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dentro del modelo sistémico. Pero podemos encontrar un conjunto similar de inconsistencias dentro de la metáfora postmoderna misma si adoptamos, por un momento, un punto de vista sistémico. Algunas ideas sistémicas, pienso, pueden ser una cura apropiada para las limitaciones del  postmodernismo.

Individualismo

En una clave narrativa, el punto de vista del terapeuta cambia cada vez más hacia el individuo: para contar una historia, se necesita un narrador, y el narrador necesariamente es un “self” individual. El historiador de la psicología Julian Jaynes (1976) fue muy lejos al afirmar que el concepto mismo del self es casi inútil para la vida diaria (podemos vivir, movernos y actuar sin  pensar en nuestros “selves”24), si no fuera por la necesidad de “narrativizar” nuestras vidas. El self

es necesario para contar nuestras propias historias.

La visión narrativa, por lo tanto, nos conduce a una perspectiva individualista, donde el individuo es visto como el punto de vista para las relaciones, más que inserto en, e inseparable de ellas. En la mayoría de los artículos terapéuticos importantes dedicados a la narrativa, los autores se refieren al “cliente”, más que a los “clientes” ( por ejemplo, en su artículo fundamental de 1991, Parry habla sobre cómo “una persona cuenta su historia”, recobrando así su propia voz ). Hoffman (1990) justamente recuerda cuán fácil puede ser caer en el misticismo feliz de la armonía de Bateson, donde todos los sistemas se reflejan a sí mismos, contrastando dicha visión idílica a la dura experiencia, por ejemplo de un individuo sujeto a abuso y violencia. Zimmerman y Dickerson (1994), en una clara revisión de la justificación de su giro narrativo, afirman, siguiendo a Michael White, que cualquier persona debería “volverse autor de su propia historia” (p. 243). Penn y Frankfurt (1994) afirman que, al crear nuevas historias, “la experiencia monológica anterior se vuelve una experiencia de diálogo interno -hablar con nosotros mismos- produciendo un cambio en nuestra conversación con los demás. Esto creemos que es el 'material' de las nuevas narrativas” (p. 218). Una vez más, la historia nos lleva directo al self y a la experiencia interna, y el diálogo se vuelve simplemente un segundo paso. Esto es de lo más notorio en el momento que esos autores se inspiran por el construccionismo social radical: ellos aman la idea de disolver el self dentro de la interacción social y lingüística (Shotter & Gergen, 1989) y tienden a considerar al individuo que conocemos como un artefacto social e histórico (Cushman, 1995). Pero, al final, ellos caen en el encanto de las historias y las ven como contadas por self individuales tradicionales.

Esto no es en sí mismo un problema, pero puede volverse uno si el self -el individuo- se ve como contrapuesto a su propio contexto. Por ejemplo, en el modelo de Michael White, vemos una historia única, dominante y principal existiendo en las familias, las cuales mantienen (con el apoyo de instituciones y expertos) un sistema de poder y explotación. El objetivo para la terapia es llevar adelante una nueva historia, donde el oprimido pueda dejar de serlo. Aquí la influencia de teorías críticas, tales como las de Foucault o del feminismo, c entradas en la idea de “opresión” ( de culturas subyugadas, del género femenino, etc.) por un poder dominante (un conocimiento privilegiado, el género masculino, etc.), ha sido decisiva. Transferir tales posiciones a la terapia familiar conduce a una visión del individuo como oprimido por el sistema familiar que representa a la cultura dominante25: así es como el cliente individual debe ser “liberado”, volviéndose el autor de su propia historia.

En un cierto nivel, lo anterior es una idea maravillosa. Pero, en otro, nadie es cien por ciento autor de su propia historia: todos nosotros, en algún modo, “somos relatados” por el lenguaje y el discurso, tal como el mismo Foucault (1971a) ha observado. Somos relatados porque estamos inseparablemente insertos dentro de nuestro contexto26. De acuerdo con Bakhtin, “El propio discurso de uno es gradual y lentamente producido por palabras de los demás que han sido reconocidas y asimiladas, y los límites entre ambos son apenas perceptibles a primera vista” (Bakhtin, 1935/1981, p. 345).

