S Í N T O M A S D E C A M B IO
L a crisis social se m anifiesta de diferentes m aneras en sociedades distintas, pero la Atenas desgarrada por la guerra, la Atenas del últim o tercio del siglo v a. C ., se vio afectada por una sorprendente lista de factores de ten sión. L as antiguas certezas se vinieron abajo debido a una guerra prolon gada, a ideas subversivas, a desplazam ientos de la población, a una relativa pobreza tras un periodo de relativa prosperidad, a la polarización entre ricos y pobres, a turbulencias seguidas de estallidos ocasionales de violen cia e, incluso, de guerra civil (especialmente inquietante, pues, com parada con muchos otros Estados griegos, Atenas había permanecido libre de con tiendas civiles), a la reorganización del código legal, a cambios en las cos tumbres y en la estructura económica. Si todo esto no da como resultado una crisis social, es difícil saber qué podría hacerlo.
L a sociedad ateniense no se desintegraba, pero estaba m uy lejos de lle var una existencia tranquila. Para entender la situación, podríamos com pararla, quizá, provechosamente con la agitación experim entada por una
gran parte del «prim er mundo» en la década de i960. L a «revolución h ip
p ie» fue una auténtica crisis social, y varias ideas sociales importantes echa
ron raíces y pudieron haber provocado cambios permanentes en ámbitos como las prácticas em presariales, los servicios de salud, la religión, el trato al m edio ambiente, las actitudes hacia las m ujeres y la tolerancia de opcio nes de vida «alternativas», por m encionar solo las más importantes. Pero, tras los cambios, las sociedades norteam ericana y europea siguieron siendo las m ism as de antes en un grado reconocible. Los historiadores del futuro volverán la vista atrás y hallarán un cúm ulo de continuidades y habrá quienes duden de la pertinencia de la palabra «crisis», como lo hacen alg u nos historiadores de la Atenas clásica;1 pero quien haya vivido en esa época
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no tendrá ninguna duda de que era un térm ino preciso y aplicable a la si tuación. A parte de cualquier otra consideración, docenas de jóvenes de todo el m undo m urieron legalm ente a manos de las autoridades por inten tar hacer realidad aquellos cambios; por lo tanto, no debería sorprender nos que la crisis ateniense, uno de cuyos aspectos fue también el conflicto entre generaciones, pudiera resultar m ortal — como lo fue para Sócrates, acusado de corrom per a la juventud.
L as crisis sociales no se producen hasta que existe un nivel crítico de in satisfacción con la realidad existente. A un que hubo presagios en una fecha tan temprana como la década del 430, cuando las divisiones se agudizaron en Atenas y dieron a los aristócratas un motivo en el que centrar su descon tento, el año 4 15 fue el de la divisoria de aguas, cuando todas las tensiones latentes se mostraron al descubierto y contribuyeron a frustrar la expedición a Sicilia, que puso fin, más o menos, a las esperanzas atenienses de concluir la guerra con éxito. E l efecto de las tensiones fue en aumento al constatar que la derrota estaba garantizada a menos que los dioses o Alcibiades hicie ran un m ilagro. Aparte de cualquier otro factor crítico, imaginém onos a un ateniense que viviera, día tras día, año tras año, a sabiendas de que al cabo de poco tiempo se vería sometido a su enem igo más encarnizado.
P ero ésa era una de las pocas certezas del m om ento. L o que caracteri za de m anera particular la crisis ateniense es la incertidum bre, la posibili dad de descarrilar. E l golpe oligárquico del 4 1 1 es, sobre todo, una prueba p alm aria de la crisis, com o tam bién lo son las reacciones extrem as que em pañaron el paisaje de la guerra: las masacres de Escione y M elos, la le gitim ación — en el 4 10 — de la pena de m uerte para los «enem igos de la dem ocracia», la caza de brujas del 4 15 . A u n qu e la constitución estuviera auténticam ente am enazada, el pánico no iba a ser nunca la m ejor m anera de hacer frente a la am enaza. T o d os esos sucesos son señales claras de una sociedad en tensión.
