La investigación experimental y aplicada realizada durante las últimas décadas en el área de estudio de las influencias ambientales sobre el desarrollo de los procesos cognitivos, indica que las experiencias tempranas modulan la emergencia y evolución de diferentes aspectos de tales procesos (e.g., comportamiento individual y social) (Ayoub, Vallotton & Mastergeorge, 2011; D´Angiulli, Lipina & Olesinska, 2012; Evans & Kim, 2013; Galasso, Weber & Fernald, 2017; Lipina & Colombo, 2009; Lipina & Posner, 2012; Segretin et al., 2014; Sharkins, Leger, & Ernest, 2016; Shonkoff, 2010). Dichas experiencias, influyen a través de un conjunto de factores individuales y contextuales que la evidencia empírica ha identificado como moduladores del desarrollo cognitivo, social y emocional de los niños y las niñas. Entre ellos, se encuentran los relacionado con el ingreso económico, los niveles de educación y ocupación parental y las condiciones de la vivienda. Otros factores menos analizados son la salud mental parental, la salud perinatal, la calidad del ambiente escolar y familiar, la calidad de las interacciones entre adultos y adultas, niños y niñas, las características familiares y vecinales y el soporte proveniente de distintas redes sociales (Bradley & Corwyn, 2002;
Gassman‐Pines, Gibson‐Davis & Ananat, 2015; Li, Riis, Ghazarian & Johnson, 2017; Lipina, 2016; Roy & Raver, 2014; Spencer & Swanson, 2013; Walker et al., 2011; Yoshikawa et al., 2012). Según la forma de presentación de los mismos, pueden operar como factores de protección (e.g., ausencia de neurotóxicos en el ambiente de crianza o presencia de redes sociales de contención comunitaria), o de riesgo (e.g., presencia de neurotóxicos en el ambiente o ausencia de redes sociales de contención comunitaria).
Por un lado, existe evidencia que permite sostener que contextos estimulantes contribuyen con mejoras en el desempeño cognitivo (Berry et al., 2016; Lipina et al., 2013; Obradovic et al., 2017). Son ejemplo de ello, los estudios que verifican que: (1) la estimulación hogareña, así como la sensibilidad materna pueden modular la repercusión del ingreso familiar en la resolución de pruebas con demandas de memoria de trabajo y planificación (Hackman, Gallop, Evans & Farah, 2015); y (2) la calidad de las interacciones entre padres o madres, y sus hijos o hijas, tienen un papel importante en el desarrollo de procesos cognitivos y del lenguaje de los niños y las niñas de 3 años de edad. En este sentido, niños y niñas que viven en un hogar biparental, podrían estar expuestos a niveles más altos de estimulación que los niños que viven en un hogar monoparental con una madre depresiva, dado que contarían con más oportunidades de comunicación e interacción con un progenitor no depresivo. Asimismo, la presencia de ambos padres podría disminuir la exposición de los niños y las niñas al estrés causado por una eventual depresión materna (Rhoades, Greenberg, Lanza & Blair, 2011).
Por otra parte, en relación a los factores de riesgo, diversos investigadores han analizado la asociación entre la pobreza infantil y el desarrollo cognitivo en diferentes sociedades alrededor del mundo. Al respecto, estudios con poblaciones de infantes, preescolares y escolares, hallaron una asociación entre el bajo nivel socioeconómico, y el desempeño en tareas con demandas cognitivas (Arán Filippetti & Richaud de Minzi, 2012; Farah, 2017; Hermida et al., 2015; Ison, Greco, Korzeniowski & Morelato, 2015; Lipina, Martelli, Vuelta, Injoque Ricle, y Colombo, 2004; Markant, Ackerman, Nussenbaum & Amso, 2016; Segretin et al., 2016; Tella et al., 2018). Como ya fue mencionado en apartados anteriores, la privación económica es sólo uno de los factores que se vincula a la pobreza. Por ejemplo, la evidencia sugiere que los niños y las niñas que viven en contextos de pobreza experimentan más situaciones psicosociales negativas (e.g., inestabilidad y caos
en el hogar, menos apoyo social) en comparación a los perteneciente a contextos no pobres (Evans, 2004; Kim et al., 2013; Pillas et al., 2014).
