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para la confesión y la comunión

Advertencia.

Se ha considerado conveniente unir las oraciones que siguen con las instrucciones que anteceden, porque tienen entre sí mucha relación, y porque sería poco provechoso recitar estas oraciones, especialmente las que se refieren a la confesión, si no se estuviera instruido sobre lo que es necesario saber y practicar para hacerla bien.

Las oraciones para la confesión se han elaborado de tal modo que son también instrucciones sobre las cosas que más se necesita conocer y practicar relativas al sacramento de la penitencia, con el fin de que quienes ya están instruidos sobre las importantes verdades que se contienen en estas oraciones, puedan recordarlas al recitarlas; y para que aquellos que no conocen esas verdades, no necesiten, para aprenderlas con facilidad, más que recitar a menudo estas oraciones.

Oraciones antes de la confesión

Oraciones antes de la confesión.

Vuelta del pecador a Dios

I 3,1 Vuelta del pecador a Dios por la consideración del pecado, de su naturaleza y de sus efectos.

I 3,1,1 ¿Cómo me atreveré, Dios mío, a comparecer delante de Ti, cargado de pecados, después de lo que he hecho al ofenderte? He preferido mi cuerpo a mi alma. He sacrificado mi alma, y la he entregado al demonio para contentar a mi cuerpo, aunque éste está destinado por Ti a ser la víctima del sacrificio que debería ofrecerte cada día, por medio de la mortificación continua de los placeres de los sentidos. A causa de mis pecados he llegado a ser semejante a las bestias; podría decir, incluso, que me he reducido a la nada ante tus ojos. Pero lo que me hace mucho más desdichado, es que me he privado voluntariamente de tu gracia, y me he desunido y separado de Ti; y con un delito que no se puede expresar, al ofenderte he concebido en mi corazón aversión contra Ti, y me dije a mí mismo que ya no quería que Tú fueras mi Dios.

I 3,1,2 ¡Deplorable estado del alma que Tú creaste sólo para que te amara! Quiero, pues, oh Dios mío, liberarme de la esclavitud del pecado, con el auxilio de tu santa gracia. Te lo pido instantemente y desde lo profundo de mi corazón. Reflexión sobre la enormidad del pecado

I 3,2 Reflexión sobre la enormidad del pecado en forma de oraciones.

I 3,2,1 Entregar el alma al demonio: ¡qué blasfemia para el cristiano, que es hijo de Dios y tiene derecho a la herencia del cielo! Pero, cuánto mayor y más horrible es hacerlo en efecto que decirlo con la boca. Aunque comprendo, Dios mío, que debo estar enormemente alejado de estas palabras, me he entregado realmente al demonio por medio de mis pecados. Todas las veces que te he ofendido me he puesto bajo su poder, ¡e incluso he tributado a él el honor que Tú mereces, y

que sólo se te debe a Ti!

I 3,2,2 Concédeme, te ruego, para reparar tal falta, la gracia de cantar en lo sucesivo el cántico de los ángeles, y que dejando totalmente el pecado, pueda decirte con ellos: Todo honor y toda gloria es debida sólo a Dios, que reina en los cielos. Que Él me conceda, si le place, la paz del corazón, que sólo se otorga a los que tienen horror inmenso al pecado. Ése es, oh Dios mío, el estado al que aspiro, y que espero de tu bondad.

Oración para atraer la misericordia de Dios

I 3,3 Oración para atraer la misericordia de Dios sobre uno mismo, y para pedir la liberación de los propios pecados.

I 3,3,1 ¿Me dejarás perecer, oh Dios mío, abrumado como estoy por el peso de mis pecados? Todos tus santos ángeles se alejan de mí, como de tu enemigo; y aquel a quien encargaste de mi conducta, no sabe si ha de sentir compasión por mí. Tus santos, que sólo deseaban verme unido a ellos, y que te presentaban sus oraciones por mí, ya no me miran sino con horror. Incluso los diablos, que me sedujeron, me reprochan continuamente mi ingratitud para contigo, y me arrojan en la confusión, no dejándome ver más que tu indignación.

