Uno de los problemas más radicales respecto de la técnica no es su existencia ni sus avances, sino propiamente que haya adquirido una autonomía frente al hombre. El sentido de la técnica se ha perdido en el desarrollo de sí misma y por sí misma, lo que la hace girar sin rumbo. Más bien, su propio desarrollo ha rebasado la capacidad humana para controlarla e incluso para comprenderla.
La separación entre la técnica y la vida sólo puede dar como resultado una cosa diferente a la existencia humana. Sin esta como proyecto, la inteligencia del yo se convierte en una función puramente mecánica y la técnica pierde orientación. La inteligencia al servicio de la vida, del proyecto vital, en realidad funciona al servicio de la imaginación y con ello se constituye como capacidad técnica. Pero es que en realidad Ortega ha sostenido que todo el pensamiento no es más que fantasía. Esta capacidad tiene un rasgo fundamental que se ha expresado en la historia a través de los inventos: la técnica rompe distancias. Esto es importante porque, al final de cuentas, se trata del sentido mismo de la humanidad mirado a trasluz de la técnica.
Algunos de los inventos esenciales, que incluso fundan una época, son: la pólvora, la imprenta, la brújula y el compás. Los cuatro unen al hombre con lo distante. Gracias a la pólvora, los cañones ponen en contacto inmediato a los enemigos; la brújula y el compás, acercan al hombre con el astro y los puntos
182 cardinales; la imprenta, al individuo aislado con la periferia infinita que es «la humanidad de posibles lectores». Pero ahora, la técnica está en otro estadio, que Ortega llama la «técnica del técnico». Para describir lo que pasa en este estadio es necesario comprender los dos anteriores.
Según Ortega, la evolución de la técnica consta de tres estadios: el primitivo, el artesanal y el propiamente técnico. Los actos técnicos en el primero son prácticamente escasos, esto significa que el hombre primitivo guarda algunas características de sobrevivencia semejantes al animal. Cuando se dan los actos técnicos es por azar, aunque se presentan como acciones de todos los miembros de la colectividad. Hay una amplitud de la técnica pero no hay una conciencia de esta capacidad de inventar, por ello no es algo previo y deliberado. De hecho, las técnicas primitivas tienen un halo mágico, de ahí la falta de conciencia de ella.
El segundo estadio se refiere a la técnica de la vieja Grecia, la Roma imperial y la Edad Media. En él, esta, no es aún la base de la «sustentación», sino lo natural. Pero, a diferencia de la primitiva, los actos técnicos son mayores y más complicados, lo que hace que no toda la comunidad los ejerza. Sólo algunos pueden hacer técnica, que en ese momento son los artesanos. Esto permite que la técnica se haga un hecho consciente, como algo especial y aparte de la vida común. Sin embargo, el artesano no es consciente del invento, porque se adentra, para aprenderla, en el ámbito de la tradición. Es la época de los maestros y los aprendices donde las técnicas ya están elaboradas y permanecen con poca variabilidad. En esta normatividad de la tradición, el artesano está vuelto al pasado, a su reproducción, y no a posibles novedades. Las únicas variaciones
183 surgidas aparecen como variaciones de estilo. Por lo mismo, el resultado es la aparición de instrumentos, pero no de máquinas.
El tercer estadio aparece precisamente con las máquinas, específicamente, según Ortega, con «el telar de Robert» que apareció en 1825. Le llamó self-factor, porque actuaba por sí misma. La técnica, hasta entonces ligada a la manipulación y la maniobra, se convierte en fabricación. En este estadio ya no podemos hablar propiamente de artesano que es la unión del técnico y del obrero. En el tercer estadio aparece ya propiamente el técnico. La disociación de lo que conjuntaba el artesano se da porque ya hay una conciencia plena de la técnica. Es en este momento en que surge el problema de la técnica, ya que “al aparecer por un lado como capacidad, en principio ilimitada, hace que al hombre puesto a vivir de fe en la técnica y sólo en ella, se le vacíe la vida. Porque ser técnico y sólo técnico es poder serlo todo y consecuentemente no ser nada determinado” (Ortega 1977, p. 83).
