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D de deporte Jorge Valdano

In document Contigo Aprendí - Carmen Guaita (página 35-44)

habla sobre los valores del deporte

«Igual que un entrenador no puede copiar el método de otro sin analizar antes a sus jugadores, para un padre es imprescindible hacerse un especialista en los propios hijos».

Jorge Valdano personifica en todo el mundo la unión entre el deporte y la cultura. Con él vamos a acercarnos a una de las dimensiones originales del deporte: ser el vivero de la ética. Algo que descubrieron los clásicos, cuyos centros educativos se llamaban gymnasium.

Valdano sabe de muchas cosas, ha luchado por sus sueños y puede acompañarnos mejor que nadie en esta reflexión sobre los valores del deporte porque, desde la gloria de ganar la final de un Mundial a los sinsabores de entrenar equipos y encarar a la prensa, ha recorrido todas las facetas del fútbol, que es la pasión de su vida.

En esta conversación desarrolla argumentos muy serios, profundos y valiosos, que merecen una lectura reposada porque van mucho más allá de lo deportivo, hasta la esencia de la educación. Mientras le escuchaba una mañana de invierno en su oficina, generoso con su tiempo y amable, comprendí por qué tiene tan bien estructurado el discurso sobre los valores educativos del deporte: sencillamente, porque lo ha vivido.

Aunque se habla sobre todo de fútbol, como no puede ser de otra manera, la reflexión de Valdano puede aplicarse a la práctica de cualquier deporte, puesto que todos son herramientas pedagógicas y éticas.

¿Cómo relacionamos educación y deporte?

En primer lugar, vamos a aproximarnos a la educación y el deporte de un modo crítico. Durante mucho tiempo, los intelectuales han desprestigiado el deporte por entenderlo como una expresión menor, alejándose así del ideal griego que armonizaba la mente sana y el cuerpo sano para asegurar la felicidad. El sistema educativo también despreció la preparación física al considerarla un mero entretenimiento. Me parece razonable que se haya abrazado de nuevo el deporte por parte de los intelectuales y los educadores. Este

retorno tiene que ver con la cultura de nuestro tiempo, menos trascendente, que ha ido incorporando las sensaciones y las emociones. El juego es el primer antecedente de la cultura, a la que aporta las asociaciones y la libertad que son claves del proceso creativo. El juego y el arte tienen en común que son actividades libres, no regladas, algo que merece ser considerado en beneficio de la trascendencia del deporte.

Por otra parte, hoy se valora de nuevo la experiencia del deporte, en la que hay análisis, emotividad, relación con el entorno, esa dimensión de espectáculo que termina abarcándolo todo. Un deporte como el fútbol, por ejemplo, tiene un tiempo previo y posterior al partido que le convierte no sólo en uno de los primeros productores de conversación entre personas, sino en un vínculo de unión intergeneracional.

Un tema de conversación entre padres e hijos.

El fútbol es el lugar donde uno se encuentra con sus padres y sus abuelos, de manera que apoyar a un equipo determinado termina generando el sentirse parte de una identidad común.

¿Y la práctica del deporte?

La práctica del deporte es el universo más interesante para la formación. El primer valor que aporta es la capacidad de generar una predisposición para el aprendizaje en el ánimo del niño. La práctica deportiva lleva a conseguir un objetivo a través del placer y no de la obligación. Así se agranda la percepción, porque cuando uno hace las cosas involucrando la pasión, cuando uno entusiasma a su inteligencia, tiene una capacidad de absorción del conocimiento mucho mayor. Haciendo deporte, el niño aprende sin saber que aprende, interioriza el aprendizaje de una manera instantánea y natural, como sucede con todo lo que pasa por la emoción.

Si alguien dejara en un campo de fútbol en medio de la selva a veinte niños y regresara a buscarlos un tiempo después, encontraría a cada uno jugando en el lugar que le corresponde, porque ha ido aceptando sus limitaciones y comprendiendo en dónde puede expresar lo que sabe y esconder lo que no sabe. Dentro de un equipo de fútbol, cada uno acepta su rol, y para eso hace falta una humildad crítica que luego viene bien aplicar al resto de la vida: valgo para unas cosas y para otras no. Así entramos en un principio educativo que me parece esencial: la necesidad de compararnos con nosotros mismos y no con los demás. En la comparación con uno mismo es más fácil descubrir las mejoras; la comparación con los otros me deja melancólico. Si yo hago algo bien, el entrenador me puede desafiar para que lo mejore con el tiempo: «Has tirado cinco veces a portería, has acertado dos y has fallado tres; a ver si conseguimos que aciertes tres y falles sólo dos...»; ahora bien, si me comparo con Maradona, cualquier cosa que haga parecerá poco, porque un genio, aun trabajando menos que yo, siempre me va a superar. Comparándome conmigo mismo, sin embargo, puedo convertir mi progreso en un

proyecto.

