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Tabla tomada del texto publicado por IMSERSO de la versión en castellano de la CIF (2001, p 12)

Esquema 2. Cuatro dimensiones de la identidad

Valores, Objetivos y

Motivación Autoeficacia

C2

Acciones

Atribuciones > Autoestima

En la dimensión motivación se encuentra en las cosas a las que se les otorga valor positivo (objetivos a alcanzar) o valor negativo (a evitar): deseos, expectativas, necesidades, modelos, fuentes de éxito y recompensa. Esta dimensión incita a la acción, a hacer lo posible para alcanzar los resultados deseados.

Pero hay otras dos dimensiones de la identidad que juzgan las acciones: la

autoeficacia: “ ¿Puedo hacer esa acción que me gustaría hacer?". Las

atribuciones: "¿Son esas acciones las que realmente producen los resultados, o los resultados son debidos, en mi caso, a otras causas, como alguna ayuda o la benevolencia de los demás y no a lo que yo puedo hacer?”. En este caso, se busca que la persona desarrolle una identidad que la reafirme en su capacidad de hacer una acción “Puedo hacerlo” y en el poder causativo de su-acción en un determinado resultado “Hacer esto acarrea resultados”. La autoeficacia y las atribuciones desempeñan un destacado papel de mediación en la acción y el aprendizaje.

El sentido de la auto-eficacia, de acuerdo con los diversos estudios de Bandura (1999), supone, por lo tanto, la percepción que tiene alguien de sus posibilidades para alcanzar el éxito en una tarea, es decir, el sentido de competencia, de ser capaz de hacerlo. Los efectos positivos de un buen sentido de autoeficacia llegan incluso a la continuidad en el esfuerzo, la persistencia del

esfuerzo a lo largo del tiempo, la creatividad y la libertad de tomar las propias decisiones de forma autónoma. El concepto de autoeficacia está relacionado, por lo tanto, con la creencia de ser capaz de organizar y llevar a cabo la acción necesaria para resolver las situaciones futuras a fin de conseguir los resultados deseados. Bandura (1999, p. 107), afirma que las creencias en la eficiencia propia influyen profundamente en la forma de pensar, de sentir, de encontrar fuentes personales de motivación y de actuar de las personas.

El estilo atribucional hace referencia, en cambio, a las actitudes y creencias que tiene la persona sobre la utilidad de su compromiso, de su esfuerzo activo y de su uso de estrategias y acciones. Las atribuciones se pueden considerar el resultado de las evaluaciones hechas espontáneamente por el individuo para comprender qué o quién es responsable de los acontecimientos que ocurren. Este patrón atribucional que está compuesto por creencias y cogniciones. Este estilo atribucional de la persona, es un modelo que sirve para explicar la realidad. Las bases de ese patrón son las realizaciones presentes, pasadas y las realizaciones de los demás, y la atribución tiene un papel importante en las realizaciones futuras. El estilo atribucional es, por lo tanto, un conjunto suficientemente estable de categorías causales que la persona utiliza habitualmente y que varía de un individuo a otro. Por eso, algunas personas creen que las cosas funcionan o no funcionan como consecuencia de su esfuerzo activo, otras creen que es porque son capaces o no son capaces, otras porque la tarea es fácil o difícil, y otras lo atribuyen a la casualidad, al caso concreto o a la mala suerte.

La clasificación de atribuciones está basada en tres dimensiones: La primera, “lugar de control, interno o externo", diferencia entre acontecimientos atribuidos a causas internas (como el esfuerzo o la capacidad innata) y acontecimientos atribuidos a causas externas (como la dificultad de una tarea o la suerte). La segunda es "estabilidad”, hace referencia a la duración de la causa: es mayor para los acontecimientos atribuidos a causas no modificables (como la capacidad innata o la dificultad de la tarea) y menor para los acontecimientos atribuidos a causas inestables (como la suerte o el esfuerzo). Y la tercera es

“control”: algunas atribuciones se caracterizan porque la persona tiene mayor control, como el esfuerzo, mientras que otras no son controlables, como la suerte. Esta distinción es importante porque permite resaltar los efectos que producen las diferentes clases de atribuciones en las expectativas y en la persistencia en la culminación de una acción.

