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Contrariamente a lo que pueda llegar a entenderse, es necesario establecer que al considerar lo postmoderno como una continuación o variante de lo moderno, los autores que se presentan a continuación no niegan su existencia. Sencillamente entienden que lo postmoderno no se constituye como una ruptura total o una respuesta en radical oposición a los valores de lo moderno. En este sentido, el teórico social David Harvey (2008) acusa a aquellos intelectuales que ven lo postmoderno como una ruptura con lo moderno de manipular y simplificar lo que éste último significó. Su concepción de lo moderno pasa por entender que éste estuvo constituido por numerosas corrientes, algunas de las cuales fueron bien recibidas e integradas en lo postmoderno. Así, afirma que

los meta-relatos que los posmodernistas desacreditan (Marx, Freud, y hasta figuras más recientes como Althusser) eran mucho más abiertos, más matizados y sutiles de lo que suponen sus críticos. Marx y muchos marxistas tienen un ojo para el detalle, la fragmentación y la desarticulación que a menudo les es negado en las caricaturas que se hacen de ellos en las polémicas posmodernas.

(2008: 136) Rescatando el pensamiento de Jencks, Harvey considera que la crítica rupturista, además de llegar demasiado lejos, es la posición más sencilla de adoptar, y concluye que “hay más continuidad que diferencia entre la vasta historia del modernismo y el movimiento llamado posmodernismo” (Harvey, 2008: 137). Lo postmoderno es considerado por el autor como un periodo crisis de lo moderno en el cual se pone el énfasis en algunos valores propios de éste último, tales como la fragmentación, lo efímero y lo caótico, ya recogidos en las obras de artistas reconocidamente modernos como Baudelaire.

La postura de Jacques Rancière es curiosamente similar. Al afirmar que “no existe ruptura posmoderna” (2009: 36) el filósofo no está negando las más que evidentes diferencias entre las manifestaciones artísticas y las discusiones intelectuales y filosóficas de lo postmoderno con aquellas de principios de siglo. Al contrario, Rancière señala que estas diferencias son fruto de las paradojas y ambigüedades propias de las concepciones estéticas de lo moderno. Los agentes de lo postmoderno lo único que están haciendo es explorar estas concepciones y las problemáticas que surgen de ellas desde distintos puntos de vista, pero en ningún caso ha muerto lo moderno. La visión de los rupturistas es también considerada por Rancière como simplista, ya que reducen lo moderno a un ente monolítico y niegan la posibilidad de experimentación con los preceptos estéticos que lo moderno defiende.

Mientras que las similitudes entre las posturas de Harvey y Rancière se basan en la crítica que ambos realizan de los rupturistas por considerarlos reduccionistas y negar las posibilidades experimentales del modernismo, el nexo entre el pensamiento de Harvey y Giddens se fundamenta en que ambos consideran lo postmoderno como continuación de lo moderno en tanto periodo de reflexión. Encontrar puntos en común en el pensamiento y la obra de los otros permitió a Beck, Giddens y Lash desarrollar conjuntamente la noción de «modernidad reflexiva» (1994). Según estos autores, pasada la mitad del siglo XX lo moderno comenzó a comprender el alcance de sus propios excesos y espirales

viciosas de subyugación. Esta reflexión sobre sí mismo es entendida por los autores como parte inevitable del desarrollo de lo moderno, como una condición sine qua non para el avance y desarrollo del proyecto moderno. Beck, Giddens y Lash consideran que “si la modernización presupone un mayor grado de individualización, entonces estos individuos [los postmodernos] – menos controlados por la tradición y las convenciones – serán cada vez más libres” (1994: 113). El desarrollo de la autoconciencia y la reflexión que tiene lugar durante lo postmoderno es tan solo una deriva de lo moderno, una etapa más del proyecto social iniciado durante la Ilustración.

Esta visión es llevada un paso más allá por el sociólogo norteamericano Daniel Bell, quien considera que lo postmoderno constituyó “la culminación lógica de las intenciones modernistas” (1976: 51). Bell concibe las manifestaciones postmodernas, no como una revuelta contra lo moderno, sino como una continuidad de las aspiraciones modernas. Si bien Huyssen, cuya posición discutimos en el apartado anterior, se encuentra de acuerdo con estas premisas, el autor manifiesta que fue precisamente “el ‘éxito’ del modernismo [lo que] alteró esencialmente los términos en los cuales se percibía la cultura modernista” (2011: 327) y de ahí que se adhiera al bando de los rupturistas.

Finalmente, cabe destacar la reflexión de Lipovetsky en relación a esta cuestión. Desde una óptica bastante similar a la adoptada por Bell, en La Era del vacío: Ensayos sobre

el Individualismo Contemporáneo (2003) Lipovetsky establece que “lejos de estar en

discontinuidad con el modernismo, la era posmoderna se define por la prolongación y la generalización de una de sus tendencias constitutivas, el proceso de personalización, y … por la reducción … de su otra tendencia, el proceso disciplinario” (2003: 113- 14). Las características más significativas de lo postmoderno tales como el radicalismo cultural y político, o una cultura de masas caracterizada por un hedonismo exacerbado, son únicamente revolucionarias en apariencia, pues, de acuerdo al autor, este hedonismo es heredero directo de aquel que ya se practicaba en el periodo anterior. Asimismo, el libertinaje – practicado por las altas esferas de la sociedad desde hacía bastante tiempo – tampoco supuso ninguna novedad, simplemente se democratizó.

Teniendo en cuenta todas estas consideraciones no sería descabellado pensar que, efectivamente, lo postmoderno no supuso una ruptura radical con lo moderno, sino que

se configuró, o bien, como una crítica, o bien, como una intensificación de diferentes cualidades propias de lo moderno. Así, Pelia Goulimari, la editora de Postmodernism.

What Moment? (2011a), una de las guías más comprensivas de lo postmoderno desde

una visión retrospectiva sostiene que “cualquier celebración triunfal de lo postmoderno contra lo moderno está fuera de lugar” (2011a: 1).