2. El ritual del matrimonio, un espacio para lo femenino
2.3. El carácter performativo del matrimonio
2.3.1. La creación de una nueva subjetividad, entre hija y esposa
Según Mary Douglas (1973), “A veces las palabras desencadenan cataclismos; a veces, los actos; otras veces las condiciones físicas” (p. 17); por lo tanto,
el rito enfoca la atención mediante la demarcación; aviva la memoria y eslabona el presente con el pasado apropiado. En todos estos casos, ayuda a la percepción. O más bien, produce un cambio de la percepción en la medida en que modifica los principios
43 Uso el concepto de subjetividad partiendo de que la apropiación de unos roles por parte de los sujetos -y su
posterior expresión en el discurso de la entrevista- implica la manifestación de un nivel “individual” que relaciona no sólo la posición del sujeto en la estructura, sino su comprensión de la misma. Según Alicia Lindón (1999) -una autora cuyos planteamientos retomaré en el capítulo siguiente-:
(...) la subjetividad son los ojos con los cuales ve el mundo, lo interpreta y, en consecuencia, actúa en él. Nuestras acciones, nuestro obrar, no es independiente del pensar, del valorar, del imaginar, en suma no es ajeno a un conjunto de procesos ligados a la conciencia (p. 296)
selectivos. De modo que no basta con decir que el rito nos ayuda a experimentar con mayor vividez lo que de todos modos habríamos experimentado. No es meramente semejante a la ayuda visual que ilustra las instrucciones verbales para abrir latas y cajas. (...) Puede ocupar un primer lugar en la formulación de la experiencia. Puede permitir el conocimiento de lo que de otro modo no se conocería en forma alguna. No exterioriza meramente la experiencia, haciéndola surgir a la luz del día, sino que modifica la experiencia al expresarla. Esto es verdad con respecto al lenguaje. Puede haber pensamientos que jamás hayan sido enunciados con palabras. Enmarcadas ya las palabras, el pensamiento cambia y queda ya limitado por las mismas palabras seleccionadas. De modo que el discurso ha creado algo, un pensamiento que pudo no haber sido el mismo. (pp. 90-91)
En términos de socialización el ritual necesita de las palabras para presentar los elementos de su estructura, justificando su incidencia en la realidad social. El lenguaje (como el sistema que articula dichas palabras) es entonces determinante para la configuración de la ritualidad y de todas las variables que en ella entran en juego: acciones, sujetos y significaciones. Es realmente este nivel comunicativo el que le añade al ritual su sentido social, pues son los códigos colectivos compartidos mediante el lenguaje los que dan sentido a lo que pasa en un ritual como el del matrimonio.
De acuerdo con la manera en que emprendí el trabajo de campo, las entrevistas me permitieron identificar la importancia particular del lenguaje en la composición del ritual; no sólo por ser el medio a través del cual realicé mi proceso de investigación, sino porque fueron las categorías y las palabras que utilizaron las mujeres a la hora de hablar de su matrimonio las que evidenciaron este carácter performativo que pretendo argumentar.
Tanto los términos utilizados para caracterizar a la mujer en las diferentes etapas del proceso ritual (antes, durante y después) –ese paso que Denisse describía como: “el cambio a ama de casa, a esposa”-, como la expresión de “sí acepto casarme contigo” (o “acepto” durante el matrimonio) ponen de manifiesto un punto de quiebre que materializa la realidad del matrimonio; en ellas no sólo se expresa la efectividad del tránsito de un rol a otro, sino también la creación de nuevos grupos sociales.
En este sentido, la efectividad performática del matrimonio se presentó desde el momento en que a ellas les preguntaron “¿quieres casarte conmigo?”. Mónica me contaba
cómo el momento en que Edgar le propuso matrimonio fue algo determinante para el flujo de la relación, fue un ritual en sí mismo:
-“(haciendo referencia a los elementos del matrimonio) digamos que ahí sí [soy] chapada a la antigua, me encanta que Edgar sea caballeroso, me encanta el sentirme conquistada y creo que… digamos esto (irse a Cuba a comprometerse) me pareció como… (indicando deleite), después de tantos años es como volverme a sentir conquistada con esos detalles, así como el “quieres casarte conmigo”... ese tipo de cosas”-.
