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CRISIS EXISTENCIA! Y ENFERMEDAD

In document 26. Gonzalez Orozco, I. - Hume (página 39-43)

En estas cavilaciones se devanaban las potencias racionales del joven Hume, con el subsiguiente deterioro de su relación con el estudio de las leyes, que se le hizo tan insoportable como el peso de la piedra de Sísifo. Pero como el futuro filósofo no estaba sujeto a ninguna maldición divina, y hasta la lealtad a sus compromisos familiares tenía un límite, rayano en la inte­ gridad mental del compromisario, renunció un buen día a una carrera que le prometía para el futuro una más que probable estabilidad económica, si bien bajo la amenaza de un tedio crónico. La acumulación de lecturas filosóficas, incansable, había formado por fin una masa crítica; según las palabras del propio Hume, «pareció que se me abría un nuevo escenario de pensamientos». Corría el año 1726.

Ni la clarividencia con que acababa de comprender que su futuro estaba en la filosofía ni el arrojo demostrado al seguir sus convicciones, más propio de un adulto hecho y derecho que de un muchacho, pudieron librarle de una nueva crisis interior, suscitada por el estupor de sus familia­ res. A los quince años y sin egresar se hallaba de vuelta en Ninewells, donde seguramente recibió las admoniciones de

su madre y reproches por parte de su tío, el pastor de almas, a la sazón administrador de los bienes familiares, a quien debía de hacer muy poca gracia la perspectiva de una boca improductiva más en la mesa doméstica.

El choque de perspectivas hizo que Hume cayera en un estado de nerviosismo crónico que ni siquiera lograban ali­ viar sus lecturas, como siempre, convulsivas. Recibió varias veces la visita de un médico local, quien le diagnosticó un curioso mal, la «enfermedad de los instruidos», se supone que una crisis depresiva o de ansiedad, para la cual pres­ cribió un régimen de lo más curioso, por incluir cerveza y «una pinta inglesa de clarete al día», así como largos paseos a caballo por la campiña de Ninewells.

No se sabe si a causa o a pesar de esta terapia, o quizá solo por las repercusiones metabólicas o glandulares de su dolencia, el cuerpo estilizado de Hume se hizo grávido y orondo, semblanza que mantuvo hasta el final de sus días y con la que ha pasado a la historia, a través de la iconografía. La convalecencia fue muy lenta y al parecer no se resolvió con la curación total del organismo, puesto que el filósofo padeció desde entonces molestas alteraciones del funciona­ miento renal y eventuales trastornos psíquicos.

Paréntesis en Bristol

Permaneció Hume en Ninewells apartado del mundo, dedi­ cado a la lectura y acuciado por las rémoras de su enferme­ dad, hasta 1734, cuando se le abrieron nuevas perspectivas vitales en forma de un empleo en el puerto de Bristol.

Aquel ambiente pueblerino era en verdad opresivo, pues le bastaba con abrir la boca para estrellarse de frente contra el mundo ancestral en que vivía, dominado por una religión

de sesgo puritano cuyo dogma se amalgamaba y fundía con las supersticiones de los lugareños. Parece ser que a esa in­ comodidad, de carácter externo, puertas adentro se suma­ ban los cuidados excesivos que le deparaba su madre, celosa de su salud hasta un grado de exageración que aumentaba la ansiedad que el joven de por sí ya sufría.

Tampoco contribuía a su paz interior cierta mala con­ ciencia, fruto de la condición de dependiente con nula aportación al mantenimiento del peculio doméstico. Así que afirma que se sentió «tentado, o más bien obligado, a hacer un débil intento por acceder a un escenario de vida más activo». Por ello cayó como agua de mayo sobre su ánimo la propuesta de un amigo de la familia, que le ofre­ ció un puesto de trabajo administrativo en la oficina de un agente marítimo de Bristol, uno de los puertos más activos del comercio inglés de la época.

En aquellos tiempos, la ciudad había encontrado su fi­ lón en la trata de seres humanos entre Africa y América; los barcos zarpaban de Bristol cargados de manufacturas con las que pagar las capturas humanas a los reyezuelos de la costa occidental africana; el flete de cautivos nave­ gaba luego hasta las Antillas, donde eran vendidos como esclavos, y con la recaudación se adquiría azúcar, un bien altamente cotizado en Inglaterra. Gracias a este comercio tan lucrativo — a la par que criminal— se acumularon in­ mensas fortunas.

Ajeno a estas consideraciones, Hume se puso en camino hacia Bristol con la ilusión de que su trabajo le permitiera viajar y conocer mundo. En teoría, su aspiración no tenía por qué ser descabellada: las navieras británicas poseían sucursales y personal de representación destacado en las colonias de Su G raciosa Majestad, que ya tachonaban el mapa de tres continentes, América, África y Asia, y al que

mucho le quedaba aún por extenderse sobre el planisferio. Pero, a la postre, sus sueños quedaron en agua de borrajas.

Camino de Bristol, Hume recaló en Londres, donde es­ cribió a uno de los médicos más prestigiosos de la época, su paisano el doctor John Arbuthnott, uno de los precurso­ res de la psicología moderna, lo cual hace suponer que se­ guía siendo víctima de sus viejos males. En la misiva, nun­ ca remitida, el viajero describió su enfermedad como una «destem planza» cargada de «inflamadas imaginaciones», y habló también de sus precarios medios para sobreponerse a ella: «Trato continuamente de fortalecerme con reflexio­ nes sobre la muerte, la pobreza, la vergüenza, el dolor y todas las demás calamidades de la vida». Tan solo pare­ cía confortarlo cierta conciencia de sublimidad, al afirmar: «Creo que es un hecho cierto que la mayoría de los filóso­ fos del pasado resultaron en última instancia derribados precisamente por la grandeza de su genio, y que para tener éxito en este estudio se requiere poco más que dejar de lado todos los prejuicios, tanto de la propia opinión como de la ajena». Esta afirmación debió de ser una suerte de espaldarazo para su ánimo quebrantado, porque al final de la carta expresaba su convicción de que la enfermedad que lo acechaba tenía remedio, pero solo hallaría cura dentro de sí mismo.

La experiencia de Bristol resultó decepcionante y sin ningún interés personal para Hume. Conform e sus re­ flexiones iban m adurando, críticas y alternativas teóricas a los autores estudiados en sus ratos libres, más se parecía el trabajo a un suplicio. Y en cuanto a sus soñados via­ jes, tenía que conformarse con acudir a los muelles para ver cómo zarpaban )os barcos: «solo tardé unos meses en com probar lo inadecuado que aquel escenario resultaba para m í». Fue entonces cuando la suerte vino a buscarlo

In document 26. Gonzalez Orozco, I. - Hume (página 39-43)