Costa Rica, con sus 4,5 millones de habitantes, aparece como uno de los países centroamericanos con menor volumen de población pero, al mismo tiempo, con mayor
155 María Lourdes Cortés, La pantalla rota: Cien años de cine en Centroamérica, Taurus, México, 2005.
156 Algunas naciones de esta subregión, como Jamaica o Haití, han sido motivo de producciones audiovisuales por parte
de países caribeños y latinoamericanos. Basta recordar, en el caso de Haití, algunas películas cubanas (Cumbite, de Tomás Gutiérrez Alea, Simparelle, de Humberto Solás, o El cielo y la tierra, de Manuel Octavio Gómez) donde los problemas y la cultura de esa nación, incluidos algunos de sus intérpretes, como la cantante Mirtha Jean-Claude, fueron lúcida y solidariamente tratados. También lo hicieron, desde República Dominicana, los cineastas del Instituto de Cine y Televisión de ese país, documentando en Vía Vía el calvario de los trabajadores haitianos en las plantaciones de caña de dicha República. Todo ello, a pesar de los Duvalier, quienes en 1969 habían dictado un Decreto Ley por el cual se declaraban “crímenes contra la seguridad del Estado las actividades “comunistas” en cualquier forma que se den,
verbales o escritas, públicas o privadas, incluyendo, imágenes y libros”. Y, en consecuencia, también, películas.
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desarrollo social si se lo compara con los vecinos –se la ha bautizado como “la Suiza de Centroamérica” -, y al mismo tiempo con un probado interés por la producción audiovisual, reforzado a partir de los años ´70 con la implementación de algunas políticas de fomento estatal. Insuficientes todavía, si se considera que a más de 100 años de historia del cine, se habían filmado en el país, hasta 2004, entre 13 y 14 largometrajes.
A principios de los años ´70 el gobierno costarricense decidió fundar, mediante un convenio de cooperación con UNESCO, el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes (MCJD), dentro del cual se estableció en 1974 el primer Departamento de Cinematografía, destinado a sostener una producción fílmica en términos constantes. Tres años después, en 1977, la Ley N° 6185 dio vida a al Centro Costarricense de Producción
Cinematográfica (CCPC), organismo que vino a desplazar al anterior con la finalidad de "fomentar y desarrollar la producción y cultura cinematográfica nacionales", promoviendo la realización de filmes de bajo presupuesto, la preservación del patrimonio fílmico y la cultura audiovisual.
El país tenía entonces algunos antecedentes en materia de actividades productivas, si se recuerda que el primer filme de ficción, El retorno, de A. F. Bertoni, fue filmado en la época del cine mudo (1930), y que sus formidables escenarios naturales habían servido a producciones de otros países, como fue Carnaval en Costa Rica, largometraje de ficción rodado en 1947 por una major hollywoodense, y Elvira, una película dirigida por el mexicano Alfonso Patiño, con historia, actores y locaciones costarricenses, que se concluyó en 1954.
Algún estudio refiere que a fines de los ´70, Costa Rica tenía cuatro veces más salas que su vecino Panamá –140 salas, de las cuales 25 se encontraban en San José- y su índice de concurrencia a las salas figuraba entre los más elevados de América Latina: 4 veces persona/año. La existencia del Departamento de Cine, estimuló la actividad productiva en materia de cortos y mediometrajes, en su mayor parte de carácter documental, destinados a cumplir fines educativos y de promoción sociocultural. El primero de esos trabajos, Agonía de la montaña, de Ingo Nichaus, fue presentado por el propio Ministro de Cultura en la emisión que tuvo lugar por los cuatro canales de TV que tenía el país. En esa línea prosiguió la labor del Departamento y luego, a partir de 1977, la del CCPC.
