DON ALFONSO DE LA SERNA (1922-2006)
CULTURA Y PROFESIONAL DESTACADO
Joaquín ORTEGASALINAS
Embajador de España
Es cierto que en la estela que nos ha dejado Alfonso de la Serna tienden a predominar los ribetes literarios y culturales. Se puede deber ello a su reconocida facilidad de escritura de la que han quedado abun- dantes muestras en sus libros y en los artículos de fondo que publicó en
ABC. También habrá influido, sin duda, su larga permanencia al frente de
la Dirección General de Relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores y la circunstancia no menos destacable de que fuera llamado a desempeñar el cargo por segunda vez. Se trata ciertamente de una dependencia prestigiosa del Palacio de Santa Cruz, pero que ha carecido de forma inveterada de los medios suficientes para cubrir un amplísimo frente de atenciones, lo que exige a su titular no sólo especial rigor en la selección de prioridades y predisposición a suplir con trabajo propio las carencias más aparentes sino también afilada capacidad de improvisa- ción, cualidades todas ellas que, por supuesto, no han de resultar super- fluas al profesional dedicado a otras vertientes de la diplomacia.
Como entre las aportaciones a este homenaje colectivo han de pre- dominar las de carácter cultural, aunque sólo sea por la especialidad de la publicación que ha de darles cobijo, prefiero limitar mi comentario al marco de la actividad diplomática strictu sensu, o sea al de las relaciones políticas bilaterales y más concretamente al de la relaciones hispano- marroquíes, en el que tuve la experiencia breve , pero intensa, de servir a las órdenes de Alfonso de la Serna y de apreciar en vivo las razones por las que ha conseguido aunar tan intenso haz de aprecio y reconocimien- to entre sus compañeros y amigos.
Ingresé en el Ministerio en pleno esplendor de la era Castiella. Las singulares características del régimen político imperante en el país daban pie a la creación de poderosas estructuras administrativas en los departa- mentos ministeriales, y en el caso de Exteriores, Fernando María Castie- lla ejerció su impronta con especial energía y dedicación durante más de
un decenio. Su empeño tenaz en llevar a efecto el programa que había redactado con Areilza, al menos en lo tocante al Peñón, le valieron el mote de Ministro “del Asunto Exterior’’ murmurado con temor por los pasillos, porque eran proverbiales su severidad e, incluso encono, con los funcionarios díscolos. Al menos corría ese rumor entre los novatos. No menos proverbial era la atención que había prestado a la selección de sus colaboradores. Pocas veces ha existido en Exteriores un equipo de direc- ción tan cohesionado en torno a un Ministro, indiscutido líder, que tuvo, lo deben reconocer tanto sus fieles como sus críticos, la rara habilidad de conseguir entrega absoluta en el trabajo, armonía aparente entre rivales, y prolongada permanencia en los puestos. Entre ese puñado de elegidos con acceso directo al Olimpo de la Casa estuvo desde el primer momen- to Alfonso de la Serna, a cargo del frente cultural con la delicada misión de entretejer una relación de cooperación estrecha entre su Dirección General y el Instituto de Cultura Hispánica creado por el Régimen para exaltar la relación con el mundo iberoamericano.
Hay otro aspecto a destacar en la estrecha cooperación de Alfonso de la Serna con Castiella y se refiere a las funciones de speech writer. Es normal que un Ministro tan puntilloso aprovechara la reconocida facili- dad de escritura de su colaborador para unificar el estilo de las dispares notas redactadas por los responsables de los distintos servicios. De este tipo de colaboración no se suele hablar por discreción, pero en esta oca- sión recojo lo que se comentaba en los pasillos. Creo, en efecto, que es un aspecto relevante para explicar el profundo conocimiento que demos- tró Alfonso de la Serna en todos los campos de actividad del Ministerio y que le permitió, a diferencia de otros funcionarios más encasillados, salir de su campo de atención preferente sin merma de su capacidad de adaptación y de análisis.
