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Conocimiento: Transformador Ontológico

4. Conocimiento, Poder y Pedagogía: La Educación en la Historia

4.2 Conocimiento: Transformador Ontológico

Ahora bien, este predominio del conocimiento como un valor en sí mismo, era un valor a escala humana, con el ser humano como centro de las preocupaciones, y en concreto, el propio cuidado y preocupación personal como base de la conducta virtuosa, que, alejado de cualquier egoísmo individualista, repliegue o desvinculación con el resto de la sociedad, constituye en el hombre las condiciones espirituales necesarias para acceder al conocimiento, y por tanto, a la búsqueda de la verdad que ilumina y transfigura al propio sujeto. Esta forma de concebir el conocimiento como vehículo de transformación humana, en una suerte de vinculación inalienable, es radicalmente opuesta a la concepción moderna que asume el conocimiento como algo independiente y autónomo respecto del sujeto, en donde “el sujeto actúa sobre la verdad, pero la verdad ha dejado de actuar sobre el sujeto”78. En esta afección al sujeto, por acción y efecto del cuidado y la preocupación de sí mismo, radica la ligazón con el ejercicio del poder político como forma de ejercer un buen gobierno para sí mismo y los demás, en tanto en cuanto quien ejerce dicho gobierno se ha preocupado de sí mismo e inversamente “no se puede gobernar a los demás [ni a uno mismo], no se pueden transformar los propios privilegios en acción política sobre los otros, en acción racional, si uno no se ha ocupado de sí mismo”79.

El desbarajuste emocional y existencial que trajo consigo, tanto la creación como la caída del imperio macedónico, supuso un cambio de paradigma conceptual en relación a la idea de hombre previa: más estrecha y suscrita a los límites de la Polis. Así, el descubrimiento de nuevos mundos, culturas y formas de vida distintas a las conocidas, trae un sentimiento de incredulidad y desconfianza hacia muchas de las creencias y costumbres existentes tanto a un lado como al otro del mundo conocido, generando un sentimiento cosmopolita, abierto a nuevas ideas de corte mundanal y una fuerte conciencia de transitoriedad del existir humano, mezclado con una suerte de certeza en una armonía unificadora del cosmos. Todo ello contribuyó a la

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Foucault, Michel, Hermenéutica del Sujeto, op. cit., pág. 41.

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conformación de un hábitat fecundo para la organización, creación y transmisión del conocimiento como nunca antes había existido, armonizando la reiterada y compleja dicotomía de conservación/creación de conocimiento y adquiriendo este último un carácter consejero y guía de la existencia humana cotidiana y circunstancial, integrándose, el conocimiento, en el día a día de la comunidad.

Consecuencia directa de lo anterior fue la asunción del conocimiento como rectora de la vida práctica de tal manera que su asimilación y presencia determinó la relación entre sujetos. La valorización del individuo como sujeto digno de cuidado y preocupación por parte de sí mismo conduce a la necesidad de adquisición del conocimiento necesario para conducir su propia vida de manera apropiada. Este conocimiento sólo se puede lograr en la interacción con el otro, ya que es siempre el otro quien posibilita —ya sea por medio del ejercicio del modelo, la capacitación y transmisión de saberes, o desasosiego interior— el paso de la ignorancia al saber. Indispensable para la constitución del sujeto es la mediación con el otro, y la intervención de éste con aquél, de cara a la obtención del conocimiento que redunde y permita el suficiente grado de conciencia, voluntad y libertad para el cuidado de uno mismo traducido en una vida coherente, ordenada, prudente y justa.

El error y la ignorancia, manifestada en una voluntad limitada, relativa y cambiante, trae consigo una desconexión entre el sujeto y su voluntad, que le impide cuidarse a sí mismo, relacionarse consigo mismo. Dada esta incapacidad, el salir de dicho estado es un proceso que no puede realizarse sin la participación del otro que nos ayude a constituirnos como sujeto y objeto de nuestra voluntad. El otro pasa a ser un garante en la relación del sujeto consigo mismo, que, en tanto consignatario de saber y conocimiento, ese otro “es el conjunto de los principios y prácticas con los que uno cuenta y que se pueden poner a disposición de los demás para ocuparse adecuadamente del cuidado de uno mismo o del cuidado de los otros”80, un acicate que invita a descubrirse

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y conocerse a sí mismo, para así poder gobernarse y conducirse en la vida práctica, siempre gracias a la recurrencia hacia el otro que lo posibilita.

