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Cuadro moral de la vida en sociedad

«Cuando el hombre está en sociedad, se trata en primer lugar de proveer lo necesario, y luego lo superfluo; enseguida vienen los placeres, y des­ pués las inmensas riquezas, y después los esclavos; no hay un momento de reposo; y lo más singular es que cuanto menos naturales son las necesidades, más aumentan las pasiones y, lo que es peor, el poder de satisfacerlas; de suerte que tras largas prosperidades, tras haber engulli­ do muchos tesoros y destruido muchos hombres, mi héroe terminará por degollar a todos hasta ser el único amo del universo. Tal es, en resumen, el cuadro moral, si no de la vida humana, al menos de las pasiones se­ cretas de todo hombre civilizado.»

Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de

la desigualdad entre los hombres.

nos», sentencia en sus Tragmentos políticos. Si dam os un paso más en su inmisericorde y, por desgracia, trem endam ente actual análisis político-sociológico, Rousseau m antiene que los ricos y poderosos «solo estim an las cosas de que disfrutan m ientras los demás se vean privados de ellas y, sin cam biar su estatus, dejarían de ser felices si el pueblo dejara de ser miserable», escribe en el Discurso sobre el origen

y los fundam entos de la desigualdad entre los hombres.

La famosa nota 9 del Discurso sobre el origen y los fundam entos

de la desigualdad entre los hombres, añadida con posterioridad, se

muestra, si cabe, aún más implacable. En ella se afirma lo siguiente: «Que admiren cuanto quieran la sociedad humana, no por ello será menos cierto que conduce a los hombres a odiarse m utuam ente en la medida en que colisionan sus intereses, a prestarse recíprocam ente servicios aparentes y a infligirse todo tipo de males imaginables. ¿Qué

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puede pensarse de un trato donde la razón de cada particular le dicta máximas directam ente contrarias a las que la razón pública predi­ ca al cuerpo social y donde cada cual saca beneficio del mal ajeno? Quizá no haya un solo hombre acom odado a quien ávidos herede­ ros e incluso sus propios hijos no deseen en secreto la muerte, ni un barco en el m ar cuyo naufragio no supusiera una buena noticia para algún comerciante, ni un pueblo que no se regocije con los desastres de sus vecinos. Así es como hallamos nuestro provecho en el perjuicio de nuestros congéneres y como la pérdida de uno significa casi siem­ pre la prosperidad del otro. En cambio, el hombre salvaje, cuando ha cenado, está en paz con toda la naturaleza y es amigo de todos sus semejantes. Comparad sin prejuicios el estado del hombre civilizado con el del hombre salvaje e indagad, si podéis, cuánto ha contribuido el primero a abrir nuevas puertas al dolor y a la m uerte merced a sus necesidades y miserias, al margen de su maldad».

Ante semejante panorama. Rousseau pretende sondear cuál podría ser la verdadera esencia del hombre, para tenerla en cuenta y pergeñar instituciones políticas acordes. Todos los filósofos que han examinado los fundamentos de la sociedad -a d u c e - han experimentado la nece­ sidad de remontarse hasta el estado de naturaleza, pero ninguno lo ha alcanzado. Rousseau se propone rastrear «las rutas olvidadas y perdi­ das que a partir del estado de naturaleza han debido llevar al hombre hacia el estado civil», a fin de identificar las pasiones artificiales que no tienen un fundamento real en la naturaleza y discriminar así la genuina esencia virtual que se actualiza cuando queda determinada por una u otra situación. Para llevar esto a cabo no ve otra vía que la introspección y no conviene olvidar que las vivencias de Rousseau, como en el caso de la desigualdad social, afloran por doquier en sus escritos.

Veamos otra muestra. En el octavo paseo de Xas ensoñaciones lee­ mos lo siguiente: «Jamás tuve mucha propensión al am or propio, pero

'Desigualdad. educación y política H3

esta pasión artificiosa se había exaltado en mí en el mundo, sobre todo cuando fui autor; al volverse de nuevo am or de sí volvió a entrar en el orden de la naturaleza y me libró del yugo de la opinión». Reparemos ahora en este pasaje del "Discurso sobre el origen y tos fundam entos de

la desigualdad entre los hombres: «El hombre sociable, siempre fuera

de él, no sabe vivir sino en el parecer de los otros y, por decirlo así, es de ese juicio del que extrae el sentim iento de su propia existencia; siempre preguntam os a los otros lo que somos y nunca osamos a interrogarnos a nosotros mismos». Según el dictam en de Rousseau, los gobiernos hu­ manos necesitan una base más sólida que la sola razón. Hay una clase de leyes «que no se graban sobre el mármol, sino en el corazón de los ciudadanos» ("El contrato social) y, m ientras otras leyes envejecen o ca­ ducan, estas m antienen la verdadera constitución del Estado. Estamos ante la dimensión radical y cohesionada de las comunidades hum anas que ejercen las costumbres. No en vano, Kant decidió com poner una

Metafísica de las costumbres al abordar cuestiones jurídico-políticas.

El contrato social y el Emilio: dos obras condenadas