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Crecer en el amor

Frutos del buen discernimiento

E. Crecer en el amor

Como señalamos en las primeras páginas, el discernimiento del Plan de Dios y el proceso de amorización van íntimamente ligados. De hecho buscar realizar el designio divino en nuestras vidas no es otra cosa que crecer en el amor obediencial al Padre en Jesucristo por la acción del Espíritu Santo. Es por ello que el paciente y cotidiano discernimiento del Plan de Dios va llenando nuestra vida con la caridad. Como ya se mencionó antes, crecemos en el amor de amistad al Señor Jesús, expresado en el seguimiento de sus palabras: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando»1; a su vez crecemos en el amor de acogida al Espíritu de Amor, como también en el amor obediencial al Padre y sus designios; crecemos también en el amor a María, con tierna piedad filial; y en el amor a los hermanos humanos, con fraternidad entrañable. Así cada acto de amor nos va ensanchando el corazón, como un músculo que se va ejercitando y aumenta su capacidad de amar. De hecho, un símbolo de este misterio espiritual se hizo literal de modo extraordinario en el buen San Felipe Neri (1515-1595), quien al pedir, en una Vigilia de Pentecostés, los dones del Espíritu Santo2, experimentó cómo se le ensanchaba el corazón hasta quebrarle algunas costillas, aunque nunca experimentó dolor alguno, sino sólo un gozo indecible.

Este crecimiento en el amor se hace palpable en la vida de Santa María cuando en la cima del Calvario, a los pies del madero, recibe el testamento de su Hijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»3, y con el dolor-alegría de un alumbramiento espiritual, nos recibe a todos nosotros como hijos suyos. Su corazón se ensancha al explicitarse su vocación a ser madre espiritual de toda la humanidad. Así se cumple la profecía: «Antes de tener dolores dio a luz, antes de llegarle el parto dio a luz varón. ¿Quién oyó tal? ¿Quién vio cosa semejante? ¿Es dado a luz un país en un solo día? ¿O nace un pueblo todo de una vez? Pues bien: Tuvo dolores y dio a luz Sión a sus hijos»4.

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Jn 15,14. 2

Este hecho ocurrió la víspera de la Solemnidad de Pentecostés de 1544. 3

Jn 19,26. 4

F. La dulzura

La dulzura es una virtud derivada de la caridad y consiste en la actitud de mansedumbre caritativa hacia el prójimo; «es la expresión externa de la estima y el amor por el bien encerrado en el corazón de nuestro prójimo»1. Así como lo agrio o amargo nos suele generar rechazo, la dulzura nos atrae. Sólo la acción de la gracia puede hacernos personas dulces a los demás. Aunque parece una virtud fácil de vivir, supone un importante señorío sobre nosotros mismos y una caridad madurada por la gracia en el ejercicio del discernimiento del Plan de Dios. Esta virtud se puede relacionar también con la afabilidad, que consiste en «hablar y actuar de tal modo que resultemos agradables al prójimo»2.

En la discreta presencia de Santa María en las Escrituras podemos encontrar este modelo de dulzura en el contexto de la Iglesia naciente3, cuando, antes de recibir el Espíritu, los discípulos —huérfanos del Maestro— se congregan como niños asustados en torno a la Madre del Señor. Incluso después de haber pasado cuarenta días con Cristo resucitado, los discípulos cargan aún el miedo y, probablemente, el sentimiento de culpa de haberlo abandonado —casi todos— en el momento de la Cruz. Ella, la Mujer fuerte de la fe que ha comprendido los planes de Dios, derrama una dulzura que atrae y consuela a los Apóstoles en espíritu de oración a la espera del envío del bautismo de fuego que los lanzará «hasta los confines de la tierra»4.

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C. Gennaro, Dulzura, en Ermanno Ancilli (dir.), ob. cit., t. 1, p. 656, col. 1. 2

E. Bortone, Afabilidad, en Ermanno Ancilli (dir.), ob. cit., t. 1, p. 53, col. 1. 3

Ver Hch 1,14. 4

Conclusión

Como hemos podido ver a lo largo de este breve recorrido, el ejercicio del buen discernimiento, enmarcado en el nivel de la “gnosis” de la Dirección de San Pedro1, es fundamental para poder descubrir el Plan de Dios en la vida cotidiana, y de esa manera corresponder a la gracia y alcanzar el horizonte de plenitud de la santidad.

Si bien no es un camino exento de desafíos y dificultades, también contamos con una serie de medios que hacen posible abrirnos a la gracia de modo que ésta fructifique y nos permita cooperar con la obra de la reconciliación.

El discernimiento es, por otro lado, más un arte —en cuanto sabiduría— que una ciencia exacta. Es, por tanto, una capacidad que se va adquiriendo con la práctica y el crecimiento en la fe, y siempre con la ayuda de la gracia de Dios.

Discernir correctamente nos abre el camino para recorrer el fascinante camino de los planes de Dios y de nuestra propia felicidad. Por ello queremos terminar poniéndonos en las manos de nuestra Madre y pidiéndole: «Santa María, ayúdame a esforzarme según el máximo de mi capacidad y el máximo de mis posibilidades, para así responder al Plan de Dios en todas las circunstancias concretas de mi vida. Amén».

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