L a fam osa «volubilidad» por la que los críticos censuraron la dem ocra cia era también un síntom a de pánico — consistente en reaccionar de for ma excesiva en un prim er m om ento, para tener que buscar luego medios con los que com pensar esa actitud— . E n el transcurso de un día o dos del 433 a. C ., los atenienses votaron, prim ero, no inm iscuirse en los asuntos de Corcira, y, luego, hacerlo — decisión que contribuyó de m anera im portan
te, según sabían, a provocar la G u erra del Peloponeso— E n el año 430 depusieron e inhabilitaron a Pericles, para rehabilitarlo al año siguiente. E n el 428 cam biaron de opinión en veinticuatro horas sobre la dureza con que iban a castigar a Mitilene. E n el 4 15 se im plicaron con entusiasmo en la expedición a Sicilia, pero tras su fracaso no se responsabilizaron de ella: fue «como si no hubieran sido ellos mismos quienes la habían votado; y también se irritaron con los intérpretes de los oráculos y los adivinos y con todos aquellos que a la sazón, con alguna profecía, les habían hecho conce bir la esperanza de conquistar Sicilia».2 E n el 4 15 desterraron y m aldijeron a Alcibiades, en el 408 lo llam aron de nuevo, y lo volvieron a desterrar unos meses más tarde; les parecía peligroso, pero este trato arbitrario dela ta debilidad y una crisis de confianza en sí m ismos: no estaban seguros de poder refrenarlo. Insistían en que tenían derecho a ju zgar a los generales de las A rgin usas, pero pocos días después cam biaron de opinión y castiga ron a algunos de los que habían insistido en celebrar aquel juicio masivo. Ö tro rasgo llam ativo de la política ateniense es la falta de moralidad. E l debate con los mitilenios se form uló únicamente en función de criterios de conveniencia, y en el diálogo de Melos, los atenienses descartaron, sin más, cualquier consideración referente a la justicia. L a generalización de esa ac titud se tradujo en la atroz masacre de Escione. Estos dos rasgos de la políti ca de Atenas en tiempo de guerra — falta de m oralidad y volubilidad— es tán m utuam ente relacionados: si todo lo que le interesa a alguien es su bien propio inmediato, será fácil persuadirlo, apelando de m anera convincente a ese criterio, para que haga cosas de las que se abstendría en otras circunstan cias. Ésta es una de las razones de que Sócrates insistiera en que la auténtica m oralidad ha de basarse en el conocimiento, pues el conocimiento no está expuesto a vacilaciones; y ése es también el m otivo de que adujera que, a
pesar de las apariencias, la conducta moral es buena para el que actúa.
P R I N C I P A L E S T E N S I O N E S S O C IA L E S
E l historiador Tucídides reconoció como elementos de tensión dos de los acontecimientos más dramáticos e im portantes sufridos por Atenas. E n unos pasajes m em orables describe los efectos de la peste sobre los atenien-
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ses en particular, y de la guerra sobre las sociedades en general. E l prim ero form a parte de la vivida descripción de los efectos tanto médicos como m orales de la peste que nos ofrece el historiador. L a fiebre tifoidea afectó a Atenas en el verano del 430, en un m om ento de calor sofocante, cuando la ciudad estaba abarrotada por quienes habían buscado tras sus m uros un refugio ante los peloponesios que invadían las zonas rurales. L a epidem ia duró intermitentemente la m ayor parte de un cuatrienio (con un ligero rebrote en el 410) y provocó la m uerte de trescientos hombres ricos, 4.400 de rango hoplita y un sinnúm ero de otras personas — campesinos, m u je res, niños, esclavos y forasteros— que aparecen raram ente en las estadísti cas de los historiadores antiguos. L a peste acabó con la vida de una cuarta parte de la población de Atenas, por lo menos. D ifícilm ente puede extra ñar que sus efectos en la m entalidad de una generación de atenienses fue ran tan poderosos:
L a gente se atrevía más fácilmente a acciones con las que antes se complacía ocultamente, puesto que veían el rápido giro de los cambios de fortuna de quienes eran ricos y morían súbitamente, y de quienes antes no poseían nada y de repente se hacían con los bienes de aquéllos. Así aspiraban al provecho pronto y placentero, pensando que sus vidas y sus riquezas eran igualmente efímeras. Y nadie estaba dispuesto a sufrir penalidades por un fin considerado noble, puesto que no tenía la seguridad de no perecer antes de alcanzarlo. L o que resultaba agradable de inmediato y lo que de cualquier modo contribuía a ello, esto fue lo que pasó a ser noble y útil. N ingún temor de los dioses ni ley humana los detenía; de una parte juzgaban que daba lo mismo honrar o no honrar a los dioses, dado que veían que todo el mundo moría igualmente, y en cuanto a sus culpas, nadie esperaba vivir hasta el momento de celebrarse el juicio y recibir su m erecido.10
H a y cierto grado de exageración en el relato — no todos los atenienses su cum bieron al desorden, y, en el plano oficial, las prácticas religiosas conti nuaron más o menos con igual intensidad— ; pero solo cierto grado. L as cosas no se habrían descontrolado de tal m anera en el orden m oral si no se hubiesen hallado ya desestabilizadas. P or otra parte, no tiene por qué sor prendernos el nihilism o de las reacciones de la gente: en el año 1755, un gran terrem oto afectó a Portugal y M arruecos, y las sacudidas, los incen
dios y los m arem otos acabaron con la vida de cien m il personas. E l hecho de que la m ayoría de las muertes se produjeran en Portugal, un país devo tamente cristiano, y que el tem blor de tierra coincidiese con una im portan te fiesta católica, provocó una duda generalizada en la existencia de una divinidad benevolente y dejó un legado perdurable en form a de un debili tamiento de la fe cristiana en Europa.