Buena parte de esa producción fue más allá de la simple propaganda de los actos de los sucesivos gobiernos y destacó los problemas y necesidades de la salud pública y el bienestar social, la agricultura y la cultura en general, tal como quedó testimoniado en Las cuarentas (1975) de Víctor Vega, La cultura del guaro (1975), de Carlos Freer; Puerto Limón, mayo 1974, de Víctor Vega y Edgar Trigueros; Los presos (1975) de Víctor
Ramírez, y Costa Rica: Banana Republic (1975) de Ingo Niehaus.
En el marco de un festival de Nuevo Cine Mexicano que se realizó en San José en 1976 y a iniciativa de algunos cineastas mexicanos y centroamericanos que propusieron articular una red de directores y productores de cine para promover el cine local a escala
continental, se desarrolló el proyecto de Istmo Film, basado en tres pilares: una
productora: Istmo Film; una distribuidora: Distribuidora del Istmo; y una sala de exhibición: Sala Garbo, en San José.
Según observa María Lourdes Cortés, el actor Omar Castillo viajó por el resto de la subregión intentando que otros países adoptaran también ese proyecto para generar un intercambio centroamericano, pero la situación política de aquellos no permitió que la propuesta cuajara.
“Istmo Film se convirtió en la productora independiente mejor equipada de Centroamérica y su labor más importante –a menudo en coproducción- fue la realización de filmes sobre
los conflictos centroamericanos del momento. De hecho, los primeros cinco trabajos del grupo abordaron la situación de la región”.
Tales trabajos fueron Patria libre o morir (1979) de Antonio Yglesias y Víctor Vega, documental sobre la revolución sandinista en Nicaragua; La insurrección (1980) del alemán Peter Lllienthal, largometraje de ficción sobre el mismo tema; El Salvador, el pueblo vencerá (1980), del puertorriqueño Diego de la Texera, sobre las guerrillas en El Salvador; Alsino y el cóndor (1982) del chileno Miguel Littín; y La guerra de los filibusteros (1980), documental sobre la invasión de William Walker a los países de Centroamérica en el siglo XIX.158
En 1982 este proyecto se disolvió, entre otras cosas, por dificultades de financiamiento. Uno de sus propulsores, el empresario y director teatral Nicholas Baker se quedó con el equipamiento técnico y con la Sala Garbo, servicios que todavía funcionaban en 2004 en San José.
En materia de largometrajes, durante los años ´80 se realizaron cinco largometrajes: La Negrita, del mexicano-estadounidense Richard Yñiguez (producido en 1983 y estrenado en 1985); Senda ignorada, de Ingo Niehaus (1983), el único largometraje producido por el CCPC; La segua (1984) de Antonio Yglesias y producido por Oscar Castillo; Los secretos de Isolina (1986) de Miguel Salguero, filmado en 16mm con actores no profesionales; y Eulalia, también de Castillo, el primer filme costarricense que logró amortizar sus costos en el mercado local. Se estima que el costo promedio de una producción nacional es de entre 200 mil y 700 mil dólares, debido a que los rubros de material de filmación, equipos y procesado, deben abonarse en divisa extranjera, por carecer el país de empresas propias para esa labor.
La riqueza de los escenarios locales y la posibilidad del CCPC de participar en coproducciones, estimuló la presencia de algunas inversiones externas, dentro de las cuales se destacó El Dorado, de Carlos Saura, filmada en 1987.
Desde su creación, hasta el momento en que cesó sus actividades productivas en 1986, el Centro de Cine produjo más de 100 cortos y mediometrajes, documentales y de ficción, que representan en total unas 60 horas de proyección. A mediados de los años ´90, el CCPC disponía de un presupuesto anual de aproximadamente 185 mil dólares que provenían del Presupuesto Nacional y eran girados por el MCJD, en cuya jurisdicción se ubica el Centro de Cine.
De acuerdo con un informe de la cineasta Gabriela Hernández, el país no cuenta con normas legales para el fomento del cine, limitándose ellas a un decreto de exoneración de impuestos a las exportaciones temporales de equipos de cine y video y una ley de
propiedad intelectual que fue promulgada en 1996.
