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1. El contexto histórico del cuidado de la infancia en Ecuador

1.3 El contexto contemporáneo y las disciplinas en los cuidados

Quisiera terminar esta revisión de la participación del Estado en los cuidados hacia los niños profundizando en una noción de quien cuida a los niños, ya que estas nociones ejemplifican las lógicas estatales y grafican en resumen los cambios del estado para consolidarse en Estado moderno, la secuencia de quienes han cuidado a los niños se denominan a lo largo de principio del siglo: promotores, madres comunitarias, tías y educadoras.

Los “promotores” aparecen en 1978 con la creación de los centros infantiles campesinos en las zonas rurales del Ecuador. A pesar de que ésta era una iniciativa desarrollista del FODERUMA, estos primeros centros se instalaron con la participación de la comunidad. En ese sentido, la comunidad elegía un lugar (generalmente una iglesia o casa abandonada) Hombres y mujeres ayudaban en la reparación del lugar, además hacían mingas para las comidas, los promotores eran elegidos dentro de la comunidad, los ancianos eran quienes iban a estos centros a contar historias y leyendas. Fernando Moncayo, quien fue el encargado de FODERUMA para la gestión de estos centros, decía que se aplicaba una metodología de la humanización, la que se construía

a partir de un profundo respeto al ser humano y respeto de los “saberes y haberes…de la riqueza de la gente a construir una educación libertaria”. La educación parte de la comunidad, y se potencia la creatividad de los niños pero sobre todo estos “Promotores” impulsan el amor a lo propio. Fernando Moncayo explica acerca de los promotores:

“Nosotros les decíamos ustedes tienen que enseñar lo que saben y todo el mundo sabe un montón de cosas” (…) ¿Quién va a cuidar a los niños?, ¿quién les va a suscitar a motivar cosas? Denominamos a esa persona como promotor. El único requisito: alguien que le guste y quiera a los niños de la comunidad (…) no más requisitos, alguien que tenga amor por los niños y entusiasmo de trabajar con los niños. Me acuerdo de uno en Baldalupaxí que era músico, y nos importaba un chorizo el grado de alfabetización que tenga, de domesticación que tenga en las letras y en las artes. Nos interesaba su sensibilidad interior hacia los niños, entonces él no era un maestro, era un suscitador y cuidador. En algunos centros había 1 o 2 según la cantidad de niños, porque a veces eran centros pequeños de 15-20 niños, a veces eran de 70-80 niños. Ellos cuidaban y motivaban, les incentivaban por ejemplo: miren ese cerro, que lindo… ¿cómo se llamaba ese cerro?...los niños contaban que sus papás les habían contado cosas y les proponían pintar el cerro, entonces pintaban el cerro, motivaban todo eso o iba el anciano tal y les contaba cómo se hacia la fiesta tal o una leyenda antigua o una fábula y luego trabajaban sobre eso (…) La misma comunidad elegía a los promotores generalmente eran hombres y todos ayudaban, las mujeres iban a preparar la comida se turnaban” (Fernando Moncayo, 2015, entrevista).

Fernando Moncayo, explica que estos centros de atención infantil campesinos duran hasta que se cierran los programa de FODERUMA es decir hasta 1980-1981, luego aparecen los Wawa Huasi, incentivados por el Estado para todo el Ecuador, pero que este era un programa copiado del Perú y no tenía las lógicas de la pedagogía de la humanización. En los wawa huasi aparece la figura de las “madres comunitarias” y “tías”. No pude recolectar más información de los wawa huasi y cuáles fueron sus lógicas.

Un segundo actor que aparece son las “tías” y “madres comunitarias” con la instalación de las guarderías en la ciudad y al interior de los mercados. Las madres comunitarias y las tías eran mujeres que pertenecían al mercado o sector de donde venían los niños, eran personas de “buena voluntad” que no necesitaban una formación educativa, simplemente no tenían que maltratar a los niños.