Tuve ocasión de comprobarlo de forma patente en el corto perío- do en que me tocó estar a sus órdenes en la Embajada de España en Rabat. Era un período particularmente difícil en las relaciones bilaterales entre España y Marruecos marcado por la crisis del Sáhara. En mi desti- no anterior a Rabat, en la Oficina de Información Diplomática, me cupo la misión residual de atender a los periodistas nacionales y extranjeros que se interesaban por la cuestión del llamado Sáhara español, uno de los últimos flecos del proceso de Descolonización. Enfrentada en Naciones Unidas a las pretensiones marroquíes, España acabó aceptando la sumi- sión del caso al dictamen consultivo del Tribunal Internacional de la Haya. Los más destacados especialistas del Ministerio asesorados por
eminentes juristas prepararon un alegato completísimo, que a pesar de la erudición y síndéresis que le caracterizaban, de nada valió para contra- rrestar la habilidosa maniobra de Hassan II bautizada “Marcha verde”. El Rey de Marruecos no vaciló en inspirar al juez nacional de un país afri- cano aliado la inclusión en el texto definitivo del dictamen de una escue- ta referencia a supuestos derechos tradicionales de los sultanes marro- quíes sobre tribus saharianas que le iba a servir de anclaje a su inespera- da operación paramilitar de gran calado mediático. Consiguió, en verdad, desconcertar a nuestras autoridades en lo que iba ser el punto álgido de la transición.
Con poca antelación a este desenlace inesperado, cada vez más interesado en el tema había solicitado el traslado a Rabat, donde queda- ba vacante el puesto de consejero político al que mis predecesores habí- an dejado en el tam-tam de la casa una aureola cierta de prestigio profe- sional. Me tocó incorporarme en plena Marcha Verde, en octubre de 1975, y durante los dos años en que tardó en cerrarse la crisis estuve a las órdenes sucesivas de Adolfo Martín-Gamero y Manuel Alabart, persona- lidades muy diferentes, pero de las que conservo un imborrable recuer- do, tanto por sus cualidades humanas y profesionales y por el trato que me dieron como por la intensidad de la peripecia profesional que me tocó compartir con ellos.
Alfonso de la Serna fue nombrado Embajador en Rabat en el trán- sito del verano al otoño de 1977. Las aguas estaban volviendo a su cauce normal y la primera impresión que conservo en la memoria de su incor- poración es la de la serenidad recobrada. Después de los meses de vibran- te sobreexcitación en la que nos encontrábamos sumidos los funcionarios destacados en Rabat, aparecía el nuevo Embajador como enviado por el destino con la misión inmediata de restablecer un clima de normalidad en la relación bilateral. Durante el tiempo demasiado breve, como ya he dicho, en que estuve a sus órdenes me impresionaron la ecuanimidad que puso de manifiesto en todo momento y la paciencia metódica con que se fue imponiendo en los diversidad de asuntos pendientes, de cuestiones que habían sufrido el impacto de la crisis o que habían quedado simple- mente relegadas por la inevitable alteración del orden de prioridades. Iba tejiendo con prudencia, paciencia y discreción la red de relaciones indis- pensable para poder restablecer un canal de comunicación suficiente- mente caudaloso entre los dos países para evitar repentinos estrangula- mientos. Le iba a tocar igualmente la difícil misión de explicar a los máximos dirigentes del país el alcance político de las transformaciones
que estaba sufriendo España. Pude comprobar igualmente que, dada su facilidad de expresión escrita, iba a asumir una parte significativa de la labor informativa que se venía repartiendo anteriormente entre distintos niveles de la plantilla. En esa época los jefes de misión solían delegar en gran medida la redacción de los informes que firmaban. Se reservaban normalmente la redacción de la carta periódica al señor Ministro, corres- pondencia a la que Fernando María Castiella atribuía gran importancia, y por razón de fuerza mayor la reseña telegráfica de las conversaciones de interés mantenidas por el Embajador con las autoridades locales. Exi- gente y minucioso, el Embajador De la Serna cumplía primorosamente esta delicada misión informativa. Para mí personalmente resultaba parti- cularmente formativo leer la colección de telegramas de salida. Desgra- ciadamente mi formación se iba a interrumpir pronto cuando me surgió la posibilidad de ascender a la segunda jefatura en la O.C.D.E. en París. No tardé en comprobar que el éxito acompañó pronto su esfuerzo por for- talecer los canales de comunicación entre los dos países. Se lo agradecie- ron tanto por parte española como por parte marroquí.