¡Convertir tu progreso en tu proyecto! Me parece una idea importantísima.

Y por otra parte, está el ejercicio de la libertad. Yo he aprendido mucho de un libro titulado Fútbol, dinámica de lo impensado, que es además una hermosa definición. El fútbol es el arte de lo espontáneo, de lo que no puede estar dirigido en el proceso inicial de formación. El error, cuando uno juega siendo muy pequeño, tiene que ser un problema del niño y no de su entrenador. El proceso de corrección lleva un tiempo durante el cual el propio niño tiene que interiorizar su error y resolverlo de forma natural. Y los mejores lo resuelven antes. Pero si interviene el entrenador, introduce un elemento de obligación que termina por ser mucho más débil que el proceso interior de corrección.

¿Puedo pensar en «el padre» cuando tú dices «el entrenador»? Porque lo que dices sirve para la educación en general.

Totalmente. Cuando un niño se equivoca, su padre puede guiarlo, pero no puede obligarle a resolver la situación. Si lo guía y el niño responde –y para eso hay que dejar que el tiempo haga su trabajo– la interiorización del valor puede ser definitiva; si todo queda en una mera obligación, nunca sabremos si actúa respondiendo a una orden externa o a una convicción personal, y son cosas muy diferentes.

Por eso yo soy escéptico ante aquellos entrenadores que parecen los mejores porque corrigen muchísimas cosas pero en realidad son los peores porque no dejan a los jugadores resolver los problemas. Las escuelas de fútbol pueden ser instrumentos muy útiles para los mediocres, pero mediocres para los excelentes porque tienden a igualarlos a todos por lo bajo. En cambio, excelente es el capaz de encontrar soluciones en su camino.

¡Qué buena definición!

Es una frase de Stefan Zweig que leí hace años y me pareció muy aplicable al ámbito del fútbol. Uno descubre que los mejores jugadores tal vez son académicamente malos, corren mal, por ejemplo, pero poseen la capacidad de resolver problemas de forma original, distinta, y de eso se trata. El derecho a la diferencia tiene una importancia esencial en el proceso de la formación.

Aquello que nos hace diferentes y nos permite complementarnos.

Sí. Con la práctica del deporte, entra en juego el proceso de socialización. En primer lugar, el niño se familiariza con el balón, el objeto de disputa, de lucimiento, y con la técnica, sin la cual no hay posibilidades de llegar a la excelencia y que se aprende con esfuerzo. De ahí llegamos al reconocimiento de los otros, los compañeros que forman

parte del mismo proyecto y a los que hay que pasarles el balón. Ya no soy el ombligo del mundo, existe el otro, necesito al otro y además, tal vez descubra que es mejor jugador que yo y se merece tener el balón más que yo.

Me gusta esa idea: necesito al otro y necesito que sea «otro que yo», que sea diferente a mí.

Ahí empieza la necesidad de tener una humildad crítica que me ayude a reconocer hasta qué punto formo parte importante de ese proyecto colectivo que es un equipo, aunque tenga que renunciar al sueño de ser el líder para convertirme en un gregario útil.

Yo mismo, cuando llegué a España, era un líder social dentro de mi equipo y en el campo quería proyectar la misma influencia, pero no me alcanzaba para eso. Creo que tardé tanto en llegar a un gran club porque no tenía claro, desde el inicio de mi carrera, para qué servía yo. Cuando lo entendí al fin, pude relacionarme con el fútbol con menos ansiedad porque hacía aquello para lo que había nacido y no tenía necesidad de llevar un traje que me estuviera demasiado grande.

Es una reflexión muy útil.

Hay otro elemento clave, que tiene que ver con la pasión y ha quedado apuntado antes: el reconocimiento de que para jugar bien hacen falta horas y horas de entrenamiento. Si uno entrena con placer, jugando, sin que le obliguen, adquiere un hábito de trabajo natural.

Otro factor clave es que el ámbito te ayude a desarrollar las condiciones naturales. Menotti, el seleccionador de Argentina, decía siempre que el milagro genético de Maradona no le hubiera servido de nada de haber nacido japonés. La familia que te facilita la posibilidad de hacer deporte tiene una importancia decisiva.

