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Por consiguiente, no sólo tenemos que vigilara los poetas y obligarles o a representar en sus obras modelos de buen carácter o a

In document 01 02 Platón La Republica (página 85-96)

LA REPÚBLICA SÓCRATES

Y, en cuanto a su resistencia a obedecer al río, contra el cual, siendo éste un dios, está dispuesto a pelear, o sus palabras con

XII. Por consiguiente, no sólo tenemos que vigilara los poetas y obligarles o a representar en sus obras modelos de buen carácter o a

no divulgarlas entre nosotros, sino que también hay que ejercer inspección sobre los demás artistas e impedirles que copien la maldad, intemperancia, vileza o fealdad en sus imitaciones de seres vivos o en las edificaciones o en cualquier otro objeto de su arte;y al que no sea capaz de ello no se le dejará producir entre nosotros, para que no crezcan nuestros guardianes rodeados de imágenes del vicio, alimentándose de este modo, por así decirlo, con una mala hierba que recogieran y pacieran día tras día, en pequeñas cantidades, pero tomadas éstas de muchos lugares distintos, con lo cual introducirían, sin darse plena cuenta de ello, una enorme fuente de corrupción en sus almas. Hay que buscar, en cambio, a aquellos artistas cuyas dotes naturales les guían al encuentro de todo lo bello y agraciado; de este modo los jóvenes vivirán como en un lugar sano, donde no desperdiciarán ni uno solo de los efluvios de belleza que, procedentes de todas partes, lleguen a sus ojos y oídos, como si se les aportara de parajes saludables un aura vivificadora que les indujera insensiblemente desde su niñez a imitar, amar y obrar de acuerdo con la idea de belleza. ¿No es así?

-Ciertamente -respondió-, no habría mejor educación. -¿Y la primacía de la educación musical -dije yo- no se debe, Glaucón, a que nada hay más apto que el ritmo y armonía para introducirse en lo más recóndito del alma y aferrarse tenazmente allí, aportando consigo la gracia y dotando de ella a la persona rectamente educada, pero no a quien no lo esté? ¿Y no será la persona debidamente educada en este aspecto quien con más claridad perciba las deficiencias o defectos en la confección o naturaleza de un objeto y a quien más, y con razón, le desagraden tales deformidades, mientras, en cambio, sabrá alabar lo bueno, recibirlo con gozo y, acogiéndolo en su alma, nutrirse de ello y hacerse un hombre de bien; rechazará, también con motivos, y odiará lo feo ya desde niño, antes aún de ser capaz de razonar; y así, cuando le llegue la razón, la persona así educada la verá venir con más alegría que nadie, reconociéndola como algo familiar?

-Creo -dijo- que sí, que por eso se incluye la música en la educación.

-Pues bien -seguí-, así como al aprender las letras no nos hallábamos suficientemente instruidos mientras no conociésemos todas ellas, que, por lo demás, son pocas, en todas las combinaciones en que aparecen, sin despreciar ninguna, pequeña o grande, como indigna de que nos fijásemos en ella, antes bien, aplicándonos con celo a distinguir todas y cada una de las letras, convencidos de que no sabríamos leer mientras no obrásemos de aquel modo...

-Es verdad.

-¿Y no lo es que no reconoceremos las imágenes de las letras si aparecen reflejadas, por ejemplo, en el agua o en un espejo mientras no conozcamos las propias letras, pues uno y otro son conocimientos de la misma arte y disciplina?

-Absolutamente cierto.

-Pues entonces, ¿no es verdad, por los dioses, que, como digo, tampoco podremos llegar a ser músicos, ni nosotros ni los guardianes que decimos haber de educar, mientras no

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Comentario [L226]: Como se ve, Platón no deja de dedicar alguna atención ala pintura, escultura, etc., aunque sus prescripciones se refieren principalmente a la música y poesía.

Comentario [L227]: Es decir, «en la música».

reconozcamos, dondequiera que aparezcan, las formas esenciales de la templanza, valentía, generosidad, magnanimidad y demás virtudes hermanas de éstas, e igualmente las de las cualidades contrarias, y nos demos cuenta de la existencia de ellas o de sus imágenes en aquellos que las poseen, sin despreciarlas nunca en lo pequeño ni en lo grande, sino persuadidos de que el conocimiento de unas y otras es objeto de la misma arte y disciplina?

