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y la consolidación del Imperio Medio

In document Padro - Historia Del Egipto Faraónico (página 176-185)

Es en medio de la confusa situación política que caracteriza el final de la Dinastía XI que Amenemes I alcanzó el trono y fundó una nueva dinastía, la XII, sin duda la más importante del Imperio Medio. El nuevo rey era origi- nario del Alto Egipto, pero no se le conocen vínculos familiares con la Di- nastía XI. Consiguió ser proclamado gracias al apoyo de algunas grandes

familias aristocráticas, a las cuales confirmó la heredabilidad de sus cargos de nomarca y reforzó en sus poderes provinciales.

Por otro lado, Amenemes I (1991-1962), cuyo nombre personal denota su particular devoción por Amón, oscuro dios local hasta este momento de Tebas, adoptó en el momento de su entronización un nombre solar, a seme- janza de su predecesor Mentuhotep IV. Esta doble circunstancia señala cla- ramente el rumbo de las directrices de su política religiosa, tendente a po- tenciar la figura del dios tebano Amón logrando su sincretización con Re, la vieja divinidad solar de Heliópolis que había alcanzado su papel preponde- rante durante el Imperio Antiguo. En efecto, y de acuerdo con estas directri- ces regias, el clero de Tebas pronto asimiló al dios local Amón con Re, me- diante la figura divina sincrética de Amón-Re.

A la vista de todos estos datos, se ha emitido la hipótesis de que los dis- turbios que señalan la caída de la Dinastía XI y el advenimiento de la nueva Dinastía XII pudieron haber sido promovidos, como mínimo en parte, por las grandes familias aristocráticas del Alto Egipto, las cuales ostentaban gran parte del poder provincial en la región desde finales del Imperio Anti- guo. Estas mismas familias —representadas por los poderosos nomarcas hereditarios que habían apoyado a los primeros soberanos tebanos de la Di- nastía XI como caudillos de una monarquía feudal, en su lucha frente a la Dinastía IX/X de Heracleópolis y su política centralizadora— habrían visto sin embargo con temor —e incluso como una auténtica traición a sus intere- ses— las enérgicas medidas de corte centralizador que fueron emprendidas por Mentuhotep II una vez acabada la guerra civil. No osando, sin embargo, rebelarse contra el belicoso fundador del Imperio Medio, a su muerte ha- brían propiciado los disturbios que acabarían con la caída de la dinastía y con la entronización de un nuevo rey que les debiese a ellos el trono y que, como ya hemos visto, inmediatamente confirmó e incluso reforzó sus prerrogativas.

Amenemes I fue, de todos modos, un gran estadista que no se iba a dejar manejar fácilmente, y que comprendiendo dónde estaban los auténticos in- tereses del Estado pronto marcó sus distancias con respecto a sus interesa- dos protectores. Con todo, Amenemes I había comprendido también que las medidas excesivamente drásticas de Mentuhotep II eran contraproducentes, como lo demostraba la reciente experiencia histórica, y por ello optó por una serie de medidas mucho más circunspectas, que a la larga demostrarían su validez mediante sus frutos positivos.

Así, el nuevo rey reorganizó totalmente el sistema político y administra- tivo, de acuerdo con este nuevo modelo de estado híbrido centralizado-feu- dal. Una de sus primeras medidas fue trasladar la capital de Tebas a Ittauy, pequeña localidad del Egipto Medio a unos 50 km al sur de Menfis. La ra- zón primera y más obvia para este traslado de la capital —y tal vez la única confesada públicamente— es reconocida por todos: iniciar la explotación sistemática del cercano oasis del Fayum, tarea que fue en efecto llevada a

cabo por sus sucesores de la Dinastía XII. No obstante, existen como míni- mo dos razones más de fuerza que pudieron ser valoradas por Amenemes I a la hora de tomar esta decisión.

Por un lado, al sustituir Tebas por Ittauy, Amenemes I se alejaba de sus poderosos pero peligrosos aliados, las familias aristocráticas del Alto Egip- to, y ello no sólo poniendo tierra de por medio con respecto a las mismas, sino instalándose significativamente en un lugar del antiguo reino heracleo- politano, a medio camino entre Heracleópolis y Menfis, en territorio con una larga tradición de administración centralizada y, bien lejos, política- mente hablando, de los largos tentáculos del poder aristocrático del Alto Egipto. Pero además, al abandonar Tebas, el rey daba un golpe psicológico importante a la misma estructura feudal del reino del Alto Egipto. En efec- to, los primeros faraones del Imperio Medio, herederos de los primeros so- beranos tebanos del Primer Período Intermedio, eran reconocidos como re- yes precisamente por su condición de nomarcas hereditarios de Tebas, y jefes por consiguiente de la monarquía de estructura feudal que había derro- tado a Heracleópolis, en la que el rey y monarca de Tebas era sólo un primus

