La tesis de que la conciencia refleja el mundo material constituye el fundamento mismo de la teoría materialista del conocimiento. Si la conciencia refleja el mundo exte- rior, tiene entonces un carácter derivado con respecto a él; el mundo, en cambio, tiene una existencia objetiva e independiente de la conciencia, ya que la imagen refleja no puede existir sin lo reflejado, en tanto que lo que se refleja sí existe independientemente
de su propio reflejo. Admitir esto significa rechazar el punto de vista del idealismo y adoptar el de la filosofía materialista.
Uno de los argumentos de que se valen los pensadores idealistas para tratar de refu- tar la teoría del reflejo se basa en el hecho de que las sensaciones luminosas, por ejem- plo, no solamente son provocadas por la acción que ejerce la luz sobre el órgano visual, sino también por otros estímulos, particularmente un golpe descargado sobre un ojo o una corriente eléctrica. Basándose en esto, el fisiólogo alemán J. Müller formuló la teor- ía de que las sensaciones no dependen de la acción de los estímulos del mundo exterior, sino de los órganos sensoriales mismos que, según él, poseen una “energía específica”. Cualquiera que sea el estímulo que actúe sobre el ojo, sostiene Müller, el órgano visual responderá con la misma clase de sensación, la sensación luminosa, y lo mismo puede decirse con relación a otros órganos de los sentidos. Esto significa, concluye el fisiólogo alemán, que nuestras sensaciones no reflejan el mundo material que nos rodea. Ludwig Feuerbach tildó a esta concepción de “idealismo fisiológico”. Los argumentos aducidos por los “idealistas fisiológicos” no pueden considerarse convincentes.
J. Müller subraya certeramente el carácter específico de la reacción de los órganos sensoriales, pero supone equivocadamente que ese carácter específico es una propiedad dada desde siempre. Ahora bien, esta propiedad de los órganos de los sentidos depende, en realidad, de las condiciones exteriores; se halla condicionada por la cualidad de los estímulos externos y se ha formado en el curso de un largo proceso evolutivo sobre la base de la adaptación de las funciones de los órganos de los sentidos a la acción ejercida por determinados estímulos externos. Así, por ejemplo, el ojo se ha adaptado a la acción de los rayos de la luz; reproduce en la retina la estructura de los hacecillos luminosos y, sobre la base de una excitación que llega al cerebro, surge en éste una sensación visual, es decir, una imagen similar al objeto correspondiente. Por supuesto, cuando estímulos diferentes actúan sobre uno y el mismo órgano sensorial, especialmente sobre el ojo, provocan sensaciones de la misma cualidad. Ahora bien, no podemos ignorar la enorme diferencia existente entre la sensación luminosa provocada, por ejemplo, por la contem- plación del paisaje que se extiende ante nosotros y la sensación producida por el golpe asestado a un ojo. La primera constituye un cuadro bien definido e inteligible, pleno de una armonía de colores y formas, con una estructura claramente dibujada y en el que to- das las partes se hallan regularmente relacionadas entre sí. La segunda sensación es algo difuso y amorfo; en ella no encontramos una imagen clara, ni tampoco estructura ni in- dividualidad. Desde el punto de vista de su fundamento, ambas sensaciones luminosas —la provocada por la contemplación de los objetos y la producida por el golpe descar- gado en el ojo— son al parecer semejantes. En efecto, en un caso y otro, el sistema ner- vioso tiene un material idéntico en cuanto a su naturaleza, de la misma manera que son idénticos también los colores que están en la paleta del pintor y en el cuadro. Sin embar- go, desde el punto de vista de su forma, el material es totalmente distinto (manchas caó- ticas de color en la paleta y colores ordenados en el cuadro). Ahora bien, es precisamen- te esa diferencia lo que tiene aquí una importancia decisiva. Gracias a que las sensacio- nes luminosas poseen la forma correspondiente, nos brindan imágenes de los objetos del
mundo exterior.
Germán Luis F. von Helmholtz, eminente naturalista alemán del siglo XIX, que adoptó las concepciones de Müller, sostenía que si bien es cierto que las sensaciones son provocadas por la acción de los objetos exteriores sobre los órganos sensoriales, sin em- bargo no tienen semejanza alguna con dichos objetos; son simplemente símbolos o sig- nos de ellos. En su Optica fisiológica, escribe: “He designado a las sensaciones como símbolos de los fenómenos del mundo exterior, y les he negado toda analogía con los objetos que representan.” 15 Pero esto es un grave error que invalida la premisa materia- lista de que parte el propio Helmholtz, a saber: que los objetos existen fuera de nuestras sensaciones.