Apenas es necesario aducir que la guerra, y en especial una guerra tan prolongada, provoca tensiones en la sociedad. E n el segundo pasaje, T u c í dides reflexiona en torno a los efectos de los conflictos bélicos, y en especial de la guerra civil, sobre el com portam iento m oral de la gente:
E n tiempos de paz y prosperidad tanto las ciudades como los particulares tie nen una m ejor disposición de ánimo porque no se ven abocados a situaciones de imperiosa necesidad; pero la guerra, que arrebata el bienestar de la vida cotidiana, es una maestra severa y modela las inclinaciones de la mayoría de acuerdo con las circunstancias imperantes. A sí pues, la guerra civil se iba adueñando de las ciudades, y las que llegaban más tarde a aquel estadio, debi do a la información sobre lo que había ocurrido en otros sitios, fueron mucho más lejos en la concepción de novedades tanto por el ingenio de las iniciativas como por lo inaudito de las represalias. Cam biaron incluso el significado nor mal de las palabras en relación con los hechos, para adecuarlas a su interpre tación de éstos. L a audacia irreflexiva pasó a ser considerada valor fundado en la lealtad al partido, la vacilación prudente se consideró cobardía disfrazada, la moderación, máscara para encubrir la falta de hombría, y la inteligencia capaz de entenderlo todo, incapacidad total para la acción; la precipitación alocada se asoció con la condición viril, y el tomar precauciones con vistas a la seguridad se tuvo por un bonito pretexto para eludir el peligro. E l irascible era siempre digno de confianza, pero su oponente resultaba sospechoso. Si uno urdía una intriga y tenía éxito, era inteligente, y todavía era más hábil aquel que detectaba una.4
Tu cídides da a entender seguidam ente que en tiempos de contienda civil los lazos fam iliares se debilitan, se pronuncian los juram entos más solem nes por la sola razón de que no se tiene a m ano otra arm a que blandir contra los adversarios, y la m anipulación ilegal de las asambleas está am pliam ente extendida. Se trata de un cuadro de falta absoluta de m oralidad
2o6 Crisis y conflicto y de distorsion de los valores tradicionales — que nos recuerda de m anera inquietante cómo tam bién Alcibiades estaba dispuesto a redefinir las pala bras,5 de m odo que el patriotism o fuera una cualidad que solo se debía a un E stado conform ado ya según las opiniones políticas del interesado— . T a l como dijo T ucídides, la gu erra es una m aestra severa. E n una de sus
obras más apabullantem ente vigorosas, Las troyanas, estrenada en el 4 15 ,
Eurípides mostró cómo la gu erra obliga a las personas a traicionar lo m e jor de sí mism as y a adoptar dobles raseros.6
A p arte de la prolongada guerra y la peste, otro factor im portante de tensión no observado por Tu cíd id es fue el económico. E n un prim er m o mento, el volum en del com ercio exterior creció enormemente y com enzó a im poner a Atenas algo reconocible como una economía de m ercado, de bido, sim plemente, al tam año de la población a finales de la década del 430 (que superaba los 335.000 habitantes según el cálculo más reciente)7 frente a la cantidad de territorio disponible y al desplazam iento de una gran p ar te de la población rural a la ciudad durante la guerra. Com o suele suceder en las sociedades no m ercantiles, las relaciones comerciales form aban p ar te de la estructura de la sociedad; ahora se fueron desgajando de ella, y el precio o el valor de los productos em pezaron a ser dictados por las fuerzas del m ercado y no por factores sociales como la reciprocidad, el trueque ritualizado o la vecindad. L a producción com enzó a no destinarse al uso (regido por el ideal doméstico de la autosuficiencia) y se dirigió a la obten ción de beneficios. E l comercio, y no la agricultura, comenzó a ser la base de la vida económica. Se trata de cambios importantes en una sociedad: la vida no volvería a ser la m ism a.
L A B R E C H A G E N E R A C I O N A L
Alcibiades tenía algo de Peter Pan. Los relatos que hablan de él lo presen tan como un eterno joven en constante desafío a las figuras paternas o a la autoridad en general y que raram ente pensaba en el futuro. D e hecho, muchos vieron a todos los de su edad como una generación inm adura en cierto sentido y designaron a los adinerados aristócratas, cuyo adalid reco nocido era Alcibiades, con el calificativo de «los jóvenes». L as comillas
están puestas aquí porque se trataba de una cuestión tanto ideológica como fáctica; las edades reales de las personas im plicadas im portaban menos que el hecho de que se socavase la autoridad tradicional. T o d a generación se distancia de la anterior, pero, en la década del 420, la riqueza, una m ejor educación y otras tensiones sociales exageraron este proceso por prim era vez. Las tragedias y las comedias del periodo representan a personajes como Alcibiades, com prom etidos en situaciones que reflejan tanto la ad m iración ateniense por la energía de la juventud como el miedo a ella.