I 3,3,2 Ten piedad de mí, oh Dios mío, en toda la amplitud de tu misericordia; y puesto que tu amado Hijo, Jesucristo, se interesa por mí, y que la Santísima Virgen, su madre, te ruega en mi favor, no mires la gravedad de mis pecados; antes bien, en consideración a la muerte que Jesucristo, tu Hijo, sufrió por mí, y de tu bondad, siempre sin límites, cuéntame una vez más entre el número de tus hijos. Haz que mis oraciones, unidas a las suyas, te sean agradables, y que pueda yo decir incesantemente con tus elegidos: Bendito sea el Dios de mi alma, bendito aquel que me sacó de la miseria del pecado y de la esclavitud del demonio.

Manifestar a Dios el horror hacia el pecado

I 3,4 Oración para manifestar a Dios el horror que se siente hacia el pecado.

I 3,4,1 ¡Cuán dichoso seré, oh Dios mío, si consigo liberarme totalmente del pecado, que es el enemigo más terrible y temible del hombre, pues es la única cosa que me hace enemigo de Dios! ¡Pecado cruel!, que causaste la muerte de mi divino maestro, y que redujiste a todos los hombres a la esclavitud del demonio, y que les has arrebatado el derecho que tenían a la herencia de Dios. ¡Pecado vergonzoso!, que haces a los hombres semejantes a las bestias, que desfiguras la imagen de Dios en nosotros y que das muerte a nuestra alma destruyendo la gracia que había en ella.

I 3,4,2 No más tregua con el pecado; no más acuerdo con él; hay que dejarlo. Sin retraso, sin ni siquiera esperar a mañana. El Espíritu de Dios, que quiere poseerme, y que desea venir a mí con prontitud, no lo permite en absoluto. No consientas, oh Dios mío, que esté yo privado por más tiempo de tu divino Espíritu; devuélveme el gozo que poseen cuantos disfrutan de tu santa gracia, y que Jesucristo produce en las almas justas; no me abandones más a mí mismo, ni permitas que en lo sucesivo viva ni un solo momento sin tu santo amor.

Pedir a Dios la gracia de la verdadera penitencia

I 3,5 Oración para pedir a Dios la gracia de la verdadera penitencia.

I 3,5,1 Dios mío, que eres el único que puede realmente mover y convertir un corazón, da al mío aquel espíritu de penitencia que Tú creas en las almas justas. Pero que no sea sólo para aterrorizarme, como el faraón, a quien dejaste endurecido en el pecado. No me muevas como a Judas, para dejarme caer en la desesperación. No enternezcas mi corazón como ablandaste el de Antíoco, para dejarme morir, como él, en mi pecado.

I 3,5,2 Inspírame horror, oh Dios mío, por todas esas penitencias, que sólo son exteriores, y que no impiden ir a los infiernos. Concédeme la gracia de imitar a David en la penitencia; de llorar mis pecados, con san Pedro, en la amargura de mi corazón; y que volviendo a Ti, como el hijo pródigo a su padre, permíteme que te diga y que te repita a menudo como él, con la humildad del pecador penitente, y con la sencillez de un hijo: He pecado, oh Dios mío, contra el cielo y contra Ti; no soy digno de ser contado entre el número de tus hijos, pero me sentiré satisfecho con que me trates como a uno de tus criados y de tus asalariados, y que tengas a bien concederme lo que tu bondad no te permite negarles cuando te lo piden.

Pedir a Dios el conocimiento y el dolor de los pecados

I 3,6 Oración para pedir a Dios el conocimiento y el dolor de los pecados.