G. V. Plejanov, en un trabajo en el que se exponían, en general, ideas materialistas acertadas, no llamaba a las sensaciones reflejos, imágenes ni copias de las cosas materia- les, sino jeroglíficos de ellas. La importancia excepcional de este problema hizo que Le- nin analizara especialmente la teoría de los símbolos o de los jeroglíficos en su obra Ma- terialismo y empiriocriticismo.
La teoría de los símbolos o de los jeroglíficos infunde en la teoría del conocimiento la desconfianza hacia los testimonios de los órganos sensoriales y hace que surja la duda sobre si existen los objetos fuera de nosotros, toda vez que los símbolos, signos o je- roglíficos son posibles, aunque no exista nada que corresponda a ellos en realidad. Pue- den servir de ejemplo de entes ficticios las imágenes de los dioses que encontramos en distintas religiones.
Los órganos de los sentidos descubren ante nosotros la realidad, y todo aquel que no haya sido confundido por la filosofía idealista habrá de reconocer que, gracias a ellos, podemos conocer esa realidad. “La teoría de los símbolos —escribe Lenin— está en desacuerdo con este punto de vista (enteramente materialista, como hemos visto), pues introduce cierta desconfianza hacia la sensibilidad y hacia los testimonios de nuestros órganos de los sentidos. Está fuera de duda que la imagen nunca puede igualar íntegra- mente al modelo; pero una cosa es la imagen y otra el símbolo, el signo convencional. La imagen supone necesaria e inevitablemente la realidad objetiva de lo que «se refleja». El «signo convencional», el símbolo, el jeroglífico, son conceptos que introducen un elemento absolutamente innecesario de agnosticismo.”16
Por tanto, tratándose de la teoría materialista del conocimiento, no se puede ser consecuente hasta el fin, si no se defiende el punto de vista de que las sensaciones son reflejos, imágenes o copias de los objetos y fenómenos del mundo material, no signos convencionales o jeroglíficos de ellos. La disputa en torno a si las sensaciones son imá- genes o bien símbolos de los objetos del mundo exterior, no recae sobre palabras o términos, sino sobre la esencia misma de la teoría del conocimiento.
Al tratar de sembrar la desconfianza hacia los testimonios de los órganos sensoria- les, desconfianza que conduce, como hemos visto, a dudar de la existencia de la realidad
15 Cita tomada de V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. esp., ed. cit., pág. 265. 16 V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. esp., ed. cit., pág. 268.
objetiva e incluso a negarla abiertamente, los adversarios del materialismo suelen invo- car con frecuencia los llamados “engaños de los sentidos”.
Fijémonos, dicen, en el siguiente hecho: en una misma habitación y en las mismas condiciones hay un objeto metálico y otro de madera. Si con la mano tocamos primera- mente uno de ellos y después el otro, tendremos claramente la sensación de que el objeto de metal está más frío que el de madera. Pero si tomamos un termómetro y medimos la temperatura de cada objeto, nos convenceremos de que uno y otro tienen en realidad la misma temperatura. Por tanto, es evidente que los sentidos nos han engañado. Es más, los órganos de los sentidos pueden darnos, en un mismo momento, informes totalmente contradictorios acerca de un mismo objeto. Sumerjamos ahora la mano derecha en agua caliente y la izquierda en agua fría; hecho esto, metamos ambas manos en una vasija con agua a la temperatura de la habitación. La mano derecha nos dirá que el agua está fría; la izquierda, que está caliente. Pues bien, ¿qué sucede en verdad? ¿Podemos confiar aquí en el testimonio de los sentidos?
Pongamos ahora un ejemplo que todo el mundo conoce. Si fijarnos la mirada en un palo sumergido en el agua, lo veremos claramente como si estuviera quebrado; pero, cuando lo saquemos del agua, será evidente para nosotros que no sólo no lo estaba, sino que ni siquiera estaba curvado. Por tanto, las sensaciones visuales nos engañan, ya que muestran lo que no existe en la realidad. Así razonan los que niegan que las sensaciones reflejan el mundo exterior.