Y luego llega el entrenador, el maestro, para pulir los defectos y enseñar la táctica. Pero lo principal ya está desarrollado, de una manera espontánea, jugando con los amigos sencillamente.

Y todos los valores de los que has hablado son empoderantes.

El deporte proporciona además una serie de valores asociados a la voluntad, una capacidad muy necesaria, insustituible, que hoy está bastante olvidada.

La voluntad es un valor imprescindible. Sin embargo, qué mal suena hoy.

Cada día tiene peor prensa, seguramente porque está relacionada con el esfuerzo, que no es cómodo. La mejor manera de movilizar la fuerza de voluntad es desde el entusiasmo, por eso es tan importante descubrir cuanto antes cuál es la vocación de cada uno. Si hacemos aquello para lo que hemos nacido porque tenemos una cierta predisposición en

nuestra personalidad, el esfuerzo puede llegar a ser placentero y se hace más fácil ejercer la voluntad.

Algún filósofo habla de la voluntad como el elemento clave de un proyecto de vida. Y también como la capacidad de ejercerla a pesar de saber que muchas veces querer no es poder.

A mí me gusta mucho el concepto de talento, del que hablo permanentemente en mis conferencias, en las que subrayo la necesidad de seleccionar a cada persona teniendo en cuenta esta cualidad personal. Creo que, en educación, es tarea de cada padre descubrir el talento específico de su hijo, lo que le distingue y le hace diferente del resto.

Recuerdo una anécdota de la época en que fui entrenador del Real Madrid, y seleccioné a un grupo de chicos muy jóvenes entre los que estaban Guti, Raúl y otros que también jugaron en Primera División. Como no encontré en el club disposición a ayudarme porque al fin y al cabo era un experimento, tuve que ir yo mismo a ver a los jugadores más jóvenes. Escogí a un chico con mucho talento pero muy conflictivo, y su entrenador protestó por la elección: «Es desobediente, ni siquiera saluda al llegar al entrenamiento y usted lo premia con la convocatoria, habiendo aquí chicos que sí piensan en los demás», me dijo. Recuerdo que le contesté: «Déjeme llevármelo y yo le enseñaré a saludar, porque no puedo llevarme para jugar al fútbol al que sólo sabe saludar». Yo sabía que esa personalidad combativa le haría un buen futbolista. Aquel rebelde era capaz de convertirse en valiente ante cien mil espectadores; esa era su peculiaridad y su talento.

Además, al considerar el talento de cada uno no distinguimos entre mejores y peores. Talento quiere decir sencillamente que hay gente que sirve para una cosa y gente que sirve para otra.

Y no tengo ninguna duda de que el principal alimento del talento es la confianza. La confianza de alguien en ti, en lo que te distingue. La confianza dispara al máximo las posibilidades de alguien. Y se tiene que manifestar también en los momentos de duda e incertidumbre, cuando se cometen errores, porque si no, lo único que logramos es que el chico no haga para no equivocarse. Ahí detenemos el proceso de la libertad y del talento porque se termina concluyendo con que la mejor manera de evitar una bronca es no hacer.

Para mí el primer axioma educativo es la confianza. Estoy convencida de que la mayoría de los problemas se resolverían si fuésemos capaces de decir a los hijos: «Yo confío en ti».

¡Está claro! Yo también estoy totalmente convencido. En la vida de familia, la confianza en los hijos es fundamental: poder hablar con ellos también de sus errores y sus excesos, del botellón y del sexo. Para los hijos es importante encontrar en el hogar ese vehículo de

descarga, en el que poder hablar también de sus dudas y de sus errores. Imagínate además lo que eso significa para un hijo. Y a los padres les da la oportunidad de enterarse de los problemas y poderlos corregir. Si reconocemos a cada hijo su talento somos más justos. Es fundamental ver cuál es el de cada uno de ellos –aunque sea el de saber estar en segundo plano– para que todos reciban su necesaria dosis de elogio.

Y desarrollen así la autoestima que es clave también para sentirse libre.

Hay tanto peligro en no dejar desarrollar su libertad al que tiene talento como en darle demasiada libertad al que no lo tiene. En el fútbol es esencial saber esto. Creo que la función principal de un entrenador es precisamente dosificar la libertad, saber darle más a los que están mejor dotados para ejercerla. Los genios necesitan toda la libertad porque cualquier cosa que se les ocurra en una fracción de segundo puede ser más útil que el trabajo del entrenador durante un mes entero. Sin embargo, hay otros jugadores que pretenden la misma libertad pero no están dotados para ejercerla y terminan convirtiéndose en saboteadores del proyecto colectivo por no saber entender hasta dónde pueden llegar. Este conocimiento de los límites también es un principio educativo esencial.

