48 DOCUMENTAR SOBRE EL EXCESIVO TRABAJO DE LAS MUJERES EN ESTOS
2.2.4 Controlar a las hijas
Cuando la hermana menor de Narcisa quedó embarazada, el principal temor era que su padre se enterara. La muchacha llevaba ya varios meses de estar supuestamente enferma; nadie había logrado detectar en la comunidad qué era lo que le sucedía y ante tanta incertidumbre, las hermanas y la madre de la joven temían que estuviera “embrujada”.
Fue hasta que las mujeres recurrieron a la matrona del pueblo, quien le dijo a la madre de Narcisa que la joven estaba embarazada. La noticia sorprendió tanto a la madre de la muchacha que, según relata Narcisa, no podía dejar de llorar. Quizá la decepción, pero fundamentalmente el temor que la invadía a ella y a sus hijas por tener que darle la noticia al padre, la mantenían llorando todo el tiempo. Era tan conocido el carácter del padre de Narcisa entre la gente del pueblo, pero sobre todo la gravedad que implicaba que una mujer soltera quedara embarazada, que fue la misma matrona quien suplicó a la madre de Narcisa que no permitiera que su esposo fuera a hacerle daño a la futura madre, que no la golpeara; si él deseaba indagar quién había sido el padre de la criatura podría indagarlo, pero que dejara las cosas como estaban y en paz a la muchacha.
En un contexto citadino, Hélida se enfrentó a una situación muy similar cuando quedó encinta a la edad de 14 años. Para su madre, quien fungía como proveedora del hogar, fue razón suficiente para correr a Hélida de la casa y propinarle una sarta de ofensas y groserías: “¿Sabes que ya te desgraciaste la vida? ¡Ya te cargó tu rechingada madre! ¡Putas aquí no quiero!” Fue la respuesta de la madre ante la situación de Hélida, quien al no entender el significado del regaño, le contestó a su madre que no tenía adónde ir y que se quedaría en la casa. Y es que Hélida suponía que estar embarazada era como “tener un dolor de estómago”, que se lo diría a su madre y que ésta no le daría la mayor importancia. Hélida señala que nunca entendió a qué se debía la reacción de su madre; además desconocía por completo lo que implicaba estar embarazada y tener un hijo, no fue hasta su tercer nacimiento, en un breve lapso de tiempo, que comenzó a darse cuenta de la responsabilidad que suponía tener un hijo o hija.
93 Y es que el gobierno de las mujeres encabezado por el varón, jefe de familia, no se agota en la relación de dominio que ejerce sobre su esposa; las hijas, con distintas obligaciones, también se hallan inmersas en una lógica de ejercicio de poder y obediencia en las relaciones que establecen con su padre.
Habrá que enfatizar, no obstante, que el control sobre las mujeres no proviene únicamente del padre, existen múltiples mecanismos de vigilancia y coacción ejercidos sobre las hijas por parte de la comunidad en general, la madre, las abuelas, las tías y, desde luego, los hijos varones. Una forma de control llama la atención sobre las demás: que las hijas, esposas, hermanas, nietas no se relacionen, hasta determinado tiempo y bajo ciertas condiciones, con otros varones de la comunidad. Desde muy pequeñas a las hijas se les priva del juego y, en ocasiones, de la interacción con los/las otros/as niños/as de la comunidad, colocando así, por encima de la educación, el ocio, la diversión y el descanso, la necesidad de trabajar en el campo y colaborar con las faenas domésticas. Luego, cuando llegan a la adolescencia, los mecanismos de poder que se ejercen sobre las hijas se tornan más rígidos y entonces las constricciones van desde no platicar con los hombres de la comunidad, no tener amigos/as, no asistir a los bailes y fiestas del pueblo, no tener novio, hasta no salir de la comunidad en busca de un empleo que les permita tener un ingreso propio.
