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Cuáles son las medidas que se pueden tomar para restablecer la salud de un suelo?

En primer lugar se ha observado que la implantación de la cubierta vegetal es fundamental, porque en un suelo con cobertura se disminuye el efecto de la erosión, sea hídrica o eólica, y también se mitigan las variaciones de temperatura. La dificultad para lograr el restablecimiento de la vegetación natural en áreas erosionadas podría deberse a que en la capa superficial del suelo las poblaciones de microorganismos se ven afectadas drásticamente, y éstas son respon- sables del mantenimiento de la salud de las plantas y de la calidad del suelo (Barea et al., 2011, Bashan et al., 2012). Por ello, dentro de las herramientas destinadas a frenar el avance de la erosión y la desertificación, o para recuperar la estructura y la capacidad biológica del suelo, se encuentra la aplicación de enmiendas orgánicas, juntamente con la reinoculación de hongos endomicorrícicos.

La importancia de emplear enmiendas orgánicas radica en el hecho que para lograr un suelo de calidad y buena fertilidad, éste debe contener materia orgánica suficiente para mantener ac- tiva a la microbiota. Los procesos microbiológicos, mediante diversas reacciones físico químicas,

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son clave en los ciclos de los nutrientes (C, N, P, Fe y otros) y además proporcionan sustancias que mejoran la estructura del suelo, lo que se manifiesta en aumentos en la capacidad de reten- ción de agua, infiltración, porosidad y esto condiciona el establecimiento de la cubierta vegetal. El compost, es un buen material para ser empleado como enmienda puesto que contiene materia orgánica estable, elementos nutritivos directamente asimilables por la planta y se puede aplicar al suelo sin riesgo de fitotoxicidad.

Los hongos micorrícicos incorporados a los suelos en proceso de restauración, cumplen una función ecológica, y esto ha llevado a contemplarlos como una herramienta de manejo sostenible del suelo. Se los considera casi como una relación obligada para el crecimiento de poblaciones vegetales, tanto en condiciones naturales como en agrosistemas (Bahle et al., 2018). Ellos con- tribuyen con el aumento de la productividad de los cultivos, la regeneración de comunidades vegetales degradadas y el mantenimiento del equilibrio del ecosistema (Garzón, 2016).

El micelio de los hongos micorrícicos arbusculares, además del beneficio directo que aporta a las plantas, contribuye significativamente a darle estructura y estabilidad al suelo, mediante la producción de glomalina que participa en la formación de agregados, colaborando en la adhesión de las partículas, lo que asegura el drenaje y la tasa de aireación, reduciendo la compactación y el potencial de erosión, además de mejorar la capacidad de retención del agua y la cantidad disponible para la vegetación y define el grado de disponibilidad de los nutrientes del suelo (Fi-

gura 5.1) (Garzón, 2016).

Figura 5.1: Distribución espacial de las partículas del suelo.

Como ya se mencionó, la asociación micorrícica estimula el crecimiento de las plantas al mejorar la disponibilidad de los nutrientes y la absorción de agua, así como al restaurar la estructura y estabi- lidad del suelo a través de la formación de agregados del suelo (Barea et al., 2011).

La simbiosis micorrícica podría ser una alternativa al uso de la fertilización química, evitando así los factores de riesgo que ocasiona dicha práctica, como el aumento de la salinidad, la fito- toxicidad, los contaminantes orgánicos y los MP que muchas veces limitan la utilización de estos productos químicos en los distintos programas de producción frutícola, hortícola u ornamental.

La aplicación de las enmiendas y la incorporación de hongos formadores de micorrizas ar- busculares, tanto para la producción agrícola o para servicios ambientales, tienen mayor rele- vancia en ecosistemas donde las condiciones edáficas son extremas, como en los suelos pobres, tanto de zonas tropicales como de zonas áridas y semiáridas,

La inoculación temprana de las semillas o las plántulas con hongos formadores de micorrizas favorece un buen desarrollo de las plantas en sus etapas iniciales de crecimiento, lo que les confiere ventajas adaptativas, ya que al ser más vigorosas y tener sistemas radicales bien con- formados serán capaces de tolerar mejor las situaciones de estrés como puede ser el trasplante. Diversos autores han reportado que un aumento en la biomasa en los primeros estadios repre- senta mayores probabilidades de establecimiento exitoso en el campo (Hernández Cuevas et al. 2011), una condición crítica para especies destinadas a programas de restauración. Por ello, es crucial contar con viveros de producción de plantas que realicen la inoculación en los primeros estadios como práctica habitual.