-Gran fuerza es -dijo- que así suceda.

-Por lo tanto -dije-, si hay alguien en quien coincidan una hermosa disposición espiritual y cualidades físicas del mismo tipo que respondan y armonicen con ella, ¿no será éste el más hermoso espectáculo para quien pueda contemplarlo?

-Claro que sí.

-¿Y lo más bello no es lo más amable? -¿Cómo no ha de serlo?

-Entonces el músico amará a las personas que se parezcan lo más posible a la que he descrito. En cambio, no amará a la persona inarmónica.

-No la amará-objetó- si sus defectos son de orden espiritual. Pero, si atañen al cuerpo, los soportará tal vez y se mostrará dispuesto a amarla.

-Ya comprendo -repliqué-. Hablas de ese modo porque tienes o has tenido un amante así. Y te disculpo. Pero respóndeme a esto: ¿tiene algo de común el abuso del placer con la templanza?

-¿Qué ha de tenerlo -dijo-, si perturba el alma no menos que el dolor?

-¿Y con la virtud en general? -En absoluto.

-¿Entonces qué? ¿Acaso con la desmesura e incontinencia? -Más que con ninguna otra cosa.

-¿Y puedes citarme algún otro placer mayor ni más vivo que el placer venéreo?

-No lo hay -respondió-, ni ninguno tampoco más parecido ala locura.

-¿Y no es el verdadero amor un amor sensato y concertado de lo moderado y hermoso?

-Efectivamente -respondió.

-¿Entonces no hay que mezclar con el verdadero amor nada relacionado con la locura o incontinencia?

-No hay que mezclarlo.

-¿No se debe, pues, mezclar con él el placer de que hablábamos, ni debe intervenir para nada en las relaciones entre amante y amado que amen y sean amados como es debido?

-No, por Zeus -convino-, no se debe mezclar, ¡oh, Sócrates! -Por consiguiente, tendrás, según parece, que dar a la ciudad que estamos fundando una ley que prohiba que el amante bese al amado, esté con él y le toque sino como a un hijo, con fines honorables y previo su consentimiento, y prescriba que, en general, sus relaciones con aquel por quien se afane sean tales que no den jamás lugar a creer que han llegado a extremos mayores que los citados. Y, si no, habrá de sufrir que se le moteje de ineducado ygrosero.

-Así será -dijo.

-Pues bien, ¿no te parece a ti -concluí- que con esto finaliza nuestra conversación sobre la música? Por cierto, que ha terminado por donde debía terminar; pues es preciso que la música encuentre su fin en el amor de la belleza.

-De acuerdo -convino.

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Comentario [L229]: La palabra eíde no tiene aquí valor técnico alguno; cf. nota a 435b.

Comentario [L230]: Se refiere a caricias totalmente inocentes, como aquellas de que hace objeto Sócrates a Fedón en el conmovedor pasaje de Phaed.

89 b.

Comentario [L231]: El amante,

erastés, que es mayor en edad, debe amar al más joven, paidiká, como a un hijo, de manera que entre ellos se produzca el tókos en kalôi característico del noble amor platónico (Conv. 206b). Se discute acerca de la contradicción entre estos pasajes y

Conv. 184d, donde se hacen ciertas concesiones a la parte material del amor; pero en el último lugar es Pausanias, no Platón ni Sócrates, quien habla. Cf., en cambio, Leg. 636c.

XIII. -Bien; después de la música hay que educar a los muchachos en la gimnástica.

-¿Cómo no?

-Es necesario, pues, que también en este aspecto reciban desde niños una educación cuidadosa a lo largo de toda su vida. Mi opinión acerca de la gimnástica es la siguiente; pero considera tú también el asunto. Yo no creo que, por el hecho de estar bien constituido, un cuerpo sea capaz de infundir bondad al alma con sus excelencias, sino al contrario, que es el alma buena la que puede dotar al cuerpo de todas las perfecciones posibles por medio de sus virtudes. ¿Y tú qué opinas de ello?

-Lo que tú -respondió.

