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El control del discurso y los modos de reproducción discursiva

In document DISCURSO Y PODER - VAN DIJK, TEUN A.pdf (página 65-68)

Una condición importante para el ejercicio del control social a través del discurso es el control del discurso mismo y de su producción. Por lo tanto, las preguntas centrales son las siguientes: ¿quiénes pueden decir o escribir qué a quiénes y en qué situaciones? ¿Quiénes tienen acceso a las diversas formas o géneros de discurso o a los medios de su reproducción? Cuanto menos poderosa es una persona, tanto menos acceso tiene a las diversas formas de texto o de conversación. En última instancia, quien carece por completo de poder o, literalmente, «no tiene nada que decir», nadie con quien conversar o debe permanecer en silencio cuando las per- sonas más poderosas están hablando, como les ocurre a los niños, a los prisioneros, a los acusados y (en algunas culturas, a veces en algunas de nuestras propias culturas) a las mujeres. En la vida cotidiana, la mayoría de la gente sólo tiene acceso activo como hablante a la conversación con los miembros de su familia, con los amigos o con los colegas del trabajo. Ocasionalmente, en diálogos más formales pueden dirigirse a represen- tantes institucionales o a sus superiores en el ámbito laboral, pero en esos casos cumplen un papel más pasivo y reactivo. En la comisaría, en el tri- bunal, en las oficinas de asistencia social, en el aula o en otras institucio- nes de la burocracia social, se espera que hablen o den información sólo cuando se les solicita o se les ordena que lo hagan. Cuando se trata de otro tipo de discurso más formal, público o impreso (incluyendo los de los medios de comunicación masiva) habitualmente los menos poderosos sólo son receptores.

Los grupos más poderosos y sus miembros controlan o tienen acceso a un rango cada vez más amplio y variado de roles, géneros, ocasiones y estilos de discurso. Controlan los diálogos formales con sus subordina- dos, las reuniones de presidencia, dictan las órdenes o leyes, escriben (o han escrito) muchos tipos de informes, libros, instrucciones, relatos o di- versos discursos de los medios masivos. No sólo son hablantes activos

en la mayoría de las situaciones, sino que además pueden tomar la ini- ciativa en encuentros verbales o en discursos públicos, determinar el «tono» o el estilo del texto o la conversación, estipular los temas que ha- brán de tratarse y decidir quiénes serán participantes y quiénes recepto- res de sus discursos. Es importante destacar que el poder no se manifiesta sólo «en» o «mediante» el discurso; también tiene una importante fuerza de organización de la sociedad «detrás» del discurso. En este punto, la relación entre el discurso y el poder es estrecha y constituye una mani- festación bastante directa del poder de clase, grupo o institución y de la posición o el estatus relativos de sus miembros (Bernstein, 1971-1975; Mueller, 1973; Schtzman y Strauss, 1972).

El poder se ejerce y se expresa directamente en virtud del acceso di- ferencial a los diversos géneros, contenidos y estilos del discurso. Este control puede analizarse más sistemáticamente atendiendo a las formas de (re)producción del discurso, a saber, las formas de la producción ma- terial, la articulación, la distribución y la influencia. Así vemos cómo las organizaciones de los medios y su propietarios corporativos (a menudo internacionales) controlan tanto las condiciones de producción financiera del discurso como las tecnológicas, por ejemplo, las de las industrias de los periódicos, la televisión y las editoriales así como las industrias de la telecomunicación y los ordenadores (Becker, Hedebro y Paldán, 1986; Mattelart, 1979; Schiller, 1973). Mediante inversiones selectivas, control de presupuestos, contrataciones (y despidos) y, a veces, mediante la in- fluencia o las orientaciones editoriales directas, también pueden contro- lar en parte los contenidos o, al menos, la libertad del consenso y el di- senso de la mayoría de las formas de discurso público. En el caso de los medios que operan privadamente y dependen de los anuncios publicita- rios, ese control indirecto puede estar en manos de los grandes anun- ciantes y hasta de prominentes actores de las noticias (principalmente ins- titucionales) que habitualmente suministran información de la que los medios dependen. Los mismos grupos de poder controlan además los di- ferentes modos de distribución, especialmente del discurso de los medios masivos y, por consiguiente, también controlan, en parte, los modos de influir en el texto y la conversación públicos.

El modo de producción de la articulación está controlado a su vez por lo que podríamos llamar las «élites simbólicas», conformadas por perio-

distas, escritores, artistas, directores, académicos y otros grupos que ejercen poder sobre la base del «capital simbólico» (Bourdieu, 1977, 1984; Bourdieu y Passeron, 1977). Éstos tienen una relativa libertad y, por ende, un relativo poder en cuanto a decidir sobre los géneros de discurso dentro de sus esferas de poder y en cuanto a determinar los temas, el es- tilo o la presentación del discurso. Este poder simbólico no se circuns- cribe a la articulación en sí misma, sino que se extiende al modo de in- fluencia. Estas élites simbólicas pueden fijar las agendas de las discusiones públicas, influir en la importancia de los temas tratados, intervenir en la cantidad y el tipo de información, especialmente respecto a quiénes se re- trata públicamente y a cómo se los pinta. Son los fabricantes del conoci- miento, las creencias, las actitudes, las normas, la moral y las ideologías públicas. De tal modo que su poder simbólico es también una forma de poder ideológico. A pesar de los problemas que presenta la noción de «élite» (Domhoff y Ballard, 1968), conservamos este término para denotar un concepto extendido (en contraste con Milis, 1956, por ejemplo), que también abarca el control social exclusivo que ejerce un grupo pequeño. Esto es, afirmamos que, además de las élites políticas, militares y econó- micas, las élites simbólicas desempeñan una función esencial en el marco ideológico que sustenta el ejercicio y el mantenimiento del poder en nues- tras modernas sociedades de la información y la comunicación.

Sin embargo, puesto que la mayor parte de esas élites están maneja- das por el Estado o por corporaciones privadas, también ellas sufren res- tricciones a su libertad de articulación que emergen en varias propieda- des de su discurso. La voz de la élite suele ser la voz del amo corporativo o institucional. Los intereses y las ideologías de las élites en general no son fundamentalmente diferentes de quienes les pagan o los apoyan. Sólo unos pocos grupos (por ejemplo, novelistas y algunos académicos) tie- nen la posibilidad de ejercer el contrapoder, que sin embargo debe ex- presarse dentro de las presiones de la publicación. Lo habitual es que la dependencia de la élite se oculte ideológicamente mediante diversos va- lores, normas o códigos, por ejemplo, en virtud de la creencia amplia- mente difundida en la «libertad de expresión» que reina en los medios de comunicación masiva (Altheide, 1985; Boyd-Barrett y Braham, 1987; Da- vis y Walton, 1983; Downing, 1980, Fishman, 1980; Gans, 1979; Golding y Murdock, 1979; Hall, Hobson, Lowe y Willis, 1980).

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