En este contexto, en las últimas ocho décadas se ha estudiado la influencia que ejercen los distintos factores individuales y contextuales asociados a la pobreza en el hogar, sobre el desarrollo cognitivo en distintos niveles de organización (e.g., comportamental, neural). En tal sentido, existe evidencia que muestra que, diferentes variables contextuales asociadas a la pobreza, modulan las trayectorias del desarrollo cognitivo y emocional. Por ejemplo, distintos estudios muestran: (1) un desempeño diferencial según nivel socioeconómico en tareas que demandan control ejecutivo y procesamiento lingüístico (Crock & Evans, 2014; Farah et al., 2006; Lipina et al., 2004, 2005; Noble, McCandliss & Farah, 2007; Noble, Norman & Farah, 2005; Segretin et al., 2014); (2) que bajos niveles de ingreso de las familias se asocian con un desempeño bajo en tareas con demandas de control inhibitorio y memoria de trabajo en comparación con el de niños y niñas de hogares con ingresos medios (Farah et al., 2006; Hackman et al., 2015; Lipina et al., 2005, 2013; Mezzacappa, 2004); (3) patrones de activación cerebral modulados por el nivel socioeconómico de pertenencia en pruebas con demandas de procesamiento fonológico y lenguaje (Noble, Wolmetz, Ochs, Farah & McCandliss, 2006; Raizada et al., 2008; Rao et al., 2010; Stevens et al., 2008, 2009), así como de respuesta al estrés (Sheridan et al., 2008); (4) que el desempeño escolar a partir de indicadores surgidos de las pruebas de desempeño estandarizadas de matemática y lengua; las tasas de repetición de grado y de graduación, la deserción y la cantidad de años de educación completados son modulados por vivir en contextos de pobreza (Bradley & Corwyn, 2002; Brooks-Gunn & Duncan, 1997; McLoyd, 1998; Yoshikawa et al., 2012). Dicha asociación multideterminada entre la pobreza y el desarrollo cognitivo, es la base que sustenta a los indicadores de pobreza infantil multidimensional mencionados previamente (CEPAL, 2010; UNICEF, 2015, 2018).
En otro orden de cosas, diversos trabajos científicos acuerdan con que la relación entre la pobreza y el desarrollo cognitivo, se ve modulada por la acumulación de factores de riesgo, es decir, cuantos más factores de riesgo estén presentes en el desarrollo de los niños y las niñas, existen más probabilidades de encontrar resultados socioemocionales y cognitivos desfavorables (deFur et al., 2007; Evans & Kim, 2010; Evans et al., 2016). Otro aspecto a considerar es la co- ocurrencia de distintos tipos de adversidades, ya que en contextos de pobreza
aparecen mayores factores de riesgo asociados en los distintos niveles de organización (Brooks-Gunn & Duncan, 1997; Evans, Li & Whipple, 2013; Gassman- Pines & Yoshikawa, 2006; McLaughlin & Sheridan, 2016; Roy, McCoy & Raver, 2014; Walker et al., 2011). Además, la etapa del desarrollo en que ocurre la exposición, es un factor que modula la relación entre la pobreza y el desarrollo infantil (Rosenzweig, 2003). Esto surge a partir de diversos estudios que han identificado que experimentar la pobreza durante varios años durante la infancia temprana, tendría un impacto mayor que experimentarla sólo en la adultez (Kim et al., 2013). Sin embargo, es necesario aclarar que no hay evidencia disponible que permita establecer la existencia de períodos críticos para el desarrollo cognitivo y las competencias de aprendizaje (Duncan et al., 2017a; Lipina & Segretin, 2015). Por otra parte, diversos estudios encontraron que la duración de la exposición a la pobreza (i.e., cantidad de tiempo que se la padece durante el ciclo vital), sería otro aspecto a considerar en el estudio de su impacto en el desarrollo, dado que se ha identificado un mayor impacto a mayor exposición (Najman et al., 2009; NICHD Early Child Care Research Network, 2005a; Ratcliffe & McKernan, 2010; Schoon, Jones, Cheng & Maughan, 2011). Por último, es importante considerar la susceptibilidad individual ante los factores de riesgo, ya que las diferencias sistemáticas entre individuos modulan y moderan el impacto de los mismos sobre el desarrollo infantil. Por ejemplo, Raver y colaboradores (2013) hallaron que no todos/as los niños y las niñas se ven igualmente afectados/as por la pobreza. En este sentido, encontraron que la pobreza crónica se asociaba más fuertemente con puntuaciones bajas en tareas con demandas de funciones ejecutivas en aquellos/as niños y niñas que presentaban perfiles temperamentales menos reactivos que, aquellos/as con perfiles más reactivos (Belsky, 2013; Lipina & Colombo, 2009; McLaughlin, Sheridan, Lambert, 2014; Raver, Blair & Willoughby, 2013; Siegler et al., 2011; Swanson, Valiente & Lemery-Chalfant, 2012; Wagmiller, 2015).