Ante la carencia de un marco legal destinado específicamente al fomento de la producción fílmica y audiovisual, algunos productores se vinculan al CCPC con el fin de que dicho organismo declare de interés cultural alguno de sus proyectos, facilitando así inversiones privadas en el sector a través de incentivos fiscales y deducción de impuestos.
En los años ´90 se experimentó un proceso de franca recesión en las actividades del CCPC y de la producción independiente, acentuándose en cambio la del cine publicitario para el mercado local y también para otros países de la región centroamericana, México y el Caribe. Ello permitió a diversos realizadores procedentes del cine documental
desarrollarse en términos técnicos y mejores condiciones de producción para crear sus
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propias empresas. A ellos se agregaron otros jóvenes cineastas formados en diferentes escuelas internacionales y más familiarizados con el manejo de otras tecnologías y producciones de bajo presupuesto.
También en los años ´90 confluyeron en Costa Rica diversos proyectos de coproducción con mayoría de capitales externos, los que se tradujeron en documentales y películas de ficción realizadas con empresas de Francia, Dinamarca y Brasil, promoviendo todo ello la firma de acuerdos bilaterales de coproducción, capacitación y preservación del archivo fílmico, los que tuvieron lugar con México (1995), Venezuela (1996) y Cuba (1996).159 A finales de los años ´90 e inicios del nuevo siglo, se mantenía una significativa actividad en el sector, con el rodaje de algunos largometrajes norteamericanos en los escenarios locales, la producción de documentales de temas ambientalistas, la realización de materiales de carácter social, informativo o educativo para instituciones públicas y
privadas, y el cine publicitario sostenido en las campañas de las filiales locales de grandes agencias, como MacCann-Erickson y BBDO Garnier.
Sobre estos antecedentes se explica la reactivación productiva de los primeros años de este siglo: Asesinato en El Meneo (2001) de Oscar Castillo, con el actor mexicano Pedro Armendáriz; Password. Una mirada en la oscuridad (2001), de Andrés Heidenreich, con producción y guión de Ingo Niehaus, un cineasta que cuenta con importantes
antecedentes fílmicos en el CCPC, como Banana Republic y Senda ignorada.
Otros filmes de este último período, financiados íntegramente con capitales nacionales, fueron Mujeres apasionadas, de Maureen Jiménez, producida por Oscar Castillo;
Marasmo (2003) de Mauricio Mendiola, sobre una historia colombiana, y Caribe (2004), de Esteban Ramírez, con actores “ticos”, cubanos, españoles y mexicanos, filme que recibió buena acogida por parte de la crítica (obtuvo el premio a la mejor dirección en el Festival Latinoamericano de Trieste y cuatro galardones en el XXX Festival Iberoamericano de Huelva) y logró motivar el interés del público local, convocando a unos 60 mil
espectadores en sus dos primeros meses de exhibición en el país.
En lo referente a la situación del mercado local, las majors dominan casi totalmente el mercado a través de las dos principales distribuidoras locales. El país tenía en 1995 unas 40 salas de cine, dedicadas a exhibir un total de 200 películas, de las cuales, el 95% procedía de los EE.UU. Las tres cuartas partes de este negocio se centralizaba en la empresa distribuidora Magaly, correspondiendo el 25% restante a Discine y Sala Garbo. En 2004 se contabilizaban un total de 83 pantallas en todo el país, ubicadas en su mayor parte en centros comerciales y con el mismo tipo de programación.
El volumen de espectadores superaba la cifra de 2 millones por año, lo cual podía significar aproximadamente 4 millones de dólares de recaudación anual, si se considera un precio promedio de entre 2,5 y 3 dólares por entrada.
De las compañías distribuidoras existentes en el país, una de ellas, Magaly –actualmente Distribuidora Romaly- controlaba el 75% de la comercialización de las aproximadamente 200 películas que se ofertaban cada año. El cine norteamericano representa el 95% de los títulos exhibidos en las salas, correspondiendo el 5% restante a los otros países del mundo.