En cuanto a la selección de especies para restaurar la cobertura vegetal, se debe tener en cuenta que es necesario recurrir a plantas tolerantes a los ambientes degradados, capaces de prosperar en el suelo erosionado, de manera que se restablezca la sucesión natural en el eco- sistema. Como la recuperación de sitios degradados o la mejora de áreas marginales es lenta y onerosa, es interesante poder emplear cultivos que, además de contribuir con una disminución de la degradación edáfica, ocasionen un beneficio económico (Camprubi et al., 2015). Se reali- zaron investigaciones en diversas regiones, como es el caso de México, sobre suelos deforesta- dos, donde la posibilidad de ocurrencia de procesos erosivos graves aumentaba, debido al origen volcánico de los suelos y el alto contenido de sílice, que al quedar descubiertos se compactan fuertemente y se propicia la aparición de duripanes, que se caracterizan por su gran dureza y porque sus nutrientes son escasos o están en formas químicas poco o no disponibles (Hernan- dez Cuevas et al., 2011). Las prácticas de reforestación y restauración incluyeron ejemplares de árboles de madera dura y blanda (coníferas y latifoliadas) y en los últimos años se recurrió a especies menos convencionales, pero con potencial de adaptación a condiciones edafo-climáti- cas extremas, entre las que destacan las plantas nativas o autóctonas, las cuales fueron inocu- ladas con hongos micorrícicos (Hernández Cuevas et al., 2011). Trabajos similares se realizaron en España, donde se emplearon arbustos nativos, como el romero (Rosmarinus officinalis), con perspectivas de aprovecharlos económicamente. Al estar inoculadas con hongos formadores de micorrizas, estas plantas actuaban como "islas de recursos", ya que se comportaban como una permanente fuente de inóculo en el sector de implantación, estimulando la revegetación de los suelos degradados (Barea et al., 2011).

Es importante considerar que en programas de revegetación de suelos degradados, se reco- mienda el empleo tanto de plantas como hongos nativos, que suelen estar más adaptados a las

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condiciones edáfico-ambientales de la zona y en consecuencia se obtienen mejores respuestas. También se destaca que en procesos de restauración de suelos, son interesantes los resultados que se obtienen al emplear plantas que brindan ventajas adicionales, como es el enriquecimiento del sustrato con minerales esenciales, como es el caso de las leguminosas que aportan nitrógeno y que favorece el establecimiento y desarrollo de diversas comunidades microbianas, cuya par- ticipación es relevante en el ciclo de nutrientes (Barea et al., 2011).

El objetivo final de la mayoría de los proyectos de restauración es establecer una cubierta de vegetación sostenible. La restauración del manto vegetal, es una de las estrategias más eficaces para combatir la degradación del suelo y recuperar agroecosistemas degradados. Por lo anterior, la inoculación con hongos micorrícicos arbusculares es recomendable a fin de aumentar las po- sibilidades de establecimiento y desarrollo de las plantas, sin olvidar que se debe tener en cuenta que los beneficios de las micorrizas no sólo se restringen al ámbito de la productividad y la opti- mización fisiológica de la planta, sino que engloban una serie de ventajas ecológicas. Por tal razón, los efectos a nivel edáfico son claves para el mantenimiento de la diversidad vegetal y de los microorganismos del suelo, para la productividad y la restauración de ecosistemas perturba- dos (Garzón, 2016).

Finalmente, la interacción entre las técnicas recomendadas, incluyendo la aplicación de en- miendas orgánicas y la inoculación micorrícica, ha mostrado un efecto sinérgico en la producción de biomasa aérea y también en la biomasa radicular en relación a plantas que no fueron micorri- zadas y que no recibieron la enmienda orgánica (Figueroa, 2004).

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