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conflictos de interés

In document Etica_de_la_Investigacion_e_Integridad_C (página 81-95)

Para considerar los conflictos de interés en la investigación hay que tener presente el papel principal de la ciencia como disciplina. Sea cual sea, cuando otros objetivos o motivaciones, que no coinciden con este papel central –o peor aún, entren en conflicto con él–, influyen sobre un investigador, institución o grupo, entonces hay la posibilidad de que un proyecto de investigación tome un mal camino.

El objetivo de la ciencia no consiste sino en desarrollar una com- prensión más clara de la naturaleza. A través de métodos estableci- dos de observación, elaboración de hipótesis, sometimiento a pruebas y construcción de teorías, ganamos cada vez más un mejor entendi- miento de los objetos y procesos que rigen el universo. Para llevar a cabo este tipo de estudio correctamente, es necesario mantener la imparcialidad, esto es, un estado de desapego en el que las esperan- zas o deseos del investigador no influyan sobre el resultado: descubrir si nuestras hipótesis pueden ser corroboradas. En la historia de la cien- cia hay innumerables ejemplos de investigadores que no lograron desapegarse emocionalmente de un resultado en particular, lo cual provocó errores significativos, a veces costosos para toda la institu- ción de la ciencia y que sólo más tarde llegaron a corregirse. Si bien la ciencia es de hecho una institución perfectible y los errores llegan a enmendarse con el tiempo, cuando las personas involucradas come- ten errores a causa de otros intereses las consecuencias pueden ser no sólo costosas sino riesgosas.

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Mantener una adecuada comprensión del papel del investigador y de las instituciones científicas nos puede ayudar a entender cómo pueden surgir conflictos de interés a fin de reconocerlos y enfrentar- los. La naturaleza de la ciencia nunca ha sido pura, su progreso ha dependido, en gran medida, de instituciones ajenas a ella –como el mercado, el Estado o la iglesia, entre otras–, algunas veces brindando apoyo y, en otras, resistencia o bien imponiéndole metas ortogonales a su quehacer. A menudo los investigadores que trabajan en institu- ciones científicas también forman parte de algunas de estas otras ins- tancias y pueden ellos mismos experimentar diferentes limitaciones o impulsos como resultado de su afiliación a esas instituciones.

El reto de los científicos y las instituciones que los apoyan en sus proyectos es compaginar los objetivos de la investigación con los in- tereses de todos los involucrados; de ahí la importancia de cobrar con- ciencia de los peligros que puedan surgir si los conflictos de interés no son atendidos. En la actualidad el vínculo entre instituciones científi- cas y otras que no lo son se ha fortalecido como resultado de com- promisos económicos tanto con la investigación básica como con el desarrollo de tecnologías. Asimismo, ha aumentado el número de pa- trocinios pero también la práctica en el reconocimiento y respuesta frente a posibles conflictos de interés. A continuación se examinará este tipo de conflicto en la teoría y en la práctica a fin de contar con lineamientos para identificarlo y atenderlo; para concluir se revisarán algunos ejemplos históricos y situaciones hipotéticas.

Los intereses de la ciencia

Además de que pueden presentarse otros intereses, hay que tener presente que la ciencia es una institución en evolución constante, que involucra a personas de diversos campos interactuando en un marco social y que los mecanismos que la regulan están mal definidos en muchos casos. Las reglas bajo las cuales opera no siempre están cen- tralizadas, formalizadas o supervisadas, aparte de que evolucionan con el tiempo. Como se discutió en el primer capítulo, la ciencia sólo

conflictos de interés • 81 debe funcionar como un medio para descubrir las leyes que gobier- nan el universo; el ethos de la ciencia, por tanto, exige cierto tipo de conducta de los investigadores. En este sentido, los principios de El universalidad, comunidad, imparcialidad y escepticismoorganizado son los mínimos éticos que deben regular la relación entre el científi- co y la práctica científica; de la misma forma, debe adoptarse una pos- tura realista y científica, esto es, una visión del mundo en la que todos los objetos y procesos son gobernados por leyes naturales.

Las personas que hacen ciencia deben ser conscientes de que para proceder correctamente –en el sentido de aumentar el margen de predicción y control, así como nuestra comprensión de la naturaleza y sus mecanismos–, algunos principios deben seguirse y el ethos de la ciencia debe ser acatado. Quienes se consideren científicos o parte de las instituciones científicas, deben asumir sus responsabilidades para que la ciencia pueda avanzar de la mejor forma, lo que significa mantener sus intereses personales y los objetivos de la ciencia sepa- rados pero alineados.

