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2. Tánger en su contexto

2.1 Contexto Histórico

“El mar estaba apacible, a pesar de las cóleras que le han sacudido los días pasados, y el firmamento de un azul pacífico. Poco a poco la ciudad fue apareciendo a mi vista, y antes, a un lado, las alturas que se extienden hacia el interior, en donde hormiguean las kabilas” (Darío: 2001,113). Hemos centrado el objeto de estudio de este trabajo entre finales del siglo XIX, como precedente, y el siglo XX, en tanto que época de desarrollo y apogeo de la literatura escrita en español en Tánger, pero antes de centrarnos en esa época es imprescindible conocer algunos datos históricos. Es necesario un breve recorrido por la historia de la ciudad blanca, como la bautizó Pierre Loti(1893), para comprender su desenlace internacional.

2.1.1 Puntadas de historia

Clavando su origen en una leyenda griega, Tánger aparece rodeada de un halo de misterio del que nunca se ha podido librar. Remontan su origen a la época en que la ciudad estaba ocupada por gigantes y dioses; el gigante Anteo, hijo de Poseidón y Gaia, fundó una ciudad a la que llamó Tingé, en honor de su esposa y madre de Sufax. El gigante Anteo obligaba a luchar con él a todo aquél que pasase cerca de su territorio. Fue entonces cuando hubo de enfrentarse a Hércules, quien buscaba cerca de Tingé la manzana de oro del Jardín de las Hespérides. Durante la lucha Hércules se dio cuenta de que Anteo sería invencible mientras estuviese en contacto con la tierra –su madre-, por lo que lo levantó del suelo y lo mantuvo en vilo hasta que logró vencerlo por asfixia (El-Kouche: 1996,15; Hispanus: 1953,24-27).

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Otra de las leyendas que nos cuenta un origen de la ciudad es la del Diluvio Universal. En el Génesis (8-11), leemos que Noé soltó una paloma para que trajese una prueba de que las aguas se habían retirado y la tierra estaba ya seca. El pájaro volvió trayendo en el pico una ramita verde de olivo y barro en las patas, señal de que se había posado en tierra enfangada. Al verlo, Noé habría exclamado Tin-yá, Tin-yá –llegó el barro-. El pájaro había venido de Occidente y había tardado mucho tiempo en llegar, al indicar Noé con el índice a lo lejos la dirección de la que procedía la paloma, lo que señaló era Tánger. Esta última parte de la historia no aparece así recogida en el texto bíblico, pero sí se cuenta en la tradición oral sobre el origen de la ciudad (El-Kouche: 1996,15).

Entre las crónicas de los historiadores andalusíes, donde también podemos leer la historia del origen mítico de la ciudad, llama especialmente la atención el relato de Al-Idrisi. Es cuando menos curioso, pues confunde el personaje de Hércules con Alejandro Magno y atribuye a este último la separación del Estrecho de Gibraltar:

“(…) hasta que Alejandro Magno fue a España y supo que sus habitantes estaban en continua guerra con los del sur. Este rey, hizo venir ingenieros y les indicó el lugar donde hoy está el Estrecho, pero que entonces estaba cubierto de tierra y les ordenó medir y comparar el nivel de los dos mares (…) se construyó un canal entre Tánger y España” (1974,159-160).

Basándonos en datos realmente históricos, los fenicios fundaron una pequeña ciudadela en la actual bahía de Tánger sobre el año 1450 a.C. Siguiendo su tradición de grandes navegantes y mejores comerciantes, supieron elegir un lugar estratégico para el paso por el Estrecho. Son pocos los

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restos fenicios que hoy pueden encontrarse por la ciudad, pero de especial importancia y de una belleza singular son los sepulcros que forman la necrópolis fenicia, tallados en la roca, frente al mar, en lo que hoy es el barrio del Marchán, sobre el acantilado que da al Atlántico, muy cerca del famoso café Hafa (Cestino, 2004: 56-57).