A veces esta afirmación de la noción de “liberación” del contexto tiende a pasar por alto todos los factores que ligan y armonizan a los miembros familiares. Muchas familias, incluso las que vienen a terapia, están buscando nuevas maneras de estar juntos, ya que están juntos. Y todo esto esconde un problema teórico más sutil: en una perspectiva clínica narrativa, ¿es realmente  posible lidiar con problemas supra-individuales? Y si no, ¿cuál es el propósito de la terapia familiar?, o, como Minuchin (1998) diría, ¿dónde está la narrativa familiar en terapia familiar? A veces parece sólo una terapia (liberación) individual frente a la familia.

Contextos

Hasta ahora hemos revisado algunas aporías que hacen difícil adoptar una actitud narrativa  postmoderna “integral” en terapia. Creo que estas emergen al olvidar, o al permitir que se vaya al

25 Una posición reminiscente de la antipsiquiatría británica de los 1960's (ver, por ejemplo, Laing, 1969; Laing & Esterson, 1964; ver también Bertrando, 2006).

26 Foucault no adhería a ningún humanismo ingenuo, como puede ser testimoniado por la mayoría de sus textos y además por algunas afirmaciones personales, como esta, tomada de una de sus entrevistas: “...lo que corre por nosotros, que esta dentro de nosotros y estaba antes de nosotros, lo que nos sostuvo en el tiempo y el espacio fue el sistema...Antes que cualquier existencia humana, debía haber ya un conocimiento discursivo, un sistema que redescubr iremos” (Foucault, citado en Eribon, 1989 [Traducción inglesa], p. 161). Por supuesto, el “sistema” al cual se refiere Foucault es el sistema lingüístico saussuriano, no el sistema batesoniano.

trasfondo, un punto de vista básico del enfoque sistémico: el contexto. La condición paradójica del  postmodernismo y su tendencia al individualismo son, en el análisis final, problemas de visión

contextual. Es mejor que sean afrontadas recordando algunas e las ideas de Gregory Bateson, si es que no ha sido prácticamente borrado de las referencias terapéuticas contemporáneas. Aún así es imposible, incluso hoy en día, considerar sus contribuciones como obviedades o trivialidades. Entre ellas, la idea de Bateson de contexto sigue iluminando.

Estando perfectamente conciente que la visión sistémica es en sí misma producto del observador o del “narrador”, Bateson traba jó, dentro de su pensamiento holístico, para sobreponerse a lo que llamó falsas dicotomías, incluyendo aquella entre individuo y contexto (y la de observador y observado). “La unidad de supervivencia es el organismo dentro del ambiente, no el organismo contra el ambiente. El problema [es] si tú y yo estamos opuestos o somos parte de algo en lo que estamos incluidos” (Bateson, 1991, p. 274). Por supuesto, esta inclusión mutua puede ser  peligrosamente cercana al misticismo feliz que Lynn Hoffman temía; pero evitando esta trampa  pegajosa es posible liberarse de la idea simplista que los individuos están oprimidos y subyugados  por su contexto, ya sea la familia, la sociedad o la cultura. Esto no quiere decir que la opresión no exista: la cuestión general es mucho más compleja (y requiere reconocer nuestra independencia decisiva). Las personas y lo que hacen entre ellas crean una textura de relaciones, la cual, a su vez, contextualiza su comunicación, un “entramado de contextos y mensaj es que proponen el contexto,  pero que, como todos los mensajes, cualesquiera que sean, tienen 'significado' solo en virtud del contexto” (Bateson, 1972, pp.275-276). Los mensajes -intercambio de significado- crean contextos que recursivamente dan significado a los mensajes. Y esta textura de relaciones está en un contexto en constante evolución. El contexto, de este modo, no debe ser considerado como “lo que limita” al individuo, ni aquello que contiene “dentro de él” a las personas y sus acciones.

Los postmodernistas, alineados con su énfasis lingüístico, están bien concientes de los contextos lingüísticos-semánticos. Como David Pocock (comunicación personal) dice, “Por ejemplo, un cliente puede decir 'odio a mi padre'. El terapeuta no debe asumir que sabe sólo a partir de las palabras el significado que se quiere expresar. El terapeuta puede usar 'odio' de una manera muy diferente. El entendimiento puede ocurrir a través de estrechar el contexto (puede simplemente  preguntar al cliente, '¿cómo estas usando la palabra odio?')”. Aunque una visión totalmente

contextual también es diferente.

