¿Te estás riendo? ¿Es ésta otra prueba nueva, echarse a reír cuando alguien dice algo, pero no rebatirle?
Platón, Gorgias, 473e
La pregunta de Sócrates a Polo no es retórica. Si la palabra es un arma, el humor y la ironía son armas letales cuando se saben emplear. Gorgias aconsejaba: «Echar a perder la seriedad de los adversarios por medio de la risa y su risa por medio de la seriedad»1.
Una réplica ingeniosa en el contexto del debate cumple múltiples funciones2: — tranquiliza el ambiente; reduce las tensiones; atenúa y desdramatiza; — reaviva la atención;
— atestigua el ingenio de quien sabe emplearla, que ofrece una imagen de persona suficientemente distanciada y desencantada, brillante y dueña de la situación; por tanto, funciona como mecanismo de promoción personal;
— produce en el auditorio una corriente de simpatía y establece una relación de complicidad y connivencia entre el disputador ingenioso y el público; consolida la relación con el auditorio;
— entretiene e incluso divierte; sirve para contrarrestar la tensión de un momento difícil; — contribuye a rebajar al adversario e incluso puede ponerlo en ridículo.
Arrancar una sonrisa es arrancar parte de un acuerdo y dar un paso hacia la victoria. En los debates serios hay siempre una tendencia a adoptar una actitud rígida y mostrar un fervor meditabundo, incluso una indignación austera, cuando en realidad el humor es «absolutamente necesario»3. Por eso, lamenta Albert Hirschman4, los conservadores suelen imponerse a los progresistas, generalmente envarados por la seriedad, rebosantes de desdén y carentes de ironía.
Por el contrario, en un debate de índole polémica, una réplica ingeniosa puede resultar poco natural y difícil de introducir. Las agudezas, por otro lado, no son siempre gratuitas; con frecuencia ofrecen al oponente un flanco de ataque o la posibilidad de invertir los términos o de acusarnos de
1Citado y aprobado por Aristóteles (Retórica, III, 18.3 14196 5, Biblioteca Clásica Gredos), contradiciendo su célebre
definición de lo risible como algo erróneo y vergonzoso, que sin embargo no comporta ni dolor ni daño (Poética, 1449a 35).
2 Entre los distintos textos que tratan de la comicidad, indicamos los siguientes por tratar también la dimensión
argumentativo-persuasiva: Z. Bóhrer, «Never Explain a Joke! The Analysis of Jokes as a Form of Argumentative Discourse», en Proceedings of the Third ISSA Conference on Argumentation, F. H. van Eemeren et al. (eds.), Amsterdam, Sic Sat, 1995, vol. III, pp. 71-77; D. Chiaro, The Language of Jokes. Analysing Verbal Playing, Londres- Nueva York, Routledge, 1992; I. B. Dolinina, «Jokes as Disguised Argumentative Discourse», en Proceedings of the Third ISSA Conference on Argumentation, van Eemeren et al (eds.), op. cit., pp. 102-109; G. Elgozy, De l'humor, París, Denóel, 1979; D. H. Monro, Argument of Laughter, Melburne, Melbourne University Press, 1951; L. Olbrechts-Tyteca, Le comique du discours, Bruselas, Éditions de l'Université de Bruxelles.
3
Quintiliano, De institutione oratoria, VI, 3, 102.
superficialidad cuando la cuestión que está sobre el tapete es grave: «Usted lo toma con ligereza, pero al que lleva siete días en huelga le hace poca gracia». De ese modo, la risa satisfecha se nos hiela en los labios.
La risa es un arma letal cuando estalla porque hemos conseguido poner en ridículo una afirmación. «El ridículo desempeña, en la argumentación, un papel análogo al del absurdo en la demostración.»5 Es decir, reducir al ridículo equivale a reducir al absurdo.
Considérese el siguiente ejemplo, propuesto y analizado en estos términos por Zsófia Böhrer6. Dos caballeros y un viejo marinero se encuentran en medio del mar. Los caballeros, orgullosos de su pasado de navegantes, desafían al viejo marinero y se ofrecen a realizar los cálculos de navegación. Al mediodía de la siguiente jornada el viejo, de repente, se pone de pie de un salto, llevándose las manos a la cabeza.
«¿Qué ocurre?», le preguntan los dos caballeros.
«Señores, según sus cálculos, vamos derechos a la plaza de San Pedro.»
En su modestia, la historia escenifica una disputa resumida como una de las típicas tragedias en dos réplicas de Achille Campanile: tiene intención argumentativa (demostrar la superioridad del viejo marinero) y en lo esencial es un argumento. La disputa muere nada más nacer con un ejemplo fulminante que reduce al ridículo y al absurdo las veleidades de los dos presuntos lobos de mar.
La persuasión que se logra —cuando se logra— con el humor es muy rápida, pero en esta materia el humor debe cogerse con pinzas. Para convertirse en argucia argumentativa o en argumento agudo el humor ha de ser pertinente y expresivo y cuidarse mucho de parecer intempestivo y superficial.