Los acarnienses de Aristófanes (estrenada en el 425) contiene un lamento que expresa las quejas porque unos mocosos listillos daban sopas con hon da en los tribunales a la generación de más edad, los combatientes de M a
ratón; Las nubes (423, en su versión original) presenta a un joven que se
sirve de lo aprendido de Sócrates para justificar la paliza que propina a su
padre; en Las avispas (422) se m uestra tam bién el enfrentam iento de un
hijo con su padre (la m anera natural que tenía un dram aturgo de repre sentar el conflicto intergeneracional) en un debate destinado explícita mente a m ostrar lo ridicula que le parece al joven la generación mayor. E n general, los viejos son presentados como los m antenedores de los valores sencillos del pasado, mientras que los jóvenes siguen todas las modas m o dernas en el vestido, el lenguaje y los debates. E l conflicto entre generacio nes fue una cuestión viva en Atenas en el últim o cuarto del siglo v, y en especial desde el 425, aproxim adam ente, hasta el 4 15 . L a cultura de la ju ventud, adem ás de acelerar ciertos cambios, contribuyó también a la crisis social.
E n el año 423, en su obra Las suplicantes, Eurípides escribía:
T e dejaste arrastrar por unos muchachos que se complacen con la honra y atizan las guerras contra la justicia. Destruyen a los ciudadanos, uno con tal de mandar un ejército, otro por sentirse superior teniendo poder en sus manos, otro por sacar provecho sin pararse a mirar si el pueblo recibe daño al soportar la guerra.8
Ocho años depués, N icias se hacía eco de esas m ism as palabras cuando acusó al pueblo ateniense de haber sido arrastrado por «los jóvenes» (en especial por Alcibiades) a querer invadir Sicilia. L a im agen común que se
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tenía de los jóvenes es que eran belicistas. E l ostracismo del 4 16 fue un m om ento crítico, y Plutarco form ula esta astuta observación: «Fu n d a m entalm ente, la disputa era entre la generación más joven, que quería la guerra, y la más vieja, que deseaba la paz; uno de los bandos esgrim ía el óstrakpn contra N icias, y el otro contra A lcibiades».9 «Joven» era otra m a nera de decir «aventurero»; y, tras la expedición a Sicilia, «precipitado».
Se pensaba10 que los jóvenes querían el poder político dem asiado pron to, antes de ser lo bastante sabios com o para m anejarlo bien; frecuentaban a Sócrates y a otros maestros que les mostraban cómo m anipular las reu niones de masas, les hacían ser escépticos en m ateria de religión y les ense ñaban a no respetar a sus m ayores. C uando la gente es pobre y tiene que arañar sus medios de vida del terruño, como le ocurría al noventa por ciento de los atenienses del siglo v, los valores fam iliares son de im portan cia prim ordial. E l hijo sucede incuestionablemente al padre, y la fam ilia se m antiene unida a toda costa, m ientras los jóvenes cuidan de los ancianos siguiendo un ritm o tan natural como las estaciones. E n la Atenas arcaica, hasta los ricos carecían de un colchón que les protegiera de los azares de la fortuna, y esos valores se hallaban profundam ente arraigados en todos los niveles de la sociedad. Pero la Atenas im perial vivía en una situación m u cho m ejor, y la riqueza erosiona la fam ilia. U nos hijos que se consideren refinados y educados despreciarán, quizá, a sus padres y su m anera de v i vir. A q u élla fue una revolución juvenil como la presenciada en N u eva Y o rk en la década de 1920, o en San Francisco en la de i960. Aristófanes
retrató de m anera divertida en Las nubes11 el conflicto en el debate y las
chanzas entre «D on Justo» y «D on Injusto»; el dinám ico y refinado don Injusto derrota al viejo carcam al don Justo.
L o s jóvenes tenían, incluso, su m úsica y sus modas propias. Llevaban el pelo suelto (y no en un m oño), como se hacía en Atenas en el pasado y se seguía haciendo en E sp arta en el presente. E l calzado espartano era el úl timo grito, y la m oda aristocrática de la pederastía se çonsideraba también una im itación tom ada de Esparta. Alcibiades inventó un tipo de calzado, fue por delante de los dem ás al preferir tocar la lira y no la flauta y puso en boga decorar las paredes del hogar con escenas coloristas de la m itología. E n cuanto a la m úsica, varios poetas procuraron satisfacer los gustos de los jóvenes que buscaban variedad y arrebato, algo que les distinguiera de sus