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La confección de un estilo.

El después de la moda

Capítulo 8. La confección de un estilo.

Ignacio Díaz de Olano- La modista- 1905

La naturaleza proporciona el rostro de los veinte años. La vida modela el rostro de los treinta. Pero el de los cuarenta tiene que merecérselo una misma. A los cincuenta años, una mujer, es responsable de su rostro.

En el film alemán ¿Soy linda?242 nos encontramos con una discreta mujer que vuelve a su casa después de un día de trabajo. De pronto se topa con una vidriera sofisticada, un sweater rojo la mira. Ella entra, se lo prueba con vergüenza, y de pronto la prenda le habla. Escucha: “Que bien te quedo”, “Llévame, te voy a querer”, “Has visto qué suave que soy”, y cosas por el estilo. Ella se siente otra. En medio de una tienda suntuosa, se recrea la escena íntima del acto de vestirse: una mujer frente a un espejo probando una prenda mira su silueta. Correrá a su casa para buscar el dinero que necesita para que sea suya esa promesa de amor, donde se encuentra con su marido, que le requiere con vehemencia sus obligaciones maritales. Contra reloj, y con el corpulento hombre jadeando encima, cuenta los minutos que faltan para que la tienda cierre y ese sweater termine siendo de otra.

Las mujeres pasean por las galerías, los shoppings y las calles como cualquier flâneur, espían las vidrieras como citadinas sin rumbo, compran con recato o consumen impulsivamente, se pierden en las rebajas, agotan su presupuesto en pos de ese Único par de zapatos que las hará feliz. Pero luego, en el interior de su casa, y sin el ruido de los autos, ni la ceguera de la luz, ni la fragancia del aromatizador que inunda los comercios, se encuentran con su guardarropa, con su espejo, con el ritual íntimo del vestirse. Cada una de ellas se recuesta en su cama y sueña... e inventa su propia gramatología.243

¿Es la composición de la vestimenta una especie de sueño? Puede una mujer inventar su propia gramatología hecha de “haces asociativos” textiles?

El triángulo íntimo que forman el armario, el espejo y el cuerpo es la frontera donde la dictadura de la moda se detiene. Allí el abanico de dichos confirmatorios o destituyentes de su cuerpo se abren paso como un calidoscopio de su historia. “Abrir el armario es, además de intuir un tipo de vida, acercarse a su concepción de estilo.”244

Esa es la brecha que la sociología de la moda no alcanza a vislumbrar, planteando tendencias y futuros masivos o focales. “Todas las tentativas de canalizar las opciones de una mujer que quiere comprar ropa, tropiezan con el deseo de ésta de

242 Bin ich schön? (1998), Directora: Doris Dörrie.

243 “Quien sueña inventa su propia gramatología”, dice Jacques Derrida, “Psyché: invenciones del otro”,

en AAVV Diseminario, la deconstrucción, otro descubrimiento de América; XYZ ediciones, Montevideo,1987.

singularizarse, aún dentro del movimiento de moda.”245 Entre la compulsión a comprar ropa que propicia el consumismo y el confeccionarse las vestiduras, que es central en el acto de vestirse hay una fisura donde puede pensarse la conformación de un estilo de cada una.

Christian Dior decía que ninguna mujer sabe vestirse antes de los treinta años, Autorizado en las decenas de muchachas que habían pasado por su maison, sostenía que el estilo es algo que no se produce espontáneamente. Curiosa edad a la que Freud atribuía “rigidez psíquica” en aquellas que no habían pasado por el diván. El estilo es producto de una larga conquista, cuando “has recorrido un largo camino, muchacha”, como decía la mítica publicidad de Virginia Slims. Yo diría, porque has desandado tus marcas más íntimas, deconstruido los decires y miradas sobre tu cuerpo y dado vuelta por el revés tus pasiones..

Sabemos que el estilo, en el sentido que estamos tratando de despejarlo, no se reduce solamente a un saber sobre la vestimenta, como se lo conoce en el sentido común; es un estilo femenino en la efectuación de la estructura, pero al mismo tiempo, en las mujeres, no es sin las vestimentas.

No planteo que la femineidad ocupe una “estructura” diferente a la del hombre. Los dos sexos comparten las estructuras clínicas (neurosis, psicosis, perversión), pero la femineidad incorpora un “estilo de efectuación del núcleo conflictual [entre prohibición y deseo], agregándole la deshicencia”246. Assoun trae ese término para tratar de precisar de qué se trata este matiz femenino en las estructuras. La deshicencia es cuando se abre espontáneamente la parte de la planta o flor para que salga la semilla o polen. Según mi entender alude a ese costado abierto, ese lado inconsistente que la mujer intenta “coser” imaginariamente en forma incesante, una sutura entre los bordes del querer y del desear.

Es por ello que el estilo hace camino al andar por estas dos tierras: La pasión por la madre y el amor por el padre.

En la vestimenta del vacío que la mujer emprende desde niña frente al espejo, se tratará de lograr un producto sublimatorio de aquello que hará con lo arcaico de sus

245 Deslandres, Yvonne, El traje... cit, p. 294.

primeras marcas. Marcas a fuego, fundadas en la intensa pasión de la niña con la madre en el período preedípico.