Pero, ¿no es esto lo que caracteriza ya no al estadio técnico, sino lo que hoy consideramos como tecnología? Esto es lo que a nuestro parecer todavía resuena de las enseñanzas de Ortega. Se da cuenta que el desarrollo de la técnica ha llegado al momento en que ya no se asume como una facultad de todo ser humano para concretar su ser, sino que se confunde con sus logros y así permite una independencia que se despega del sentido vital: «Por eso en estos años en que vivimos, los más intensamente técnicos que ha habido en la historia humana, son de los más vacíos» (Ortega 1977, p. 84).
184 Entender que el hombre es técnico y ver que la actualidad técnica es la más vacía de la historia no es propiamente una contradicción como parece. Por eso Ortega hace mucho énfasis en que la técnica es propiamente una capacidad del ser humano y no una destreza de ciertos hombres en especial. Si el ave lleva consigo como más propio el volar o el toro el cornear, el hombre lleva el tecnificar. El problema es que la técnica se ha asumido últimamente como algo propio de los técnicos e independientemente de las vidas particulares de cada yo. Por otro lado, se ha confundido esta facultad propiamente humana con sus resultados maquinales. Todo ello la ha alejado de esta primera idea en la que va unida a la vida como proyecto de bienestar, por eso se proyecta y fomenta la vacuidad.
En ese sentido, Ortega no es inocente. Si la técnica tiene el objetivo original de provocar el bienestar, no se puede creer que haya posibilidad de un retroceso tal que no importe que millones de personas estén acomodadas en ella. Ortega pone el ejemplo de millones de personas que actualmente viven, gracias a la técnica, en espacios en que antes malvivirían menos personas. Pensemos en los edificios y espacios que han sido dispuestos para una cantidad mayor de personas que la que cabría en una choza; incluso, pensemos en la diferencia de comodidades. El regreso total es imposible, en ello les iría la vida a millones de personas.
Hay una conciencia clara en nuestro autor de que estamos ya en la técnica, que es algo irremediable, y que el hombre actual no puede elegir entre vivir en la naturaleza sin intervención de la técnica o permanecer en lo que se ha creado por ésta. El problema se plantea en otro sentido:
185 …como al abrir los ojos a la existencia se encuentra el hombre rodeado de una cantidad fabulosa de objetos y procedimientos creados por la técnica, que forman un primer paisaje artificial tan tupido que oculta la naturaleza primaria tras él, tenderá a creer que, como ésta, todo aquello está ahí por sí mismo: que el automóvil y la aspirina no son cosas que hay que fabricar, sino cosas, como la piedra o la planta, que son dadas al hombre sin previo esfuerzo de éste (Ortega 1977, p. 86).
Lo que Ortega quiere explicar es que la técnica y el mundo creado por ella se hace tan natural, que se pierde la base y sentido de su creación se pierde la conciencia de la técnica y de sus condiciones en que ésta se produce (por ejemplo, las morales). Pero lo mismo ocurre en la fenomenología trascendental de Edmund Husserl al reclamar el olvido del mundo de la vida por parte de la ciencia (cfr. Hussel 2009). De ahí que ocurra un fenómeno muy particular: el hombre técnico se convierte en un hombre primitivo, en el sentido de que es inconsciente de lo que está viviendo. Por eso era importante describir los estadios de la técnica.
Un rasgo social de este fenómeno es la suplantación que desde hace tiempo viene haciendo la máquina. Es tan radical que ahora ya no se puede decir que la máquina ayuda al hombre, pero sí, que el hombre ayuda a la máquina. Esto no sería problemático si no fuera porque fomenta la confusión que hemos descrito y funda una dependencia del hombre hacia la máquina, deformando el sentido primordial de ésta. Y, según lo que hemos analizado, vivir para las diversas expresiones técnicas, para sus máquinas, es prácticamente no vivir. Esto es lo que pone en escena aquello que Ortega llama tecnicismo, para no confundir la originalidad de la técnica. Nuestra experiencia del mundo actual se caracteriza por la manera de asumir a la técnica como tecnicismo.