La ciencia avanza por sacudidas y pequeños pasos, hay muchos callejones sin salida y retrocesos, pero sólo a través de la práctica éti- ca de la ciencia se puede realmente contribuir con su avance. Un cien- tífico solo no puede ser responsable por el progreso de la ciencia, sino que depende de la comunidad científica; de ahí la importancia de re- conocer los errores individuales o las limitaciones, a fin de ayudar a corregirlos cuando se presenten. También es necesario reconocer que la ciencia la llevan a cabo seres humanos y que nuestras inclinaciones, cuando no están alineadas con los objetivos de la ciencia pueden con- vertirse en conflictos.

El interés de las instituciones de la ciencia debe ser sobre todo: la búsqueda de la verdad. Esto supone además que el lenguaje y los mo- delos que utilizamos para tratar de entender el universo guardan al- guna relación con el universo mismo, es decir, se asume tácitamente una postura realista y científica. Los objetos y las relaciones entre ellos, entonces, existen efectivamente y se rigen por las leyes natu- rales sin importar el hecho de que los científicos traten de descubrir esas leyes. Con el fin de alcanzar una verdad científica, los investiga-

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dores y quienes laboren en estas instituciones deben colocar este va- lor por encima de todos los demás.

La posibilidad de un conflicto es clara. Como seres humanos, te- nemos muchos intereses inmediatos que guardan poca relación, o que incluso pueden entrar en conflicto con la verdad científica, como el bienestar para nosotros y nuestras familias, el renombre o el lucro, entre otros. Se necesita cierto grado de desprendimiento para reco- nocer esto y cobrar conciencia de que en nuestra vida diaria se presentan muchas oportunidades para perseguir nuestros propios in- tereses, a expensas de los intereses de los demás, así como de la bús- queda de la verdad. De hecho, el estilo de vida moderno y, sin duda, el mercado actual apelan en gran medida, a nuestros intereses indivi- duales, incluso en detrimento del bienestar de los demás. No es dife- rente en la investigación científica. Debido a que la ciencia no es en sí misma una entidad monolítica, las instituciones en las que trabajan los científicos también generan presiones que afectan a los intereses individuales de los científicos. Idealmente, todos esos intereses esta- rían alineados. Si quienes laboran en el ámbito científico cobraran con- ciencia de que la verdad es benéfica para todos a largo plazo, entonces no habrían conflictos; sin embargo, la escala de tiempo de la ciencia, de los seres humanos y de sus intereses no siempre coinciden; por ello, la definición de beneficio puede variar conforme al plazo que se considere.

A continuación se examinará cómo los intereses de los científicos individuales, de organizaciones y de comunidades enteras pueden en- trar en conflicto con los intereses de la ciencia. Se revisarán algunos ejemplos y posibles soluciones así como diversas formas de recono- cer, prevenir o resolver los conflictos. En el proceso, se revisará el con- texto que permite el surgimiento de estos conflictos, además de un examen de los diversos tipos de comités de ética. Es especialmente interesante la aparición de los comités privados de ética. Mientras los comités públicos sin duda han tenido que lidiar con conflictos en algu- nos casos, los privados pueden dar lugar a nuevos tipos de conflictos que afecten no sólo a los investigadores sino a estas mismas institu- ciones establecidas para prevenir fallas ante conflictos de interés.

conflictos de interés • 83 Intereses de los científicos

En su esencia, la ciencia se lleva a cabo por personas que trabajan en comunidades dispersas y diversas. Estas comunidades pueden estar establecidas por las instituciones o bien por el objeto de estudio de los que trabajan en un ámbito en particular. Los científicos al igual que los miembros de cualquier otra profesión, tienen intereses fuera de su trabajo; por lo general, tienen familias, trabajos, amigos y activida- des que tienen poco o nada que ver con el objetivo general de la cien- cia; no obstante, esos intereses normalmente no entran en conflicto aun cuando puedan ser tan distintos.

Conforme se ha profesionalizado la ciencia, dentro y fuera de las instituciones académicas, ha aumentado la posibilidad de que los con- flictos de interés adopten formas difíciles de detectar. El desarrollo profesional, notoriedad o fama son factores que pueden generar con- flictos, pero aunado a otro tipo de incentivos, el riesgo es mayor.