I 3,6,1 Tú sabes, oh Dios mío, que es propio del pecado cegar el espíritu del hombre y endurecer su corazón; por eso, al estar presto a abandonar mis pecados, y confesarlos delante de Ti a tu ministro, me penetro de los sentimientos del Profeta-Rey, que habiendo sido gran pecador, como yo, fue el príncipe más penitente; y con él te ruego que renueves en mí tu santo Espíritu, para que iluminado con sus luces y reflexionando sobre mis años pasados, pueda conocer y discernir todos mis pecados, sin que se oculte uno solo a mi conocimiento.

I 3,6,2 Como él, también yo te pido que crees en mí un corazón puro, que penetrado de la enormidad y del inmenso número de sus pecados, te demuestre, con sus continuos gemidos, con su aflicción sensible y con su profunda humillación, que todo su deseo es cambiar completamente de conducta y volver a Ti. Espero, oh Dios mío, me concedas esta gracia, al estar dispuesto, como estoy, a sufrir toda la pena que te plazca imponerme, para satisfacer por ellos.

Oración antes del examen de conciencia

I 3,7 Oración antes del examen de conciencia.

I 3,7,1 ¿Quisiera yo ponerme en peligro de hacer una confesión sacrílega por no haber examinado debidamente mi conciencia, y creería que puede bastar, para confesarme bien, revisar superficialmente mis pecados? No, Dios mío; me engañaría si tuviera semejante sentimiento. Sé que para examinarse cumplidamente hay que traer a la mente cualquier pensamiento momentáneo, cualquier palabra, no sólo la que sea de maledicencia, sino incluso inútil; y

cualquier acción que no sea buena. Tú, Dios mío, me enseñas que habré de dar cuenta de todas estas cosas.

I 3,7,2 Haz, pues, si te place, que mi conciencia me las haga presentes y me las reproche todas, para confesarme de ellas; y de ese modo, que vengan a mi memoria todos los pensamientos pecaminosos que han pasado por mi mente; que todos los deseos, todas las inclinaciones y todos los apegos de mi corazón, me sean tan presentes como si aún los tuviera, aunque haya renunciado totalmente a ellos. Permite que todas las palabras que en mí te han disgustado llenen mi imaginación para poderlas confesar y detestar; y que renueve en mí el recuerdo de todas las acciones que hice y que Tú condenas, y que también yo mismo condeno. No te pido esta gracia, oh Dios mío, sino para que no olvide, en la confesión que voy a hacer, ni uno solo de los pecados que he cometido contra Ti; y que una vez declarados todos, Tú los destruyas con la eficacia de tu gracia. Es lo que espero de tu bondad, por los méritos de Jesucristo Nuestro Señor, como también por su autoridad, puesto que es el sumo sacerdote en este sacramento.

Oración después del examen de conciencia

I 3,8 Oración después del examen de conciencia.

I 3,8,1 Comienzo a conocer mis pecados, oh Dios mío, y todos ellos están delante de mí. Me sonrojo de vergüenza, no para ocultarme de Ti, como hizo Adán después de su pecado, ni para ocultarlos a los otros, como Caín, ni para ocultármelos a mí mismo, como hizo el fariseo en el templo, pues quiero conservar su recuerdo para humillarme por ellos. Sino que la confusión que siento por ellos, oh Dios mío, proviene de lo mucho que te he ofendido. He escuchado tu voz en lo profundo de mi corazón, que me reprochaba mis pecados y mi ingratitud, después de tantos beneficios como he recibido de Ti; y me he cubierto de confusión y no me atrevo a comparecer delante de Ti en tan miserable estado.

I 3,8,2 Renueva, te ruego, en lo hondo de mi alma el espíritu de justicia, para que estando animado y totalmente penetrado de este espíritu, y habiendo recobrado la inocencia que perdí, pueda presentarme ante Ti y proclamar a voces tu equidad, pero mucho más aún, tu misericordia, cuya amplitud para conmigo es infinita.

Otra oración después del examen de conciencia

I 3,9 Otra oración después del examen de conciencia.

