E
l drama de Sodoma y Gomorra es, sin duda, uno de los más complejos de toda la Biblia. Lamentablemente, es también uno de los textos peor tradu- cidos y, por tanto, se presta a interpreta- ciones muy diversas cuando no alejadas de las inquietudes sugeridas por el na- rrador. Una gran parte del problema reside en la tradición hermenéutica del cristianismo de la cual se nutren las ver- siones castellanas de nuestro tiempo. Los errores exegéticos presentes en las antiguas versiones históricamente im- portantes como la Septuaginta (LXX o Biblia de los Setenta) y la Vulgatanunca han sido objeto de cuestionamiento o escrutinio detallado por lo que se refiere al lenguaje empleado en el relato de So- doma.[1] No obstante, y como se des- prenderá del presente ensayo, el tema merece un análisis detenido.A continuación me propongo demostrar cómo un error de traducción concreto tergiversa el mensaje inherente a un pa- saje de la leyenda de Sodoma, de por sí relativamente claro, imponiéndole otro mensaje distinto y confuso. El ejemplo en cuestión figura en el capítulo 19 del Génesis. El versículo 9 del texto hebreo comienza con la palabra gēsh(pronúnciese
guēsh). He aquí el imperativo irregular del verbo nágash, “acercarse”. Lo que sucede es que las autoridades locales mandan a Lot que se acerque, paso lógico ya que quieren llevárselo detenido para tratarlo “peor que a ellos”. Es decir, como Lot se ha mostrado desobediente al ne- garse a cumplir la orden de entregar a sus dos visitantes, su situación es precaria. Los lugareños hablan de él despectiva- mente diciendo que vino a su ciudad como inmigrante y ”quiere actuar como juez”. Es evidente que no tiene en la multitud agolpada frente a su casa quien lo defienda o proteja. Posiblemente le esperen ahora una o varias formas de castigo: juicio, cárcel, tortura, expulsión de la ciudad o pena de muerte.
Trazando este tenso panorama, el narrador hebreo se expresa con naturalidad. Donde los sodomitas dicen gēsh, la traducción adecuada sería la literal en la forma de “acércate” o “ven acá”. Sin embargo, las versiones castellanas de hoy lo complican todo. De las diez versiones examinadas,[2] éstas son las propuestas aportadas por los traductores: apártate (1), hazte a un lado (1), quítate allá (1), quita allá (2) y quítate de ahí (4). O sea, estas nueve [1]Véanse mis obras Biblia y homosexualidad
¿Se equivocaron los traductores?(2011) y Love Lost in Translation. Homosexuality and the Bible (2013).
[2]Biblia del Peregrino, Dios Habla Hoy, Edición Popular, Evaristo Martín Nieto, José Miguel Pe- tisco, Moisés Katznelson, Nácar-Colunga, Nueva Biblia de Jerusalén, Nueva Versión Internacio- nal, Reina-Valera.
ediciones bíblicas modifican la orden emi- tida cambiando el sentido completamente, haciendo que signifique todo lo contrario. Como por arte de magia, “acércate” se convierte en “aléjate”. La situación creada por los traductores es también absurda por otra razón: Lot no tiene dónde ir. Acaba de cerrar la puerta y su casa está asediada. Sólo una versión (NBJ) sugiere una alternativa: “¡Venga ya!” Esta opción se ajusta mejor a la acción descrita, sin que la podamos calificar de equivalente exacto de gēsh.
Llama la atención la marcada tendencia a la tergiversación que revelan nueve versiones castellanas, o sea, el 90 por ciento de las consultadas, junto con la opción algo menos inoportuna sugerida por la NBJ. La presencia tan masiva de traducciones equivocadas nos hace sos- pechar que debe existir una causa o fuente concreta que motive la misma. De hecho, si buscamos en dos antiguos monumentos de la traducción bíblica en- contraremos pronto la respuesta: el origen de la confusión se encuentra en la LXX y la Vulgata. En ambos casos es evidente que los traductores de estos pilares lite- rarios y espirituales del cristianismo pri- mitivo y medieval se han visto desorien- tados ante el imperativo gēsh hasta el punto de no detectar su procedencia del verbo nágash, “acercarse”.