El poder cartaginés en apogeo se apoderó de los territorios tangerinos hacia el año 650 a.C. Poco después una dinastía de reyezuelos locales se hizo con la ciudad antes de perderla bajo la apisonadora romana. Dichos reyes establecieron la zona de Tánger como centro de un estado independiente del resto de Mauritania. Serían: Boksar, Bogud I, Bogud II y Bogud III (Ramírez Ortiz, 2007: 44).

Como consecuencia lógica del avance romano, el cual fue apoderándose de todo el territorio norteafricano después de interminables guerras, hacia el año 82 a.C. Sectorio Quinto –un general con grandes dotes políticas y de organización, además de gran conocedor de Hispania-, conquista Tingis. Por la evidente importancia estratégica de su puerto, el emperador Claudio, quien gobernó del 41 d.C. al 54, elevó Tingis al rango de colonia, por lo que sus moradores pasaron a ser ciudadanos romanos y, como consecuencia, quedaron exentos de pagar impuestos. Además, Claudio unió la ciudadela de Tingis a la Hispania Bética desde un punto de vista administrativo. El tratamiento que desde época romana se le dio al territorio tangerino permanecerá en el imaginario español posterior. Será un dato muy importante en este aspecto el cambio en la denominación de la provincia. El emperador Marco Silvio Oton, llamó a la provincia romana de Mauritania Tingitana con el

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nuevo nombre de Hispania Transfretana, es decir, la España allende el mar. Esta idea de ser Tánger una extensión española al otro lado del mar seguirá estando presente en el imaginario peninsular durante la época del colonialismo, pues España albergará siempre la esperanza de controlar la ciudad internacional al considerarse con derecho histórico sobre ella (García Alonso: 1920). Este deseo, esa sed de Imperio de la que tanto hablaba la propaganda nacional española2 se verá realizado, aunque por un corto periodo de tiempo, durante la II Guerra Mundial, época en la que España se hizo con el control de la ciudad para, según la propaganda oficialista, mantener su neutralidad (Alcaraz: 1999,134).

En tiempos del emperador Adriano, Tingis fue la capital de la provincia de esta España transfretana. Entre los años 117 y 138, Tánger era el principal puerto de la zona y la salida al mar desde Mauritania. En esta época, a la ciudad y sus alrededores también se los conocía como Julia Traducta. La extensión de lo que ocuparía la Tánger romana, comprendía parte de lo que hoy es la zona antigua amurallada de la ciudad, donde aún se siguen encontrando vestigios romanos cada vez que se levanta el suelo. Uno de los hallazgos más valiosos tuvo lugar en 1935, en el Zoco de Afuera -o Zoco Grande-, en un terreno que pertenecía al banquero Azancot: al remover la tierra, encontraron una estatua de mármol blanco de más de dos metros de alto. Se dijo que era una Vesta, diosa romana del hogar, del fuego, del arte de la buena mesa. En cualquier caso, esta diosa Vesta estuvo hasta el año 1958

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Desde el primer reparto del territorio marroquí en la Conferencia de Algeciras de 1906, queda claro que la ciudad de Tánger no formará parte del Protectorado español. Se especifica su independencia y ya entonces se le otorgan los 373 km2 que formará su territorio cuando andando el tiempo -1923- termine por establecerse el Estatuto Internacional. Véase: García Alonso: 1920; Rojas-Marcos: 2009, 54-57.

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en la escalinata de recepción del hotel Minzah. Desde entonces se le ha perdido la pista y no hay noticias de su paradero (Ramírez Ortiz, 2007: 45).

Una misión científica francesa encontró restos de una necrópolis romana con pinturas policromadas, así como otras muchas ruinas junto con objetos de arte, monedas, esculturas y pavimentos, entre otros vestigios arqueológicos, en la duna que hoy es la Plaza de Francia, al final del Bulevar Pasteur. Estos restos, muchos de los cuales pueden verse hoy en el Museo de la Alcazaba, son, con todo, escasos si tenemos en cuenta que los romanos estuvieron en Tánger durante cinco siglos, por lo que resulta evidente que bajo la actual ciudad se encontrarán los restos de una ciudad importante y crucial en el comercio colonial romano. También debemos tener en cuenta la utilización de los elementos romanos como material de acarreo para la construcción de nuevas edificaciones.