En este sentido es particularmente significativo el homenaje que rindió al Embajador de la Serna el Rey Hassan II al nombrarle miembro de la Academia Real marroquí, que al reunir en su seno a personalidades musulmanas y occidentales e incluso soviéticas puede considerarse como anticipación de la actual Alianza de Civilizaciones.
Cuando me tocó desempeñar la Embajada de España en Rabat, la participación del Embajador De la Serna en la Academia del Reino de Marruecos, fue particularmente satisfactoria porque me permitió seguir en contacto con él. Cuando las sesiones de la Academia se cele- braban en Rabat buscábamos la forma de poder intercambiar impresio- nes sobre el estado de las relaciones y podía así valerme de su precia- do consejo, de su experiencia y de su ponderación. Me hago quizás la ilusión de que nuestros criterios eran en gran medida coincidentes. Recuerdo que compartíamos los dos la opinión de que por parte espa- ñola debíamos esforzarnos más por asumir con plenitud una vecindad que no era sólo geográfica.
Espero con estas líneas de evocación y recuerdo haber dejado tes- timonio de mi admiración, afecto y agradecimiento.
Omar AZZIMAN
Miembro de la Academia del Reino de Marruecos y Embajador de Marruecos en España
Otros, con más legitimidad que yo, hubieran podido brindar este homenaje a la memoria de Alfonso de la Serna y a su obra. Gozaba de la estima del difunto Hassan II, y de la admiración y el afecto de todos los que lo trataron, pues había dejado en Marruecos un recuerdo imbo- rrable. Yo, sin embargo, pertenezco al mundo de la diplomacia desde hace muy poco, y no conocí a Alfonso de la Serna en la época en que fue Embajador en Rabat, donde cumplió un papel unánimemente reco- nocido, aportando sosiego a unas relaciones bilaterales alteradas por las turbulencias de los primeros años de la cuestión del Sáhara. Sólo tuve con este gran diplomático encuentros ciertamente intensos, pero espo- rádicos y espaciados. A pesar de ello, respondo con gran alegría a la invitación del Profesor Abdellatif Berbich, Secretario Perpetuo de la Academia del Reino de Marruecos, a contribuir con mi modesto testi- monio a este homenaje colectivo ampliamente merecido.
Nos conocimos en 1996. Yo acababa de dejar el Ministerio de Derechos Humanos e ingresaba como miembro de la Academia del Reino de Marruecos. Tenía amigos marroquíes en el seno de esta honorable ins- titución, pero no conocía personalmente a ninguno de los ilustres miem- bros extranjeros. Fue Alfonso de la Serna quien guió mis pasos en direc- ción a esas personalidades, que, rodeadas de prestigio y notoriedad, per- tenecían a distintas culturas y representaban los principales ámbitos de la ciencia y del saber universales. Enseguida se informó de mi recorrido, desmenuzó lo esencial de mi carrera universitaria y valoró mi compromi- so con los derechos humanos y la democracia. Y, con una dulzura y sen- sibilidad extremas, con una naturalidad fuera de lo común, me presentaba a mis ilustres colegas extranjeros, como si fuéramos viejos amigos. Me siento en deuda con aquella cálida acogida y amistosa complicidad.