La explicación de este problema puede que se encuentre en la estructura verbal del hebreo clásico. Sucede que los impe- rativos del idioma suelen tener dos o tres sílabas y la inusual brevedad del mo- nosílabo gēshparece que ha inducido a los traductores a pensar que se trata de algún verbo distinto de nágash, o quizás de una simple interjección. En todo caso, la LXX pone en este lugar la palabra griega
aposta, imperativo del verbo aphistēmi, “apartarse” o “alejarse”. O sea, en este versículo el traductor ha aportado un mensaje que es la antítesis de lo que plantea el texto original. De esta manera comprobamos con asombro que un error de traducción, introducido en el texto griego de la Septuaginta hace más de 2000 años, sigue intacto y tan vigente en
las versiones de hoy como en el primer momento.
Si pasamos a revisar la Vulgata para ver cómo Jerónimo a su vez resolvió esta duda, nos espera otra sorpresa. Según esta versión latina, el gentío de Sodoma dice a Lot recede, que significa “hazte para atrás” o “échate para atrás”. También en este caso la idea desentona con el hilo de la narración hebrea ya que Lot se encuentra con la espalda pegada a la puerta cerrada de la casa. No hay manera de que se eche atrás. El único espacio disponible para moverse se ubica delante de él, situación que concuerda perfecta- mente con la orden emitida: “Acércate”. De todos modos, la presencia en la Vulgata de recede parece no haber influido en las versiones castellanas. Sin embargo, en varias ediciones modernas del mundo anglosajón este precedente es obvio en la traducción stand back, “hazte para atrás”, frase que ya figura en la veterana
King James Version de 1611.
Debido al prestigio y renombre de la LXX y la Vulgata, es tal vez comprensible que las versiones castellanas sigan repitiendo o imitando hasta nuestros días el error aquí analizado. No obstante, el resultado es lamentable ya que la confusión sem- brada por las versiones crea una dificultad innecesaria para todo lector moderno que intente comprender a fondo la trama del relato de Sodoma, que es de por sí sutil y compleja. Habiendo ya transcurrido tantos siglos, va siendo hora de que los traductores de la Biblia adopten meto- dologías más rigorosas y basadas en el respeto a cada detalle de la redacción hebrea. Mientras esto no ocurra, se plan- tean dos problemas de gravedad: (a) la violenta tragedia que se abatió sobre la legendaria ciudad bíblica seguirá siendo un misterio para la mayoría de las personas de nuestro tiempo y (b) las incertidumbres sembradas por los traductores darán pie a una serie de interpretaciones que poco o nada tienen que ver con la amplia saga de Abraham y Sara, de la que los trágicos sucesos de Sodoma forma una pieza clave. R
L
a noticia, remitida por telegrama desde lo que es hoy Irak, corrió como un reguero de pólvora y dio la vuelta al mundo. El extraordinario “descubrimiento”, realizado en la antigua Ur Kasdim (la bíblica “Ur de los Caldeos”), llenó los titulares de la Prensa en los Estados Unidos y en Inglaterra.Quien enviaba el telegrama no era nin- gún improvisado cazador de tesoros: Sir Leonard Woolley (Londres, 1880 - 1960), era considerado el primer ar- queólogo moderno, y fue nombrado caballero en 1935 por sus contribuciones a la disciplina.
Graduado de la Universidad de Oxford, tras trabajar tres años en el Ashmolean Museum de la misma ciudad, viajó a Sudán para participar en 1907 y 1911 en la expedición arqueológica británica en el yacimiento egipcio de Wadi Hal- fa.
En 1912 dirigió, junto al aventurero T.E. Lawrence (más conocido como “La- wrence de Arabia”), las excavaciones de la ciudad hitita de Karkemish, en la Siria septentrional, donde permaneció
dos años y cuyos hallazgos publicó entre 1921 y 1953. Posteriormente, viajó a Egipto para dirigir la excavación en Tell el Amarna, de Akhetaton, la ciudad ca- pital fundada por el faraón hereje Akhe- natón.
El descubrimiento de las supuestas hue- llas del Diluvio bíblico se produjo entre 1922 y 1934, cuando Woolley dirigía las excavaciones en la citada ciudad su- meria de Ur, patrocinado por el Museo Británico y la Universidad de Pennsyl- vania. Precisamente en 1922, Woolley comenzó a excavar una colina de ruinas de 12 m de altitud en el desierto de Iraq, a mitad del camino entre Bagdad y la punta del Golfo Pérsico, y a unos 24 Km. al suroeste de la actual Nasiriya. Las ruinas eran llamadas por los habi- tantes locales Tell al-Muqayyar (“mon- tículo de brea”).
La derruida torre de un gran templo marcaba el lugar donde, en otros tiem- pos, se alzó Ur. En ese preciso lugar (si- tuado en la ribera sur del Éufrates), Woolley y sus obreros descubrieron una serie de 16 sepulturas a las que se de-