• No se han encontrado resultados

Capítulo 3. De la política a la polìptica / de la cultura como recurso a la cultura como re-

3.4. La cultura como recurso y como re-curso

3.4.1. La cultura como recurso

En este apartado recurriremos a una noción ampliada de cultura93 que comprende todos los productos y modos de relacionamiento propios de los pueblos, de cada totalidad

91Lo diferente es lo separado con violencia (Dussel, 2014c, p. 102)

92La cultura popular es la “nada” desde la que se produce la “Alta Cultura” como robo y usufructo de la vida ajena. Sin embargo, la “Alta Cultura” puede tener una reorientación liberadora, en tanto no absolutice las imágenes que presenta en beneficio de su esfera de procedencia, es decir, siempre y cuando deje de ser Alta y sea cultura para la vida.

93 “La bibliografía existente, por otra parte, da un tratamiento cuádruple a la cultura como objeto, sujeto, medio y proceso. De manera que se puede expresar: a. En su sentido de objeto: tiene manifestaciones, dimensiones, ópticas, componentes, es factible explotarla, desarrollarla, consumirla y gestionarla. b. En su sentido de sujeto: tiene capacidades, dinámicas propias y espacios de intervención, es una entre muchas que pueden dialogar. c. En su sentido de medio: facilita las actividades sociales y en ella lo social es permeado. d. En su sentido de proceso: contiene etapas, pautas, objetivos que van desde la adquisición de ella, hasta los procesos de aculturación que transforman los referentes culturales de un grupo social mediante la adquisición de aquellos que constituyen otra u otras culturas” (MCIES, 2008, p. 11); Sin embargo, sin despreciar las tematizaciones que en estos cuatro literales refiere el trabajo citado, retomo un quinto modo de tratamiento: la cultura como producto del trabajo humano, del esfuerzo por garantizarse la vida; la satisfacción de nuestras necesidades básicas es desde esta perspectiva lo que antecede a la cultura. La vida en toda su diversidad, en la variedad de condiciones y exigencias en las que se da y deviene, es aquello que garantiza la existencia de culturas, que posteriormente pueden asumirse desde los 4 sentidos arriba enunciados. La vida es la esencia dinámica, móvil y cambiante de las culturas (Dussel, 1984). La manera de habérnoslas con las dificultades, de mantenernos vivos, es aquello que propicia la creación de modos de vida particulares, y por lo tanto, de totalidades práctico-productivas.

práctico-productiva (Dussel, 1994a, pp. 13-54) en función de la reproducción de su vida. Para el caso del mundo modernizado, tiene en cuenta también a las artes (incluyendo las funciones estéticas individuales y emancipadoras que desde el pensamiento eurocentrado se le atribuyen).

Este es un ejercicio de totalización (como producto del ser modernizado que escribe) no totalitaria y, adicionalmente, una posición “filistea” en palabras de Yúdice (citando a T. Adorno, 2002, p. 24) frente a la cultura, por cuanto anhelo y defino a la cultura por lo que creo que puedo obtener de ella. Bien señaló el autor que “… en la actualidad es casi imposible encontrar declaraciones que no echen mano del arte y la cultura como recurso, sea para mejorar las condiciones sociales, como sucede en la creación de la tolerancia multicultural y en la participación cívica a través de la defensa de la ciudadanía cultural y de los derechos culturales” (Yúdice, 2002, p. 24), o bien como lugar transitorio, móvil, desde el cual pueden generarse transformaciones que a mediano y largo plazo garanticen niveles de concienciación que nos permitan mantenernos en vida, es decir, como re-curso polìptico de transformación de la realidad. Adicionalmente, me pliego a Yúdice al afirmar que esta posición no es nueva para nada, “… desde luego, la mayoría de los izquierdistas, siguiendo a Marx o Gramsci, pensaban ya que la cultura es lucha política” (Yúdice, 2002, p. 26).

Es necesario, para precisar la orientación del dis-curso polìptico de este trabajo, recordar brevemente lo que se propone cuando se habla de El recurso de la cultura (Yúdice, 2002), con el propósito de aclarar de qué se habla cuando se trata a la cultura como re-curso. Para ello, en primer lugar me referiré brevemente a lo desarrollado por Yúdice y en segundo

lugar al significado del re-curso metodológico como producto del dis-currir que hizo posible este trabajo, como el curso que atraviesa de nuevo, como un camino, un caminar (Dussel, 1995, p. 85).

La cultura como recurso con Yúdice es entendida “… como atracción para promover el desarrollo del capital y del turismo, como el primer motor de las industrias culturales y como un incentivo inagotable para las nuevas industrias que dependen de la propiedad intelectual” (Yúdice, 2002, p. 16). También como “… un recurso del que pueden valerse los grupos culturales <<ONGizados>> para obtener mayor capacidad de acción

(empowerment)” (Yúdice, 2002, p. 18), en el marco de la modernidad colonial capitalista de la que por ahora no podemos sustraernos como vivientes occidentalizados.

Se recurre a la cultura como medio, como posibilidad, como bienes culturales, como mercancías, como factor de distinción o también como esencia desde la que pueden ponerse en marcha acciones puntuales de resistencia frente al horizonte de comprensión de la

hegemonía de la dominación, bien empleando los demás recursos (considerados como no culturales desde las industrias culturales) que proporciona y pone a disposición el

capitalismo global, o bien desde “recursos” alternos, desconocidos e invisibilizados, encubiertos por la modernidad colonial capitalista pero finalmente incluidos parcialmente dentro de ella.

Sin negar que también asumo, tal como se señala arriba, a la cultura como recurso, es menester plantear en este momento del trabajo que asumir a la cultura así y producir cultura en este sentido, es la consecuencia de concebir a la cultura como sustrato de la vida

social, es decir, de concebirla como una totalidad indistinta de cosas (tangibles y no) que pueden ser sustraídas de los mundos y la vida de las personas y comunidades. Así, las

producciones culturales son extraídas y vaciadas de su sentido originario y rellenadas con otros sentidos, para ponerlas en venta como una mercancía cualquiera, por ejemplo, o para reconstruir sus sentidos desde aspiraciones diversas y con propósitos diversos, muchas veces también al servicio de las comunidades de las que se extrajo [se puede extraer sin llegar al extractivismo (Grosfoguel, 2016)].

El problema no radica en que una comunidad o colectividad humana decida vender o no los productos materiales de su cultura (hecho que sucede con la comida, por ejemplo), sino en las intenciones y la concepción frente a lo Otro de quiénes usufructúan tales productos desde las metrópolis y el modo de hacerlo, además de las relaciones que se imponen con esta usurpación. Es decir, la cultura como recurso, en el marco de la totalidad

occidentalocéntrica, es acumulada como riqueza por quienes la sustraen, y por quienes la roban para venderla. Prima el robo de la vida en función de la valorización del valor, por lo que es necesario para este esfuerzo teórico plantear un complemento, una orientación que cuestione los aspectos dominadores de esta concepción sin negarla totalmente.