De hecho, un valor importantísimo asociado al deporte es el de la tolerancia a la frustración y el aplazamiento de la recompensa. Se ve claramente en el entrenamiento individual de un deportista de competición, cuyo proyecto es siempre una apuesta, y el esfuerzo de muchos años puede perderse en un segundo. A mí esto me parece heroico y emocionante. La inversión de vida, de entrenamiento, de disciplina, para que llegue o no la gloria, constituye un ejemplo y una gran enseñanza.

Precisamente el reconocimiento de los propios límites permite construir una autoestima verdadera y una personalidad madura.

Tolerar la frustración, saber perder, es también una herramienta imprescindible para la vida. Recuerdo en este sentido mis primeros partidos serios, representando a mi barrio – otro valor del fútbol es que siempre se representa a algo, un elemento externo que une a todos–, y perder, buscar un escondite para llorar desconsoladamente, tener que aceptar que la derrota existe, aprender a relacionarse con ella de una manera natural y superarla. La derrota tiene una gran virtud: hace más visibles los defectos, y los defectos son la gran escuela para alcanzar las mejoras.

¿La derrota tiene una virtud?

El proceso es simple: uno no quiere volver a vivir la humillación, de manera que analiza lo que hizo mal. Y en ese análisis hay una gran enseñanza. Siempre digo que el éxito nos hace un treinta por ciento peores de lo que somos. Complacerse en el éxito puede hacer olvidar los factores que nos llevaron a él y eso nunca nos hará mejores. El error, sin

embargo, nos pone delante de algo que tenemos que mejorar. El futbolista que falló un gol decisivo llega al día siguiente media hora antes al entrenamiento para que esa experiencia no se vuelva a repetir. El deporte además es un buen medio de análisis porque exagera, y la exageración es pedagógica. Como involucra a grandes ídolos, viene bien también para ponerlo como ejemplo a los niños cuando se presencian los éxitos y las derrotas.

Porque se puede aprender también de los éxitos.

La sociedad en que vivimos nos ha hecho creer que lo útil es el valor máximo, y en el mundo del deporte uno termina por descubrir que a veces el resultado oculta la realidad. Ganar un partido tiene tanto prestigio social que termina por esconder todos los defectos, cómo se ha ganado e incluso en qué se ha fallado.

Se puede enseñar a los hijos a aprender del éxito, sobre todo descubriendo los defectos que tiene escondidos, en una reflexión en la que cuantas más personas se involucren, mejor. Es importante estar atento a sus trampas porque nadie tiene un éxito químicamente puro o gratuito. Reflexionar sobre el éxito implica también descubrir los factores que lo han producido, qué virtudes hay que fortalecer para prolongarlo o para repetirlo.

De todas formas, yo no creo mucho en la réplica del éxito en ámbitos distintos. Creo que es necesario saber distinguir las diferencias entre los diversos sistemas ecológicos que se dan en un equipo o en cualquier relación humana.

Tú eres un ejemplo de éxito en ámbitos muy diferentes...

Bueno, pero en unos me ha costado más que en otros, o he estado mejor preparado para unos que para otros, en los que todavía soy un principiante que ha llegado tarde.

Lo que quiero decir es que en el fútbol es muy común imitar al último ganador. Si un entrenador como Capello gana en el Real Madrid, al año siguiente todos nos volvemos autoritarios, aunque estemos en un equipo de jugadores maduros que convenga gestionar de una manera más flexible. Pero igual que un entrenador no puede copiar el método de otro, por mucho éxito que tenga, sin analizar antes a sus jugadores, y para un profesor educar bien es conocer en profundidad a los alumnos, para un padre es imprescindible hacerse un especialista en los propios hijos. Un aula, por ejemplo, es un ecosistema vivo, con un equilibrio que cambia de un día para otro sólo con que falte a clase un alumno que tiene gripe. Una ausencia hace cambiar las relaciones entre los alumnos y por eso un día nunca es igual a otro y hay que ingeniárselas para llegar a todos. La familia es así también, por eso no funciona el paradigma «yo los educo a todos por igual». Puedes tener un hijo al que haga falta dar un empujón y otro al que haga falta frenar. Tienes que conocerlos.

recuerdo ninguna frase que me haya dicho mi madre y yo haya aplicado, y sin embargo

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