-Entonces, ¿no sería lo mejor que, después de haber dedicado al alma los cuidados necesarios, la dejásemos encargada de precisar los detalles de la educación corporal limitándonos nosotros a señalar las líneas generales para no habernos de extender en largos discursos?

-Exacto.

-Pues bien, con respecto a la embriaguez dijimos que habían de renunciar a ella. Porque de nadie es menos propio, creo yo, que de un guardián el embriagarse y no saber ni en qué lugar de la tierra se halla.

-Sería ridículo -dijo- que el guardián necesitara de un guardián.

-¿Y acerca de la alimentación? Nuestros hombres deben ser atletas que luchen en el más grande certamen. ¿No es así?

-Sí.

-Entonces ¿les resultará conveniente el régimen de vida que observan estos atletas?

-Tal vez.

-Sin embargo -objeté-, se trata de un régimen apto para producir somnolencia y hacer la salud precaria. ¿No has observado que estos atletas se pasan la vida durmiendo y, a poco que se aparten de las normas que les han fijado, sufren grandes yviolentas enfermedades?

-Sí, lo he observado.

-Es necesario, pues -dije-, un régimen de vida más flexible para nuestros atletas guerreros, ya que tienen por fuerza que estar, como los canes, siempre en vela, tener sumamente aguzados vista y oído y, aunque cambien muchas veces de aguas y alimentos o padezcan soles y temporales en sus campañas, su salud no debe sufrir quebranto alguno.

-Así me parece a mí.

-¿No será, pues, la mejor gimnástica hermana de la música de que hace poco hablábamos?

-¿A qué te refieres?

-A una gimnástica sencilla y equilibrada, sobre todo si la han de practicar soldados.

-¿Pues cómo será ésta?

-Hasta en Homero -aclaré- pueden hallarse ejemplos de ella. Ya sabes que, cuando comen los héroes en campaña, el poeta no les sirve pescados a pesar de que están a orillas del mar, en el Helesponto, ni carne guisada, sino únicamente asada, que es la que mejor pueden procurarse los soldados. Porque, por regla general, es más fácil en todas partes encender un fuego que ir acá y allá con las ollas por delante.

-Mucho más.

-Tampoco, que yo recuerde, hace Homero mención jamás de las golosinas. ¿No es algo sabido por todos los atletas que, para

d e 404a b c Comentario [L232]: 398e.

Comentario [L233]: Cf. Leg. 829e.

Comentario [L234]: Se refiere a los profesionales de su época.

Comentario [L235]: Sobre la somnolencia de los gimnastas, cf. Amat.

132c (se dice que un campeón mundial de boxeo dormía dieciséis horas diarias). Otros ataques contra el género de vida de los atletas profesionales, en Aristót. Pol. 1338b 9 y sigs. y Eurípides, fr. 282 N.

Comentario [L236]: Cf 375a.

Comentario [L237]: Cf el cómico Eubulo, fr.118 K.-A.

Comentario [L238]: La pesca era muy abundante por aquellas regiones: cf. Il. IX 360 y Aten. 157b.

que un cuerpo esté en buenas condiciones, hay que abstenerse de toda esta clase de manjares?

-Lo saben muy bien -asintió-; y, en efecto, se abstienen de ellos.

-No creo, pues, que apruebes, amigo mío, la cocina siracusana ni la variedad de guisos que se comen en Sicilia, si es que te parece que esto está bien.

-Me temo que no.

-También censurarás, por consiguiente, que tengan una amiguita corintia los hombres que deben mantener sus cuerpos en forma.

-Claro que lo censuro.

-¿Y las supuestas delicias de la pastelería ática? -Por fuerza.

-Creo, pues, que haríamos bien poniendo en parangón todo ese género de vida y alimentos con las melodías y cantos compuestos con arreglo a toda clase de armonías y ritmos.

-¿Cómo no?

-¿No vimos que la variedad engendraba allí licencia y aquí enfermedad y, en cambio, la simplicidad en la música infundía a las almas templanza, y en la gimnástica, salud a los cuerpos?

-Nada más cierto -dijo.