inter pares, sus pares no siendo otros que los demás nomarcas hereditarios

del Alto Egipto. Al trasladar la capitalidad, y por ende su residencia de Te- bas a Ittauy, Amenemes nombró un gobernador, un funcionario de la admi- nistración central, para que le sustituyese al frente del nomo tebano. Con ello puede decirse que el fundador de la Dinastía XII comenzó consigo mis- mo el proceso de liquidación de la monarquía feudal del Alto Egipto, al des- poseerse él mismo de la condición de príncipe hereditario. Desde este ins- tante, los soberanos de la Dinastía XII ya no serían más que faraones por derecho propio, rompiendo el lazo que les ligaba a sus antiguos pares e ini- ciando precisamente por Tebas el proceso de desfeudalización del Alto Egipto.

Con todo, Amenemes I habría podido abandonar Tebas y trasladar su ca- pital a alguna gran ciudad del reino heracleopolitano, incluso a la misma Menfis, prestigiosa capital del Imperio Antiguo cuyo modelo de estado se pretendía restaurar. ¿Por qué, en cambio, el rey eligió una pequeña localidad como Ittauy? Creemos que la explicación plausible de este hecho es la últi- ma razón de fuerza a la que hemos aludido, junto con las anteriores, que dictó a Amenemes I su decisión. La experiencia histórica reciente había de- mostrado que las ciudades, con sus grandes aglomeraciones de población, eran peligrosas para la estabilidad de la monarquía. Así, la monarquía men- fita había caído a comienzos del Primer Período Intermedio como conse- cuencia de la revolución social, desencadenada en Menfis y descrita por las

Lamentaciones de Ipu-ur. Los reyes heracleopolitanos tuvieron siempre

conciencia de estar sobre un auténtico polvorín social en la ciudad, durante la última etapa del Primer Período Intermedio, y de ahí las Enseñanzas para

el rey Merikare que le dirigió su padre, con abundantes consejos al respec-

to. Finalmente, acabamos de ver que a la caída de la Dinastía XI no fueron

ajenos los disturbios que tuvieron lugar en la misma Tebas. Con todo ello, no es de extrañar que Amenemes I juzgase más prudente instalar la capital y sede de la monarquía en una pequeña y tranquila localidad alejada de las grandes ciudades, del mismo modo que muchos siglos más tarde los Borbo- nes franceses abandonaron París para establecerse en Versalles.

Las profundas reformas administrativas emprendidas por Amenemes I empezaron por la revisión de los límites de los nomos, en función de sus ex- tensiones en ocasiones desequilibradas en beneficio de unos con respecto a sus vecinos debido a los avatares históricos de los últimos tiempos. El rey buscó así un nuevo equilibrio territorial, que equilibrase también el montan- te de los impuestos que debía recaudar cada nomo, lo cual le llevó incluso a dividir nomos demasiado grandes. Los nuevos límites provinciales así fija- dos quedaban garantizados por el rey, con lo que se eliminaba una posible fuente de conflictos, las disputas limítrofes entre nomarcas. Dentro de los nomos se realizó también una revisión del catastro mediante nuevas medi- ciones que asegurasen los límites del territorio agrícola de cada localidad e incluso de cada propietario. Estas medidas eran importantísimas, como es obvio, pero hay que tener en cuenta que era necesario repetirlas cada año, ya que la crecida del Nilo borraba anualmente los límites de las propiedades. Si estas mediciones no eran efectuadas por funcionarios escrupulosamente honestos, podían ser una fuente de abusos, de ahí la importancia de la revi- sión general ordenada por Amenemes I.

Entre las prerrogativas de los nomarcas confirmadas por el rey figura- ban la recaudación de los impuestos debidos al soberano y el reclutamiento de tropa. La tropa así reclutada era destinada normalmente a la ejecución de trabajos públicos, y sólo en caso de necesidad era destinada a la guerra, pero en tal caso sólo al servicio del rey. Era obligación explícita de los nomarcas ocuparse de la conservación de los canales y, en general, de favorecer el mantenimiento de la explotación agrícola en las mejores condiciones posi- bles. También eran ellos quienes fijaban la cuantía de los impuestos debidos por cada contribuyente al rey, siempre en función de su prosperidad y aten- diendo al nivel alcanzado cada año por la crecida del Nilo. Incluso, en caso de necesidad —debido particularmente a malas cosechas—, los nomarcas estaban autorizados a suprimir los impuestos, como sucedió en efecto en al- guna ocasión.