“Así como el estilo es pensado en la escritura como una operación de sublimación, el estilo femenino puede considerarse como el resultado de operaciones sobre las marcas dejadas por la relación niña-madre. El estilo de la mujer se caracterizará, en definitiva, por lo que ella pueda hacer con esas marcas, tanto en su tránsito por el Edipo y su amor al padre, como en la posición que adopte en relación con el descubrimiento de las diferencias sexuales anatómicas, es decir, frente a su propia castración. Dicho de otro modo, el estilo de la mujer se definirá por lo que ésta pueda hacer con las marcas dejadas por su encuentro con el deseo materno.”247

Dijimos que esa relación produce un resto no absorbible por el deseo, al que llamamos “querer-mujer”. Lo que hace que las mujeres no estén todas del lado fálico, o sea, del lado del deseo. Esto hace a una pasaje por la experiencia de la castración diferente a la de los hombres.

En ellos, la preocupación reside en las órbitas de lo social y el poder, en las mujeres el trabajo y el costo sublimatorio está puesto en la exigencia de trabajo tendiente a constituirse un estilo. Como señala Assoun, siguiendo a Freud, la castración hace a un diferente ordenamiento entorno a la libido y su función. Es un hecho que la finalidad sexual del varón está facilitada por la agresividad, lo que hace a su libido “...independiente del consentimiento de la mujer”248. Por su agresividad y por no estar pendiente de la consideración del otro sexo, tiene una suerte de “libertad” en la disposición entre libido y función. Es decir, la libido es “naturalmente” masculina, se “adapta” más fácilmente a la funcionalidad fálica. En cambio, en la mujer, habría un forzamiento de la libido a partir de la función femenina, una presión, una torsión, un punto de deshicencia funcional, que “... da a la libido toda su potencia de irreductible ‘salvaje’, allí donde, en el hombre, la libido sería regulable por la función”249.

En la bellísima película Marie Antoinette, de Sofía Coppola250, la niña-princesa elige su atuendo entre un mundo de plumas y telas con sus amigas:

247Colovini, Marité, Lo femenino en la clínica, cit, p. 96. 248 Ibidem, p. 131.

249 Ibidem.

¿Te gusta esta?, les pregunta, incluso con un collar. No, quizás el blanco.

¿No lo tienes en blanco? Pregunta a su estilista, mientras un perro lame exquisitos pasteles apoyados sobre un cojín.

¡Me gusta este! -Unos zapatos plata con ribetes azules- ¿Te gusta? El consejero, que presencia la escena, tose:

¿Madame, ha leído las modificaciones de nuestra constitución? No, aún no, dice probándose un corset celeste- ¿Puedes contarme?

Las reformas hechas por el rey están causando inconvenientes entre Rusos y Austríacos, lo cual causa malestar a nuestro aliado de Francia.

Ella se le acerca con dos tipos de mangas colocados: – ¿Te gusta esta o esta?

Madame, ¿ha prestado atención a lo que dije? Su madre le está transmitiendo esto y quiere que usted tome una posición, dice el consejero. ¿Dónde estaría si estoy en las dos familias? Tengo que ser Austríaca o

Francesa.

Pues tendrá que ser ambas.

La princesa, perdida en la constelación textil, sin un hombre que la amarre –su marido es un niño impedido-, no sabe que esa ignorancia hecha de colores y plumas la llevará al “señor Guillotine”. En efecto, la monarquía materna reina sobre ella. Asistimos a una sucesión imparable de imágenes, unificadas por el color, donde se muestran en forma intercalada exquisitas reposterías, zapatos, juegos de azar, pelucas extravagantes, telas, diseñadas por estilistas homosexuales, fascinados por el poder de la estética, que nos conducen al momento de intensa oralidad en que ese alocado gusto donde todo se engulle, ha nacido. Fabricar un estilo sería aquí poner en su lugar a las marcas maternas. Operar sobre lo arcaico para anudar nombre propio, inconsciente y pulsión y salir del fagocitante cuerpo a cuerpo de esa pasión.

Ninguna mujer podría formular una descripción de su estilo, no es un producto acabado ni definitivo, pero sí un eslabón ganado en relación a saber hacer con la castración. El estilo circunscribe el vacío, pero es “siempre esclavo de la forma que

proviene, y sobre la cual se apoya de continuo: así debe lanzar su golpe otra vez, renovar su forma”251

El estilo femenino es una praxis sublimatoria que hace a la costura de aquello que divide a la mujer, e inventa el estuche de la nada con el que “vestir” un lugar en la femineidad.

Y si hablamos de pantalla sublimatoria y de posición sexual es porque se ha logrado sepultar “lo familiar” y salir al mundo, a partir de una radical “invención productiva” sui generis. En esta praxis no hay protocolo que nos guíe. Es por eso que podemos perdernos en un mundo de ofrecimientos y compulsiones textiles sin poder nunca coser nuestra propia puntada. Es justamente el costado no protocolarizable, lo que permite escribir sin partitura, y con improvisación, un invento singular. Al ser una melodía cuyas letras se escriben mientras se toca, es lo que horadará al mandato de “vestir” todas de la misma forma. Porque esa cadencia singular hecha de goce fálico y de su deshicencia, es la encargada de arrancarnos de las fauces de la envidia para investirnos con las ropas del deseo y convertirnos en “la costurerita que dio el mal paso”.

El estilo es la confección de un vestido que contornea la nada, hecho con una costura imaginaria, cuyos materiales son el hilo infinito de la pasión por la madre, y los cortes de patrón que se extraen del amor del padre.

251 Pommier, Gerard, Nacimiento y renacimiento de la escritura, Buenos Aires, Nueva Visión, 1993, p.