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CUÁL DEBE SER EL COMIENZO DE LA CIENCIA?

In document Hegel Ciencia de La Logica (página 63-77)

SÓLO en los tiempos modernos surgió la conciencia de que es difícil hallar un

comienzo a la filosofía, y se ha discutido ampliamente la razón de esta dificultad,

así como la posibilidad de resolverla.+

El comienzo de la filosofía debe ser mediato o inmediato, y es fácil demostrar que no puede ser ni lo uno ni lo otro; de modo que ambas maneras de comenzar se encuentran sujetas a refutación.

El principio de una filosofía expresa, sin duda, también un comienzo, pero no tanto subjetivo cuanto objetivo, esto es, el comienzo de todas las cosas. El principio es un contenido determinado de un cierto modo: el agua, el uno, el Nus, la idea, la sustancia, la mónada, etc.; o, si se refiere a la naturaleza del conocimiento -Y por eso debería ser más bien un criterio que una determinación objetiva- pensar, intuir, sentir, yo, la subjetividad misma; de modo que en ambos casos es la determinación del contenido lo que atrae el interés. Por el contrario el comienzo como tal, en cuanto que es algo subjetivo, en el sentido de que inicia la marcha de la exposición de una manera accidental, queda inobservado e indiferente; y por consiguiente la necesidad de plantearse el problema de con qué se debe comenzar, resulta también insignificante frente a la necesidad del principio, donde parece residir todo el interés de la cosa, es decir, el interés de conocer qué es lo verdadero, el fundamento absoluto de todo.

Pero la dificultad moderna tocante al comienzo proviene de una necesidad más profunda, desconocida todavía por los que se ocupan de manera dogmática en dar la demostración del principio, o de manera escéptica en buscar un criterio subjetivo contra el filosofar dogmático; necesidad negada del todo por los que querrían empezar como con un tiro de pistola, por sus revelaciones interiores, por la fe, la intuición intelectual, etc., y querrían prescindir del método y de la lógica. Si el pensamiento abstracto antiguo se interesa primero tan sólo por el principio considerado como contenido, luego, con el progreso de la cultura, se ve obligado a prestar atención a la otra parte, es decir al comportamiento del conocer; entonces también la actividad subjetiva es concebida como un momento esencial de la verdad objetiva, y surge por lo tanto la necesidad de que se unan el método con el contenido, la forma con el principio. Así, pues, el principio tiene que ser también comienzo y lo que es anterior (prius) para el pensamiento, tiene que ser también primero en el curso del pensamiento.

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Hay que considerar aquí sólo cómo aparece el comienzo lógico. Ya se han mencionado los dos aspectos en que puede ser considerado, bien de modo mediato como resultado, o bien de modo inmediato como verdadero comienzo.

No es éste el lugar de analizar la cuestión, que parece tan importante para la cultura moderna, de saber si el conocimiento de la verdad es un conocimiento inmediato, absolutamente inicial, una fe, o si es un conocimiento mediato. En cuanto semejante consideración podía ser planteada previamente, ya lo fue en otra parte (en mi Enciclopedia de las ciencias filosóficas, 3 ed., en los prolegómenos § 61 y sigts.1). Acerca del asunto, sólo expondremos aquí lo siguiente, que: nada hay en el cielo, en la naturaleza, en el espíritu o donde sea, que no contenga al mismo tiempo la inmediación y la mediación, así que estas dos determinaciones se presentan como unidas e inseparables, y aquella oposición aparece sin valor. Pero, en lo que concierne a la discusión científica,

las determinaciones de la inmediación y de la mediación y por ende la discusión

acerca de su oposición y su verdad se encuentran en cada proposición lógica. En cuanto esta oposición, en relación con el pensamiento, el saber y el conocimiento, asume la forma más concreta del saber inmediato o mediato, la naturaleza del conocer es tratada en general igualmente dentro de la ciencia de la lógica, y el mismo conocer en su ulterior forma concreta pertenece a la ciencia del espíritu y a su fenomenología.

Pero querer ya antes de la ciencia poner en claro lo referente al conocimiento, significa pretender que el conocimiento sea examinado fuera de la ciencia; pero

fuera de ella menos aún puede efectuarse de modo científico, y aquí sólo se trata

del modo científico.

El comienzo es lógico, en cuanto debe efectuarse en el elemento del pensamiento libre, que existe para sí, es decir, en el puro saber.