Por supuesto, debidamente alineados con los intereses de lucro o distinción, el científico podría pensar en estos intereses en segundo término, como algo que depende de la búsqueda adecuada de la cien- cia. Si el investigador no asume plenamente el ethos de la ciencia no logrará satisfacer sus intereses personales. La historia está repleta de ejemplos de científicos que recibieron beneficios inmediatos al come- ter violaciones a la ética de la ciencia, a expensas de la reputación o el cargo; pero con el tiempo, la ciencia se corrige a sí misma y la ver- dad sale a la luz. En algún lugar, en algún momento, alguien intentará reproducir un resultado reportado y corroborará su validez, lo que conducirá a su confirmación o bien a identificar el error en el modelo o, en el peor de los casos, descubrir una falsificación. La retracción o el fraude atentan contra la reputación de una persona y generan des- confianza. La solución para los conflictos de interés radica, en prime- ra instancia, en cobrar conciencia de las repercusiones de la mala praxis científica.

Más allá de los intereses individuales e inmediatos de los científi- cos también están los profesionales, como partícipes y beneficiarios en la investigación. En realidad todos somos beneficiarios de la cien-

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cia pero al igual que con otras profesiones (abogados, médicos, etc.), la percepción pública de la profesión puede cambiar tanto positiva como negativamente por la conducta de ciertos individuos, sobre todo, cuando un profesional visiblemente hace algo perjudicial. Por otra parte, como incentivo para el buen comportamiento, si el punto de vista colectivo sobre una profesión es favorable, los beneficios se- rán mejores. La ciencia se desarrolla en gran medida a través de la buena voluntad de la sociedad, que financia gran parte de la ciencia básica y que a cambio espera cierto tipo de conducta de sus practi- cantes. A diferencia de los médicos y abogados, la distancia entre los científicos y el público a menudo es mayor y se desconoce en gran medida el quehacer cotidiano de los científicos. Esto significa que con frecuencia los miembros de la sociedad en general reciben informa- ción sobre la práctica científica de dos formas distintas: cuando algo emocionante ocurre para bien o para mal. Los intereses de los inves- tigadores, por tanto, deben alinearse con los objetivos de la ciencia y su ethos pues sólo así es posible realmente beneficiar tanto a la so- ciedad como a los investigadores

Los científicos deben ser conscientes de la naturaleza de sus inte- reses a mediano y largo plazo. Se revisarán ahora algunos ejemplos que ilustran las consecuencias perjudiciales por anteponer intereses personales a la labor científica; asimismo, se examinarán las vías por las que las instituciones pueden llegar a influir sobre esta labor así como los mecanismos que se pueden implementar para evitar estos conflictos.

Otros intereses institucionales

La práctica científica generalmente es realizada por investigadores que trabajan dentro de un marco institucional. La idea del científico que labora aislado en un laboratorio es inviable. En su mayor parte, la ciencia se lleva a cabo en instituciones académicas y de investigación como universidades públicas y privadas. Las universidades poseen re- des complejas de comunicación además de que presentan diversas

conflictos de interés • 85 formas de asociación con empresas, organizaciones de investigación y desarrollo independientes, con fondos privados y empresas coope- rativas financiadas con fondos públicos, todas con sus propios intere- ses. Las universidades también pueden diferir en sus intereses, entre públicas y privadas podemos encontrar diferencias significativas. El personal que labora en instalaciones de investigación también puede tener sus propios intereses así como los inversores y accionistas. Au- nado a esto hay que considerar que la percepción pública afecta los términos en que se realizan los contratos, la cual puede modificarse drásticamente por algún estudio en particular. Las corporaciones de- ben responder ante sus inversionistas y sus consejos de administra- ción. La ciencia ciertamente forma parte de sus preocupaciones, sin embargo también tienen consideraciones a corto plazo.

Debido a la naturaleza del financiamiento y la presión sobre los in- vestigadores, pueden surgir conflictos de interés y violaciones éticas. Un estudio que no produzca el resultado esperado puede tener efec- tos nocivos a corto plazo sobre el anfitrión o financiador. Los finan- ciadores deben, por tanto, mantener los intereses de la ciencia en perspectiva; lo cual implica que, a pesar de otros intereses, su enfo- que se concentrará en la ciencia y asumirá plenamente su ethos.

La imparcialidad: un deber de los científicos y sus instituciones Reconocemos que la ciencia procede de una determinada manera y que la forma de considerarla afecta su progreso. Cada estudio debe realizarse sin presupuestos sobre su resultado puesto que esto fácil- mente puede conducir a un callejón sin salida. A lo largo de la historia se han dado numerosos casos en que los investigadores, esperando un determinado resultado, erróneamente interpretan los datos de manera que sean más favorable a sus expectativas; esto puede ocu- rrir inocentemente impulsado por emociones humanas naturales como la esperanza y el entusiasmo, sin segundas intenciones.