La excepción la constituye un pequeño grupo de salas, Cines Garbo, ubicadas en San José y ocupadas de programar lo que se conoce como "cine de calidad" (cine de autor,
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europeo, latinoamericano). Algo parecido sucede con una pequeña sala del Circuito de Cines Magaly, dedicada a ofertar filmes “diferentes”.160
El mayor consumo de películas se desarrolla en el circuito de video (existe más de un millar de videoclubes, de los cuales poco más de un centenar funciona legalmente) y en la televisión, particularmente la de pago, vía cable o satelital, con capacidad para transmitir desde 50 a más de 220 canales. En este sector la hegemonía de las películas
norteamericanas (largometrajes, documentales, series, comedias, infantiles, etc.) es casi total, siendo casi inexistente la presencia de títulos iberoamericanos. No aparece tampoco inquietud alguna por la promoción del cine regional desde las pantallas televisivas.
En este contexto se destacan, sin embargo, algunas importantes iniciativas. Un ejemplo de ello es la aparición en 2004 de las primeras acciones de un ambicioso proyecto de integración subregional, como es el de CINERGIA, dirigido por la gestora e investigadora María Lourdes Cortés. El mismo surgió a partir del esfuerzo conjunto del CCPC, el Ministerio de Cultura y FUNDACINE, junto con la cooperación internacional de la
holandesa HIVOS, la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, la Fundación Ford y la Universidad Veritas.
Según los propulsores de esta iniciativa, la finalidad principal de la misma es fomentar la producción y la capacitación audiovisual entre los países de Centroamérica y Cuba, objetivo que ha comenzado a verificarse en 2004 con el otorgamiento de un total de 100 mil dólares como ayuda directa para 12 proyectos de cortos y largometrajes, entre los 77 presentados, y 35 mil dólares para becas de capacitación. Algo parecido se preveía para el año 2005, lo cual ubicaba a este proyecto como un claro referente para la región y para las políticas de integración subregionales.
Este tipo de iniciativas suple por el momento la carencia de aportes de organismos de cooperación, como el Programa Ibermedia (el gobierno se niega a proporcionar recursos para dicho Fondo) y la dificultad formal de realizar coproducciones en el marco de la CACI (recién en 2004 el cine de este país ingresó a los acuerdos suscritos en ese organismo quince años atrás).
CUBA
En términos meramente industriales, la producción de películas en Cuba se remonta a períodos anteriores a la Revolución habiendo sido en un momento uno de los países con mayor actividad en este sentido, sólo superado en la región por México, Brasil y
Argentina. En los años ‘50, década previa al triunfo de la Revolución, el país produjo una media de 6 películas anuales cifra superior a la que en ese mismo período representaban países con mayor población y mercado, como Venezuela, Colombia, Perú y Chile –y lo hizo con capitales privados locales e inversiones de compañías norteamericanas.
Obviamente, los contenidos de las producciones, cambió drásticamente a partir de 1960, meses después de que fuera sancionada, en marzo de 1959, la Ley Nº 169 la primera de ese carácter que el Gobierno Revolucionario dispuso para el área de la cultura. Sin modificación alguna desde entonces, la ley establece en su artículo 1° la creación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfico (ICAIC), "organismo de carácter autónomo", que tiene como finalidad "organizar, establecer y desarrollar la industria cinematográfica, atendiendo a criterios artísticos enmarcados en la tradición cultural
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Informe presentado por la delegación costarricense en la Reunión de Productores Latinoamericanos, marzo 1997, Guadalajara, México.
cubana, y en los fines de la Revolución que la hace posible y garantiza el actual clima de libertad creadora".