Por eso es mediato, en cuanto el puro saber es la última, absoluta verdad de la

conciencia. En la Introducción se observó ya que la fenomenología del espíritu es

la ciencia de la conciencia, que ella tiene por fin exponer que la con ciencia tiene como resultado final el concepto de la ciencia, es decir el puro saber.

En este sentido la lógica presupone la ciencia del espíritu fenomenológico, ciencia que contiene y demuestra la necesidad y en consecuencia la prueba de la verdad, propia del punto de vista del saber puro, y también contiene su mediación en general. En esta ciencia del espíritu en sus manifestaciones, se parte de la conciencia empírica, sensible; y ésta es el verdadero saber inmediato. En aquella misma ciencia se examina qué contiene dicho saber inmediato. Con respecto a otras formas de conciencia, como por ejemplo, la fe en las verdades divinas, la experiencia interna, el saber por revelación interior, etc., éstas se muestran, después de breve reflexión, muy inadecuadas para ser presentadas como saber inmediato. En aquella exposición, la conciencia inmediata constituye aún lo primero y lo inmediato en la ciencia, y por tanto la presuposición; pero en la

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lógica la presuposición consiste en lo que en aquella consideración se mostró como el resultado, esto es la idea como puro saber. La lógica es la ciencia pura, es decir, el saber puro en la amplitud total de su desarrollo. Pero esta idea se ha determinado en tal resultado como aquella que es la certeza convertida en verdad, la certeza que por un lado ya no está frente al objeto, sino que lo ha convertido en interior y lo conoce como a sí misma; y que por otro lado ha renunciado al conocimiento de sí misma como de algo situado frente a la objetividad y que es su negación; se ha desprendido de esta subjetividad y constituye una unidad con éste su desprendimiento. A fin de lograr ahora que partiendo de esta determinación del puro saber el comienzo quede inmanente a la ciencia del mismo, nada hay que hacer sino considerar atentamente, o más bien, dejar a un lado todas las reflexiones y todas las opiniones que se pueda tener, y sólo aceptar

lo que está en nuestra presencia.

El saber puro, en cuanto que se ha fundido en esta unidad, ha eliminado toda relación con algún otro y con toda mediación; es lo indistinto; por consiguiente este indistinto cesa de ser él mismo saber; sólo queda presente la simple

inmediación.

La simple inmediación es ella misma una expresión de la reflexión y se refiere a la diferencia con respecto a lo mediato. En su verdadera expresión esta simple inmediación es en consecuencia el puro ser. Y como el puro saber no debe significar más que el saber como tal, totalmente abstracto, así también el

puro ser no debe significar más que el ser en general: ser nada más, sin otras

determinaciones ni complementos.

Aquí el ser, es lo que comienza, presentado como surgido de la mediación y justamente de una mediación que es al mismo tiempo la superación de sí misma; y se presenta con la presuposición .del saber puro concebido como resultado del saber finito, es decir de la conciencia. Pero, si no debe hacerse ninguna presuposición, y si el comienzo mismo ha de ser tomado como inmediato, entonces se determina sólo en cuanto debe ser el comienzo de la lógica, del pensamiento por sí. No existe ya entonces, sino la decisión, que también puede conceptuarse como arbitraria, de considerar al pensamiento como tal. De modo que el comienzo tiene que ser absoluto, o lo que aquí significa lo mismo, un comienzo abstracto; no debe presuponer nada, no debe ser mediado por nada, ni tener un fundamento, más bien debe ser él mismo el fundamento de toda la ciencia. Por consiguiente, tiene que ser absolutamente algo inmediato, o mejor lo

inmediato mismo. Así como no puede tener una determinación frente a algún otro, tampoco puede contener una determinación en sí, no puede encerrar en si

ningún contenido, porque éste mismo sería una diferencia y una relación de un diferente con otro, y por ende, una mediación. El comienzo es, por consiguiente,

el puro ser.

A esta simple exposición de lo que pertenece primeramente a lo que es lo más simple de todo, esto es, el comienzo lógico, pueden añadirse otras reflexiones más; sin embargo, éstas no tienen que servir como aclaración o confirmación de aquella exposición que es completa por sí misma, sino que son causadas

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únicamente por representaciones y reflexiones, que pueden presentarse previamente en nuestro camino; sin embargo, como todos los prejuicios precedentes, deben encontrar su solución en la ciencia misma, y para esto habría que armarse realmente de paciencia.