En este momento del transitar humano el desarrollo de la conciencia ha conducido a un trato distinto entre sujetos de igual índole, generando relaciones intersubjetivas orientadas a maximizar dichas relaciones en un círculo virtuoso en el cual el modelo de hombre será aquel que concentre: la dignidad del sujeto como ente individual valioso en sí mismo, manifestado en la reflexión del sujeto para consigo mismo; la necesidad de pertenencia a un sistema social que le permita su ser como sujeto, y por tanto una conciencia política; y por último una relación de crecimiento y liberación de las trivialidades del existir que contribuyan a una vida humana cada vez más rica y auténtica. Todas estas relaciones tienen como punto de partida el sujeto individual, y como finalidad última, la convivencia armónica en sociedad, que a su vez vuelve a poner al sujeto como centro de dicho bienestar en una realidad simbiótica en la que

“[…] ocupándome de mi mismo aseguro a mis conciudadanos su bienestar, su prosperidad, como contrapartida de esta prosperidad general me beneficiaré sin duda de todos estos bienes en la medida en que formo parte de la Ciudad. El cuidado de uno mismo encuentra, por tanto, en el bienestar de la Ciudad su recompensa y su garantía. Uno se salva en la medida en que la Ciudad se salva y en la medida en la que se ha permitido a la Ciudad salvarse al ocuparse de uno mismo”81.

Dentro de esta tesitura no existe disociación entre el bienestar del sujeto y el de la sociedad a la que pertenece, más aun, no se puede dar uno sin la existencia del otro, tanto así que todos aquellos elementos orientados a conseguir el cuidado y conocimiento de una de las partes se ven necesariamente plasmados y proyectados en el devenir de la otra, convirtiéndose en baremo mutuo del desarrollo y crecimiento generoso y continuo de ambas partes de dicha relación simbiótica. Sociedad, ciudad y

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ciudadanía es la consecuencia necesaria de la confluencia de libertad individual, contacto y comunicación armónica entre iguales, y la conciencia del conocimiento como expresión del bienestar general que permite y envuelve el particular, “porque [el individuo] al todo le debe todo lo que es; hasta la garantía de su existencia, de la que no disfruta sino el ciudadano y solamente dentro de la ciudad o hasta donde llega la influencia de ella”82.

Ciudad y ciudadanía, además de proveer bienestar, poseen fuerza educadora, que no tan sólo enseña, sino cuida y protege a ambos polos de la relación durante toda la vida de estos, sin perjuicio del cambio de centralidad que pueda tener uno de los polos en un momento determinado, de tal manera que el proceso educativo puede comenzar para un ciudadano en particular, pero nunca acabar para ninguno. Esta relación que representa una voluntad colectiva no es del tipo contractual calculista y utilitario, sino más bien de orden pasional, en la que el ciudadano, que goza de una participación activa de la voluntad general, posee un «pathos» que le transforma en participe y responsable de los derroteros por los que se conducirá la ciudad, traduciéndose, dicha participación, en la administración y manejo de la fuerza y el poder que emana de la ciudad, esto es, en el carácter político al que deriva el ethos ciudadano.

El conjunto de rasgos y comportamientos que conforman el carácter de este individuo y de la sociedad de la cual forma parte, y que denominamos ethos ciudadano, se caracteriza principalmente por la capacidad trasformadora que posee el conocimiento en el comportamiento y en el ser mismo del propio sujeto conocedor, un conocimiento útil en el entendido que sirve de guía de la conducta humana y permite, además, su propia liberación por medio de un estado de dominio y soberanía personal que impide cualquier amenaza al bienestar alcanzado y procurado por él mismo. El conocimiento afecta y transforma cualitativamente al ser del sujeto en un movimiento de superación de los defectos y vicios propios de una vida sumida en la ignorancia, elevando al hombre a un estatus de coparticipación con las fuerzas naturales, racionales

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Burckhardt, Jacob, Historia de la Cultura Griega, RBA Colecciones, Barcelona, 2005, pág. 117.