Los nomarcas hereditarios, tal vez con alguna excepción, dan la sensa- ción de haberse mantenido leales al rey en esta época. De todas maneras, también hay que reconocer que eran estrechamente controlados por los ser- vicios del Estado, formados por un número importante de funcionarios je- rarquizados. Los funcionarios, divididos en casas o ministerios, dependían en última instancia del visir, en una estructura que se complacía en imitar el modelo del Imperio Antiguo. Una categoría especial de funcionarios eran los llamados treinta grandes del Sur, los cuales dependían de los servicios de Justicia y se encargaban de determinadas misiones de confianza al servi-

cio de la vida política. Finalmente, era el rey en persona quien dominaba toda la administración.

La prosperidad económica impulsada por el Estado en el campo da la sensación de haber alcanzado rápidamente también a las ciudades. Éstas parece que aceptasen de buen grado las nuevas tendencias centralistas del Estado, que sustituían ventajosamente el viejo vasallaje feudal y permitían una rápida reactivación del comercio y de la actividad productiva en gene- ral. En materia religiosa hay que señalar que Amón —o, mejor, Amón-Re— se ha convertido en el nuevo dios del Estado. A nivel individual, por otro lado, es preciso destacar las manifestaciones cada vez más abundantes y precisas de monoteísmo filosófico por parte de determinados círculos de gentes cultivadas, que en sus textos se refieren a Dios, casi diríamos que en mayúscula y sin darle un nombre preciso.

La política exterior de época de Amenemes I estuvo marcada por la ne- cesidad de hacer frente a las amenazas exteriores. Por un lado, la de los be- duinos asiáticos, apenas vencidos por Mentuhotep II y establecidos aún en el límite mismo del Delta oriental. Para prevenir sus incursiones, Amene- mes I hizo construir el llamado Muro del Príncipe, sistema de fortificacio- nes que custodiaban la frontera oriental del Delta y que consiguieron alejar eficazmente el peligro. Además, el año 24 del reinado se consiguió una de- cisiva victoria sobre los beduinos que permitió a los egipcios acceder a las minas de la península del Sinaí y reemprender su explotación sistemática, abandonada desde el final del Imperio Antiguo.

En la Baja Nubia se había hecho fuerte, al comienzo del reinado de Amenemes I, uno de los pretendientes al trono faraónico alzado a la caída de la Dinastía XI, llamado Seguerseni. Ello fue la causa de que en esta di- rección se siguiesen las expediciones militares enviadas por Amenemes I desde el primer momento. Progresivamente, estas expediciones fueron avanzando hacia el sur, asegurando a los egipcios el control de las minas y canteras de la región y culminando este avance el año 29 del reinado, con la fortificación de la frontera en la 2.ª catarata.

Hacia Occidente fue preciso realizar repetidas e incómodas campañas con- tra los nómadas tehenu y chemehu, habitantes de un país cada vez más desérti- co, el Sáhara actual, que intentaban desesperadamente entrar en Egipto.

Durante el reinado de Amenemes I las expediciones comerciales a Opo- ne tenían ya carácter regular. Dichas expediciones transitaban normalmente por el Wadi Hammamat y se embarcaban en el mar Rojo, donde los egipcios disponían ya de un puerto estable. También se habían reemprendido en esta época las relaciones comerciales con Biblo y con Creta, las cuales están do- cumentadas gracias a los hallazgos arqueológicos. Dichas relaciones fueron pronto tan intensas, que incluso se ha sugerido la posibilidad de que hubie- se comerciantes y artesanos cretenses establecidos en Egipto.

Amenemes I tomó aún otra iniciativa importante en política interior. El año 20 de su reinado asoció al trono a su hijo Sesostris I, aunque es posible

que esta asociación fuese mantenida en secreto. Nunca antes en la historia de Egipto un faraón había sentido la necesidad de compartir el poder abso- luto con nadie, ni siquiera con alguno de sus hijos. Pero que la medida era prudente y acertada lo demuestra que será adoptada sistemáticamente por todos los reyes de la Dinastía XII, y que aún será imitada ulteriormente, en otras épocas de la historia egipcia. El objetivo de la iniciativa de Amenemes I era obvio: asegurar la continuidad de la Dinastía XII, e introducir al suce- sor en las responsabilidades del gobierno, en vida aún de su predecesor. La corregencia entre Amenemes I y Sesostris I duró cerca de diez años, duran- te los cuales parece que este último asumió particularmente las responsabi- lidades militares.