Este sería el caso del magnífico palacio que domina la Alcazaba3. Probablemente su primera construcción data del periodo Romano, cuando Tánger era la capital de la Provincia Tingitana. Se sabe que a mediados del siglo X el califa Cordobés Abd al-Rahman III (912-961) mandó construir un puesto de vigilancia sobre el Estrecho. Ya de esa época debe datar el empleo de material romano, pues igualmente hicieron para construir la Mezquita de Córdoba, entre otros edificios emblemáticos. Cuando siglos después y tras el control británico sobre la ciudad, Tánger se incorporó a los dominios del Sultán Moulay Ismail, quien designó como pachá a Alí Ben Abdellah, él y

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El Museo de la Alcazaba, o Museé de la Kasbah es de una gran belleza, tanto el edificio como el contenido. Un paseo por sus salas nos sirve para comprender la historia de los asentamientos y los diversos pueblos que fueron poblando la ciudad. El museo ha sido recientemente restaurado. Puede verse la página web http://www.fnm.ma/musee-de-la-kasbah-de-tanger/

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posteriormente su hijo realizaron tareas de reconstrucción de la ciudad, rehabilitaron las murallas, construyeron mezquitas, bastiones defensivos y el palacio de la Alcazaba, conocido como Dar el Majzén, hacia 1736. Todo parece indicar que el actual palacio se levanta sobre las ruinas del Upper Castle, residencia de los gobernadores ingleses.

Sería en época romana cuando Tingis llegó a una de sus cimas históricas como ciudad. Los romanos supieron sacar provecho de su enorme interés estratégico. La época de mayor esplendor romano de Tánger duró hasta el año 238 d.C., pues de la ciudad salían dos rutas comerciales fundamentales para la economía del imperio que reafirmaban aquella aseveración por la que se nombraba a África el granero de Roma. Una de las rutas hacia Tamuda –Tetuán- y Volúbilis, y la otra por el litoral atlántico pasando por Oppidum Novum –Alcazarquivir- hacia Julia Valentia Banasa - ciudad que está actualmente en ruinas-, hasta Salé-Rabat. Por estas dos rutas llegaban hasta Tánger todo tipo de productos con destino a Hispania o Roma: aceite de oliva, aceitunas, dátiles, trigo, maderas, animales exóticos vivos, incluso leones para los circos (Cestino, 2004: 77-78).

Durante ese siglo tercero fue cuando la grandeza romana comenzó a apagarse. En el año 285, el emperador Cayo Valerio Diocleciano, obsesionado con enfrentarse a los cristianos, decidió ir poniendo soluciones mediante el retranqueo de los límites del imperio. La zona de la Mauritania Tingitana quedó reducida a los alrededores de Tánger por la importancia de su puerto. Esta zona perteneció desde entonces a la Bética, hasta la caída definitiva del Imperio.

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Los Vándalos, al igual que otros pueblos bárbaros del norte de Europa, emplearon todas sus fuerzas en la conquista de las colonias romanas. En el año 429, el rey Genserico - instalado en Hispania-, pasó a África al frente de 50.000 hombres. En el año 438 ya establecía su reino en Cartago y desde allí empezó su expansión hasta lograr el control de Roma en el año 455 d.C. Con la caída de Roma, todo el territorio africano quedó bajo el control de estos vándalos. Su imperio iba desde el final de la cordillera del Rif Occidental –es decir, Tánger- hasta los montes del Issur –en Túnez- (Cestino, 2004: 79-80).