Otro aspecto psicológico destacado es la autoestima, por ejemplo, la opinión, la percepción y los sentimientos que cada quien tiene sobre su propio valor/satisfacción, que nace de las acciones positivas y de los mensajes positivos que cada quien recibe, y que es una fuente de motivación. “Cuanto mejor nos sentimos con nosotros mismos, más valiosos nos creemos y valoramos más las cosas que tenemos, y si deseamos más cosas, mayores expectativas tendremos” (Lañes, 2003, p. 31). La autoestima, incluso cuando se la considera un constructo unitario y global, se compone de varias dimensiones, cada una de las cuales constituye un campo relativamente independiente. Conviene recordar que la autoestima se erige mediante mecanismos cognitivos de autoevaluación en relación con los acontecimientos externos (éxitos/fracasos), con los mensajes de aceptación/rechazo que se reciben de otras personas y con el estándar de realización que más o menos se tiene conscientemente.

Así, una persona con discapacidad desarrolla su identidad autónoma si se le facilita el camino a ampliar sus deseos, su motivación y su autodeterminación, las personas que la apoyan son capaces de ayudarle a creer en su autoeficacia y en la eficacia de sus acciones a través del incremento de su autoestima. Las familias de las personas con discapacidad y las personas m ismas, se plantean preguntas y viven procesos d olorosos y fatigosos. Como consecuencia, con la facilitación de estos elementos la persona intenta dar un sentido a su existencia, un significado que debería ser completamente propio, diferente del de los otros, valioso por individual, irrepetible, caracterizado por "mi”singularidad.

Para Lañes, (2003, p. 30) una identidad fuerte “siempre tiene proyectos que seguir, objetivos y expectativas que alcanzar”. Sin embargo, las personas con discapacidad no poseen la habilidad total de poder percibir “su proyecto de vida”

tan claramente, por lo que es compromiso de la familia (primera facilitadora de la identidad) ayudar a la persona con discapacidad a observarse a si mismo, a mirarse desde afuera.

Con el fin de proporcionar a la persona con discapacidad una ayuda eficaz para su autoconocimiento Darío Lañes, (2003) plantea al grupo primario de apoyo, utilizar como marco de orientación tanto la CIF como las cuatro dimensiones (motivación, autoeficacia, atribuciones y autoestima) sin perder de vista el “proyecto de vida” que se ha planteado con y para esa persona.

Este modelo se basa en la identidad de cada persona, como resultado de diversas relaciones entre varios elementos (biológicos, físicos, ambientales, sociales, familiares, etc.), por lo que, el medio debe ayudar a la persona con discapacidad a evitar restringir su identidad a sólo algunos elementos (aspectos corporales, habilidades y familia). La identidad bien desarrollada contempla las relaciones, las interconexiones y las influencias recíprocas entre los diferentes aspectos.

Lañes propone un ambiente positivo y una familia que apoye la autonomía del niño, factores que favorecen el desarrollo de sus habilidades, la participación social y la creación de factores personales positivos (autoimagen, seguridad, autonomía) lo que, a su vez, facilita el crecimiento de otros factores contextúales personales.

1.8 Definición y sistema de la AAMR 2002

Diez años después de la novena edición, que supuso un cambio de paradigma en la conceptualización del retraso mental (dejó de considerarse algo que estuviera en la persona para considerarse la expresión de la interacción entre la persona con condiciones concretas de limitación en dos o más áreas de habilidades adaptativas y el entorno); la AAMR presenta en el 2002 esta décima edición en la que se revisa la anterior conceptualización pero no supone un nuevo cambio de paradigma. En esta edición, dejó de considerarse a la discapacidad como una

condición estática e inmutable para pasar a ser una condición que varía en función de los apoyos que reciba la persona.

La nueva definición dice así:

“El retraso mental es una discapacidad caracterizada p o r limitaciones significativas tanto en el funcionamiento intelectual como en conducta adaptativa, expresada en habilidades adaptativas conceptuales, sociales y prácticas. Esta discapacidad se origina con anterioridad a los 18 años.

(Luckasson, Borthwick-Duffy, Buntix, Coulter, Craíg, Reeve, (2002, p. 1)

Con respecto a la definición vigente hasta ahora, se añade una dimensión a las cuatro existentes: Participación, Interacciones y Roles Sociales lo que la acerca a la reciente Clasificación Internacional del Funcionamiento, la Discapacidad y la Salud (CIF) de la Organización Mundial de la Salud. Como se presenta en la tabla 2.

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