En esta historia, decidir casarse cambia la realidad en la que es concebida la relación y la actitud que tiene la mujer hacia el compromiso llevado porque, a pesar de haber atravesado otros escenarios que se suponen posteriores al matrimonio, hay una concepción de formalidad que condiciona las responsabilidades y las funciones que adquieren los sujetos después de este momento. Comprometerse se me presenta como el primer acto performático en medio del proceso ritual del matrimonio pues, la adquisición de un compromiso -valga la redundancia- (sellado además con el objeto simbólico de la argolla) modifica la manera en que la pareja interactúa al asumir una suerte de obligación que fuera de este contexto puede no existir o ser llevada a la ligera.
Si bien la importancia del acto de comprometerse o de “pedir la mano” no es un asunto que expresen homogéneamente las mujeres con las que trabajé, en este momento se empieza a dibujar la idea del compromiso y la importancia que este principio (junto con el de formalidad) tiene en la configuración del rol de esposa, posterior al matrimonio.
En mis entrevistas, así no haya un reconocimiento consciente de la forma en que el tránsito hacia el matrimonio cambia no sólo la dinámica de la relación, sino la manera en que la mujer se ve a sí misma, esta idea del compromiso empieza a trazar algunos de los factores que después serán relevantes para la configuración de las funciones de la esposa y los tipos o representaciones que asume la mujer en la convivencia matrimonial.
Natalia me decía:
-“siente uno compromiso, ¿sí? Ya no se siente uno tan libre de ir a meterse con otro
mancito, o de coquetearle a otro man, es decir empieza uno a sentir cierta responsabilidad… ciertos actos que me imagino que producirán culpa [por ejemplo] si uno llega a meterse con otro man. Como que sí se siente una responsabilidad y un
compromiso diferente y… pues también un gusto, para mí es rico estar con otra persona, contar con otra persona, que haya un compromiso de ambos de que contamos el uno con el otro”-.
El compromiso (como principio y como escenario en el proceso ritual) empieza a moldear las condiciones en las que tendrá lugar la realidad matrimonial y se confirma en el día del casamiento al momento de decir “acepto”44; allí se crea una suerte de realidad -o un mundo- que transforma a la pareja y a la mujer a partir de aceptar socialmente el rol y las funciones que le son atribuidas dentro del imaginario del matrimonio. De acuerdo con Douglas (1973):
Los ritos sociales crean una realidad que no puede subsistir sin ellos. No es excesivo decir que el rito significa más para la sociedad que las palabras significan para el pensamiento. Pues es muy posible entrar en conocimiento de algo y hallar luego palabras para ello. Pero es imposible mantener relaciones sociales sin actos simbólicos. (p. 89).
La creación de esta nueva realidad hace efectivo el proceso de “tránsito de roles” mediante la configuración de un nuevo grupo social, la nueva familia que la mujer conforma -y formaliza- al momento de casarse. A través del reconocimiento y la aceptación discursiva y pública de la categoría de esposa la mujer se transforma en función de una serie de obligaciones y responsabilidades que sólo tienen sentido cuando se ha atravesado el umbral del matrimonio; ella “debe” -así lo fuera o no antes- convertirse en compañera, cuidadora, protectora, madre, entre otros.
Toya me decía:
“Yo no me siento como señora, o sea no siento ninguna atadura con el matrimonio… yo nunca he perdido mi esencia. Lo que pasa es que cuando uno se casa uno debe aprender a ser compañera… a ser una aliada porque el matrimonio es un equipo y cada pareja es particular, cada una es un mundo… yo creo que cada pareja se acomoda
44 Aquí debo mencionar que en los casos de Lady y de Denisse la confirmación del matrimonio está implícita
en el inicio de la relación de noviazgo. Desde el momento de “hacerse novios” se adquiere un compromiso proyectado hacia el matrimonio que se reafirma posteriormente en otros escenarios como el pre-matrimonial y los grupos de oración en la iglesia. Esta percepción está directamente relacionada con su afiliación religiosa (ambas pertenecen a la iglesia de Su Presencia -un culto cristiano protestante carismático-) y el funcionamiento del culto; sin embargo, este será un tema que retomaré a lo largo del siguiente capítulo.
de acuerdo a su situación y pues, cada quien puede hacer cosas diferentes al interior”- .
