1. INTRODUCCIÓN
1.6. Hábitos alimentarios en el embarazo
1.6.1. Consumo de alimentos
Hay que ofrecer a la embarazada pautas adecuadas de alimentación como la ingesta de grasas saludables no saturadas, cereales integrales, legumbres, frutas y verduras; limitar el consumo de grasas trans y saturadas, productos lácteos ricos en grasa, granos altamente refinados, carne roja y bebidas azucaradas; y tomar un multivitamínico con ácido fólico y vitamina D adicional como una medida de seguridad nutricional (Skerrett y Willett, 2010). Muy pocas mujeres embarazadas consumen las raciones de alimentos aconsejadas en las guías alimentarias. Además, las estrategias para mejorar los hábitos alimentarios deben centrarse en el establecimiento de conductas alimentarias saludables entre las mujeres en edad reproductiva (Fowlery y col., 2012).
Autores como Crozier y colaboradores establecieron dos grupos de mujeres en función de su dieta. Dieta saludable, las que incluían porciones adecuadas de frutas y verduras, pan integral, arroz y pasta, yogur, queso, pescado y leche baja en grasa, con poco consumo de pan blanco, azúcar añadido, conservas
vegetales, leche entera, patatas fritas, y patatas asadas; y dieta occidental para las que tomaban grandes cantidades de carne roja y procesada, pasteles y galletas, budines, postres de Yorkshire y panqueques salados, papas fritas, carne asada y patatas cocidas, azúcar, dulces y chocolate, y poca cantidad de leche baja en grasa (Crozier y col., 2008).
En un estudio llevado a cabo en 1124 mujeres embarazadas en Lifeways, se recoge el consumo de una serie de alimentos registrados en un cuestionario de frecuencia completado durante la primera gestación. Se demuestra que el 76% de las mujeres alcanzaron la ingesta de 5 porciones o más de frutas y verduras diaria recomendada, aunque esto está inversamente asociado con la edad y se asocia positivamente con el nivel de educación. El logro de las demás tomas recomendadas de la Pirámide de Alimentación es mucho menor, y van desde 12% el logro de la ingesta recomendada de alimentos ricos en grasa, sal o azúcar hasta consumir las 3 raciones recomendadas por día de la carne y aves 45%. Mientras que el 61% de las mujeres menores de 25 años de edad dejó de beber alcohol durante el embarazo, ésto se redujo al 38% de las mujeres embarazadas mayores de 35 años. Menos de la mitad de las mujeres estudiadas tomaron suplementos de ácido fólico peri-gestacional. Estos resultados destacan la necesidad de intervenciones de promoción de la salud de apoyo durante el embarazo (Murrin y col., 2007).
En cuanto a la dieta, las mujeres primíparas consumen más productos lácteos, frutas frescas y frutos secos, y menos pan, arroz, pastas, patatas, carne, salchichas, bollos y pasteles que las que ya han tenido más embarazos (Goñi y col., 2014).
Respecto a la ingesta de folatos provenientes de la dieta, en un estudio en Granada (España) en mujeres embarazadas mostró que más del 90% de la ingesta de folato provenía de cereales, fruta, zumo natural, legumbres y verduras cocidas y crudas. La ingesta media de folato fue 288,27 (63,64) g. Además, la mayor adhesión a la dieta mediterránea se relacionó significativamente con una mayor ingesta de folato. Por otro lado, la ingesta de ácido fólico diaria no se vio influenciada por el nivel educativo, número de hijos, o el lugar de residencia (rural vs urbano). Los factores relacionados con
una ingesta adecuada de folato (> 2/3 de las recomendaciones) fueron la edad superior y menor IMC (Monteagudo y col., 2013).
Distintos estudios sugieren que un patrón dietético que se caracteriza por un alto consumo de verduras, alimentos de origen vegetal y aceites vegetales disminuye el riesgo de preeclampsia, mientras que un patrón de dieta que se caracteriza por un elevado consumo de carne procesada, bebidas dulces y bocadillos salados aumenta el riesgo de la misma en una población de mujeres nulíparas, posiblemente debido a los altos niveles plasmáticos de homocisteína (Brantsaeter y col., 2009). Además, la dieta compuesta por verduras, frutas, legumbres, frutos secos, productos lácteos, pescado y aceite de oliva durante el embarazo, se asoció con un menor riesgo para depresión postparto (Chatzi y col., 2011).