Ahora bien, ¿será cierto que el testimonio de órganos sensoriales que funcionan normalmente nos engaña y que, en consecuencia, no refleja con exactitud la realidad ob- jetiva? Analicemos el primero de los ejemplos expuestos. Cuando tocamos el objeto metálico, nos parece que está más frío que el objeto de madera, pese a que el termómetro nos indica que uno y otro tienen la misma temperatura. La de nuestra mano es de 36° C, mientras que la temperatura de los objetos examinados es la misma que la de la habita- ción, o sea 18-20° C. Al tocar los citados objetos, pasa a ellos el calor de nuestra mano, ya que, de acuerdo con las leyes de la física, el calor se transmite de los cuerpos más ca- lientes a los menos calientes. Pero, con relación al objeto de madera, el calor de la mano pasa lentamente, ya que la madera es un mal conductor del calor, lo que hace que sólo se caliente, en lo fundamental, la parte del objeto que se halla en contacto directo con la mano. Por el contrario, en el objeto metálico el calor que llega de las manos es absorbido rápidamente, puesto que los metales son buenos conductores del calor, razón por la cual se propaga por todo el objeto metálico. Las sensaciones táctiles de la mano que se halla en contacto directo con los objetos de madera y metal reflejan precisamente la distinta velocidad de propagación del calor. Dichas sensaciones, lejos de engañarnos, descubren un nuevo aspecto de la realidad, es decir, el grado distinto de conductibilidad térmica de la madera y de los metales, obligándonos así a estudiar más cuidadosamente la realidad.
De igual modo puede explicarse también el carácter contradictorio de los testimo- nios aportados por los órganos sensoriales. Los sentidos no nos engañan; reflejan senci- llamente el hecho de que los procesos se operan de distinta manera, según lo que haya sucedido anteriormente en los cuerpos, o sea de acuerdo con su “historia” anterior al pro-
ceso dado. En el ejemplo aducido más arriba, la mano derecha estaba caliente y la iz- quierda, fría. Al sumergir ambas manos en el agua, se enfrió la derecha y se calentó la izquierda. Esto es precisamente lo que atestiguan las sensaciones.
De todo lo antes expuesto se deduce que los datos de los sentidos son la fuente de nuestros conocimientos acerca del mundo. Si sabemos leer correctamente y analizar esos datos, veremos que reflejan la realidad mucho más amplia y certeramente que lo que pensábamos al principio. Pero no debemos sorprendernos por ello. De hecho, a lo largo de nuestra vida vamos aprendiendo, poco a poco, a descifrar el sentido de los testimo- nios aportados por los órganos sensoriales. El niño en su más tierna infancia no percibe las distancias a que se encuentran los objetos; cree, por ejemplo, que la Luna no está más lejos que la pelota con que juega y trata de atrapar una y otra con el mismo empeño. Los adultos ciegos que han recobrado la vista después de someterse a una operación, no per- ciben al principio las distancias a que se hallan los objetos; les parece que todos ellos se encuentran muy cerca y temen tropezar con cosas que se hallan lejos. Sólo paulatina- mente van aprendiendo a valerse correctamente del sentido de la vista y a descubrir, gra- cias a él, nuevos y nuevos aspectos de la realidad. Pero “saber valerse” de los órganos sensoriales significa saber vincular la actividad de esos órganos con la del pensamiento. Sólo cuando se unen indisolublemente la sensación y el pensamiento, se logra reflejar adecuadamente la realidad.
Así, pues, no puede hablarse por principio de una desconfianza hacia los datos de los órganos de los sentidos. Pero ello no quiere decir que las sensaciones den una ima- gen totalmente exacta de la realidad objetiva en el preciso momento en que esta realidad es percibida por nuestros órganos sensoriales. La imagen originaria del objeto se va pre- cisando, enriqueciendo y perfeccionando paulatinamente, sobre la base de percepciones que se repiten multitud de veces, sobre la base de la actividad del pensamiento y de su comprobación por los diferentes órganos sensoriales y, por último, sobre la base de la actividad práctica, multifacética, del hombre.
El reflejo de las cosas que se opera en nuestra conciencia no es un acto único ins- tantáneo, ni tampoco una copia inmóvil e inerte, sino un proceso que pasa por diversas fases, un proceso activo de búsquedas y ensayos que a veces conduce a que el pensa- miento se aleje de la realidad. De la misma manera que el pintor, pertrechado de un lien- zo y de colores, no podría pintar un cuadro si se limitara a sentarse pasivamente, sin ma- nejar el pincel, tampoco los demás mortales podrían reflejar profundamente el mundo exterior en sus conciencias si no fuesen hombres creadores y activos, capaces de poner a las cosas en diferentes relaciones mutuas. Más adelante, en el capítulo X, expondremos cómo se opera precisamente el proceso cognoscitivo y en qué consiste su dialéctica.