-Y cuando en una ciudad prevalecen licencia y enfermedad, ¿no se abren entonces multitud de tribunales y dispensarios y adquieren enorme importancia la leguleyería y medicina, puesto que hasta muchos hombres libres se interesan con todo celo por ellas?

-¿Cómo no va a ocurrir así?

XIV -¿Podrá, pues, haber un mejor testimonio de la mala y viciosa educación de una ciudad que el hecho de que no ya la gente baja y artesana, sino incluso quienes se precian de haberse educado como personas libres, necesiten de hábiles médicos y jueces? ¿Y no te parece una vergüenza y un claro indicio de ineducación el verse obligado, por falta de justicia en sí mismo, a recurrir a la ajena, convirtiendo así a los demás en señores y jueces de quien acude a ellos?

-No hay vergüenza mayor -convino.

-¿Pero no crees -seguí interrogando- que hay otra situación más vergonzosa aún que la citada, la del que no sólo pasa la mayor parte de su vida demandando y siendo demandado ante los tribunales, sino que incluso es inducido por su mal gusto a jactarse de esta misma circunstancia, y hace alarde de su habilidad para delinquir y su capacidad para dar toda clase de rodeos, recorrer todos los caminos y escapar doblándose como el mimbre con tal de no sufrir su castigo, y eso en asuntos de poca o ninguna monta, sin comprender cuánto mejor y más decoroso es disponer la vida de cada uno de manera que no se necesite para nada de la intervención de un juez somnoliento?

-Cierto -asintió-; esto es peor todavía que aquello.

-¿Y el necesitar de la medicina -seguí- cuando no obligue a ello una herida o el ataque de alguna enfermedad epidémica, sino el estar, por efecto de la molicie o de un régimen de vida como el descrito, llenos, tal que pantanos, de humores o flatos, obligando a los ingeniosos Asclepíadas a poner a las enfermedades nombres como «flatulencias» o «catarros», eso no te parece vergonzoso?

-Mucho -dijo-. Realmente, ¡qué nuevos y estrambóticos son esos nombres de enfermedades!

-Nombres tales -dijo- como, según yo creo, no existían en tiempos de Asclepio. Y lo deduzco de que, hallándose ante Troya sus hijos, no reprendieron a la que, herido Eurípilo, le daba a beber vino de Pramno profusamente espolvoreado con harina

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Comentario [L239]: Platón se refiere a la glotonería de los siracusanos en Epist.

VII326b.

Comentario [L240]: Cf Aristóf Plut.

149.

Comentario [L241]: Cf. Aten. 643e- 648c.

Comentario [L242]: Los Asclepíadas eran los miembros de una escuela de medicina que actuaba en Cirene, Rodas, Cos y Cnido. Su nombre significa «hijos de Asclepio».

Comentario [L243]: Sobre la palabra

physe, muy empleada por los hipocráticos, cf. Ps.-Hipócr. De flat. VI94, 3. También

katárrous es palabra usada por Hipócrates para designar un flujo de humores internos. Shorey cita un curioso paralelo de Spencer: «Carbuncled noses, cadaverous faces foetid breaths and plethoric bodies meet us at every turn and our condolences are perpetually asked for headaches, flatulences, nightmare, heartburn and endless other dyspeptic symptoms».

de cebada y queso rallado, ingredientes que, por cierto, me parecen ser inflamativos, ni tampoco reprocharon su proceder a Patroclo, que cuidaba del paciente.

-¡Pues vaya una bebida extraña -comentó- para quien estaba así!

-No lo es tanto -repliqué- si recuerdas que la terapéutica «pedagógica» de las enfermedades, lo que hoy se llama yátrica, no estaba en uso entre los Asclepíadas, según dicen, antes de la época de Heródico. Pero éste, que era profesor de gimnasia y perdió la salud, hizo una mixtura de gimnástica y medicina y comenzó por torturarse a sí mismo para seguir después torturando a muchos otros más.

-¿Cómo? -inquirió.

-Dándose -respondí- una muerte lenta. Porque, por no ser capaz, supongo yo, de sanar de su enfermedad, que era mortal, se dedicó a seguirla paso a paso y vivió durante toda su vida sin otra ocupación que su cuidado, sufriendo siempre ante la idea de salirse lo más mínimo de su dieta acostumbrada; y así consiguió llegar a la vejez muriendo continuamente en vida por culpa de su propia ciencia.