La ingesta de azúcar añadido es mayor en las mujeres que desarrollan preeclampsia que en las mujeres sanas. En este sentido, los alimentos con un alto contenido de azúcar, bebidas carbonatadas y no carbonatadas azucaradas se asociaron significativamente con un mayor riesgo de preeclampsia. Por el contrario, la ingesta de alimentos ricos en azúcares naturales, como frutas frescas y secas, se asociaron con un menor riesgo de preeclampsia, así que los profesionales sanitarios deberían aconsejar consumir frutas y reducir el consumo de bebidas endulzadas con azúcar durante el embarazo (Borgen y col., 2012).
Los cambios en la dieta de las mujeres embarazadas suelen consistir en el consumo más frecuente de carne blanca, pescado, frutas y verduras, así como la leche y los productos lácteos, en este sentido se debería promocionar la salud por parte de los médicos, en las escuelas (Wojtyla y col., 2011).
1.6.2. Productos lácteos
La leche y los productos lácteos aportan nutrientes esenciales y sustancias bioactivas para el crecimiento del feto, de hecho, se ha visto cómo la ingesta moderada de leche y productos lácteos (más de 3 vasos al día) se asocia positivamente con el crecimiento fetal y el peso al nacer en poblaciones occidentales saludables (Brantsaeter y col., 2012; Heppe y col., 2011b).
Además, el consumo durante el embarazo y la lactancia de lácteos enriquecidos en DHA y omega-3 redujo la incidencia de partos prematuros y una composición mejorada de las membranas de los glóbulos rojos (Atalah y col., 2009).
1.6.3. Huevo
El huevo contiene nutrientes necesarios para el desarrollo fetal. Está considerado como un alimento funcional ya que contiene nutrientes como la luteína y la zeaxantina que tienen beneficios potenciales para la salud cuando se consume en niveles adecuados de forma regular como parte de una dieta variada; así, estudios realizados en mujeres hispanoamericanas durante el embarazo ponen de manifiesto que las consumidoras de huevo tenían una mayor ingesta de proteínas, grasas, vitamina K, vitamina E, selenio, betacaroteno, luteína y zeaxantina, colesterol, ácidos grasos poliinsaturados totales, y ácido docosahexaenoico (importantes en el crecimiento del feto y los bebés y para su desarrollo cerebral, visual y cognitivo) (Bermúdez-Millán y col., 2009).
También es importante para la embarazada la ingesta de fosfatidilcolina, forma de colina que se ingiere en mayor proporción y las principales fuentes dietéticas de la colina son productos lácteos, huevos y carne; así se vio que las mujeres que consumen al menos un huevo al día tenían mayor ingesta de colina y ocho veces más de probabilidades de cumplir con las recomendaciones de ingesta de colina en comparación con las que no consumen huevos durante el embarazo. Así pues, la promoción del consumo de huevo durante el embarazo puede ayudar a satisfacer las recomendaciones diarias de ingesta de colina (Lewis y col., 2014).
1.6.4. Pescado
La ingesta de ácidos grasos omega-3 está inversamente relacionada con resultados adversos para la salud; así se ha visto que el consumo poco frecuente de pescado (menos de una vez por semana) se asoció con menor nivel educativo, edad, hábito tabáquico, menor práctica de ejercicio físico y un menor consumo de frutas, verduras, carnes y productos lácteos, y por lo tanto con un estilo de vida menos saludable (Sontrop y col., 2007). También se
asoció con mayor incidencia de depresión en gestantes (Sontrop y col., 2008; Heddelin y col., 2010).
1.6.5. Bebidas alcohólicas
El consumo de bebidas alcohólicas durante el embarazo es perjudicial para la salud del feto, en este sentido, en un estudio en Noruega se observó que las embarazadas de mayor nivel educativo y de más edad disminuyeron el consumo de alcohol. Además, también redujeron el consumo de café y refrescos y aumentaron el consumo de zumo de frutas y leche (Skreden y col., 2014).
1.6.6. Frutas y hortalizas
El consumo de frutas y hortalizas se promueve como parte de una dieta saludable, sin embargo, las ingestas son generalmente más bajas que los niveles recomendados. Se ha observado que un mayor consumo de frutas y hortalizas en el embarazo está asociado positivamente con el peso y tamaño al nacer del descendiente (Loy y col., 2011; Murphy y col., 2014), especialmente en mujeres delgadas (Mikkelson y col., 2006). En cambio otros autores han encontrado esta asociación únicamente con el consumo de hortalizas durante el embarazo (Ramón y col., 2009).