Desde el Imperio Romano de Oriente, intentando mantener las glorias pasadas, los bizantinos enviaron a Mauritania, en el año 534, al general Belisario, en un esfuerzo por recuperar los territorios perdidos. Belisario llegó a ser el más ilustre de los militares bajo el imperio de Justiniano el Grande; venció a los persas, a los vándalos y a los Ostrogodos. Los bizantinos consiguieron sus objetivos y sustituyeron a los diversos pueblos vencidos en cuantos territorios lograron arrebatarles: en el norte de Marruecos, ocuparon los puertos de Ceuta y Tánger. Con los bizantinos, el cristianismo hizo importantes avances en el Magreb. Establecieron en Tánger una sede episcopal que se unía al obispado más importante del Magreb, el de Hipona – Annaba, en la actual Argelia-, donde ejercía en ese momento sus funciones como obispo quien andado el tiempo sería San Agustín. La tercera sede episcopal fue la de Alcazarquivir (Cestino: 2004,82-83; Laredo, 1935: 16-18).

La dominación bizantina de las tierras norteafricanas –incluyendo Tánger- se prolongó durante un largo periodo, aunque progresivamente los pueblos autóctonos fueron haciéndose con el poder, a finales del siglo VII. En esta época, también los visigodos intentaron la invasión de Mauritania, hasta

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que Suintila -entre los años 621 y 631-, consiguió apoderarse de Ceuta y Tánger. Suintila saqueó Tánger y trasladó entonces la capitalidad de la España

Transfretana a Ceuta. En el año 682, Ukba b. Nafi conquistó Tánger a los

visigodos, quienes habían logrado anteriormente arrebatársela a los bizantinos. Tanto la ciudad de Tánger como Ceuta -desde la retirada de los bizantinos- estaban siendo gobernadas por el célebre Don Julián de las crónicas, señor de Consuegra y Conde de Gomares (Laredo, 1935: 20).

El debate sobre la naturaleza de este Don Julián sigue y seguirá abierto, pues hay teorías que aseguran que era nativo norteafricano, vasallo de los reyes visigodos de Hispania. Por otro lado, hay quien apunta que era un bizantino que se había alineado con los visigodos, e incluso un traidor perteneciente a la nobleza. Las razones de lo que en historia consideran la traición de Don Julián, por haber ayudado a los árabes a cruzar el Estrecho, entran cada vez más en contradicciones, y parece que será difícil que algún día sepamos con certeza lo que realmente ocurrió. Incluso si don Julián llegó a existir. En cualquier caso, su poder literario es irreemplazable en la conciencia colectiva española. La Reivindicación4 que Goytisolo hizo de Don Julián lo

catapultó a los anales de la historia española. Su papel de antagonista nacional es fundamental para la posterior recreación histórica de la conquista y necesaria reconquista cristiana sin la que la historia nacional católica de este país no tendría sentido (González Ferrín, 2016: 87, 157-158.).

Así las cosas, la historia oficial cuenta que en el año 709 Don Julián se trasladó a Kairuán –Túnez- para pactar con el gobernador Musa ben Nusayr el

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Nos referimos a la obra de Juan Goytisolo, Reivindicación del Conde don Julián, a la que dedicaremos más adelante nuestra atención por la importancia que tuvo en su momento, tanto para la ciudad de Tánger, como para la visión española de nuestra propia historia y su realidad. (Goytisolo: 1985)

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paso de las fuerzas árabes y beréberes a la Península Ibérica. Poco tiempo después, en el año 710, tres mil beréberes al mando de Tarif, cruzaría hasta Tarifa, donde levantaron la primera fortificación. En el año 711 Musa, situaría de gobernador de Tánger a Tariq; desde allí y al frente de siete mil guerreros árabes y norteafricanos se lanzaron a la invasión (Arie, 1983; Chejne, A.G., 1980).

En el año 758 Mulay Idris ben Abd Allah huyó de Meca tras el asesinato de su padre a manos abbasíes. Pertenecía –este primer idrisí- a la tribu de los hasaníes, descendientes de Hasan y por tanto nieto de Mahoma a través de Fátima. Llegó a Tánger en el año 788, y gracias a las continuas disensiones entre árabes y bereberes un año después sería nombrado califa. Desde Ceuta y Tánger, logró controlar una extensión inmensa de territorio hasta Tremecén, en Argelia. El poder que logró abarcar tan repentinamente alertó a Bagdad. Harun al-Rachid ordenó que lo envenenaran. En el año 793 fue nombrado califa Idris II, hijo del primer Idris y de madre autóctona. Y en 828, con la muerte de este Idris II, el reino fue dividido en dos. Tánger pasó a manos de su hijo Qasim, aunque poco tiempo después su hermano Omar se lo arrebató. Las luchas intestinas debilitaron el poder político y hasta siete monarcas idrisíes se dividieron el territorio.