I 3,9,1 Pecar es propio del hombre; no querer dejar el pecado, es la característica del demonio; alejarse del pecado y de todas las ocasiones que llevan a él, y hacer todos los esfuerzos para no volver a caer en él, es la obligación del buen cristiano y del verdadero penitente. Y ésa es, oh Dios mío, la disposición con que me presento hoy delante de Ti.

I 3,9,2 No sólo yo no quisiera ofenderte, aun cuando se tratara de ganar todo el mundo, sino que también odio el pecado de tal modo, que estoy dispuesto a realizar y a sufrir todo lo que gustes para no volver a recaer ni en uno solo de los que acabo

de examinarme, y que reconozco en mí. Pero como no me hallo en esta disposición sino por el auxilio de tu gracia, no lo puedo realizar sin Ti. Tú sabes, oh Dios mío, que me resultaría inútil tener este pensamiento y este afecto si no los llevara a la práctica; así, pues, ya que Tú me has dado la decisión de no pecar más, espero también de tu ayuda el cumplimiento de esta buena resolución.

Oración para pedir a Dios verdadera contrición

I 3,10 Oración para pedir a Dios verdadera contrición de los pecados.

I 3,10,1 Si es cierto, oh Dios mío, que no puedo realizar ninguna buena obra sin tu ayuda, y que ni siquiera puedo querer el bien a menos que Tú me lo inspires y sin que me des la decisión de hacerlo, ¿cómo podría sentir verdadero dolor de mis pecados si no me lo das Tú mismo? A Ti te corresponde, oh Dios mío, impregnar mi corazón con el pesar de mis pecados; y puesto que no hay nadie sino Tú que conozca su enormidad, tampoco hay nadie que sepa cuánto dolor debo concebir por ellos.

I 3,10,2 Concédeme, te ruego, contrición semejante a la del publicano del Evangelio, que puesto detrás de la puerta del templo, y sin osar levantar los ojos ni aproximarse a los santos altares, no hacía más que gemir y decirte desde lo profundo de su corazón, golpeándose el pecho: Dios mío, si así lo quieres, ten misericordia de este pecador. Sácame de mis desórdenes y de mis pecados con tanta bondad como aquella con la que sacaste a Zaqueo, el jefe de los publicanos, y anima mi corazón con iguales sentimientos de dolor como aquellos con los que moviste el suyo, para que cueste lo que cueste, tome desde ahora una resolución tan firme que nada me impida llevarla a cabo.

Otra oración para pedir a Dios verdadera contrición

I 3,11 Otra oración para pedir a Dios verdadera contrición y dolor de los pecados.

I 3,11,1 Tú, Dios mío, que eres el autor de todo bien, produces en los corazones el horror y la contrición de los pecados. ¿No fuiste Tú, en efecto, quien concediste a los ninivitas tal dolor y contrición de sus pecados, que a pesar de haberte ofendido mucho, y haber provocado tu cólera y tu indignación, merecieron, con todo, alcanzar el perdón de sus pecados por medio de sus oraciones, ayunos, lágrimas y gemidos?

I 3,11,2 ¿No fuite también Tú quien, por medio de los encantos y atractivos de tu gracia, moviste tan intensamente el corazón de María Magdalena, que postrada a los pies de tu Hijo Jesucristo, concibió tan absoluto y eficaz dolor de sus pecados, que abandonó todas las ocasiones y no volvió a caer más en ellos? Yo te pido, oh Dios mío, la misma gracia, y la espero de tu bondad.

Oración para pedir a Dios la contrición de los propios pecados

I 3,12 Oración para pedir a Dios una contrición de los propios pecados que tenga todas las condiciones.

I 3,12,1 Mírame, oh Dios mío, con los ojos de tu misericordia, como miraste a san Pedro después de su pecado, y dame contrición y dolor de mis pecados tan intenso como el que le diste a él. Éste no será suficiente si no me lo das Tú mismo, puesto que sólo puedo odiar el pecado con tu ayuda. Haz que el pesar por mis pecados penetre tan profundamente en mi corazón, que no salga de él nunca más; pues si sólo fuera superficial y de labios afuera, ¿para qué me serviría, ya que no sería duradero ni Tú lo tendrías en consideración? Imprime también tal horror en lo profundo de mi alma, que nada me cause tanto dolor como el pecado, y que lo odie más que la pérdida de todos los bienes e incluso que la muerte.