Serían buenos ejemplos de réplica ingeniosa, con función positiva y sin efectos secundarios, los siguientes:
«¿Cómo reaccionaron sus padres cuando les confesó usted su homoxesualidad?»
«Estupendamente. Mi padre quería una niña y mi madre un niño, así que todos contentos». [Ejemplo de la función relajante del humor.]
Réplica y contrarréplica entre Bernard Shaw y un crítico muy severo:
«Tengo el placer de invitarle al estreno de mi Pigmalión. Le envío dos entradas, una para usted y otra para algún amigo, si tiene».
Replica el destinatario: «Lo siento, tengo un compromiso, pero asistiré a la segunda representación, si se produce».
[No hay mejor forma de evitar el ridículo que responder con aspereza mediante otra réplica no menos sarcástica.]
Otros ejemplos.
El amigo pérfido: «He leído tu nuevo libro. ¿Quién te lo ha escrito?». El autor: «Y a ti, ¿quién te lo ha leído?».
[Ágil con la pluma pero también con la réplica.]
Oído ya en la Roma antigua, pero disponible contra la corrupción contemporánea: «Te desgañitas como un perro».
«Me pasa siempre que veo un ladrón»7.
5 C. Perelman y L. Olbrechts-Tyteca, Traité de l'argumentation, París, Presses Universitaires de France, 1958; ed. east.,
op. cit., p. 321.
6
Böhrer, Never Explain e Joke!, op. cit., vol. III, p. 73.
Théodore Sörensen, colaborador de John Kennedy, cuenta en sus memorias que mantenía siempre al día un archivo cómico, una carpeta de réplicas y de agudezas útiles para cualquier eventualidad.
A este fin existen fórmulas establecidas que funcionan siempre, al margen de su pertinencia o su importancia. La réplica de Ennio Flaiano: «Querido Agnelli, por mí puede usted continuar fabricando automóviles, yo no tengo carné» puede aprovecharse, parafraseándola, en cualquier circunstancia de un debate conflictivo: «Querido señor tal, por nosotros puede usted continuar contando patrañas, nosotros no tenemos el carné de idiotas». Una salida de este tipo conquista el acuerdo —no necesariamente informado— de los que generosamente han sido incluidos entre los no idiotas.
Esto funciona sin duda con un público bien dispuesto hacia el humorista, pero una buena réplica puede incluso producir agradecimiento y aprecio entre hinchas adversarios.
Más difícil es emplear la ironía, que pertenece al mismo registro que el humor, pero no se identifica con él. Bien dice Georges Elgozy: «La ironía es un arma ofensiva; el humor, un escudo protector». Un flechazo punzante, un latigazo o peor aún el sarcasmo despectivo pueden provocar la antipatía de los partidarios del adversario.
La réplica que dirige el argumento contra quien lo ha propuesto es una maniobra mucho más eficaz porque utiliza el razonamiento mismo del interlocutor, confiriéndole un significado distinto y transformándolo en un inesperado bumerán en contra de él y en beneficio nuestro. Se trata de la conocida técnica de volver el arma contra el que apunta.
Existe una variedad especial de retorsión, que llamaremos aguda y que tiene mucha importancia en el debate. Marcial era todo un especialista en el género8.
«Esto es lo que somos tú y yo; pero tú no puedes ser lo que yo soy [un poeta pobre], en cambio cualquier pelanas puede ser lo que eres tú [un rico ignorante].»
«Te quejas, Velox, de que yo escribo epigramas largos. En cambio tú no haces nada. Bien cortos te salen.»
Como experto y gran maestro de ceremonias de las argucias, Baltasar Gracián observaba que «superioridad es de discurso no rendirse a las agudezas del que provoca, sino aspirar al vencimiento con otro igual, y aun mayor. Son venerados, son temidos semejantes ingenios, y en las lides de sutileza tenidos por vivos y de respuesta»9.
Un tuerto a un jorobado: «Felicidades por tu excelente curvatura». Contestación del jorobado: «Tú sí que me miras con buen ojo».
La técnica de la retorsión aguda consiste en aceptar inicialmente el razonamiento del adversario para luego invertir su valor de un modo imprevisto (transformando una intención de aprecio en una censura o, viceversa, convirtiendo un motivo de desprecio en una razón de alabanza).
A. «¿No te das cuenta de que representas el papel del tonto útil?» B. «Por lo menos yo sirvo para algo.»
A. «Pasar por tonto a los ojos de un oligofrénico es un placer impagable.»
Si estuviera presente la amable y pacificadora Marge Simpson, intervendría de este modo: «Es bueno reírse, con tal de que no sea a espaldas de alguien, o en su cara».
8
Marcial, Epigramas, Barcelona, Editorial Iberia, 1959, 13 del libro V y 110 del libro I.