En esta inestabilidad mantenida y convulsa, la ciudad de Tánger fue cambiando de manos hasta que, por temor a una expansión fatimí –el poder imperial del Oriente africano- el califa cordobés Abderramán III ocupó Tánger en el año 951 e incorporó la plaza al califato andalusí, creando una colonia en el norte de Marruecos dependiente –así- de Córdoba. En el año 959 el fatimí al- Muizz se apoderó de Marruecos, quedando como únicas posesiones

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andalusíes las ciudades de Tánger y Ceuta. El hijo y sucesor de Abderramán III, al-Hakam II, perdió Tánger tras ser expulsada la guarnición omeya de la ciudad por los propios habitantes de la ciudadela (Laredo, 1935: 21).

Y así discurrió Tánger hasta rebasar el año mil. La ciudad se mantuvo en relativa independencia hasta que en 1078 la fuerza arrolladora de los almorávides saharianos, liderados por Yusuf ben Tashufín, se hizo con la ciudad. Tánger volvió a cambiar de manos hacia el año 1140, cuando las tropas almohades se apoderaron de todas las tierras del Magreb. A finales del siglo XIII, la ciudad de Tánger pudo mantenerse al margen del poder de los últimos monarcas almohades, custodiando su autonomía hasta que las tropas meriníes –relevo dinástico de los almohades-, sitiaron Tánger por mar y tierra durante tres meses y finalmente la ocuparon en el año 1273.

Rozando ya el siglo XIV es preciso detenerse en un dato histórico que, si bien se alejan de las motivaciones políticas, será crucial para la posterior historia literaria de Tánger. En 1304 nació en la ciudad el que sería el gran viajero Ibn Batuta (Kilito: 1992,9-11), el primer tangerino que se aventuró a ir al Extremo Oriente. En sus viajes lo conocieron con el nombre de Shams al-Din – el sol de la fe-. Con solo 22 años salió a pie de Tánger para peregrinar a Meca, y visitar Medina y otros santos lugares. Estuvo viajando durante 29 años. Llegó hasta la India, donde ejerció las funciones de juez para el sultán de Delhi. A los dos años de servicio, habiéndose ganado la confianza del sultán, fue enviado como embajador a China. De regreso –finalmente- a Marruecos, el sultán de Fez, maravillado por sus historias, le facilitó un secretario para que recogiese por escrito sus relatos, siendo así como ha llegado a nosotros su famosa

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Rihla5, relato de viajes (Laredo, 1935:23-28). Este contemporáneo de Marco

Polo, nos ofrece una obra crucial para comprender el mundo por el que paseó gracias a la multitud de detalles que recoge, a su interés por los hombres, sus costumbres, la religión, la vida social, económica y política, pero sin profundas pretensiones literarias ni filosóficas.

Las tornas cambiaron a mediados del siglo XV cuando Tánger pasó a manos portuguesas. Si ya desde 1415 los portugueses ocupaban Ceuta, fue en 1437 cuando Eduardo I ordenó el primer intento de desembarco en la playa tangerina; hubo de desistir, pero tomar Tánger se tornó de vital importancia estratégica, por lo que a éste siguieron numerosos intentos lusitanos por ganarla. En 1458 se instalaron en Alcazarseguir, más cerca de Tánger, para, de este modo, ir cercándola poco a poco. Finalmente en 1471, tropas portuguesas con 477 barcos y treinta mil soldados (Cestino: 2004,146), toman Asila y Tánger, con la firme intención de convertir a esta última en la capital de las posesiones portuguesas en Marruecos.

A partir de ese momento los portugueses consiguieron extenderse por el resto del territorio: en 1505 controlaron Agadir, en 1506 Mogador, Safi en 1508.

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