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1.2 Primera serie: relación de categorías poder, jóvenes, adolescentes y medicina

1.2.1 La configuración del discurso acerca de los jóvenes y adolescentes en el campo

Se partió de la reflexión sobre el surgimiento de los constructos sociales joven, juventud y adolescencia con relación a los contextos e intereses de las áreas disciplinares que los desarrollaron. En este orden de ideas, se sabe que los términos “joven” y “adolescencia” se mencionan en textos de períodos de la historia tan remotos como; la época clásica (greco-romana) y los siglos XV, XVI y XVII (Mc Anarney, 1993). También se sabe que estos no adquieren mayor notabilidad ni consecuentes desarrollos teóricos hasta los siglos XVIII y XIX para el primero, y XIX y XX para el segundo (Kett, 1993), los mismos siglos donde se ubica el origen de las bases institucionales y sociales del Estado-Nación moderno que aún nos regula (Espinel-Vallejo, 2011).

El proceso de modernización de los Estados en Norte América y Europa Occidental, caracterizado por la consolidación de democracias dependientes de la expansión de una economía capitalista, de la mano de fenómenos como la secularización, urbanización e industrialización acelerada, desencadenaron la necesidad de crear instituciones capaces de moldear comportamientos y conductas homogéneas en jóvenes para que acataran las normas cívicas y morales propias de la época con el fin de poder preservar el orden social que se estaba instaurando (Kett, 1971).

Así, se indicaba el logro de la meta de desarrollo humano deseada para ser reconocido como un ciudadano de esa sociedad: la madurez o adultez. Dicha etapa de intervención social institucional para regular los comportamientos sociales de jóvenes se denominó “moratoria social” (Kett, 1971,

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Kett, 1993). Con este fin, surgieron conocimientos desde las Ciencias Sociales y Humanas para indicar las maneras de intervención específicas que regularan las vidas de estos sujetos que no sintonizaban con las medidas de intervención social diseñadas para la infancia o la vida adulta (Kett, 1971, 1993).

El desarrollo del concepto de adolescencia se mantuvo al margen del debate político y social que

acaecía en ese momento, durante un siglo más. Hasta que, en Estados Unidos se “re-descubre” y se

inventa el concepto dentro del discurso de la crianza ya para entonces establecida como la función que debía ejercer la madre a cabalidad para garantizar la evolución higiénica del cuerpo y comportamiento humano necesario para conducir a los infantes y adolescentes hacia el ejercicio ciudadano ideal. La adolescencia fue concebida como una etapa del ciclo vital colmada de necesidades de intervención distintivas de las ciencias médicas, humanas y sociales debido a sus características corporales, biológicas, psicológicas y sociales inherentes a una etapa de la vida ya para entonces estigmatizada por un despliegue de conductas de rebeldía y desobediencia.

Desde un enfoque funcionalista predominante para esa época, se propuso instituir campos disciplinares para una mayor profundización del conocimiento para precisar una diferenciación de las tareas y funciones que debían cumplir las instituciones sociales y de salud en torno al control del comportamiento y a la regulación de la expresión de la sexualidad de estos sujetos. Todo este desarrollo profesional ocurre en medio del debate que lideraban autores funcionalistas como el psicólogo Stanley Hall, quien proponía una manera específica de conducirlos durante su tránsito por

esta etapa, considerada por él como “conflictiva” y “turbulenta” con reflejo de una gran debilidad

por las conductas peligrosas y aberrantes que derrochaban en contraposición a una postura más moralista y tradicional que la de Stanley de un sector más conservadores de la sociedad que defendía

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la idea de continuar delegando en la iglesia, la regulación sexual tal y como venía ocurriendo desde la edad media (Rodríguez, 2004) bajo la asignatura “higiene sexual”, (Hall, 1904, 1905, Kett, 2002).

La polarización del debate en torno a la sexualidad que causaba la contienda sociopolítica entre estas dos posturas no logró superar la idea en los sectores conservadores de mantener una acción

social encaminada a la prohibición y al control de “los impulsos sexuales” “desenfrenados” que

resultaban ser inherentes a esa etapa de desarrollo. Por otro lado, los actores científicos, defendían perspectivas más liberales, que sugerían intervenciones médicas-sanitarias para prevenir

comportamientos de riesgo mediante la instauración de programas de “educación sexual” en las

instituciones educativas y consultas médicas y clínicas individuales para el “asesoramiento” o “consejería” que guiaran al adolescente hacia una elección racional con adquisición de hábitos de autocuidado. Estos profesionales, por lo general de las Ciencias Sociales, Humanas y Médicas se formaron desde enfoques “psicológicos e higienista” representativos de la época histórica para inculcar en los jóvenes prácticas que les ayudaran a reprimir o contener dichos impulsos con la adquisición de hábitos de higiene de autocontrol y cumplimiento de las normas sociales de la época. Así, se fue reforzando la idea de que con estas medidas era posible inculcar en estos adolescentes una lógica racional en el plano individual, como la única medida lo suficientemente poderosa para prevenir los problemas de salud y sociales derivados de sus comportamientos de riesgo (Hall, 1904, 105, Kett, 1992, 2002, Greydanus y Strasburge, 2006).

Sin embargo, Morin (1995) un autor contemporáneo se distancia de esa idea históricamente configurada del adolescente como un individuo necesitado de acción médica e institucional para que alcance la madurez a punta de aplicar una lógica racional que lo conduzca a ejercer prácticas y hábitos sin riesgos. Pues, este autor, introdujo el concepto de “clase adolescente”, que fue

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configurada a mediados del siglo XX, como una categoría conceptual que deriva de las características contextuales de un momento atravesado por la globalización con masiva producción de ciudadanos consumidores en donde ya no solo la infancia transmuta velozmente hacia una “adolescencia precoz”, que le otorga estatus social para el acceso a asumir un ejercicio de una “ciudadanía económica”, sino que el adolescente actúa como un actor social más y perteneciente a una “comunidad” con la que adquiere su capacidades para acceder a: a un consumo de medios, imprimiéndole su propio ritmo de consumo, al ,l amor y al acto amoroso, que para esa clase, son elementos sociales convertidos en valores ordinarios del mundo moderno y supremos del individualismo rasgo característico de ese nuevo actor social “adolescente” (Morin, 1995).

En las Ciencias Sociales y Humanas se evidencia un recorrido de las ideas discursivas sobre jóvenes, juventud y adolescencia que inicia con este enfoque funcionalista e higienista, avanza hacia

nociones de “consumidores” como las desarrolladas por Morin (1995) y García-Canclini,(1995) y

terminan reconocidos como actores sociales inmersos en los conflictos y luchas de poder político, económico y social hasta las más recientes nociones de “sujetos de derechos” impulsadas a partir de las luchas reivindicatorias por sus derechos (Perea, 2006, Escobar, 2006).

Estos giros, reflejan un diálogo entre los distintos campos de conocimiento científico configurados, pero que en el fondo, siguen reforzando la idea de una necesidad de lograr estrategias exitosas para el “control”, bien sea individual o colectivo, a un desbocado consumo que la globalización intensifica en adolescentes y jóvenes.

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1.2.2 La emergencia de los campos de Medicina Adolescente (MA) y Ginecología