I 3,12,2 Concédeme la gracia de dolerme de todos mis pecados, sin exceptuar ni uno solo, pues Tú sabes que no puedo odiar de verdad uno sin odiar otro, y que si aún amara, aunque sólo fuese uno, no podría recibir la remisión de ninguno, aunque los confesara todos, y aunque sufriera durante toda mi vida para satisfacer por ellos. Socórreme con la fuerza de tu gracia para que no quiera volver a caer en mis pecados, pues si no tuviera efectivamente la decisión de no cometerlos más, el dolor que creyera tener sólo sería imaginario. Ninguna otra cosa distinta de tu santo amor, oh Dios mío, me puede poner en esta disposición. Haz, pues, que odie el pecado por amor a Ti. Pero a fin de que mi resolución no sea temeraria, haz que no la tome sino confiando en tu bondad,. y en los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, que tuvo a bien procurarme este beneficio por medio de sus padecimientos y de su muerte.

Oración para pedir a Dios el debilitamiento de la concupiscencia

I 3,13 Oración para pedir a Dios el debilitamiento de la concupiscencia.

I 3,13,1 Tú sabes, oh Dios mío, que el pecado original dejó en nosotros tal inclinación al pecado, que parece que no existe nada a lo que estemos más inclinados que a ofenderte; y sólo la fuerza de tu gracia puede debilitar en nosotros esta desdichada concupiscencia. Concédemela, pues, oh Dios mío, y haz que sea tan eficaz, que no sienta más en mí los movimientos que encadenan insensiblemente al pecado, a menos que uno sea diligente y fiel en resistirlos; o, en todo caso, no permitas que sea yo tan miserable que consienta en ellos. Para pedir a Dios la liberación de las tentaciones y de los vicios

I 3,14 Oración para pedir a Dios la liberación de las tentaciones y de los vicios a los que uno está sometido.

I 3,14,1 Dios mío, que eres el único que nos puede impedir caer en el pecado, dame la fuerza de rechazar las tentaciones que se presentan a mi espíritu y que quisieran seducir mi corazón, para arrastrarlo a ofenderte. Haz que ni la impureza, ni el exceso en la bebida y en la comida, ni la flojedad ni la negligencia en tu servicio, tengan ningún poder sobre mí; que nunca me deje llevar de arrebatos, y ni siquiera de la impaciencia, de la murmuración, o de cualquier otra cosa que pueda alterar, por poco que sea, la caridad que debo tener para con el prójimo.

que pertenece al prójimo sea capaz de tentarme; y si acaso tuviere algún afecto y alguna inclinación, que sea a amarte y a obedecerte, pues éstas son las dos cosas que constituyen la dicha del cristiano en esta vida.

Para pedir a Dios horror por las riquezas, los honores y los placeres

I 3,15 Oración para pedir a Dios horror por las riquezas, los honores y los placeres de la tierra.

I 3,15,1 Dios de bondad, que debes constituir todo el placer del hombre, puesto que Tú no me has creado sino para Ti, ¿podría amar yo todavía los placeres de la tierra? ¿Dónde quedaron los placeres pasados, que gusté tan desdichadamente? ¿Qué me queda de ellos ahora, sino el triste recuerdo de haber ofendido a Dios, que no ha tenido para conmigo sino bondades; el tristísimo pesar de haber manchado mi conciencia, cuya pureza encanta el corazón de Dios; y la vergonzosa humillación de haber hecho a mi alma esclava del demonio, a pesar de que antes fuera imagen de Dios y el lugar de sus delicias?

I 3,15,2 Riquezas de la tierra, ¡sólo sois riquezas en la imaginación de los hombres!

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