Amenemes I fue también un gran constructor, cuyas actividades edili- cias se pueden rastrear no sólo en el Alto Egipto sino también en el Delta y en Menfis. Su pirámide fue construida en Lisht, en el desierto occidental a la altura de Ittauy. La asociación al trono de su hijo había de resultar además una medida previsora, puesto que Amenemes I murió asesinado, víctima de una conspiración palaciega que aprovechó la circunstancia de que Sesostris I se encontraba lejos, dirigiendo una expedición militar en el Desierto Líbi- co. No conocemos muchos detalles de este complot, pero sí podemos decir que es la primera vez en la Historia que un hecho concreto nos es confirma- do por dos testimonios distintos, sin relación el uno con el otro salvo en la circunstancia de referirse al mismo acontecimiento. Se trata de dos textos li- terarios, la Historia de Sinuhé y las Enseñanzas de Amenemes I para su hijo

Sesostris I. Veamos a continuación la narración del magnicidio dada por

este último texto:

Guárdate de tus subordinados, porque no ocurra la cosa de cuya preparación no se ha preocupado uno. No te acerques a ellos, solo; no confíes en el hermano. No reconozcas a ningún amigo; no tomes a nadie por confidente. Esto no sirve para nada.

Cuando pases la noche, que tu inteligencia te guarde. Pues no se tiene ningún súbdito el día de la desgracia. Yo había dado al pobre; yo había educado al huérfano.

Yo había dado audiencia a quien no era nada, lo mismo que a aquel que era algo.

Pero aquel que había comido de mi alimento se rebeló. Aquel a quien había dado la mano urdió un complot contra mí.

Aquellos que se vestían como mi lino fino me consideraron como una sombra. Aquellos que se habían ungido con mi olíbano me han dado una libación de agua (como a un muerto).

Mis imágenes y mis collares fueron distribuidos entre la gente que hubiera debido prolongar mi memoria, como nunca se había oído,

y hacer librar un combate como no se había visto nunca.

Pero cuando había que combatir en la arena, fue olvidado el ayer. El beneficio no sir- ve para nada: aquel que debiera reconocerlo, lo olvida.

Era después de la cena y había caído la noche: me tomé una hora de tranquilidad, tendido sobre mi cama. Estaba cansado, y mi mente se sumergió en el sueño. He aquí que se distribuyeron armas;

el comandante (de la guardia) me era fiel, pero otros eran como serpientes de la ne- crópolis.

Me desperté con el ruido de lucha y estaba solo,

encontré un cadáver, era el cuerpo del comandante de la guardia. Si hubiese podido coger rápidamente las armas,

habría podido hacer retroceder a los villanos con la lanza: pero no hay valientes de noche,

no existe quien combata solo,

no se realiza una acción con éxito sin protección. Pero la agresión se produjo cuando no estabas conmigo.

(Enseñanzas de Amenemes I, según Daumas,

Civilisation, y Bresciani, Letteratura, cit.)

El apogeo de la Dinastía XII

Sea como sea, los conspiradores no lograron sus objetivos, como lo de- muestra que Sesostris I (1971-1928) pudiese controlar rápidamente la situa- ción, iniciando en torno a 1962 su reinado en solitario. Pero antes de seguir hablando del reinado de este soberano es preciso recordar que todos los su- cesores de Amenemes I, reyes de la Dinastía XII, constituyen una remarca- ble serie de gobernantes que, con una clara comprensión de los intereses del Estado, prosiguieron y desarrollaron las iniciativas políticas emprendidas muchas veces por el propio fundador de la dinastía, impulsándolas de mane- ra sistemática hasta alcanzar sus objetivos finales. En nuestra exposición histórica, por consiguiente, iremos relatando cuáles fueron las principales realizaciones de cada uno de estos reyes, pero sólo la perspectiva total que obtendremos al final de las mismas nos permitirá comprobar que aquellas realizaciones no eran el fruto de iniciativas aisladas, sino el resultado de la aplicación de un programa de gobierno a largo plazo, diseñado ya por el propio Amenemes I y continuado escrupulosamente por sus sucesores.

Ya habíamos visto que uno de los designios de Amenemes I podría ha- ber sido el deseo de explotar el oasis del Fayum, y que por ello habría insta- lado su capital en Ittauy, muy cerca del oasis. En todo caso, las más antiguas construcciones halladas hasta ahora en el Fayum datan del reinado de Sesos-

tris I, demostrando la voluntad constante de los reyes de la Dinastía XII de recuperar este espacio de enormes posibilidades agrícolas pero abandonado en la práctica como una zona semisalvaje desde el final del Neolítico.

En Nubia Sesostris I logró alcanzar la 3.ª catarata, con lo que los egip- cios recuperaron el control de las minas de oro de la región, en el desierto Arábigo. Sesostris I hizo reforzar la defensa de Nubia mediante la construc- ción de una fortaleza en Buhen, en la 2.ª catarata.

Una de las principales preocupaciones de Sesostris I en la política exte- rior fue, sin duda, la inestabilidad de la zona del desierto Líbico, notoria

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