Lenin señaló que “la sensación es una imagen subjetiva del mundo objetivo...”,17 lo cual significa que el reflejo, la imagen, existe en la conciencia del sujeto y no es mate- rial, sino ideal. Este reflejo adopta formas que se hallan condicionadas por la estructura y naturaleza de la actividad del sistema nervioso, del cerebro. Pero esta imagen subjetiva
refleja el mundo objetivo. Por su origen, su fuente y su contenido, el reflejo del mundo material en la conciencia tiene un carácter objetivo. En nuestras sensaciones, en nuestra conciencia, se da algo que no depende del sujeto, de la conciencia del hombre ni de la humanidad. Llámase verdad objetiva a este contenido de nuestras sensaciones y de nues- tros pensamientos que refleja certeramente el mundo exterior y que es independiente del hombre y de la humanidad.
El reconocimiento de la verdad objetiva es uno de los principios fundamentales del materialismo. “Ser materialista —afirma Lenin—significa reconocer la verdad objetiva que nos es descubierta por los órganos de los sentidos.” 18 La existencia de la verdad ob- jetiva implica que el mundo no es sólo material, sino cognoscible, ya que la cognoscibi- lidad entraña, a su vez, la posibilidad de alcanzar la verdad objetiva. El reconocimiento de la verdad objetiva da también una solución acertada al segundo aspecto del problema filosófico fundamental y constituye una refutación del agnosticismo.
El hecho de que la conciencia no dé inmediatamente una imagen verdadera de la realidad, sino paso a paso, hace que el agnóstico se hunda en un mar de dudas. Y, sumi- do en la perplejidad, se pregunta: ¿podemos conocer en esas condiciones la verdad obje- tiva? Y si cabe dudar de que podamos conocerla adecuadamente, ¿cómo llegaremos a saber si existe o no esa realidad objetiva?
Pero todas estas dudas son fruto del modo metafísico, antidialéctico, de abordar el proceso cognoscitivo. Del hecho de que no podamos conocer de una vez toda la reali- dad, no se deduce la conclusión de que no sea verdadero lo que hoy sabemos de ella. Los idealistas subjetivos y los agnósticos niegan que exista la verdad objetiva, pero su existencia se pone de manifiesto en que, partiendo de nuestros conocimientos de las co- sas, del mundo exterior, obtenemos en general en nuestra actividad práctica los resulta- dos esperados. Y cuando éstos no se alcanzan, tarde o temprano descubrimos un error en nuestros conocimientos y raciocinios.
En un trabajo suyo, titulado Carácter del conocimiento humano, N. G. Chernis- hevski se mofaba ingeniosamente de la infecunda y escéptica escolástica del agnosticis- mo, refiriéndose, a 'título de ejemplo, a los razonamientos de un agnóstico acerca de si el hombre tiene manos o no. Chernishevski escribía: “...unhombre que cree tener dos ma- nos, cree efectivamente que tiene dos manos. Si supiera que tiene manos, tendría dos manos. Pero, ¿tiene manos o no? Esto lo ignora, pues ni él ni nadie puede saberlo. Sólo conocernos nuestras representaciones de los objetos, pero no conocemos ni podemos conocer los objetos mismos Al no conocer los objetos, no podemos confrontar con estos objetos las representaciones que tenemos de ellos. Por esta razón, no podemos saber si nuestras representaciones de los objetos corresponden a éstos. Tal vez, sí; tal vez, no... Nosotros tenemos la representación de una mano. Existe, por tanto, algo que provoca en nosotros la representación de una mano. Pero no sabemos ni podemos saber si nuestra representación de la mano corresponde a ese .algo» que la ha provocado. Quizá corres- ponda; en ese caso, lo que nos representamos como una mano es efectivamente una ma-
no y, en consecuencia, tenemos realmente manos. Pero nuestra representación de la ma- no tal vez no corresponda a ese algo que existe efectivamente y con el cual la ponemos en relación; en este caso, no existe lo que nos representamos como mano y, por tanto, no tenemos manos. En vez de manos, tenemos ciertos grupos de algo, grupos que no se pa- recen a las manos, grupos de algo que ignoramos, pero, en definitiva, no tenemos ma- nos...”19
Verdad objetiva es la que, en primer lugar, no depende de que sea reconocida por muchos o pocos hombres. Es muy frecuente, sobre todo tratándose de complejos pro- blemas científicos, que al principio sean muy pocos los que la acepten. En segundo lu- gar, la verdad objetiva se abre paso, tarde o temprano, hasta conquistar millones de men- tes humanas, venciendo prejuicios y errores, aunque estos últimos se apoyen en la fuer- za. Recordemos la suerte de la doctrina de Copérnico. Ni siquiera las persecuciones des- atadas por la Iglesia contra los partidarios de esa doctrina pudieron impedir su difusión. Tomemos el ejemplo del marxismo. Hace un siglo, solamente lo aceptaba un puñado de hombres. Hoy, en cambio, se ha convertido en la teoría de millones y millones de hom-