-¡Pues así que sacó buen partido de su arte! -exclamó. -Como es natural que suceda -dije- a quien no sabe que no fue por ignorancia ni por inexperiencia de esta rama de la medicina por lo que Asclepio no la transmitió a sus descendientes, sino porque sabía que en toda ciudad bien regida le está destinada a cada ciudadano una ocupación a que ha de dedicarse forzosamente sin que nadie tenga tiempo para estar enfermo y cuidarse durante toda su vida. Lo que resulta gracioso es que nosotros nos demos cuenta de ello en cuanto se refiere a los artesanos y no, en cambio, cuando se trata de personas acauda- ladas y que parecen ser felices.

-¿Cómo? -dijo.

XV -Cuando está enfermo un carpintero -aclaré-, pide al médico que le dé a beber una pócima que le haga vomitar la enfermedad o que le libere de ella mediante una evacuación por abajo, un cauterio o una incisión. Y si se le va con prescripciones de un largo régimen, aconsejándole que se cubra la cabeza con un gorrito de lana y haga otras cosas por el estilo, en seguida sale diciendo que no tiene tiempo para estar malo ni vale la pena vivir de ese modo, dedicado a la enfermedad y sin poder ocuparse del trabajo que le corresponde. Y luego manda a paseo al médico, se pone a hacer su vida corriente y, o se cura y vive en lo sucesivo atendiendo a sus cosas, o bien, si su cuerpo no puede soportar el mal, se muere y queda con ello libre de preocupaciones.

-En efecto -dijo-, he ahí el género de medicina que parece apropiado para un hombre de esa clase.

-¿Y eso no es acaso -dije- porque tiene que dedicarse a una ocupación sin ejercer la cual su vida no valdría la pena de ser vivida?

-Claro -dijo.

-En cambio, del rico podemos decir que no tiene a su cargo ninguna otra tarea tal que la renuncia forzosa a dedicarse a ella le hubiese de hacer intolerable la vida.

-Por lo menos no he oído de nadie que la tenga.

-¿No conoces lo que dijo Focílides -pregunté- que, cuando uno tiene ya suficientes medios de vida, debe practicar la virtud?

-Yo creo -dijo- que incluso antes de tenerlos.

b c d e 407a Comentario [L244]: Platón se confunde aquí, pues la poción de referencia no fue dada a Eurípilo, sino al propio Macaón, hijo de Asclepio, por Hecamede, esclava de Néstor (II. XI 624); así lo cuenta él mismo en Io 538b-c. En cambio, a Eurípilo le cuida Patroclo (XI 844 y sigs.; cf. XV 393-4), administrándole una raíz pulverizada. El otro hijo de Asclepio era Podalirio, único médico, con su hermano, del ejército griego (cf. II. XI 833). El vino de Pramno, al que en principio se suponía procedente de la región montañosa de la isla de ícaros llamada así, era muy espeso y fuerte según Ateneo (1 Ob). El autor del tratado hipocrático De morb. IV 5,1 considera también el queso como inflamativo (phlegmatódes).

Comentario [L245]: La terapéutica «pedagógica» es aquella en que se sigue paso a paso el curso de la enfermedad del mismo modo que la educación de un niño. Platón la encomia, desde el punto de vista científico, en Tim. 89c. Sobre Heródico de Mégara, ciudadano más tarde de Selimbria, cf. Prot. 316e, Phaedr. 227d y Aristót.

Rhet. 1361b 4 y sigs. (no se le confunda con el hermano de Gorgias, citado en el diálogo de este nombre, 448b). La misma idea de Platón ha sido repetida por Rousseau («je ne sais point apprendre á vivre á qui ne songe qui'á s'empécher de mourir») y La Rochefoucauld («c'est une ennuyeuse maladie que de conserver sa santé par un trop grand régime»). También Macaulay imita el pasaje platónico, refiriéndolo metafóricamente al sistema de gobierno oligárquico, en su crítica de la Historia de

Grecia de Mitford (cf. la obra citada en nota a 364b, págs. 302 y sigs. ).

Comentario [L246]: Cf Euríp. Suppl.

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