En esta visión, los límites que separan lo que pertenece al individuo de lo que pertenece a los sistemas en los cuales el individuo está incluido se vuelven menos precisos. El sistema es un todo que no puede estar totalmente presente en la conciencia individual, del mismo modo que el

sistema no puede nunca definir totalmente al individuo: pensar al individuo como definido por el sistema es uno de los más serios errores de la primera generación de terapeutas sistémicos, pero ciertamente no fue un error de Bateson. Aquí, sin embargo, la idea que estamos hechos sólo por historias que nos contamos a nosotros mismos, comienza a desmoronarse. Las historias existen sólo en nuestras conciencias, pero el individuo conciente no lo es todo. Las bases inconcientes de nuestro entendimiento y nuestro actuar en el mundo no pueden ser identificados con las “historias” que contamos, sometidas a ningún tipo de falsa conciencia. De este modo, uno puede responder a Parry (1991), quien afirma que “un terapeuta habla a individuos, no a familias”, en estos términos: “Esto es cierto, si damos por hecho que un individuo realmente habla por sí mismo y no como parte de un sistema más amplio que lo habla a él y, debido a esto, también al terapeuta (...) ”

La “historia”, entonces, es un acercamiento excepcionalmente útil para entender lo que sucede a un individuo: su experiencia de lo que le sucede. La interacción familiar, que constituye el contexto inmediato de la historia, está en un nivel separado y no es un sinónimo de las “historias” contadas por otros miembros familiares: aquellas aún son experiencias individuales, y están al mismo nivel que la primera historia. La terapia está sobre otro nivel todavía y así sucesivamente. Se genera confusión cuando olvidamos tales distinciones entre contextos y el hecho que cada contexto es a su vez contenido dentro un contexto, en un virtual regressus ad infinutum (Goffman, 1974).

Si un cliente me cuenta una historia, no implica inmediatamente que me esté contando su historia. Es la historia que el cliente me cuenta  – ya que soy el terapeuta- que se encuentra doblemente contextualizada: ya que es contada en una relación de dos personas y porque esa relación de dos personas obtiene su significado en el contexto terapéutico (aquí un psicoanalista  probablemente hablaría sobre transferencia y contratransferencia). Y la historia que emerge en una sesión familiar obtiene su significado al ser contada dentro de esa familia, luego al ser contada a una tercera persona en la presencia de la familia, después con el hecho que la tercera persona es considerada un terapeuta, y así sucesivamente. El trabajo terapéutico se vuelve, más que nada, una lectura y una remodelación de contextos. Primero, la lectura de la relación terapéutica (es decir, el  primer contexto de la terapia, que da sentido a todo lo que sucede en ella), luego la lectura de las

redes relacionales y los patrones que constituyen el contexto de vida de los clientes, y después, si es necesario, una lectura de los contextos de esos contextos, y así sucesivamente. Esas son premisas  bien conocidas de la terapia sistémica: pero pasarlas por alto, como fácilmente puede suceder en la  práctica contemporánea, trae grandes riesgos.

Un enfoque contextual, en cambio, puede resolver muchos problemas planteados por las terapias narrativas: tales como el problema de la culpa, que está estrechamente ligado a la

disolución de la familia en la práctica narrativa. La familia parece a menudo faltar en la terapia narrativa precisamente para no culparla. En cambio, lo que se culpa -implícitamente- son los discursos culturales. La familia es culpada y a la vez exonerada porque la terapia narrativa contextualiza el rol de la familia crudamente. Esta es la razón porque la narrativa y el  posmodernismo señalan el macro-contexto político, pero pasan por alto la textura del micro- contexto que da forma a la escena terapéutica. Si pensamos que la cultura es el contexto en el cual la familia está inserta y que ésta se encuentra en otro nivel que la interacción familiar, entonces se vuelve posible volverse contra, por ejemplo, el sexismo sin culpar a la familia o a algunos de sus miembros, y de este modo aún hacer terapia familiar productivamente.