Algún tiempo después, cuando yo dirigía el Ministerio de Justicia, totalmente absorbido por la reforma y la modernización de nuestra justi-
cia, tuve el placer, en algunas oportunidades al margen de las sesiones de la Academia, de conversar con Alfonso de la Serna sobre la transición española, los cambios políticos asociados a ésta y el papel de la justicia en dicho proceso. Con una generosa disposición de ánimo, grandes dosis de pedagogía y una humildad ejemplar, Alfonso de la Serna esbozaba, durante horas, su análisis de aquel periodo, y los pormenores y efectos sobre la modernización de España. Guardo un recuerdo muy vivo de una mente brillante y rigurosa, una admirable integridad intelectual y un sen- tido maravilloso de las sutilezas, los matices y la relatividad.
Aquellas charlas, tan instructivas como gratas, en torno a un tema inagotable y del mayor interés, contribuyeron a sellar nuestra amistad, a condicionar gran parte de mis lecturas posteriores y, más allá de nuestras personas, a llevar al Gobierno al que yo pertenecía a mul- tiplicar los esfuerzos para que el mundo judicial marroquí conociese la experiencia española, y elevar la cooperación judicial hispano-marro- quí al lugar que hoy ocupa. La experiencia ha demostrado que fue una acertada elección. Alfonso de la Serna no fue ajeno a ella, y lo celebro.
Más tarde, descubrí con inmensa alegría al escritor Alfonso de la Serna, a través de sus textos aparecidos en las publicaciones de la Aca- demia del Reino de Marruecos, pero, sobre todo, gracias a su obra de referencia, Al sur de Tarifa, que he leído y releído con enorme placer. Debo confesar mi deslumbramiento ante la agilidad y destreza de su pluma, la erudición y humildad del intelectual, el rigor y fluidez del escritor. También debo añadir mi admiración por ese afán de llegar al fondo de las cosas, el deseo constante de verificar, cotejar, comprender en profundidad; la agilidad para pasar de la posición de observador a la de observado; el amor por el diálogo, erigido en instrumento de cono- cimiento y de acción; esa prudencia metódica que sugiere que el autor sabe mucho más de lo que dice; la predilección por el detalle significa- tivo; la apuesta por la pedagogía; el combate contra las palabras preten- didamente usuales, contra las nociones supuestamente familiares y las “evidencias engañosas”; ese decidido compromiso contra las ideas pre- concebidas, los prejuicios, los estereotipos y lugares comunes.
Cuando llegué a Madrid, a principios de 2005, Alfonso de la Serna me acogió con una calidez y alegría entrañables. Mantuvimos conversaciones de gran intensidad sobre la actualidad marroquí. No cesaba de elogiar los progresos realizados en el ámbito de los derechos
humanos, el proceso de reconciliación y la audición pública de las víc- timas, la reforma del código de la familia y los nuevos derechos de la mujer, la ampliación del espacio de libertades… Como de costumbre, estaba muy bien informado y hacía unos análisis muy sutiles del reco- rrido realizado, los obstáculos salvados, los riesgos y resistencias encontrados en el camino, y los desafíos pendientes.
También hablábamos de España, de la nueva política exterior del Gobierno socialista, de la crispación de la vida política, la organización territorial española, el País Vasco, Cataluña, el lugar que ocupa la reli- gión en la sociedad, la vocación mediterránea de España... Y hablábamos de nuestras relaciones bilaterales, la crisis del islote de Perejil, la inmi- gración, el Sáhara y, sobre todo, la serie interminable de malentendidos, incomprensiones y desencuentros, fruto de las paradojas de una historia agitada y un profundo desconocimiento, que condiciona la memoria y el imaginario colectivos. Incluso habíamos pensado en fijar encuentros periódicos para seguir conversando sobre nuestras sociedades y nuestras relaciones, pero no fue posible por su estado de salud, y el destino así lo decidió. Con el fallecimiento de don Alfonso de la Serna -que Dios guar- de su alma en su santa misericordia-, Marruecos ha perdido a un gran académico; España, a un diplomático excepcional; y el mundo, a un humanista y un sabio que dedicó su vida al diálogo de culturas.
El Rey Hassan II de Marruecos entrega la Medalla de Miembro de la Academia del Reino de Marruecos a Alfonso de la Serna (mayo, 1990).