La recomendación de salud pública es consumir cinco o más porciones de frutas y hortalizas todos los días. Sin embargo, la asociación entre la ingesta de frutas y hortalizas con el riesgo de diabetes tipo 2 no está claro, así se ha visto que el consumo de tres o más raciones diarias de frutas u hortalizas no se asoció con una reducción sustancial en el riesgo de diabetes tipo 2 (Hamer y col., 2007).
El efecto de la educación en salud es importante para mejorar la conducta saludable en la sociedad y especialmente para modificar los estilos de vida saludables (Martínez-González y col., 2011). Además, el conocimiento de los factores relacionados con el comportamiento saludable puede mejorar la adherencia a la conducta saludable. Así, en un grupo de mujeres embarazadas a las que se les proporcionó pautas nutricionales adecuadas, aumentaron de forma significativa el consumo de frutas y hortalizas. Además, se observó un
aumento significativo entre el consumo de frutas y hortalizas antes y después del embarazo (Tanha y col., 2013; Burr y col., 2007; Salehi-Pourmehr y col., 2012).
1.6.7. Cereales y legumbres
Los alimentos ricos en hidratos de carbono son la base de la alimentación. Además la glucosa, producto de la digestión de los mismos es la principal fuente de energía del organismo. Sin embargo, alteraciones en su metabolismo pueden ocasionar trastornos en la regulación de la glucosa sanguínea en las mujeres con diabetes mellitus gestacional (DMG) para optimizar el control glucémico. A este respecto en un estudio en mujeres embarazadas con DMG se observó que presentaban menor ingesta de frutas y zumos de frutas y mayor consumo de leche y yogur en comparación con la de las mujeres sin DMG. También se observó que las mujeres con un elevado consumo de snacks presentaban más riesgo de diabetes gestacional que las que no los consumían (Li y col., 2014; Ali y col., 2013).
Otro estudio, en el que se estudió el consumo de cereales en un grupo de mujeres de bajo nivel socioeconómico en EE.UU. tres meses antes de quedarse embarazadas, mostró que las consumidoras habituales de cereales tuvieron significativamente mayor ingesta de ácido fólico, hierro, zinc, calcio, fibra y vitaminas A, C, D. E y que las no consumidoras de cereales; el consumo se asoció con reducciones del 65-90% en el riesgo de deficiencias de nutrientes en comparación con no- consumo, así que fomentar el consumo de cereales puede ser un simple, seguro y barato método de intervención nutricional que podría optimizar el desarrollo de la placenta y el desarrollo fetal (Snook y col., 2009). 1.6.8. Energía y nutrientes
Diversas investigaciones ponen de relieve la importancia del equilibrio energético y una adecuada ingesta de macronutrientes en el buen desarrollo fetal, aunque la importancia de los micronutrientes también se está volviendo cada vez más evidente. El ácido fólico y vitaminas B2, B6 y B12 son esenciales
para la formación del ADN; además, otros micronutrientes tales como las vitaminas A y C, hierro, cromo, zinc y flavonoides juegan un papel importante en el desarrollo del feto (Vanhees y col., 2014). Las mujeres embarazadas
pueden necesitar asesoramiento específico sobre los hábitos correctos a seguir de forma que la nutrición de la madre en este periodo determine la mejora de la salud en la madre y el niño (Haankstad y col., 2014).
1.6.9. Energía
El requerimiento energético de un individuo está directamente relacionado con el gasto energético. Este gasto, a su vez, es la suma de varios factores, como el gasto basal, la termogénesis de los alimentos y el gasto energético de la actividad física. El gasto basal es la energía que el organismo utiliza para el mantenimiento de los procesos vitales: respiración, circulación, síntesis de constituyentes orgánicos, transporte de iones a través de las membranas, mantenimiento de la temperatura corporal, crecimiento y desarrollo de estructuras corporales (Florido y col, 2010).
Durante la gestación tienen lugar distintos acontecimientos cuya consecuencia es un aumento del gasto energético basal. Parte de la necesidad de energía adicional es requerida para cubrir el costo de la síntesis de nuevos tejidos corporales. Este aumento es también debido a los procesos de crecimiento uterino, placentario y fetal, y al aumento de trabajo cardíaco materno (Mataix y Aranda, 2009).
