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José Luis bernaL

Universidad Nacional Autónoma de México La traducción de los sonetos de Giordano Bruno representa un reto para un traductor, pues en pocos poetas como en él se puede hablar de una auténtica poesía filosófica. Y es filosófica en dos sentidos que deben conservarse en la lengua de llegada:

1. porque está animada de un apasionado deseo de conocer, de un afán teorético que sólo se mitiga cuando desemboca en el conocimiento de nuevas verdades (en este primer caso la poesía bruniana es la conformación metalingüís- tica de una pasión ontológica pura);

2. porque semejante ardimiento, tamaño lance heroico, es también la me- táfora de una actitud moral que, en el caso de Bruno como en el de Sócrates, se erige en ejemplo difícilmente alcanzable. Morir en defensa de la Verdad, frente a la intolerancia y el oscurantismo erigidos en jueces, es algo que conmueve y que mueve a la reflexión.

Estas características constituyen una materia que debe expresarse en la lengua meta. Se encuentran animando una poesía recia, segura, no hiperbática, directa (aunque no crasamente realista ni carente de imaginación), a veces irónica, pero siempre animada de un vigor y una alegría que, si se me permite el parangón, recuerda un poco la virtú de los personajes de Boccaccio, por su inteligencia y valentía ante las dificultades que se les oponen; pero recuerda más de cerca, si se me vuelve a permitir la comparación, la virtú maquiaveliana en sus momentos de más lúcida búsqueda de la verdad.

La de Bruno es una poesía que expresa verdades cosmológicas o aspiración a verdades metafísicas de las que no duda en absoluto, y arde de entusiasmo al tratar de comunicarlas a sus discípulos. Su poesía es, pues, un constante incendio (expresado, por ejemplo, mediante la alegoría del ave fénix), una invitación al viaje de la mente, un reto al cosmos que, por osado, pareciera pagano, y por universa- lista, es totalmente moderno y aún lo sería si la historia durara muchos siglos más.

Y una última comparación: a finales del siglo xix Mallarmé trató de expresar lo

inefable del Universo a través del lenguaje elástico, alusivo y esotérico de poemas como Golpe de dados, y Bruno, en el ocaso del Cinquecento, también quiso ex- presar algo sobre el Universo: su esencial unidad, que ante la razón y los sentidos del hombre puede lo mismo expresarse en un teorema matemático que en un soneto dotado de heroicos furores. De Mallarmé se ha dicho que fracasó en su intento metafísico, aunque nos legó una gran obra poética. De Bruno, en cambio,

aún es tiempo de que se revaloren tanto sus logros en el terreno del pensamiento como la sólida validez de su obra literaria, en especial poética. Pero es indudable que tanto el mártir de la libertad del pensamiento como el mejor exponente del simbolismo francés constituyen dos buenos ejemplos del eterno deseo humano de volver hablable lo que es inefable, de expresar la maravilla del Ser mediante los limitados alcances de las lenguas humanas.

Por otro lado, no deja de ser muy notable, además, que a pesar de haber bebido en las fuentes literarias de su época, Bruno no petrarquiza: sólo toma de su época aquellos elementos estilísticos, léxicos y mitológicos que se adhieran a su pasión cognoscitiva. Pero la poesía de Bruno no es meramente instrumental, no es pura doctrina sometida a la métrica y salpicada, de vez en cuando, de os- curidades culteranas. Vale por sí misma y los lectores podrán advertirlo aun en estas traducciones.

Para un mejor conocimiento del período literario del Renacimiento, considero importante que se conozca más la obra de Bruno, así como la de Tasso y la de Ariosto. Pero en especial, volviendo a Bruno, nunca será excesivo recordar que él creó la moderna prosa científica italiana, y que sus poemas no presentan los deliquios del alma introspectiva y solitaria del amoroso Petrarca, sino un mundo expresivo completamente nuevo: imágenes aéreas, o imágenes de fuego, me- táforas del tiempo como arma para crecer en el conocimiento, expresiones que hablan del vértigo de la altura y de no temer en absoluto a la muerte lo forman.

En los sonetos, además, se perciben ciertos elementos que no pueden dejar de trasladarse en la traducción. El soneto es un género típicamente italiano, en el cual Bruno introduce algunos esquemas métricos no ortodoxos: versos hepta- sílabos en los tercetos, dos versos consonantes rematando el segundo cuarteto etcétera. Sin embargo, lo más interesante de dichos sonetos ha sido la persisten- cia de estructuras triádicas que, ya sea que consistan en tres términos, como en De la Causa, principio e uno o que comprendan versos enteros como en E chi m’impenna, e chi mi scalda il core, son como peldaños o grados a través de los cuales, en ascensión o en vuelo, procede el viaje intelectual y moral de nuestro autor. Esas estructuras las he conservado, y sólo lamento no haber sido capaz de reproducir las rimas del original.

A las Musas.

rechacé, acudid a mis dolores, cual únicos consuelos en mis males con tales versos, rimas y furores,

con los que nunca os habeis mostrado a otros que de mirtos y lauros se jactaban:

¡sean pues con vos mi viento, áncora y puerto, si no se me concede ir a otro goce!

¡Oh monte, oh fuente, oh diosas, donde moro, converso y me alimento; donde quietud aprendo y me ennoblezco; levanto, enciendo frente, pecho y alma; cipreses, muerte, infiernos,

cambiad en lauros, vida, astros eternos! De la causa, principio y uno

Causa, Principio y Uno sempiterno del cual ser, vida y devenir dependen, y que se extiende en largo, ancho, y profundo ¡y abarca el Cielo, el Mundo y el Infierno! Con sentidos, razón, mente discierno que acción, medida o cuenta no comprenden su vigor, mole y número: se extienden sobre todo inferior, medio y superno. Ciego error, tiempo avaro, rea fortuna, sorda envidia, vil rabia, inicuo celo, alma cruel, impío ingenio, osadía extraña no bastarán a hacerme turbio el aire, no me pondrán un velo ante los ojos, ¡ni harán que mi sol bello no contemple!

Dos sonetos en el tratado De l’infinito, universo et mondi ¿Y quién me da alas, y calienta el pecho?

¿quién rompió las cadenas a esas puertas, de las que pocos salen, liberados?

Mi edad, mis años, meses, días y horas, hijas y armas del tiempo, y aquella corte, que no cede ni a hierro ni a diamante, protegido me han de sus furores. Y seguras las alas fío al viento, ni temo estorbo de cristal o vidrio; y hiendo el cielo, y surco el infinito. Y mientras de mi esfera a otras subo, y en los campos etéreos penetro, dejo atrás lo que otros ven de lejos.

Luego que el ala extiendo a mi deseo, cuanto más bajo a mis pies miro el aire, más tiendo al viento las veloces plumas, y despreciando el mundo, voy al cielo. Ni la suerte de Dédalo, el fin trágico, hace que baje, sino más me elevo; seguro estoy de que caeré en la tierra; ¿mas qué vida se iguala al vivir mío? La voz del corazón oigo en el aire; ¿Dónde me llevas, temerario? Baja, que rara es sin dolor tanta osadía. ¡No temas, le respondo, la alta ruina! Hiende osado el espacio, y muere alegre, si el cielo ilustre muerte nos destina.

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