En estos términos el cambio no se manifiesta en función de elementos como, por ejemplo, la forma de vestir; asumir el rol de esposa implica dar lugar a una serie de actitudes y comportamientos que posibiliten el funcionamiento de la relación y el cumplimiento del ideal o las expectativas que se tengan sobre el matrimonio.
Otro ejemplo de esto está en lo que me decía Jenniffer sobre cómo se ve ella a sí misma desde que se casó:
-“como más responsable, porque antes pues yo no me preocupaba por nada de mi casa, pues en realidad tendía la cama en mi habitación y ya, pero tenía la ropa doblada… tenía todo ahí a la mano, entonces… siento que me he vuelto más responsable con las cosas (...) él viene de una casa muy organizada, también me hace sentir que yo tengo que aportar un poquito más porque mi casa era completamente distinto, allá hay una niña que nos ayuda todo el tiempo. Entonces… aquí yo tengo que también tratar de hacer la convivencia de él que se sienta bien, que se sienta feliz, entonces si a él le gusta ciertas cosas pues yo trato de hacerlo porque yo sé que a él eso lo hace feliz y si él es feliz pues a mí me hace feliz”-.
El cambio de una casa a otra (o de un rol a otro -de hija a esposa) implica una transformación sobre las responsabilidades y las acciones de la mujer en función de sus receptores: el esposo y los hijos -en caso de haberlos-. Al asumirse subjetivamente la categoría de “esposa”, las mujeres con las que trabajé evidencian la apropiación de unos imaginarios con respecto a los roles y las funciones que debe tener la mujer a la hora de formar una familia o estar en una “relación formal”. Este es un proceso que se desprende de la presión social implícita en la reproducción de las representaciones sobre un status u otro; es en esta disposición que se configuran los habitus45 -a los que hace referencia Bourdieu- sobre el rol de esposa.
Aunque profundizaré sobre los roles y “tipos” de mujer que aparecen en la siguiente afirmación, el caso de Lady permite resumir el argumento anterior no sólo por lo literal del paso de hija a esposa, sino por el hecho de que el segundo rol implica asumir una serie de responsabilidades vinculadas al hogar y al esposo. Ella me decía:
45 (Herrera, 2010).
-“ya estoy casada, yo ya no puedo hacer lo mismo de novia, o sea ver que me toca levantarme y saber que me toca la responsabilidad de lavar. Yo no lavaba en mi casa, yo sólo tendía mi cama y ayudaba a hacer oficio a veces los fines de semana, yo no sabía nada… saber que ahorita me toca asumir responsabilidades que nunca quise tener porque (…) yo decía: “yo soy la hija”. Ahora [debo] asumirlas [porque] ya sé que estoy casada y son de una mujer responsable casada”-.
Aquí es interesante considerar que la necesidad de asumir el rol de “cuidadora del hogar” no sólo hace parte de las características que se asignan tradicionalmente al rol de la esposa, sino que pone de manifiesto la relación entre la esposa y el hogar -siendo este último el centro de su acción. Desde una comprensión teórica clásica esto podría vincularse a la interpretación de la composición de la familia en la que la mujer -y sus funciones- están relegadas al espacio de lo privado o al hogar (Gutiérrez, 1997) (Rodríguez, 2005); así, aunque más adelante puedan abrirse espacios de transgresión, en los discursos de las mujeres con las que trabajé el hogar se convierte en un elemento central para su comprensión del matrimonio pues son ellas quienes deben dedicarse a este.
La idea de las mujeres que necesitan “construir el hogar” al casarse tiene un protagonismo especial, pues resalta la apropiación de una relación directa entre lo femenino y lo privado -la mujer y la casa, la esposa y las labores domésticas. Entonces, al ser perfomartivo, el ritual del matrimonio también transforma el contexto receptor de la acción de la mujer-esposa.