Las necesidades energéticas no son mayores que el requisito de energía estimado para las mujeres no embarazadas hasta el segundo trimestre; a partir de entonces, la necesidad de energía extra por día es de 340 Kcal y 452 Kcal en el segundo y tercer trimestres, respectivamente (Kaiser y Campbell, 2014;Whitney y Rolfes, 2013). Aun así, dado que es difícil establecer el requerimiento óptimo de energía para cada mujer, hay autores que recomiendan guiar la ingesta en base a la ganancia de peso adecuada (Requejo A.M., 2002).
El aumento del gasto basal asociado al embarazo y la lactancia tiene como consecuencia la necesidad de aumentar la ingesta de nutrientes. Ahora bien, cada nutriente desempeña un papel diferente en el desarrollo de tejidos y en el crecimiento y produce cambios específicos en la homeostasis materna, por lo
que los requerimientos de nutrientes no aumentan de forma uniforme (Florido y col., 2010).
La adaptación metabólica necesaria se produce desde las primeras semanas del embarazo, pero su signo va cambiando a medida que avanza la gestación. En la primera parte de ésta, el crecimiento fetal genera demandas poco importantes en términos absolutos: a la semana 20, el feto pesa tan sólo un 15% de lo que será su peso final. Las necesidades energéticas de la unidad feto-placentaria son en esta fase limitadas, y el metabolismo materno se dirige preferencialmente hacia el almacenamiento de reservas, sobre todo en el sentido de acumulación de tejido adiposo, que puede llegar a los 3.500 g en la semana 18-20. Esta primera mitad de la gestación es un período básicamente anabólico (Florido y col., 2010).
El porcentaje en el que se debe incrementar la ingesta de energía es muy inferior al aumento que debe producirse en el aporte de la mayor parte de los nutrientes, así pues, mantener una situación nutricional adecuada es más difícil que en otras etapas de la vida siendo necesario modificar la dieta, eligiendo alimentos menos calóricos y con alta densidad en nutrientes (Martínez R.M., 2007).
1.6.10. Proteínas
Es necesaria una adecuada ingesta de proteínas en la dieta para llevar a cabo un embarazo sano (Stephens y col., 2015). De hecho, el crecimiento feto- placentario, así como el de algunos órganos maternos, particularmente el útero, precisan un elevado aporte de aminoácidos y proteínas (+12%), dado que se estima que las proteínas depositadas en estos tejidos alcanzan la cifra de 925 g, equivalente a 0,95 g/Kg/día. Los niveles aumentados de insulina favorecen la síntesis proteica y disminuyen la proteo lisis, lo que se traduce en una reducción de los niveles de nitrógeno ureico en las embarazadas. Por su parte, los valores plasmáticos de aminoácidos también disminuyen durante la gestación, lo que probablemente es debido, sobre todo, a su captación placentaria y a su transferencia al feto, pero también a su mayor tasa de eliminación renal y a la utilización de algunos de ellos (aminoácidos
glucogénicos) para la síntesis hepática de glucosa (Sizer y Whitney, 2014; Florido y col., 2010).
Una dieta materna deficiente en proteínas se relaciona con recién nacidos de bajo peso al nacer (Stephens y col., 2015; Claycombe y col-, 2013). Las proteínas deben suponer el 12-15% del total calórico, aporte que se cubre sin problemas con la dieta española (Quintas E., 2015). Esto supone un aumento de la ingesta proteica de aproximadamente 25 gr con respecto a la mujer no embarazada, por ello debe seleccionar alimentos proteicos en su dieta como carnes, lácteos y legumbres para asegurarse una ingesta adecuada (Whitney y Rolfes, 2013). En este sentido autores como Borazjani y colaboradores, han visto cómo la ingesta adecuada de proteínas procedentes de la leche se ha relacionado con un aumento del crecimiento fetal (Borazjani y col., 2013). En mujeres vegetarianas que no incluyen ni lácteos ni huevos en su dieta se recomienda que durante el embarazo aumenten el consumo de legumbres, tofu, nueces y semillas (Alderman y col., 2014; Sizer y Whitney, 2014). En cambio ciertos estudios (Malasova y col., 2014) han puesto de manifiesto que el consumo excesivo de proteína de origen animal, principalmente de productos cárnicos, consumidos durante el embarazo puede aumentar el riesgo de sobrepeso en los hijos; esta asociación parece ser más fuerte para la descendencia femenina. También se ha visto que una dieta rica en proteína durante el período pre-concepcional se asocia con menor probabilidad de parto prematuro (Maslova y col., 2014b).