Lenguajes

Los terapeutas narrativos y conversacionales tienden a poner mucha atención al discurso y a las palabras, lo cual es lógico para gente profundamente influenciada por el deconstruccionismo literario y la crítica textual como Derrida (1967), quien es, antes que todo, un exégeta de la palabra escrita. La metáfora favorita de estos autores es el texto de Derrida; otras influencias similares son la teoría de los juegos de lenguaje de Wittgenstein (1953) o las teorías de los actos de habla de Austin (1962). La metáfora del texto está en peligro de ser desorientadora justamente por la fascinación a ella: uno se arriesga a olvidar que es una metáfora; uno reifica y trata a una terapia como si fuera un texto escrito.

El problema aquí es la tendencia a enfatizar un único aspecto del intercambio terapéutico. Reificar la metáfora del texto deja mucho del encuentro humano en las sombras. Claramente los significados se comunican en palabras, pero pueden ser comunicados de much as otras formas: “Un dibujo de Mondrian no representa [o no establece] nada, pero significa mucho” (Goodman, 1978). Es verdad, todos los artículos de terapia explican que en terapia el “texto” está hecho de cuerpos además de palabras, pero es también verdad que, al trabajar pragmáticamente en los eventos en la terapia, la lectura se centra en las palabras, dando la idea que uno pudiera hacer una terapia escrita (Miller & Gergen, 1998, llegaron a reconocer un valor terapéutico de los foros de Internet). Esto conduce a una visión muy parcial de la terapia (y de la interacción humana también).

Por supuesto que el texto es un poderoso determinante de nuestras identidades (Shotter & Gergen, 1989) y es la base – tal como Derrida planteaba- para todo lo que somos y decimos. Pero las  personas no son textos, del mismo modo que un plano de un avión no puede volar sobre el océano.

Contrariamente a la opinión habitual, en terapia -al igual que en otros intercambios humanos- no intercambiamos sólo palabras, ya sean metafóricas, polisémicas o usadas en variados juegos de

lenguaje. El contexto de la terapia está definido no sólo por las palabras de el terapeuta o el cliente, sino que además por un intercambio de significado a través de otros medios: el paralenguaje (Sebeok, Hayes & Bateson, 1964), la kinésica (Birdwhistell, 1970), la proxémica (Hall, 1966), entre otros.

Parece ser que el discurso de la comunicación no-verbal se relaciona precisamente con cuestiones de relación (amor, odio, respeto, miedo, dependencia, etc.) entre el self y vis-à-vis, o

entre el self y el ambiente, además de que la naturaleza de la sociedad humana es tal, que la falsificación de este discurso se vuelve rápidamente patógena. Por lo tanto, desde una visión adaptativa es importante que este discurso sea llevado adelante a través de técnicas que serán relativamente inconcientes y sólo imperfectamente sujetas a control voluntario (...)

Si esta visión general sobre el tema es correcta, significa que traducir los mensajes kinésicos o paralingüísticos en palabras, es como introducir una burda falsificación debido (...) especialmente al hecho que todas esas traducciones deben dar la apariencia de intento conciente al relativamente inconciente e involuntario mensaje icónico [Bateson, 1972, pp. 412-413].

Hoffman (1990) insta a los terapeutas en escuchar a sus clientes. Pero si consideramos la  posición de Bateson, significa que sería sensato distanciarnos de la ortodoxia narrativa y recordar

que puede ser una buena idea, para todos los terapeutas, aprender, primero, a observar a la gente, y sólo después, aprender a escucharla (no solamente porque es más fácil mentir con palabras que con el cuerpo, sino que también porque el lenguaje corporal nos dice cosas que las palabras no pueden comunicar). Esto es significativo además ya que a menudo las palabras no son tan centrales en la experiencia de la interacción terapéutica del cliente, como los terapeutas esperarían que fuera. Como una ex cliente mío una vez dijo, hablando sobre lo que recordaba de mí, su terapeuta, durante una pausa de dos meses en la terapia: “Recuerdo algunas expresiones de su cara, algunos tonos de su voz…esas son las memorias que me llevé, que son un apoyo para mí. Y además, claramente, algunas de las palabras que dijo, solam ente algunas partes”. Para ella las palabras no habían sido de ningún modo las partes más importantes del lenguaje que ella había intercambiado con el terapeuta.

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