Basado en esta ley, el ICAIC estaba encargado de promover la actividad industrial, la distribución, los estudios y laboratorios, la preservación y los archivos fílmicos y, aunque todavía no disponía del conjunto de las salas, la estatización de las mismas ocurriría poco después frente a la negativa de los empresarios de sumarse a las finalidades de la
Revolución. Desde entonces el Estado cubano manejó íntegramente el conjunto de las actividades cinematográficas, encontrando su principal fuente de financiamiento en el control ejercido sobre el conjunto del mercado y en los recursos otorgados por el presupuesto nacional.
En sus primeros 20 años de vigencia, la actividad productiva se convirtió en una de las más poderosas de la región –exceptuando a las industrias más consolidadas- habiendo producido en ese período unos 120 largometrajes, 820 documentales, 12 mediometrajes y casi 1.200 noticieros latinoamericanos. Un total de cerca de 2.000 obras de carácter cultural, pedagógico, informativo o político que tuvieron muy buena acogida en la
población, estimándose que fueron vistos por cerca de 50 millones de espectadores –en un país con apenas 10 millones de habitantes- superando 15 largometrajes el millón de espectadores (El hombre de Maisinicu, El brigadista, Las doce sillas, Elpidio Valdés, Retrato de Teresa, Cuba baila, Lucía, etc.) y 2 de ellos (Guardafronteras y Aventuras de Juan Quinquín), los dos millones, con una media global de alrededor de 500 mil
espectadores por película ofertada. Cifras, como se ve, totalmente inusuales en los otros países de la región.
Fue también el único país en esos años, de brusca caída del número de espectadores y de salas de cine- que estos indicadores crecieron fuertemente, reforzados con la
presencia de más de 700 cines móviles.
Durante los últimos 40 años no se produjeron en Cuba cambios significativos en la estructura oficial del cine de ese país, destacándose una importante labor para ofertar las películas locales y latinoamericanas en los eventos internacionales, incluido el Mercado del Nuevo Cine Latinoamericano (MECLA).
En 1986 comenzó a experimentarse en ese país -y por primera vez en América Latina- una articulación entre el cine, la televisión y el video, la que se tradujo en la incorporación de estos dos últimos medios en a los festivales de cine. Esta política duró poco tiempo a causa de la compartimentación que ha existido tradicionalmente en Cuba entre el ICAIC, organismo que cuenta con una política de mayor apertura cultural, y el Instituto Cubano de la Radio y la Televisión (ICRT), sujeto a un control político directo por parte del gobierno (y de la Presidencia), tal como suele ocurrir en el conjunto de la región, allí donde el Estado controla (o controlaba) los medios de radiodifusión.
A principios de los años 90 se produjeron cambios en la dirección del ICAIC y se retomó la concepción original del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano
quedando excluida la televisión de su convocatoria. Esta decisión también repercutió en la coordinación entre las dos instituciones, sobre todo en el campo de la exhibición de películas. Con el inicio del nuevo milenio, se propició e impulsó un nuevo tipo de relación entre el cine y la televisión cubanas, con objetivos que, además de la exhibición,
fomentaron la cooperación en la producción, el desarrollo de la apreciación
cinematográfica y el incremento de la divulgación de las principales actividades del ICAIC en los ahora cuatro canales de televisión existentes en el país. A partir de 2005, la
Televisión Cubana ha decidido convocar su propio Festival Internacional en lo que cuenta con la colaboración del ICAIC.
La situación actual de la producción cinematográfica cubana está condicionada por la que es común al conjunto de la economía de ese país. Tras el derrumbe de los gobiernos comunistas europeos en 1989, y su impacto directo en la economía y en la política local, cayó abruptamente la actividad productiva, la que pasó de una cifra de entre 8 y 10 largometrajes y unos 20 documentales de mediometraje y cortometraje por año -éste era su promedio desde la década de los 70- a un tercio o menos en el último período.
"El último quinquenio -destaca Camilo Vives, director de la Productora ICAIC -inaugura una caída vertical del PBI. La capacidad de importación del país se reduce en más del 60%, y la imposibilidad del acceso a mercados internacionales seguros provoca, entre otros factores, la contracción y cierre de muchas de las industrias nacionales, lo que