La opinión de que la verdad absoluta sea necesariamente un resultado, e inversamente que un resultado presuponga una verdad primera (que sin embargo, por ser lo primero, no tiene el carácter necesario desde el punto de vista objetivo, y desde el punto de vista subjetivo no es reconocido), llevó, recientemente, a pensar que la filosofía puede comenzar sólo con una verdad hipotética y

problemática, y por consiguiente que el filosofar no puede ser, en primer lugar

más que una búsqueda; opinión ésta sobre la cual Reinhold, en los últimos tiempos de su filosofar, ha insistido muchas veces, y hay que hacerle justicia, pues tiene como base un verdadero interés referente a la naturaleza especulativa del comienzo filosófico.

El análisis de esta opinión ofrece al mismo tiempo una oportunidad para introducir una explicación preliminar sobre el sentido del procedimiento lógico en general; en efecto, aquella opinión contiene inmediatamente en si la consideración del camino a seguir. Y en realidad lo presenta de manera tal que el avanzar en filosofía sea más bien un retroceder y un poner fundamentos, por medio del cual sólo resultaría que aquello con que se empezó, no es algo aceptado por pura arbitrariedad, sino que representa en efecto por una parte la

verdad y por la otra la primera verdad.

Es necesario convenir que ésta es una consideración esencial —como resultará con más detalles en la lógica misma—es decir, que el avanzar es un

retroceder al fundamento, a lo originario y verdadero, del cual depende el

principio con que se comenzó y por el que en realidad es producido.

Es así como la conciencia, partiendo de la inmediación, con la que comienza, vuelve a ser llevada por su camino al conocimiento absoluto, como a su verdad más intima.

Este último, el fundamento, constituye, pues, también aquello de donde surge el Primero, que primitivamente se presentaba como inmediato. Así el espíritu absoluto, que se presenta como la verdad más concreta, última y más elevada de todo ser, resulta aún más reconocido como lo que al final del desarrollo se enajena con libertad y se desprende en forma de un ser inmediato: es decir, que se determina a la creación de un mundo que contiene todo lo comprendido en el desarrollo que precedió al resultado, y que, por esta posición invertida, con respecto a su comienzo se transforma en algo que depende del resultado, como de su principio. Para la ciencia lo esencial no es tanto que el comienzo sea un inmediato puro, sino que su conjunto sea un recorrido circular en sí mismo, en el que el Primero se vuelve también el Último, y el Último se vuelve también el Primero

Por otra parte se infiere de esto que es igualmente necesario que aquello a lo cual el movimiento retoma como a su fundamento, se considere como resultado. De acuerdo con tal punto de vista, el primero es también el fundamento, y el

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último es un derivado. En cuanto se parte del primero y, por deducciones correctas, se llega al último como al fundamento, éste es el resultado. Además el

avanzar desde lo que constituye el comienzo, debe ser considerado sólo como

una determinación ulterior del mismo comienzo, de modo que aquello con que se comienza continúa como fundamento de todo lo que sigue, y del cual no desaparece. El avanzar no consiste en que se deduce algo distinto, o que se traspasa a algo verdaderamente distinto; y cuando este traspaso se verifica, igualmente vuelve a eliminarse. Así, el comienzo de la filosofía es el fundamento presente y perdurable en todos los desarrollos sucesivos; lo que permanece inmanente de modo absoluto en sus determinaciones ulteriores.

En efecto, mediante este avance el comienzo pierde lo que tiene de unilateral, es decir, la cualidad de ser en general un inmediato y un abstracto; se convierte en un mediato, y la línea del movimiento científico progresivo toma, por consiguiente, la forma de un círculo. Al mismo tiempo resulta que como lo que constituye el comienzo todavía no está desarrollado y carece de contenido, no resulta aún, en el comienzo mismo, conocido de verdad; sólo la ciencia, y precisamente en su pleno desarrollo, lleva a su conocimiento completo, rico en contenido, y verdaderamente fundado.

Pero, puesto que el resultado sólo se manifiesta como el fundamento absoluto, el avanzar de este conocer no es algo provisorio, ni problemático, ni hipotético, sino que debe ser determinado por la naturaleza del asunto y del propio contenido. Ese comienzo no es arbitrario y admitido sólo provisionalmente; ni algo que aparece arbitrariamente y está supuesto como postulado, del cual, sin embargo, se demostraría a continuación que era correcto tomarlo como comienzo. No ocurre aquí como en las construcciones requeridas a fin de lograr la demostración de un teorema geométrico, donde sólo después, en la demostración, se ve si fue correcto trazar justamente estas líneas, y comenzar luego, en la misma demostración, con la comparación de estas líneas o estos ángulos; [el teorema] por sí mismo no se lo comprende con el trazado de estas líneas o con su comparación.