Una inquietud latente es la que se impone sobre esta serie de mandatos y en la que se pone en juego, como en ninguna otra, la autoridad paterna sobre las hijas: el control sobre su cuerpo, sobre su sexualidad. Quizá sea esta una pista para entender por qué a las mujeres se les prohíbe estrictamente interactuar con los hombres de su comunidad, por qué entre las madres, abuelas y hermanas priva la consternación si alguna hija, nieta o hermana llega a quedar embarazada sin haberse casado y por qué un evento de esta naturaleza supone para el padre de familia un motivo de gran enojo, decepción y, ante los ojos de la comunidad, desprestigio y fracaso de su autoridad.
En el contexto colonial, el honor consistía en un conjunto de “valores morales” que se expresaban en el comportamiento personal y eran el referente
94 para juzgar el comportamiento de los miembros de la sociedad. Las mujeres, estaban sujetas a restricciones más rígidas en relación a su comportamiento que los hombres; la transgresión sexual femenina afectaba no sólo el honor de cada mujer sino el de su familia, por lo que esto era un asunto que demandaba la vigilancia de la familia y la comunidad. La garantía sobre la condición íntima de una mujer se tenía que evidenciar al igual que su filiación étnica y la condición de su nacimiento. “O sea, que entre los aportes de la mujer a su futuro marido, uno de los objetos que merecía especial atención era la entereza física, que le garantizaba a aquél su absoluta y exclusiva posesión sexual y la seguridad de que la progenie era suya” (Lavrin, 2005: 500). Por lo tanto, el deshonor siempre recaería sobre los hombres que no habían sabido velar por el honor sexual de las mujeres de su familia y la única forma de reparar el honor y la pérdida de valía social de una mujer que perdía la virginidad, era mediante el matrimonio (Lavrin, 2005: 503).
No obstante, las vías de trasgresión a la autoridad paterna en aquel contexto y en el más contemporáneo pueden ser de lo más diversas y medirse según el grado de infracción a los principios que rigen la convivencia y el orden familiar. Así, las mujeres pueden permitirse ir a los bailes del pueblo o tener novio desde edades muy tempranas y verse con él “a escondidas en el campo”, decidir migrar a la ciudad para buscar un empleo, o incluso quedar embarazadas y huir con la pareja sin tener que casarse.
En San Francisco Nuxaño, su pueblo de origen, Carmen mantuvo una relación amorosa durante tres años sin que su padre lo supiera. Ella estaba segura de que en su familia no aprobarían su relación y que su padre se opondría, pues según él, sus hijas no estaban en edad suficiente para tener novio. Cuando por fin Carmen decidió dar a conocer que tenía un novio y que deseaba casarse con él, se lo confesó primero a su madre y ésta, tal como Carmen lo suponía, no lo consintió: “él no está aquí, no tiene nada”. Fue a través de la madre de Carmen que se lo hicieron saber al papá, pero los planes de casamiento ya se habían urdido entre la pareja de jóvenes. Tres años mantuvo Carmen su relación a
95 escondidas, durante este tiempo veía a su novio en el campo, en algún sitio, lejos de la vigilancia del pueblo o de su padre.
Estas son sólo algunas de las prescripciones que las empleadas domésticas que han tenido que acatar como parte de su condición de mujeres e hijas en el seno de sus respectivas familias. Existen, sin embargo, rituales y prácticas de mayor rigidez donde la autoridad paterna se hace evidente con mayor fuerza. La consumación de un matrimonio o el paso de una hija a la condición de esposa es una decisión que debe ser aprobada por el jefe de familia.
Una vez que el padre de Carmen se ha enterado de que su hija tiene un novio y que además desea casarse con él, determina que el joven tendrá que ir a hablar con él inmediatamente y después tendrá que ir acompañado de sus padres. En la primera cita, el padre y la madre de Carmen desean conocer las intenciones del muchacho, su oficio, adónde pretende llevar a su hija de llegar a casarse. La madre no está convencida de que el joven sea una buena opción para su hija y reniega de que él viva en la ciudad y su hija en el pueblo. En la segunda reunión, ahora con los padres de él, se excluye a los novios, no se les da cita, se trata de un arreglo entre los padres y madres de cada uno de los/as futuros/as esposos/as en el que se fraguan y se establecen las condiciones de la futura unión, se intercambian ofrecimientos, se cierran pactos.
2.3 Llegar a trabajar a la ciudad. La casa urbana familiar como espacio de