186 Con lo anterior, Ortega se apega a la crítica del exceso de técnica pero se desliga de su más severo crítico: Heidegger. Incluso en la conferencia «El mito del hombre allende la técnica», Ortega expone una tesis que va directamente contra la que expone el pensador alemán frente a la técnica. El mismo nombre de la conferencia ya indica el camino. Lo que el filósofo español defiende es que el hombre no pertenece a este mundo espontáneo y originario. No se acomoda a él, como parece creer Heidegger. El hombre transforma la naturaleza porque no está en ella tranquilamente como los animales o las plantas. Ese mundo originario que se identifica con el mundo natural simplemente no es el mundo humano.
El hombre es por esencia elector: tiene que elegir, seleccionar, escoger lo que tiene que hacer de él. Tiene que hacerse libre, y éste es uno de sus más grandes privilegios, pero también una de sus más grandes dificultades. Hay una victoria de la técnica sobre la naturaleza o mundo originario, porque ha creado un mundo nuevo para nosotros, «porque el mundo originario no nos va, porque en él hemos enfermado» (Ortega 1965-2, p. 621). Por eso no lo podemos habitar nada más así, sin técnica, como supone Heidegger. Tenemos que modificarlo, transformarlo y hacerlo habitable.
Haidegger, expone un problema que Ortega identifica como propio de los alemanes: su «aldeanismo». Los alemanes creen vivir en un mundo reducido con objetos concretos y habituales para ellos, de sobra sabidos. Esto lo nota Ortega incluso en la forma de escribir. Así lo describe dos años después del famoso coloquio de 1951:
187 Heidegger, que es genial, padece de manía de profundidades. Porque la filosofía no es sólo un viaje a lo profundo. Es un viaje de ida y vuelta, y es, por tanto, también traer lo profundo a la superficie y hacerlo claro, patente, perogrullada. Husserl, en un famoso artículo de 1911, dijo que considera una imperfección de la filosofía lo que en ella se había siempre alabado, a saber: la profundidad. Trátase en ella precisamente de hacer patente lo latente, somero lo profundo, de llegar a conceptos «claros y distintos», como Descartes decía. Que no seamos ya cartesianos, no hace variar este destino (Ortega 1951, p. 117-118).
Ortega reconoce que todo esto influye para que Heidegger afirme lo contrario a su tesis sobre la técnica: que lo radical y primario es habitar (wohnen), y no precisamente lo que hace la técnica, que es construir (bauen).
Para Heidegger, el habitar preexiste al construir porque el hombre ya habita, es decir, ya está en el universo, en la tierra. También el habitar lo identifica con el pensar, meditar (dichten). Por lo tanto, si lo que pregona Heidegger es una anteposición del pensar, en realidad está proponiendo habitar. Pero en la posición heideggeriana hay un punto clave que Ortega ataca radicalmente. La anterioridad del habitar que deriva Heidegger supone que se puede hacer vida antes de los actos técnicos y que, por lo tanto, al igual que los animales y plantas, el hombre puede vivir en la naturaleza sin necesidad de hacer algo más sobre ella. De acuerdo con lo que hemos visto, Heidegger estaría confundiendo el estar, (el simple existir), con el bienestar, porque: «originariamente el hombre se encuentra, sí, en la tierra, pero no habita ‒wohnt‒ en ella» (1951, p. 127). Si esto fuera así, si el hombre simplemente habitara, se encontraría en un lugar específico del mundo (hábitat), como las llamadas especies endémicas; pero en realidad el hombre vive
188 por todo el planeta. Esto precisamente porque carece de un espacio que sin más pueda habitar.
La naturaleza en la que se está, en la que simplemente se habita, no es lugar para el hombre, por eso construye (baut). Si ese espacio tal como le aparece le fuera propio, su comportamiento sería tan pasivo como el de los animales. En ese sentido es que Ortega recalca que el hombre no está previsto en la Tierra, no pertenece a ella como el animal. Por eso es que su existencia, que no su puro estar, va de la mano de la técnica y es un mito que el hombre se pueda dar sin ella: «Sólo la técnica, sólo el construir ‒bauen‒ asimila el espacio al hombre, lo humaniza» (1951, p. 129).
Para terminar este capítulo vamos a retomar dos problemas fundamentales de la filosofía de Ortega que pueden ayudarnos a pensar la importancia de la técnica y las sociedades del conocimiento. Se trata de los temas de la cultura y de la realidad virtual.