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Inicial, Nº 5, mayo de 1925.

Nuestra crisis universitaria es ante todo, una crisis de moralidad. El problema, plan- teado en tales términos, es en verdad irreductible. Una norma ideológica de acción po- lítica, un programa de renovación institucional––, digámoslo de una vez, un simple pre- texto teórico para la lucha, pueden modificarse, substituirse, hasta improvisarse. Pero si el mal ha rasgado la epidermis de los principios y las abstracciones, para entrañarse en el fuero íntimo de nuestra sensibilidad política, de nuestro sentido de la moralidad, el problema se desplaza y adquiere una nueva dimensión, ya que se refiere a las mis- mas raíces espirituales de la actividad pública. […]

Pero no todas son sombras en el cuadro. […]

En el hogar mismo de la más aristocrática tradición universitaria, en la Facultad de Derecho, los consejeros estudiantiles han clavado las lanzas de las huestes renovadoras en señal de desafío. Todo eso se debe a la Reforma: un nuevo estremecimiento, una nue- va palpitación. Pero la Reforma, la verdadera Reforma, no ha empezado aún; o, más bien, ha tenido lugar en el sentido más rigurosamente etimológico del término, pero no en la amplia acepción que nosotros le damos. Ha habido, en verdad, Reforma, es decir, cambio, subversión de formas, nada más que superficial subversión de formas, fenó- meno aparencial sin ninguna trascendencia interior. […]

Se ha concedido eficacia electoral al estudiante, se ha admitido su ingreso en lo que se llama política universitaria; pero el tono de la cultura, los métodos pedagógicos, la función de la Universidad, no han cambiado. Y como toda reforma Universitaria, pre- cisamente por ser universitaria, debe ser en sus últimas consecuencias una transvalora- ción de la cultura, de los valores espirituales, no ha habido hasta ahora tal reforma, si- no, sencillamente, una nueva manera política. […] Es necesario dar un contenido a la Reforma. Y eso no se logrará sino eliminando, por una parte los que creen que la Re- forma es exclusivamente un problema político, una cuestión electoral; es decir, elimi- nando a Tartufos y personalistas, y auspiciando en todas las Facultades la formación de grupos de estudiantes selectos, con plena conciencia de los problemas candentes del momento, y capaces de coronar la conquista política con la conquista espiritual.

INICIAL

Iberoamericanismo

Inicial, Nº 8, agosto de 1925.

[…] Invitada a colaborar a la organización de un próximo Congreso de la Juventud Iberoamericana, nuestra revista ha asumido desde el primer momento una actitud más bien polémica y crítica en ciertos puntos concretos aun cuando, en mérito a exigencias de oportunidad, prefirió colocarse siempre en el lugar equidistante que pudiera resol- ver las disidencias suscitadas. Las bases propuestas al Comité Organizador ––transcrip- tas en otro lugar de este número–– fueron aceptadas en general, salvo algunas modifi- caciones que alteraron, sobre todo en la parte política, la redacción primitiva del proyecto, sin desvirtuar substancialmente la inspiración fundamental del mismo. […]

[…] Nuestra posición ante el asunto puede definirse en su aspecto más formal con estas palabras: el iberoamericanismo no debe entenderse en primer término con una in- terpretación política, sino cultural. Toda tentativa encaminada a constituir de cualquier grupo de pueblos americanos una unidad política superior, es irrealizable y ahistórica, debe relegarse sin piedad al archivo de las piadosas utopías, y no expresa el sentimien- to nacional argentino. […]

Nos ha parecido conveniente ––asimismo–– oponernos a la orientación que pre- tende reducir todos los problemas posibles, a una ecuación política, económica o so- cial. Un Congreso constituido por universitarios e intelectuales que hiciera abstrac- ción, precisamente, de los problemas universitarios e intelectuales, nos parece una paradoja tan absurda que sólo al enunciarla se advierte la intrínseca contradicción en que incurre. […]

Nosotros no podemos estar con un grupo de intelectuales que no contempla otras manifestaciones que las de orden político o social, omitiendo problemas de cultura a nuestro modo de ver tan urgentes, e imperiosos como los otros. De ahí la imposibilidad de que Inicial adhiera a instituciones como la Unión Latinoamericana, altamente sim- páticas por la generosidad de su inspiración, pero equivocadas en sus fines–– demasia- do restringidos y exclusivos. […]

Y permítasenos afirmar ––ya que no cultivamos la farsa de la fraternidad continen- tal hasta el extremo de torcer nuestro íntimo pensar y de echar un velo sobre las insufi- ciencias nacionales o ajenas–– que los dos países que en la actualidad están en las con-

diciones adecuadas para enunciar una palabra original sobre el tema, son México y la Argentina. Hay países americanos que están por resolver todavía los mismos proble- mas de la unidad nacional y de la organización institucional, que los argentinos hemos superado desde hace ya más de medio siglo. Apremiados por la urgencia de la situación política, pertenecen en una infancia intelectual envidiable, en plena era romántica de las barricadas, de los panfletos y de las sociedades secretas. Esto no importa decir que el Congreso deba desentenderse en absoluto de esas contingencias políticas: un núcleo activo de jóvenes emigrados ––en su mayor parte estudiantes–– entretienen la opinión pública de los países amigos, repitiendo la hazaña de la emigración argentina en la épo- ca de Rosas. […] Pero el hecho ––a pesar del interés que debe suscitar–– no puede al- canzar la dignidad de un asunto continental, y no bastaría por sí solo para asignar a la juventud iberoamericana una misión común, a la vez que característica, sobre todo si se tiene en cuenta que los principios liberales y democráticos han perdido su eficacia como ideal actuante. […]

Debemos evadir el peligro de formular el antagonismo existente, en el terreno eco- nómico, político o militar ––y sólo ahí–– porque la disparidad evidente de fuerzas hace inútil toda discusión al respecto. La verdadera batalla se librará en el terreno cultural, es decir, no será otra cosa sino el conflicto entre una corriente de civilización ––concre- tada en las costumbres, el espíritu y la formación mental norteamericanas–– y la opues- ta corriente de tradición latina, y con caracteres privativos, que encarnan los países de la América Ibera. […]

No queremos terminar sin aludir a otro problema contemplado en las proposicio- nes. Nos referimos a la Reforma en la Universidad. En este punto, creemos imprescin- dible superar la interpretación puramente socializante y demagógica del año 18. En aquella época, casi todos los jóvenes éramos más o menos bolcheviques. La Reforma Universitaria no puede tener esa finalidad meramente social: circunscribiéndola en esa definición, se disuelve ella misma como reforma específicamente universitaria. Inspi- rándonos en ideas que no es esta la oportunidad de desarrollar, sugerimos una proposi- ción redactada en los siguientes términos:

Generalización y coordinación del movimiento reformista en todas las universida- des de Iberoamérica, en su triple aspecto político, pedagógico y social:

Político. Participación de los estudiantes en el gobierno universitario.

Pedagógico. Reforma de los métodos y del contenido tradicionales de la enseñan- za universitaria. Substitución en los estudios de la vieja orientación materialista y po- sitivista por una amplia orientación humanista y filosófica, sobre la cual fundamenta- rá su cultura la América del porvenir.

Social. Afirmación del principio de la doble función, técnica y social, de la Univer- sidad, considerada como órgano de difusión de la cultura en el ámbito del pueblo.

Esa redacción primitiva sufrió algunas alteraciones que diluyeron en la vaguedad de la frase acomodaticia el pensamiento claro que expresaba en un principio. Pero la segunda versión admite también el contenido que nosotros queremos asignarle, y que desenvolveremos en un próximo editorial consagrado al tema.