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y espirituales, que rigen al propio hombre y al universo, colocando al ser humano y a la divinidad como participes de un mismo ámbito de realidad, inmanente a ambos, separados en grado mas no en cualidad.

El autoconocimiento del sujeto, del hombre como género y de la sociedad en su conjunto, no se riñe con el conocimiento del mundo natural, pues únicamente el dominio de ambos permite comprender el lugar del hombre en el mundo, ya sea natural o social; la libertad sólo se podrá alcanzar en la medida en que el hombre logre erradicar sus miedos y comprender las causas del comportamiento de la naturaleza, comprendiéndose a sí mismo como parte del universo natural, al igual que como entidad única y particular del mismo, que obliga a contemplarse como un ser determinado por sus circunstancias, ante las cuales debe prestar atención a la hora de conducir su vida: “el alma virtuosa es un alma que está en comunicación con todo el universo, que está atenta a la contemplación de todo y que, por tanto, se controla a sí misma en sus acciones y en sus pensamientos”83.

Hasta aquí podemos apreciar que el conjunto de estos rasgos y comportamientos, tanto personales como colectivos, además de conformar un cierto carácter ciudadano, fundan una ética centrada en el cuidado, conocimiento y conducción del sujeto para consigo mismo, en donde, como ya hemos dicho, este último es auto-finalidad, es objetivo a alcanzar en un proceso de transformación y conversión del sujeto sobre sí mismo. Para ello el conocimiento es asumido como un saber sobre el mundo, el hombre y la naturaleza, producido y dirigido hacia el sujeto, quien ontológicamente se ve transformado y enriquecido por efecto de dicho saber, constituyendo en el hombre una experiencia espiritual que logra ser proyectada a toda su realidad social y política.

Ahora bien, al momento de analizar aquello que pudiéramos llamar el proceso de enseñanza por medio del cual se obtiene y comunica este saber, podemos observar que la actitud asumida por los involucrados en dicha

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transmisión de saber, maestros y discípulos, es una actitud basada en la prudencia, generosidad y apertura tanto del que habla —el maestro— como de quien se tiene en frente —el discípulo— ambos interesados en adquirir y difundir la verdad que permite a su vez la libertad. Mas esta verdad no es una verdad de tipo discursivo o meramente empírico, sino por el contrario es una verdad que debe tener un correlato ético-moral, esto es, debe proyectarse a la conducta de los sujetos, a su modo de vida, eliminando así cualquier separación entre “el sujeto de enunciación y el sujeto de conducta. El sujeto que habla se compromete, en el momento mismo en el que dice la verdad, a hacer lo que dice, y a ser sujeto de una conducta que une punto por punto al sujeto con la verdad que formula”84.

La relación pedagógica presente, relativa a la enseñanza y transmisión de conocimientos, destrezas y saberes, se encuentra profundamente ligada al arte de conducir y guiar el alma, de transformar el modo de ser de los sujetos, de tal manera que la verdad, el saber, el conocimiento, así como su comunicación, transmisión y producción, por un lado, y la conducta ética, política, social y espiritual, por el otro, se encuentran en una misma dimensión de injerencia. El saber y la formación humana están intrínsecamente conectados en donde no se puede dar uno sin la necesaria presencia del otro.

Este profundo sentido de humanidad que posee el conocimiento, el saber, y en definitiva, la perenne búsqueda de la verdad por parte del hombre, es el momento de gran lucidez que aporta el mundo greco-latino en los albores del mundo occidental, en donde el primero de los términos de esta relación sirve como los cimientos responsables de sostener el edificio conceptual de la llamada cultura occidental, y el segundo, una proyección derivada del primero, que sin embargo tendrá sus particularidades y evoluciones propias, pero que ambas tienen al hombre, y su participación ciudadana, como centro, principio y fin de sus preocupaciones formativas85.

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Ídem. pág. 101.

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Para la revisión y análisis historiográfico de la praxis y de las instituciones educativas desde la antigüedad hasta el presente hemos acudido a la extensa y detallada obra de James Bowen

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