Cuando se esperan ciertos resultados, es posible encontrarlos donde no existen. Un buen ejemplo de esto es la controversia de los

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rayos N a finales del siglo XIX. Poco después del descubrimiento de los rayo X, Prosper-René Blondlot realizaba experimentos sobre ra- diación electromagnética, en los que observaba rayos X polarizados, cuando notó cambios en el brillo de las chispas fotografiadas en un haz de rayos X. No era posible explicar el brillo que cambia de acuer- do con los conocimientos de la época sobre aquellos, por lo que él cre- yó estar observando una nueva forma de radiación a la que llamó rayosN. Mediante el uso de detectores hechos de un material fosfo- rescente tenue, investigadores de todo el mundo comenzaron a ob- servar los rayosN concluyendo de manera similar que los aumentos inesperados en la luminosidad que percibían eran la corroboración de la nueva forma de radiación. En pocos años más de 300 trabajos se publicaron sobre el tema. Fue sólo cuando algunos científicos más no- tables, entre ellos Lord Kelvin, fueron incapaces de reproducir los re- sultados que comenzó a crecer la duda sobre la existencia de los rayos N. Sólo cuando Robert Wood visitó el laboratorio de Blondlot y evi- denció un mecanismo erróneo en el experimento, quedó claro que lo que se había detectado no existía realmente. Fue la esperanza de un investigador que al igual que muchos otros científicos en el mundo, estaba viendo algo que quería ver.

Los estudios deben diseñarse de tal manera que se reduzca al mí- nimo la posibilidad del sesgo por parte de los investigadores como ocurre en los estudios doble ciego en que el experimentador no pue- de saber quién es el sujeto de prueba. Pero los estudios enteros no pueden ser protegidos completamente de la misma manera del ses- go, menos aún del fraude. Los experimentadores trabajan necesaria- mente sabiendo de quién viene su apoyo y los objetivos generales de sus investigaciones. La imparcialidad es difícil de mantener como la debacle de los rayos N muestra. Es posible engañarse fácilmente a sí mismo, incluso cuando no se consideren otros intereses más que el descubrimiento; si entran en la ecuación otros factores es todavía más probable.

La imparcialidad es consistente con el ethos mertoniano, lo que significa renunciar a toda expectativa de éxito que no sea únicamen- te llegar a comprender algo. La hipótesis nula, que es la idea de que

conflictos de interés • 87 no existe ninguna relación causal entre dos fenómenos observados, debería ser la expectativa por defecto. Sólo a través de una labor con- tinua, desafiando y haciendo pruebas, puede confirmarse una teoría. La ciencia debe, entonces, avanzar lento por más frustrante que pue- da ser; a largo plazo es preferible para las instituciones de la ciencia y sus participantes.

Los comités de ética están obligados por los tratados internacio- nales y las leyes nacionales creadas a raíz de una serie de fracasos públicos y trágicos a respetar los principios éticos básicos en la inves- tigación con sujetos humanos. Cualquier estudio que se lleve a cabo utilizando seres humanos debe ser primero aprobado por un comité de ética, cuya labor consiste en interpretar y aplicar los principios fundamentales de la bioética adoptados en el Tratado de Helsinki y enunciados en el Informe Belmont. En la mayoría de los países, esto significa que los comités de ética deben establecerse en todas las ins- tituciones académicas y de investigación en las que se produce la ma- yor parte de la investigación con sujetos humanos. Hasta hace poco, los comités públicos conformados por voluntarios de la comunidad y compañeros de las universidades de investigación eran la norma; aho- ra hay también comités privados, un fenómeno paralelo al surgimien- to de las organizaciones de investigación por contrato.

En el caso de la investigación privada, está a cargo de equipos de investigación y desarrollo que trabajan para empresas privadas, es por ello que los incentivos son distintos que en el caso de la investigación financiada con fondos públicos. Por otra parte, con el aumento de aso- ciaciones público-privadas, que consiste en empresas cooperativas entre las instituciones públicas y privadas, se ha favorecido el desa- rrollo de las organizaciones de investigación por contrato.

En la mayoría de los países, los comités de ética son obligatorios por ley y supervisados por alguna organización gubernamental. A me- nudo, esto significa que sus operaciones son revisadas y evaluadas periódicamente, y que pueden ser sancionados por un funcionamien- to defectuoso. Sus miembros están al servicio del público y de las en- tidades públicas que prestan su supervisión. Los comités de ética privados a menudo presentan mecanismos deficientes de transpa-

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rencia –a diferencia de los públicos–, que es parte del atractivo de su uso empresarial. También significa que no existe el mismo tipo de in-

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