“En ese tiempo (1995) venían las “madres comunitarias”, que trabajaban de forma voluntaria, se atendían 40 niños y eran 5 madres comunitarias. Las madres comunitarias eran las madres que atendían a los niños, no se pedía que fueran bachilleres ni nada, especialmente que les cuiden a los niños que no les maltraten” (Marta, Educadora

Centro de atención Infantil del Mercado de San Francisco “Panchitos”, 2015, entrevista).

“Teníamos que entrar como voluntarias a trabajar, porque había una necesidad que los niños de los socios mismos, los niños del mercado, estaban en la calle corriendo riesgo. Y los dirigentes decían que podíamos hacer un centro infantil, para que los niños de nuestros socios, de nuestras personas estén bien cuidados, coman bien y siquiera tengan una posibilidad de sobresalir, y los padres también puedan trabajar libremente en el día y no estén con esa preocupación de “mi niño, tal vez le pasará algo” para que los padres no estén con esa angustia (…) Antes a nosotras nos decían tías pero también he escuchado que les decían madres comunitarias, porque en ese entonces se decía que los niños venían a las guarderías, hoy en día no se dice guardería porque estaríamos diciendo que vienen a guardar a los niños, y madres comunitarias porque nos dedicábamos a cuidar, o sea que coman bien, que no les pase nada…Antes venían los hermanos y estaban juntos (no había separación por nivel de edad), el hermano grande le cuidaba al pequeño, y con el hermano no lloraban, pero en cambio cuando vienen solos sí cambian” (María Luisa Lema y Ana Lucía Guamán. Educadoras actuales en el centro Infantil Alejo Sáez, San Roque, 2015, entrevista).

En los últimos ocho años con la promoción de los “centros infantiles para el buen vivir” se promueve la figura de una educadora sobre quien ejerce los cuidados sobre los niños. En ese sentido es más importante la racionalidad de quien está con los niños más que una buena voluntad o cariño. Esto es un signo importante de modernidad en la educación ya que más que una humanización en el cuidado se busca un desarrollo mental del niño y un disciplinamiento de los ritmos de crecimiento y aprendizaje, es decir, una homogenización del niño, quizás por eso no importa quién sea el que cuida lo que importa es que educa.

“Pero ahora, ya somos educadoras, o sea estamos educando a los niños, estamos capacitando a los niños en las áreas que ellos necesitan. Ahora la palabra educadora se escucha mejor para nosotras, ya no somos madres comunitarias, o nos decían promotoras, nunca entendí porque nos decían promotoras, pero ahora con la palabra educadora una se siente más motivada hasta para trabajar con los niños, o sea dar lo mejor para los niños” (María Luisa Lema y Ana Lucía Guamán, Educadoras actuales en el centro Infantil Alejo Sáez, San Roque, 2015, entrevista).

Estas nociones de promotores, tías, madres comunitarias y educadoras permiten visualizar al mundo moderno bajo esta lógica progresiva de “desatenderse del otro”.

Es decir, en un primer momento la mujer vivía en situaciones de precariedad pero seguía en la cercanía del ser amado, la instauración del desarrollo y la migración de los hombres hacia las ciudades hace que estos vínculos vayan separándose y van

sintiendo como los niños se vuelven una carga y un sufrimiento, entonces la función de Estado viene a responder a ese ¿cómo deshacerme de esa carga?.

Con la presencia de los centros infantiles campesinos, Fernando Moncayo muestra cómo todavía son fuertes los vínculos entre los padres e hijos y la gente tiene preocupación por sus niños.

En esa misma línea, las tías y las madres comunitarias se preocupaban por “cuidar” a los niños más que educarlos en una especie de adiestramiento. Esta noción de cuidado cercano, maternal a los niños es reemplazada a la fuerza por figuras que representan el saber del experto, como si el cuidar a otro significara sólo educar en el sentido de sólo estimular racionalmente al niño, lo que trae consigo un descuido del vínculo con el otro y una des-humanización del niño.

2. El poder gubernamental en la vida de los niños de la ciudad y el agenciamiento