La asociación de los factores de riesgo sobre los procesos cognitivos, incluso dentro de un mismo contexto de privación socioeconómica, estaría modulado por diferentes mecanismos mediadores y moderadores, cuya identificación es fundamental tanto para profundizar el conocimiento de tales relaciones, como para señalar aspectos a considerar en el diseño de intervenciones (Bradley & Crown, 2002; Brooks-Gunn & Duncan, 1997; Lipina et al., 2013; Rubio-Codina, Attanasio &
Grantham-McGregor, 2016). Entre los mecanismos mediadores y moderadores más frecuentemente analizados en la literatura del área se pueden incluir a los siguientes: (a) la salud física, el estado nutricional y las características temperamentales de niños y niñas desde la etapa perinatal; (b) el tipo y calidad de interacciones entre padres o madres e hijos o hijas; (c) la salud mental parental; (d) las posibilidades de estimulación afectiva y cognitiva de los hogares; (e) los recursos materiales, sanitarios, educativos e institucionales de los barrios en los que viven los niños y las niñas; y (f) factores estresores incluidos los conflictos familiares, la separación, hacinamiento en el hogar y el disturbios en el vecindario (Blair et al., 2011; Brito y Noble 2014; Guo & Mullan Harris, 2000; Hackman, Farah & Meaney, 2010; Johnson et al., 2016; Lawson, Hook & Farah, 2018; Schady, 2011; Sulik et al., 2015). Por ejemplo, Sarsour y colegas (2011) evaluaron la interacción entre el nivel socioeconómico de la familia, la parentalidad y el desempeño en tareas con demanda de control inhibitorio, flexibilidad cognitiva y memoria de trabajo en niños y niñas de 8 a 12 años de edad. Los investigadores, encontraron que la capacidad de respuesta de los padres o madres, por un lado, y las actividades de estimulación y el acompañamiento que llevan a cabo las familias por el otro, mediaban la asociación entre el nivel socioeconómico de la familia y el desempeño de niños y niñas en tareas con demandas de control inhibitorio y memoria de trabajo. Por otra parte, Lipina y colegas (2013) encontraron que la educación y ocupación parental, los recursos de alfabetización del hogar y el uso de computadora, mediaron parcialmente la asociación entre pertenecer a hogares con NBI y el desempeño de niñas y niños de edad preescolar en tareas con demandas de memoria de trabajo y procesamiento fluido. En otro estudio, Lawson y Farah (2017) encontraron, por un lado, que el nivel socioeconómico de niños y niñas que tenían entre 6 y 15 años de edad, predijo los desempeños en lectura y matemática durante un período de dos años; por el otro, las funciones ejecutivas mediaron parcialmente la asociación entre el nivel educativo parental y de ingreso económico del hogar, y el rendimiento en matemática. Por último, Sun y colaboradores (2018) analizaron la mediación de la asistencia preescolar y las funciones ejecutivas en la asociación entre el nivel socioeconómico del hogar y el rendimiento escolar temprano de niños y niñas. Los resultados mostraron que la asistencia preescolar y las funciones ejecutivas fueron mediadores significativos de la relación entre las diferencias socioeconómicas y el logro académico, pero dichos
patrones de medicación difirieron según el país analizado. En este contexto, sería necesario que los análisis de mediación que evalúan las asociaciones entre factores sociodemográficos y el desempeño cognitivo, incorporen la exploración de diferentes aspectos asociados con lo que supone experimentar la pobreza infantil. Considerarlos, implicaría abarcar cuestiones no involucradas en las conceptualizaciones basadas en criterios de ingreso o NB (Lawson & Farah, 2017; Lipina et al., 2013; Sarsour et al., 2011; Sun, Zhang, Chen, Lau & Rao, 2018).
En síntesis, la pobreza es un fenómeno que involucra múltiples factores, que afecta a un gran porcentaje de la población de nuestro país, y tiene efectos particulares cuando se presenta durante la infancia. La investigación ha demostrado que factores relacionados con la pobreza (e.g., hacinamiento, saneamiento, ocupación parental), modulan la emergencia y desarrollo de los procesos cognitivos. Es importante destacar la necesidad de generar nuevos estudios que, guiados por preguntas que indaguen la asociación de estos dos fenómenos, pretendan clarificar la importancia del momento en que ocurre la exposición a ciertos factores de riesgo, qué tipo de factores son influyentes, la duración y severidad de la exposición, tanto como si existe la posibilidad de modificar dichos efectos y de qué modo ocurriría. Además, es importante continuar analizando la modulación de la asociación entre pobreza y desarrollo cognitivo a partir de las diferencias individuales -desde el nivel de organización genético hasta el comportamental en lo que refriere al ontosistema-, así como las diferencias que se identifican entre los diversos patrones culturales relacionados con la crianza, los contextos escolares y psicosociales (Obradović & Boyce, 2009; Spencer & Swanson, 2013).