sexual, y que queremos dis­ tinguirnos del tipo burgués, para el que el problema sexual constituye el centro de sus preocupaciones y se limita a hablar mucho de la sexualidad. Hemos cometido un gran error, porque muchos de nosotros han querido eliminar a la sexualidad en general como un asunto inesencial, e incluso burgués. Esta­ mos equivocados, no aprendemos de la realidad. De­ bemos resolver el problema sexual de forma revo­ lucionaria, llegando a una teoría de política sexual clara, y como consecuencia a la praxis sexual re­ volucionaria, e integrando a ambas al conjunto del movimiento proletario. Estamos convencidos de que éste es el verdadero camino para llegar a una so­ lución definitiva.

Muchos camaradas se refieren, en sus puntos de vista negativos, a la entrevista de Lenin con Clara Zetkin, en la cual aquél se pronunciaba firmemente contra los debates y discusiones sexuales en los grupos de trabajo y círculos de la juventud, y hacía observar que había problemas mucho más impor­ tantes que abordar entonces. Estamos totalmente

de acuerdo con el punto de vista de Lenin, pues éste luchaba contra la charlatanería sexual super­ ficial y no científica, y también nosotros queremos luchar contra ella. Las “discusiones” sexuales no son otra cosa, en efecto, que un sustituto de la actividad sexual, una masturbación intelectual vulgar. Pero comprenderemos inmediatamente cómo debemos tra­ tar este problema, citando otras palabras de Lenin sacadas de la entrevista con Clara Zetkin:

“El comunismo no se propone la ascesis, sino la alegría de vivir, el vigor, y también una plena vida amorosa”.

Si el comunismo debe plasmar la alegría de vivir sexual, es necesario entonces luchar por ella.

En el resumen, el problema se plantea así: en nin­ gún sentido debemos discutir sobre el problema se­ xual, debemos dejarlo a un lado; pero si no hablamos de él, no podremos conocerlo y aclararlo. ¿Qué hacer entonces? Precisamente hablar de él de forma políti­ ca. Entonces discutiremos y actuaremos posterior­ mente de forma correcta. Antes de examinar otras cuestiones y demostrar que ésta es la única solución, deberemos aclarar también las razones más profun­ das de por qué eludimos este problema.

¿Dónde hemos sido educados todos nosotros? ¿En qué condiciones hemos sido educados? Hemos sido educados en una familia y en el sistema capitalista. Se objetará que existe una diferencia entre la fa­ milia proletaria y la familia burguesa. La cosa no es tan simple. En primer lugar, debemos pregun­ tarnos en qué proporción la familia proletaria es

proletaria y en qué otra proporción es burguesa. No tenemos que pensar mucho para encontrar la res­ puesta: basta con examinar una a una las diferentes componentes de los estilos de vida y de las formas de pensar. ¿Somos ajenos a la ideología burguesa de la propiedad privada? Sí, en amplio grado, porque hay una diferencia tajante en las relaciones de pro­ piedad entre la familia burguesa y la familia pro­ letaria. ¿Somos completamente ajenos a la religión? Aquí la cosa ya no es tan simple. Existen millares de familias proletarias que son religiosas, y cuanto más se penetra en el proletariado pequeñobur- gués, más profundamente está anclada la religión. ¿Y en cuanto a la moral sexual? ¿No está acaso enraizada en la naturaleza misma de la familia que el proletario se ha visto obligado a fundar debido a las condiciones de vida de la sociedad capitalista? La represión sexual y el enraizamiento de la moral sexual burguesa ¿no son acaso necesarios para la pervivencia del matrimonio y de la familia burgue­ sa, como ya lo hemos dicho anteriormente? En efec­ to, las contradicciones entre el estilo de vida del obrero y la moral familiar burguesa a la que está sujeto son muy grandes; son contradicciones inexis­ tentes en la mediana y alta burguesía. Pero esta moral sexual burguesa existe incluso en el prole­ tariado, y es, de todas las ideologías burguesas, la que está más profundamente anclada porque ha sido inculcada con fuerza desde la más tierna infancia. Constituye uno de los pilares ideológicos más pode­ rosos de la burguesía en el interior mismo de la clase oprimida. Y así vemos todos los días que incluso jóvenes que tienen una conciencia de clase también tienen grandes dificultades para liberarse de aquélla.

La moral sexual burguesa (en la que lo esencial consiste en considerar la vida sexual no de forma natural, sino en estrecha relación con el orden so­ cial actual y en negar la sexualidad, en adoptar una

actitud timorata y retraída ante ella) se encuentra incrustada en nuestra piel, en nosotros, comunistas, más profundamente de lo que creemos. No debemos dejarnos engañar por lo contrario de la timidez, el flirt, puesto que éste es la sexualidad burguesa afec­ tada de signo negativo. Por eso Lenin tenía perfec­ ta razón cuando caracterizaba la “ teoría del vaso de agua” como “ bien burguesa”. Las malformaciones sexuales de las que todos somos víctimas como re­ sultado de la represión sexual, y que están ligadas a actitudes inconscientes y de rechazo, determina que no seamos del todo dueños de nosotros mismos en nuestra vida sexual. Y estas son las razones pro­ fundas por las que no nos entregamos oficialmente y de modo consecuente al problema; las razones por las que nadie de entre nosotros se atreve a presentar criterios de liberación sexuales en nuestra propa­ ganda. También debemos comprender por qué mu­ chos comunistas sonríen tan extrañamente y ponen cara de asombro desde el momento en que entra en la discusión de los problemas sexuales. Debemos terminar resueltamente con todo esto, a pesar de las grandes dificultades que tendremos para superar nuestras propias inhibiciones sexuales. Cuanto más penetremos en capas de jóvenes no educados polí­ ticamente y sin conciencia de clase, mayores serán las inhibicions que encontraremos.

Pero la praxis demostrará, como ha sido demos­ trado en casos particulares, que nuestra labor —la de dar a los jóvenes los conocimientos políticos in- dipensables— nos será facilitada progresivamente

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