Por eso el motivo por el cual en la ciencia pura se comienza con el ser puro, fue señalado directamente en la ciencia misma. Este ser puro es la unidad, a la que vuelve el saber puro; o si se quiere aun mantener este saber, como forma, distinto de su unidad, este ser puro constituye también su contenido. Éste es el aspecto por el cual este ser puro, este inmediato absoluto resulta igualmente un mediato absoluto. Pero debe ser asimismo tomado esencialmente sólo en su unilateralidad, en la que es pura inmediación, justamente porque en este caso es comienzo. Si no fuera él esta indeterminación pura, si fuese determinado, sería tomado como mediato, como ya ulteriormente elaborado; pues un determinado contiene otra cosa, además de un primero. Por tanto, pertenece a la naturaleza de]

comienzo mismo que éste sea el ser, y nada más. Por consiguiente no se necesita,

para introducirse en la filosofía, de ninguna otra preparación, ni de reflexiones y puntos de relación provenientes de otra parte.

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Puesto que el hecho del comienzo es comienzo de la filosofía, no puede, en realidad, deducirse de él ninguna determinación más exacta, ni un contenido positivo para él mismo. Pues en este caso del comienzo, en que la cosa misma no existe aún, la filosofía es una palabra vana o una representación cualquiera que se admite, pero todavía no está justificada. El saber puro ofrece sólo esta determinación negativa, que debe ser el comienzo abstracto. Cuando el ser puro es tomado como contenido del saber puro, éste tiene que retirarse de su contenido, dejarlo actuar por sí mismo y no determinarlo más. O bien, si el puro ser tiene que ser considerado como la unidad, en que el conocimiento coincide en su punto más alto de fusión con el objeto, entonces el conocimiento desaparece en esta unidad, ya no tiene diferencia alguna con ella y por lo tanto no deja subsistir ninguna determinación para la misma. De todas maneras tampoco hay un algo o un contenido cualquiera que pudiera ser utilizado para constituir un comienzo determinado.

Pero también la determinación del ser, tomada hasta ahora como comienzo, podría ser omitida, de manera que sólo habría que exigir que se hiciera un comienzo puro. En tal caso nada habría fuera del comienzo mismo, y tendría que verse en qué consiste. Con el propósito de conciliación, podría proponerse esta posición a los que por un lado no se conforman con que se comience por el ser — cualesquiera sean las reflexiones por las cuales esto ocurra—y menos aún con la consecuencia, que el ser lleva consigo, de traspasar en la nada; y que por otro lado no conciben en general otra cosa sino que en una ciencia se comience con el

supuesto de una representación, representación que después se analiza, de

manera que el resultado de este análisis ofrezca en la ciencia el primer concepto determinado.

Aunque observáramos este procedimiento, no tendríamos ningún objeto particular, porque el comienzo, como comienzo del pensar, debe ser totalmente abstracto, universal, forma pura sin ningún contenido; no tendríamos así nada más que la representación de un simple comienzo como tal. Por lo tanto sólo se trata de ver qué hallamos en esta representación.

Todavía no es nada y tiene que devenir algo. El comienzo no es la nada pura, sino una nada de la cual tiene que surgir algo; luego también el ser está ya contenido en el comienzo. El comienzo contiene, en consecuencia, a ambos: el ser y la nada; es la unidad del ser y la nada; es decir, es un no-ser que al mismo tiempo es ser, y un ser, que al mismo tiempo es no-ser.

Además: el ser y la nada existen en el comienzo como diferentes; pues el comienzo señala algo distinto; es un no-ser, que se refiere al ser, como a un otro; lo que comienza no existe todavía; sólo va hacia el ser. El comienzo, en consecuencia, contiene el ser como algo que se aleja del no-ser o lo elimina, es decir, como un contrario del no-ser.

Pero, por otra parte, lo que comienza ya existe, pero simultáneamente todavía

no existe. Los contrarios, ser y no-ser, están por tanto en el comienzo en una

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El análisis del comienzo, daría así el concepto de la unidad del ser y del no- ser —o, en forma refleja, el concepto de la unidad del ser distinto y del ser indistinto— o bien el de la identidad de la identidad con la no-identidad2. Este concepto podría tenerse por primera definición, la más pura, esto es la más abstracta, de lo absoluto; como en efecto sería si se tratara aquí principalmente de

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